Al lugar donde se escucha el Eco de los Siglos
Muy poco de romántico tiene el hecho de llegar a las dos de la madrugada al aeropuerto de Madrid-Barajas para encontrarse con un grupo de periodistas, fotógrafos, cámaras y especialistas en sonido antes de tomar un avión de Uzbekistan Airways que hará una dilatada escala en Ginebra (Suiza) antes de atravesar Europa Oriental y parte de Asia hasta llegar a Tashkent, capital del país que ha hecho de la mítica Ruta de la Seda su principal atractivo turístico y de su joven festival Asrlar Sadosi , todo un lugar de encuentro cultural.
Cierto es que el romanticismo se diluye en cuanto vemos que el inmenso vagón aéreo, un Airbus 310, no se detiene en estaciones polvorientas, ni circula sobre vías que se asemejan a grietas que desgarran los terrenos de cultivo que veo desde la comodidad y elevación de mi asiento.
La sensación de creerse perdido es casi inexistente al poder seguir el trazado marcado sobre las pantallas de cristal líquido con el mapa físico de la región. La precisión de los navegadores nos indica que estamos sobre Ucrania y lo hacemos 25 años después de la catástrofe de Chernobil.
Ahora sí que nos llega cierto halo de romanticismo al poder establecer paralelos espacio-temporales con lugares que hemos conocido a través de reportajes y noticias en televisión, radio, prensa e Internet; otros lo hicieron gracias a crónicas literarias de viajeros que se embarcaban en aventuras con origen determinado y supuesto destino final.
Teresa de la Parra (París, 1889-Madrid, 1936) fue una de las que realizaron travesías nada fugaces plasmadas en papel duradero. Ayer viernes, en la redacción del Área de Cultura, antes de acudir a los micrófonos de El ojo crítico a compartir el viaje que ya había iniciado gracias a los textos facilitados por los compañeros de Documentación de RNE, Laura Barrachina me dio otro pasaporte literario del que podréis disfrutar vosotros gracias a la editorial menoscuarto: Diario de una caraqueña por el Lejano Oriente.
Esta novelista venezolana, una “blanca pasajera fugaz”, como definió Juan Ramón Jiménez, realizó un viaje en 1919 que le llevó a cruzar Estados Unidos, surcar el Pacífico y recalar en Hawai, Japón y China. Yo voy en dirección contraria. Acabo de sobrevolar un buen trozo de la Ruta de la Seda, la que en la Antigüedad atravesaba Asia desde el Mediterráneo y el mar Rojo, hasta Xian, en China. El romanticismo sí que me embarga ahora: vienen a la mente los nombres de Samarcanda, Khiva y Bujara; aparecen envueltos en un halo poético, exótico, como de otra época…
Debajo de ese manto de nubes esperan desde hace siglos, minaretes, madrazas y palacios con cúpulas azuladas, ejemplos indemnes de una suntuosa arquitectura islámica, oasis en un desierto con reminiscencias soviéticas. Echo otro vistazo a las nubes, quizás me dejen entrever alguna caravana con mercaderes antes de que aterrice en mi caravasar que es la ciudad de Tashkent.



