El trío más doloroso de Mikis Theodorakis

Hoy comenzamos Acompasa2 con música del griego Mikis Theodorakis, concretamente, con su trío para violín, violonchelo y piano, compuesto en 1947, en una época muy convulsa de su vida. En 1947, corría la guerra civil griega y el músico, que había combatido en la Segunda Guerra Mundial a los nazis como miembro de la resistencia comunista, fue arrestado por las autoridades monárquicas. Deportado a la isla de Ikaria, Theodorakis compuso allí el trío y varios preludios para piano. Poco tiempo después, recibió un mensaje del profesor Georgios Likoudis, quien le pidió que arreglase el trío para banda de viento. Theodorakis tuvo que ingeniárselas para enviar el manuscrito de forma clandestina a una estudiante de medicina de Atenas, llamada Myrto, quien copió en tinta la partitura originalmente esbozada a lápiz. Theodorakis se debió sentir muy agradecido a esta joven, ya que tiempo después se convertiría en su esposa.

Respecto a Likoudis, las autoridades le prohibieron interpretar el trío con la orquesta estatal griega.

En 1951, una vez acabada la guerra civil, el trío se estrenó pero pronto caería en el olvido, y el compositor se olvidaría de él, hasta el extremo de perderle la pista. Sin embargo, cuarenta años después lo encontraría entre sus papeles procurándole este hallazgo una gran emoción. Y es que los años de persecución política habían sido muy duros para Theodorakis, quien había sido torturado y llegó a intentar suicidarse.

Les invitamos hoy a escuchar este Trío para violín, violonchelo y piano, compuesto en tan difíciles circunstancias por un autor que el próximo 29 de julio cumplirá 85 años. La interpretación corre a cargo del Trío Athenien, formado por Haris Hadjigeorgiu, violín, Dana Hadjigeorgiou, violonchelo y Vicky Stilianou al piano.

"Solsticio de luz", la leyenda de las Islas Orkney

Hoy ofrecemos a nuestros oyentes "Solsticio de luz", una composición del músico británico Peter Maxwell Davies, escrita en 1979. Esta partitura está emparentada con O Magnum mysterium, obra que escribiera en 1960, a los veintiséis años, y que es una secuencia de villancicos e interludios orquestales que concluyen con una fantasía para órgano solo. O Magnum mysterium no puede ocultar la influencia de la música inglesa del siglo XV, y abrió una línea de investigación en el terreno de la música coral que Davies continuó explorando en creaciones como Himno a la palabra de Dios. Solsticio de luz constituye un tramo más de este recorrido, con su perfecto equilibrio entre coro y órgano, alternando sencillez y virtuosismo, e intervenciones solistas y en conjunto.

El músico parte de un poema de George Mackay Brown, natural de las islas Orkney en Escocia, con el que Davies ya había colaborado. La obra fue compuesta para los Saint Magnus Singers y Richard Hughes, organista de la catedral de Kirkwall, capital de las Orkney.

Solsticio de luz comienza con las islas emergiendo del hielo glaciar, y la llegada de los primeros seres humanos y animales que vivieron bajo el templado disco solar. A medida que avanza la obra, se evocan los últimos habitantes de la edad de piedra de Skara Brae, y las tumbas circulares de Orkney. También se describe a los celtas aportando sus danzas, cantos y su color propio a las islas, a la vez que la religión trajo una ola de luz blanca, únicamente enturbiada por la llegada de las hordas vikingas.

Todo concluye con una oración por la paz dirigida al príncipe vikingo y también mártir de la Iglesia San Magno, en la que hay alusiones a la era contemporánea, que incluyen una denuncia del expolio y la amenaza de las minas de uranio de las islas.

Escucharemos Solsticio de luz, de Peter Maxwell Davies, en las voces del tenor Neil Mackie y el Coro del King’s College de Cambridge, acompañados por el organista Christopher Hughes. La dirección corre a cargo de Stephen Cleobury.

"Fiesta de otoño", el adiós a la música de Joseph Marx

En 1946, Joseph Marx realizó una revisión del cuarto movimiento de su sinfonía de otoño, estrenada en 1927. Éste fue convertido en un poema sinfónico titulado Fiesta en otoño y supuso el regreso de Marx a la forma sinfónica, tras quince años sin escribir para orquesta, con dos excepciones: su serenata Alt-Wiener de 1941 y la adaptación orquestal de algunos de sus cuartetos de cuerda. Fiesta en otoño obtuvo un gran éxito y, de hecho, comenzó a interpretarse con regularidad en las salas de conciertos austríacas, al contrario que la sinfonía de la que había nacido, que permaneció en el limbo desde su estreno, en 1927, hasta 2005. A la hora de convertirlo en un poema sinfónico, Marx redujo la plantilla de Fiesta en otoño, pero sin eliminar elementos sonoros y colorísticos típicos de su escritura, tales como el empleo del piano, el arpa o la celesta. La orquesta de Fiesta en otoño puede recordar a la de otro poema sinfónico suyo titulado Una música de primavera, de 1925. De las dos arpas que figuraban en la sinfonía de otoño, Marx se queda aquí únicamente con una y también pasa de nueve percusionistas a cuatro. Aún así, la plantilla conserva las dimensiones de una orquesta sinfónica.

El compositor sacrificó igualmente algunos pasajes de carácter extrovertido presentes en la sinfonía, para que el poema sinfónico fuera realmente independiente respecto a esta. Aún así, el poema no deja de poseer pasajes verdaderamente alegres, y comienza con una animada descripción de la cosecha, a la que le sigue una melodía de carácter báquico.

Aunque Marx falleció en 1964, no volvió a componer una sola nota después de esta obra. Y ello, a pesar de que recibió numerosos encargos. Sin embargo, de alguna manera él sentía que, al igual que en la fiesta de este poema sinfónico, el otoño había llegado a su carrera como compositor, y optó por decir adiós con esta pequeña joya.

Proponemos escuchar a nuestros oyentes Fiesta en otoño de Joseph Marx, en la interpretación de la Orquesta Sinfónica de la Radio Austríaca, a las órdenes de Johannes Wildner.

Deodat de Severac

Comenzamos hoy Acompasa2 con el compositor francés Deodat de Severac, que vivió entre 1872 y 1921. Miembro de una familia de la nobleza del Alto Garona, estudió en la Schola Cantorum de París, y fue alumno de Vincent D’Indy y Alberic Magnard, el llamado Bruckner francés. Pero sería su encuentro con Isaac Albéniz el que más le marcase, llegando a convertirse en ayudante del gran compositor español.

Severac, que también formó parte de la colonia de artistas establecidos en Ceret en 1913, es hoy recordado muy especialmente por haber concluido Navarra de Albéniz. Muy apegado a sus orígenes del Languedoc, llegó a introducir una cobla catalana en su segunda ópera, Heliogábalo. Además, evocó la región en su música para piano, dedicándole varios álbumes. Para muchos su obra maestra es Cerdaña, escrita entre 1908 y 1911, una suite en cinco movimientos que, de alguna manera, se inspira en lo realizado por Albéniz con España en su Iberia.

Años antes, entre 1903 y 1904, Severac compuso otra suite de cinco piezas: En Languedoc, que revela, a sus treinta y un años, un lenguaje claramente maduro y personal, fuertemente marcado por la poesía del momento, en el sentido de un Chopin. La primera pieza, Hacia la masía en fiestas, es una evocación de la niñez. En Sobre el estanque, la tarde palpitan ecos lejanos mientras que Un caballo en la pradera es a la vez sugerente y juguetona. La penúltima pieza, Rincón del cementerio en primavera, con su pulso ágil, posee una melodía discretamente dolorosa mientras que el pedal armónico recrea de forma certera un sufrimiento interno sin recurrir al efectismo. Concluye la suite Languedoc con la alegre pieza Día de juerga en la masía.

Escucharemos En Languedoc, suite para piano de Deodat de Severac, en la interpretación de Aldo Ciccolini.

Luego retrocederemos hasta finales del siglo XVIII, con la música del checo Jan Ladislav Dussek, muy recordado hoy por sus piezas para arpa, si bien fue un auténtico visionario, que siguió su camino de forma independiente a las corrientes oficiales y sobrepasó los límites del clasicismo, convirtiéndose en precursor de la música romántica. Esto es especialmente notable en su obra para piano, que parece prefigurar a Chopin y Schumann. También fue probablemente el primer autor que introdujo la percusión en la música de cámara.

Para el programa de hoy hemos escogido un dúo para arpa y pianoforte en fa mayor clasificado con su opus 73. Aunque todavía se deja sentir aquí una elegancia clásica y cierto academicismo solemne en algunos pasajes, no es menos cierto que en ocasiones Dussek se revela más fluido e incluso atormentado, imprimiendo acentos prerrománticos que recuerdan al carácter de la música de Carl Philip Emmanuel Bach.

También es verdad que la melancolía en Dussek nunca llega demasiado lejos y se decanta más por una nostalgia profunda. Y es que no hay que olvidar que Goethe definió el romanticismo como una enfermedad, frente a la salud, que representaba el clasicismo. Esta sana nostalgia se puede apreciar muy especialmente en el segundo movimiento, larghetto esspresivo, del Dúo op. 73. Escucharemos esta obra interpretada por Kyung-Hee Kim al arpa y Laure Colladant, fortepiano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las últimas genialidades de Saint-Saëns

Comenzamos Acompasa2 con la Sonata para clarinete y piano op. 67, compuesta por Camille Saint-Saëns en 1920, cuando contaba 85 años de edad. El músico se la dedicó al profesor del Conservatorio de París, Auguste Perrier y está considerada una obra maestra del género. Si bien por entonces Europa se mostraba más interesada por la música de Stravinski y otros autores revolucionarios, Saint-Saëns se mantiene aquí fiel a su estilo de siempre, destilando una gran artesanía y dotando a la partitura de un perfecto acabado.

En ella no faltan guiños personales, como una cita al acto segundo de Sansón y Dalila, la ópera más conocida del músico francés, ni tampoco una evocación de la vejez, algo que se percibe de manera muy clara en el segundo movimiento, Lento, en el que el piano y el clarinete, en su registro más grave, parecen desfilar por un paisaje invernal. El movimiento concluye con ambos en su registro más agudo, sumidos en una atmósfera ciertamente desolada.

En el último movimiento, en cambio, Saint-Saëns hace gala de su incisivo sentido del humor, sometiendo al clarinete a algunas audacias que parecen aludir a esa música del siglo XX que al propio compositor le resultaba incomprensible…Y no hay más que recordar que siete años antes, Saint-Saëns había abandonado escandalizado el teatro en el que se estrenaba La consagración de la primavera de Stravinski. Y por cierto, que ésta no fue la última sonata de Saint-Saëns, pues poco después de concluirla se volcó inmediatamente en la escritura de otra para fagot y piano.

Escucharemos la Sonata para clarinete y piano opus 167 de Camille Saint-Saëns, en la interpretación del clarinetista Josep Fuster y la pianista Isabel Hernández.

La "Sinfonieta" de Franz Schreker

Presentamos a nuestros oyentes la primera grabación mundial de la Sinfonietta del austríaco Franz Schreker, una versión sinfónica de su sinfonía de cámara para 23 instrumentos solistas, encargada en 1916 por la Academia de Música Imperial de Viena, de la que Schreker era profesor de composición. Originalmente, la obra constaba de una insólita plantilla: once profesores en la sección de cuerda, siete en la de viento, además del piano, la celesta, el arpa, un armonio y la percusión. El propio Schreker, inseguro, se situaba al fondo de la sala durante los ensayos y preguntaba a los ejecutantes cómo les sonaba aquello.

Schreker empleó en la sinfonía materiales musicales de Die tönenden Sphären, ópera inacabada en la que había estado trabajando el año anterior. Su premisa argumental era una fantasía en torno a un final feliz de la Primera Guerra Mundial, que en esos momentos estaba teniendo lugar, y ello se deja sentir en el carácter evanescente y ensoñador, casi hipnótico, de la música, en ocasiones ensombrecida por algo terrible que el compositor únicamente deja presentir al oyente. Aunque la sinfonía presenta todavía un carácter fuertemente posromántico, la presencia de elementos como la politonalidad le confiere un aire muy moderno para su época.

Escucharemos la Sinfonietta interpretada por la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, a las órdenes de Pedro Halffter. Y después, les ofreceremos el 'Nocturno' del acto III de su obra maestra, la ópera 'Der Ferne Klang' ('El sonido lejano').

"Los israelitas en el desierto" de C.P.E. Bach

Carl Philip Emanuel Bach escribió el oratorio en dos partes Los israelitas en el desierto, entre 1768 y 1769, después de haber sucedido a Georg Philipp Telemann como director musical en Hamburgo.

La forma en la que Carl Philip Emanuel hizo su entrada en la escena musical hamburguesa es realmente llamativa: decidió escribir una obra sacra que no respondiera a ninguna confesión religiosa en concreto, de forma que no fuera rechazada ni por unos ni por otros, y que pudiera ser interpretada no sólo en ocasiones solemnes, sino en cualquier circunstancia, tanto dentro como fuera de una iglesia.

Sin duda alguna, Los israelistas en el desierto debe mucho en este sentido a los oratorios semi-seculares de Haendel. Por ello parte de un episodio del antiguo testamento, extraído de la historia de Moisés, con escenas corales que expresan los sentimientos de los creyentes como comunidad con cierto sentido teatral. En ese sentido, es revelador el texto de Daniel Schiebeler, de extraordinaria llaneza poética.

Respecto a la escritura de la obra, Bach hijo muestra un refinamiento contrapuntístico inequívocamente heredado del gran Johann Sebastian, pero no es ésta una obra en la que el compositor se muestre obsesionado por la técnica.

Más bien está dirigida al corazón de los amantes de la música, y es por ello que su música fluye con sorprendente naturalidad, con vocación de generar en el oyente infinidad de sensaciones, pero sin que ello implique un gran esfuerzo intelectual. La propia naturaleza de los sonidos, las armonías y las melodías dominan de principio a fin de la partitura, sin erudiciones ocultas, con una sinceridad que hizo a Johann Friedrich Reichardt, crítico musical de la época, escribir una apasionada crónica:

Después de Judas Macabeo de Haendel nunca el placer me embargó tan próximo al dolor. Nunca experimenté algo semejante. Jamás había escuchado antes sonidos tan mágicos capaces de conquistar el corazón; ni tampoco vi nunca que armonías tan poderosas colmaran las almas de los oyentes con la contundencia poderosa de un trueno; sus huesos temblaron de la emoción y su sangre se heló incluso, de puro miedo. Luego, de igual manera, aquellas armonías puras y celestiales apaciguaron sus almas y dulces y acariciantes sones trajeron paz a sus espíritus, anegando sus ojos de dulces lágrimas de alegría.

Les invitamos a escuchar Los israelitas en el desierto en una versión con Corona Coloniensis y Cappella Coloniensis, a las órdenes de William Christie.

Thomas Linley, el Mozart inglés

Y hoy proponemos a nuestros oyentes acercarnos a la obra de quien fue llamado el Mozart inglés, Thomas Linley el joven, autor que nació el mismo año que el genio de Salzburgo, en 1756. La muerte, sin embargo, truncó su carrera mucho antes que la de éste, a los veintidos años de edad.

Al igual que Mozart, Thomas Linley era hijo del compositor del mismo nombre, aunque su formación musical corrió a cargo de William Boyce, uno de los creadores musicales más importantes de la Inglaterra del siglo XVIII.

Consciente del enorme talento de su hijo, Linley padre lo envió a Italia, donde estuvo desde los doce a los quince años, aprendiendo con Pietro Nardini, alumno de Tartini y extraordinario violinista, quien lo formó también en este instrumento. A los catorce años, Linley, a quien llamaban Tommasino en Italia, conoció a su coetáneo Mozart en Florencia y surgió entre ellos una sincera amistad, llena de mutua admiración. De hecho, el musicólogo Charles Burney da cuenta en sus memorias del enorme caudal creativo de ambos genios, los más precoces de toda Europa.

A su regreso a Gran Bretaña, Linley prosiguió su carrera, convirtiéndose en la mano derecha de su padre, que dirigía exitosos conciertos en escenarios como el Teatro Drury Lane y en la ciudad de Bath. La producción de Linley se compone de música coral, canciones y conciertos y sonatas para el violín, del que era un virtuoso. Estas últimas obras eran interpretadas en los conciertos dirigidos por su padre, durante los intermedios de los oratorios de otros autores.

Además, él y su progenitor pusieron música a la comedia ambientada en Sevilla La dueña, de su cuñado, el irlandés Richard Brinsley Sheridan. Esta obra inspiraría en el siglo XX dos óperas: La dueña de Roberto Gehrard y Matrimonio en el convento de Prokofiev.

Por desgracia, la prometedora carrera de Linley, quien quizás hubiese cambiado el curso de la historia musical inglesa, se interrumpió de forma abrupta, cuando falleció como consecuencia de un accidente en barca durante una travesía de placer junto a su familia, para visitar el Castillo de Grimsthorpe.

Una idea de lo popular que llegó a ser Linley en vida nos la da el hecho de que el gran pintor Thomas Gainsborough lo retratase en tres ocasiones a lo largo de su corta vida.

Poco ha sobrevivido de la obra de Linley, pero en las partituras supervivientes, como la que escucharán en breve, refleja profundas influencias de Purcell, Haendel y el Bach de Londres, Johann Christian, y su muerte es una de las grandes tragedias de la historia de la música inglesa.

La obra que hoy les proponemos para abrir Acompasa2 es su Oda lírica sobre las hadas, las criaturas voladoras y las brujas de Shakespeare, también conocida sencillamente como Oda Lírica u Oda Shakespeare. En ella, Linley homenajea al Cisne de Avon mediante un texto de su amigo el francés Laurence, en el que un espíritu, el de Avon, narra cómo Júpiter insufló a Shakespeare el genio con el que desarrollaría su carrera literaria.

Se describe entonces su universo, apelando especialmente a los elementos sobrenaturales que lo pueblan, como las hadas de El sueño de una noche de verano o las brujas de Macbeth. Esto confiere a la obra cierta atmósfera prerromántica, aunque Linley también nos deleita con fugas haendelianas, y refinados minuetos de ecos vieneses, con inspirados pasajes para lucimiento del oboe y las trompas.

La "Segunda" de Dvorak

A diferencia de otros autores del siglo XIX, el ciclo sinfónico de Dvorak dista mucho de resumirse en una línea cronológica sencilla en la que cada composición era estrenada según iban escribiéndose, sucediendo lo mismo con la edición de la partitura. Si bien el ejemplo de Bruckner, que compuso sinfonías que hoy día carecen de numeración, con varias versiones existentes de cada una de las oficiales, puede dar una idea de los batiburrillos que la incomprensión del momento depara a la obra de un compositor, el caso del checo es quizás más extremo.

En el momento de su muerte existía cierto caos en la ordenación de sus sinfonías, que sólo con el tiempo y paciencia se pudo arreglar. Por ejemplo, la hoy conocida como Quinta figuraba como la tercera y la Novena, del Nuevo Mundo, era la quinta. Para acabar de rizar el rizo, aparecieron dos sinfonías primerizas que se daban por perdidas y que obligaron a los expertos, basándose en su orden de composición, a catalogarlas como Primera y Segunda. Hay que decir que Dvorak no hubiera estado muy de acuerdo con esto, ya que en su momento las destruyó por considerarlas meros ejercicios estudiantiles, carentes de valor.

Su primera sinfonía, subtitulada “Las campanas de Zlonice”, data de 1865 y fue compuesta cuando aún era un completo desconocido. Ilusionado con la idea de presentarla a un concurso, la escribió con su habitual rapidez y la mandó por correo, sin llegar siquiera a ser seleccionada por el jurado. Descorazonado, decidió destruirla, pero quiso el azar que la copia manuscrita que remitió al concurso no le fuese devuelta, con lo que en los años veinte apareció intacta en la biblioteca de un tal profesor Dvorak, de Praga, que no tenía nada que ver con el músico.

Considerada por los oyentes de su época como un misterioso regalo del cielo, que les mandaba más música dvorakiana veinte años después de muerto el artista, su estreno oficial causó gran interés en su día, si bien hoy no es demasiado conocida. En ella puede apreciarse el vigor innato del autor, que introdujo, quizás motivado por la prisa, temas de obras suyas anteriores. Igualmente sucedió con la obra que queremos proponerles ahora, la Sinfonía Nº 2, para la cual empleó también material reciclado de unos cuadernos de piezas para piano titulados Siluetas.

En esta ocasión la obra sí se estrenó en vida de Dvorak, concretamente en 1888, veintidós años después de escrita aunque, considerándola inmadura, también destruyó esta partitura, sobreviviendo gracias a las copias que se hicieron para la orquesta en el momento del estreno.

La Segunda es una obra que muy rara vez se interpreta y que los melómanos sólo pueden encontrar en integrales sinfónicas del músico checo y no por separado. Pero al igual que su predecesora no está exenta de encanto ni de interés y no es difícil vislumbrar en ella el inmenso talento, todavía por eclosionar, de un genio de veinticuatro años, cuyo entusiasmo es su mejor tarjeta de presentación. Les invitamos a conocer un poco más la Sinfonía Nº 2 en si bemol mayor, con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Rafael Kubelik.

Hoy también en Acompasa2:

-Alkan, Sonata para violonchelo y piano op. 47 Y. Chiffoleau (violonchelo), O. Gardon (piano)

-Reger, Canciones para coro de hombres op. 83 Gli Scapoli. Dir.: R. Agamir

Schobert, un compositor trágicamente desaparecido

Hoy comenzamos Acompasa2 con uno de los compositores malogrados del siglo XVIII quien ejercería una importante influencia en Mozart, cuando todavía éste era un niño. Johann Schobert nació en torno a 1735 probablemente en Silesia. Otras teorías afirman que era oriundo de Nuremberg e incluso sobre la forma correcta de su nombre hay discrepancias, ya que en algunos manuales del siglo XIX es llamado Schubart.

Asociado por su estilo a la Escuela de Mannheim, también se ignora qué hizo en sus primeros años de vida, hasta que se casó con una francesa y se instaló en París, donde adquiriría gran reputación como compositor para clavicordio, autopublicando sus partituras. Menos venturosa fue, sin embargo, su incursión en el terreno operístico, que se saldó con el fracaso de su único título, La garde-chasse et le braconnier.

El barón Grimm, que le conoció bien, nos legó este retrato de él:

Tenía un gran talento y una técnica brillante. Era inigualable al teclado y su interpretación era de una pureza deliciosa. No tenía el talento de Eckard, por entonces el maestro por excelencia en París, pero tenía muchos más admiradores que éste, porque su música era siempre agradable. Sus composiciones eran encantadoras, y aunque tampoco merecían ser muy imitadas por otros, en ellas demostraba conocer los efectos y la magia de la armonía y escribía con gran facilidad.

Aunque Schobert era considerado una persona encantadora, Leopold Mozart, quien llevó a su hijo Wolfgang a conocerle, lo describió como envidioso y falso. Esta censura no se corresponde en el plano artístico, pues Mozart llegó a realizar, por indicación de su padre numerosos arreglos para piano de obras de Schobert. Incluso años después emplearía un adagio suyo para un concierto de piano e incluso instruiría a sus propios alumnos con partituras del silesiano.

Johann Schobert falleció de forma trágica poco después de su encuentro con el niño Mozart. Tras coger unas setas en el bosque, mandó a su cocinero que las preparase, pese a las reticencias de éste. Las setas eran venenosas y Schobert falleció a los 32 años, junto a su esposa, uno de sus hijos y otros comensales.

Para quitar a nuestros oyentes el mal sabor de boca de este espantoso suceso, les invitamos hoy a disfrutar del bellísimo Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor op.9 de Schobert en la interpretación de Fania Chapiro al fortepiano y Musica Ad Rhenum a las órdenes de Jed Wentz.

Acompasa2


Acompasa2 es un magazín de tarde-noche, programado de lunes a viernes, de 19.00 a 23.00 horas y presentado por Beatriz Torío y Martín Llade.
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