La cocina interior
Hay algo en mí que desconozco. Es la parte de mí en la que se cocinan todos los líos en que me meto. Es mi cocina interior. No conozco mi cocina interior. No he estado nunca allí. No sé dónde está en mí. Y, sin embargo, me como todo lo que sale de ella. En esta ocasión, ha salido de la cocina una Expedición Africana, con 50.000 kilómetros de recorrido, una moto y mucha soledad como guarnición. Y ahora, toca zampársela.
Un día antes de que diera comienzo esta locura de viaje, mi hija Julieta, con solo siete años de edad pero provista de un cerebro brillante, me preguntó: ¿Por qué tú, Papá? No pude evitar responder de forma inconsciente y automática que yo mismo también me había hecho esa pregunta muchas veces, y no había conseguido encontrar la respuesta. Me habría gustado poder hablar a mis hijas de mi cocina interior, y de cómo ese lugar misterioso me es ajeno y desconocido, aun cuando es el lugar del que procede el alimento que me mantiene vivo. Pero no lo hice, claro. No pude hacerlo. Tienen solo 7 y 8 años. Con ellas hablo de sexo, de drogas, de prostitución, de homosexualidad, pero me pregunto si no será muy pronto para la filosofía.
Ése que fijó nítidamente Julieta en su relación conmigo, fue un momento que no se podía dejar pasar por alto. Fue uno de esos momentos en que muy fácilmente un padre pierde la oportunidad de serlo, y una hija siente a su padre un poco más lejos aun cuando esté a su lado. Julieta nos metió en uno de esos momentos de los que ninguno iba a salir indemne; tal vez más unidos, quizá menos, pero no como llegamos a él. Fue uno de esos momentos que pasan pero que, suceda lo que suceda en el tiempo que duren, no se olvidan jamás.
Después de pensarlo un momento y ordenar las ideas en mi cabeza, traté de explicarles a las dos, a Julieta y a Jimena, por qué estábamos los tres metidos en este lío; por qué yo me iba a ausentar durante tanto tiempo y por qué ellas se iban a ver obligadas a soportarlo. Hacía una tarde espléndida, y paseábamos por la playa de Sitges, donde viven con su madre. En un lenguaje comprensible para ellas les expuse las razones de nuestra inminente separación.
Traté de explicarles como mejor pude que no sé de dónde me viene la necesidad ineludible de hacer ciertas cosas, pero que podría explicar perfectamente por qué las hago. Les dije que la Expedición Africana estaba relacionada con ellas mucho más de lo que les podría parecer, hasta el punto de que todo cuanto tenía que ver con la Expedición giraba, de una forma u otra, a su alrededor. Las dos, Julieta y su hermana un año mayor, Jimena, me miraron sin comprender.
En primer lugar, ellas son el verdadero motor de la Expedición. Lo creo profundamente. Creo que no es posible ser padre y no desarrollar conciencia de Infancia, aunque la realidad muchas veces muestre lo contrario. Escuché en una ocasión a Alejandro Sanz mencionar a este respecto la opinión de un poeta cuyo nombre no me viene ahora a la memoria. Decía este poeta que quien es padre de un niño lo es de todos los niños. Es a eso a lo que me refiero con conciencia de Infancia. Y desde que Jimena y Julieta existen veo en ellas a todos los niños. Pero cuando digo conciencia de Infancia no me refiero exactamente a una idea, sino más bien a un sentimiento hacia los niños que no son mis hijos. Albergar ese sentimiento me hace más humano, más consciente de la vida, de las cosas y, por tanto, de mí. Pero poder reconocer en mí ese sentimiento no es un logro que me pertenezca, sino un regalo que me hicieron mis hijas al nacer. Un regalo que acepté en el momento de ser padre y frente al que adquirí una responsabilidad con la que se debe cumplir. Esto no quiere decir que quienes no sean padres no tengan ninguna responsabilidad hacia las personas que se encuentren abocadas a cualquier tipo de riesgo, en particular los niños, por ser más vulnerables y frágiles. Lo que esto quiere decir es que la responsabilidad de los padres hacia los hijos que no son suyos no es solo ética, sino también moral. Es mi opinión. Y ese es mi caso.
Traté de explicarles después que nosotros tres compartimos un vínculo que se encuentra muy cerca de ser indestructible, pero que una de las amenazas que más daño podría hacer a lo que nos une es el miedo. El miedo a decir lo que pensamos. El miedo a mostrarnos como somos. El miedo a tomar nuestras propias decisiones, las que nos definen como individuos y con las que construimos lo que verdaderamente, en lo profundo de nuestro ser, somos. Traté de explicarles que en multitud de ocasiones en su vida sentirán un miedo atroz, como el que yo sentía en ese momento, un miedo paralizante que deberán superar para poder seguir siendo ellas mismas y no vivir al final de la vida o de las ideas de otros. Un miedo que deberán superar para, desde su propia identidad, tener algo que ofrecer a los demás, y a sus hijos.
Esta es la manera en que yo entiendo la educación de mis hijas. Trato, en la medida de mis posibilidades, de hacer de ellas individuos autónomos, independientes y emocional e intelectualmente libres. Y la consecución de tal objetivo se hace del todo imposible si no actúo en consecuencia.
Les dije también que con miedo no es posible creer. El miedo aniquila la noción de uno mismo, y sin saber quién se es no es posible saber en qué se cree. Yo creo en muy pocas cosas. Quizá porque aún no tengo muy claro quién soy, o tal vez porque sé a ciencia cierta que soy muy poca cosa. Creo en el amor, en la belleza y en la libertad. Eso es todo. Y nada menos. Me llevaría un libro explicar qué entiendo yo por amor, por belleza y por libertad. Y no es el momento. Creo en la libertad en sentido geográfico, por supuesto. Pero creo en otras formas de libertad mucho más importantes. Creo en la libertad intelectual, en la libertad emocional y en la libertad moral. Cualquiera de estas tres formas de libertad tienen su origen en la capacidad del ser humano para cultivar su mente y su espíritu. El único camino posible para hacer de uno mismo un ser libre es mediante la relación con el conocimiento, y para eso es imprescindible saber leer y escribir. Y con la voluntad de enseñar a niños en riesgo de exclusión a leer y escribir nació Escritores Sin Fronteras. Poder creer en uno mismo pasa por no tener miedo o, mejor expresado, por tratar al miedo con el respeto pero con la distancia que merece, y por saber quién se es, y para eso, en el mundo en que vivimos y hacia el que vamos, es imperativo saber leer y escribir. Mis hijas comprendieron esta idea con la facilidad con que los niños entienden las cuestiones más complejas. Comprendieron que hay que ayudar a que determinadas comunidades infantiles en verdadero riesgo de exclusión aprendan a leer y escribir, se adueñen de su futuro y sus destinos, y consigan ser libres. Muy posiblemente no fueran ahora capaces de enunciar la idea de nuevo, pero no me cabe duda de que su esencia anida ya y para siempre en sus pequeños corazones.
Hay una razón más, les conté, para comerme todo lo que sale de mi cocina interior sin hacer demasiadas preguntas: Los sueños. Y me explico. Los sueños son los ingredientes con lo que se prepara lo que sale de la cocina interior de cada cual. No me refiero a soñar con poseer cosas, o con disfrutar del tiempo de cualquier forma imaginable. Por favor, seamos intelectual y emocionalmente ambiciosos. Me refiero a llevar a cabo proyectos personales que de una forma u otra nos conducirán a un conocimiento propio y a una relación con uno mismo superiores y, en el mejor de los casos, a una relación con el planeta y con los otros nueva y más rica e intensa. Sí, hablamos del alma. Los sueños son al alma lo que las ideas a la mente. Son su alimento. Y su razón de ser. No hay alma sin sueños. O no debería haberla. Una persona que no sueña es una persona vacía. Y una persona vacía no es del todo una persona. Creo que todos albergamos sueños en algún lugar de nuestro ser, aunque nos asuste reconocer su existencia. Porque reconocerla implicaría quizá la necesidad de tomar la decisión de pasar a la acción, o de lo contrario el desastre estaría servido. Es lo que tienen los sueños. O cumples con ellos o te pasan factura. Y gravada con intereses de usurero fenicio cuando llegue el momento en que cumplir con los sueños se haga imposible aunque exista entonces la voluntad de hacerlo. Estoy convencido de que el valor de lo que uno tiene se mide por el valor de los sueños que alberga su espíritu. Sí, para mi las personas valen lo que valen sus sueños, y su coraje para llevarlos a cabo. Eso trato de enseñarles a mis hijas.
Pero todavía hay una última razón para hacer esto que hago. Esta es muy sencilla de enunciar, pero no tan fácil de explicar. Se trata de que la idea es mía. Julieta podría haberme contestado que uno debe ser generoso con las ideas, y ceder su ejecución a otros, incluso más capaces para llevarlas a cabo. Y yo estaría de acuerdo con ella. Pero en esta ocasión no había nadie más que quisiera sustituirme y marcharse en mi lugar. Y no me extraña, porque resolver esta idea pinta un panorama cuando menos duro y difícil. En esa tesitura, sólo me quedaba engañarme a mí mismo, diciéndome que era una mala idea, que no valía el esfuerzo de intentarlo, que mejor olvidarse del asunto. O aceptar que era una de las ideas más potentes que he tenido nunca y dedicarme a ella a pesar incluso de mi ausencia. Un psicólogo me dijo en una ocasión que lo mejor que se podía hacer conmigo era encerrarme en un cuarto a pensar -porque se me da bien, se entiende, no porque sea un incapaz para otras cosas, lo que es posible-. Quiero creer que eso tiene que ver con lo de tener ideas. Yo tengo ideas. Muchas. Permanentemente. Unas buenas y otras no tanto. Es consustancial a Nacho Gasulla. Es parte de mi manera de existir. Quizá por eso le doy tanta importancia a las ideas. Considero que tener ideas es, sobre todo, un acto de responsabilidad. No solo por el contenido de la idea en sí o sus implicaciones, sino en lo tocante a su ejecución y sus consecuencias. Creo que las buenas ideas, cuando lo son, trascienden por completo a quien las ha tenido, y éste se convierte en mero pero obligado ejecutor. Y porque creo que el mundo avanza gracias a las ideas, no me podría perdonar haber tenido una que considero buena, útil y beneficiosa, y dejarla morir. No podría mirarme al espejo sin pensar que ese cuyo reflejo me observa fue el cobarde y egoísta que no tuvo lo que había que tener para cumplir con su idea ¿Cómo podría mirar a la cara a mis hijas? ¿Que me quedaría para enseñarles? ¿Con qué autoridad moral pretendería inculcarles la necesidad de defender apasionadamente las ideas en las que uno cree?
Cosa distinta es cómo haremos mis hijas y yo para convertir esta experiencia en un aprendizaje para ellas. Tenemos un plan al respecto, pero reservo su contenido para nosotros. De lo que a ellas no les cabe resquicio de duda ahora es que son la pieza angular en este despropósito de viaje, y que sin su apoyo no tendré oportunidad de llegar al final.
Y quizá a lo largo de este largo y solitario viaje consiga descubrir por qué soy como soy, y qué es lo que me mueve a hacer las cosas que hago. Tal vez me sea desvelado el lugar en que se encuentra mi cocina interior. Eso me ayudaría a comprenderme, y a estar algo más en paz conmigo.



