Dos años después de la crisis de Wall Street de 1929, en 1931, el gran pintor y muralista mexicano Diego Rivera fue contratado por el Moma de Nueva York para la realización de una serie de murales que terminaron despertando muchas polémicas en la ciudad. La familia del multimillonario Abbey Rockefeller, por ejemplo, uno de sus principales financiadores, se indignó por las imagenes de algunos de ellos, y terminó rechazando el proyecto de que Rivera pintara la Rockefeller plaza en el centro de la "gran Manzana".
Con la imágen de uno de estos murales, titulado The uprising ("el levantamiento"), celebramos el 1 de mayo, Día del Trabajo, con una banda sonora original dedicada al tema.
Chamarrita de una bailanta (Washington Benavidez, Carlos Benavides) 1974 Alfredo Zitarrosa, "Zitarrosa 74"
Saluteremo il signor padrone (anónimo, recop: Giovanna Marini e Ivan Della Mea) Giovanna Marini y Francesco De Gregrori, "Il fischio del vapore" (2002)
Preguntitas a dios (Atahualpa Yupanqui) Chavela Vargas
El 11 de febrero de 1963, en la ciudad de Mendoza, el poeta Armando Tejada Gómez, Mercedes Sosa, su marido Manuel Oscar Matus, el poliédrico músico Tito Francia y otra decena de artistas comprometidos firmaban el acto constitutivo del Movimiento del Nuevo Cancionero, que marcará la historia de la música popular en Argentina y en otros países del Sudamérica durante los veinte años siguientes. El modelo de base era el del Nuovo Canzoniere Italiano fundado en Milán en 1962 de la experiencia del histórico colectivo de los Contacronache de Turín, que eran un grupo cultural transversal de intelectuales, artistas e investigadores, unidos por el común objetivo de dar dignidad historiográfica a una serie di fuentes generalmente consideradas «alternativas», y por eso a menudo olvidadas. De las antiguas improvisaciones en rima de los campesinos a los viejos cantos de trabajo, de las canciones de lucha a los cantos sociales del movimiento obrero, anarquistas y libertarios, un patrimonio popular excepcional se metía a disposición de un país bajo muchos aspectos distraído y mojigato. Inspirados por los trabajos de Sergio Liberovici y Michele L. Straniero y por las grabaciones «en el campo» de Ernesto De Martino, por las investigaciones de Cesare Bermani sobre las fuentes orales y por las encuestas de Danilo Montaldi sobre los inmigrados en los centros urbanos, estos investigadores culminarían su importante trabajo con la creación del sello discográfico independiente I dischi del sole.
Sobre este modelo, a otro lado del Atlántico, se forjaba el Nuevo Cancionero, del que hace poco más de un més se celebraba el 50 aniversario. Muy indicativa la trayectoria de Mercedes «la negra» Sosa, rebautizada la cantora popular, que a partir de entonces grabará discos de fuerte reivindicación social como Canciones con fundamento (1965), Yo no canto por cantar (1966), Mujeres argentinas (1969), Homenaje a Violeta Parra (1971), Cantata sudamericana (1972), Mercedes Sosa interpreta a Atahualpa Yupanqui (1977).
Un 4 de marzo de 1943 en la ciudad de Bolonia nacía el gran cantautor italiano Lucio Dalla. Y hace justamente un año, a la edad de 69 años, el querido Lucio se nos marchaba para siempre en la ciudad suiza de Montreux, después de su último concierto. Hoy, en su día de cumpleaños, queremos recordarlo así con esta versión de su famosa canción titulada 4/4/43. En un primer momento la canción hubiera tenido que llamarse Gesù bambino ("Niño Jesús"). Pero la censura de la entonces Radiotelevisión pública italiana impuso que se le cambiara el título. La canción pasó a llamarse entonces justamente 4/4/43. De esta forma Lucio pudo presentarla por primera vez durante el Festival de la canción italiana de San Remo en el año 1971 consiguiendo un enorme éxito. Unos meses antes, durante su exilio italiano, Chico Buarque de Holanda, gran amigo de Lucio Dalla, tuvo la ocasión de escuchar la canción durante una cena entre amigos. Chico memorizó parte de la letra y su melodía así que poco después de su regreso a Brasil, en 1970, la grabó en una versión original en portugués bajo el titulo de Minha historia. Unos años después fue el turno del gran cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa, quien la adaptó al castellano en una hermosa versión (Mi historia) publicada en un disco de inéditos en el año 1995. Esta noche, dentro de un par de horas, la voz de Lucio Dalla volverá a vivir en el recuerdo de todos los que tendrán la suerte de encontrarse en Bolonia, en su plaza Mayor, gracias a un concierto especial que le dedicarán algunos entre los cantautores y artistas más destacados de la música italiana de las últimas dos décadas.
Acabo de leer la interesante reseña publicada la semana pasada por Borja Hermoso en El País sobre la reciente publicación en versión española de Brassens. La libertad (Fulgencio Pimentel Editor, 2013) la biografía de Georges Brassens contada a través de las viñetas del ilustrador francés Joann Sfar, quien fue también el responsable del la muestra que la ciudad de París le dedicó el año pasado al gran trovador anarquista. Inmediatamente me hizo pensar a otros dos lindos proyectos gráficos también dedicados a la vida de otros dos artistas fundamentales, en este caso para la historia de la canción rioplatense.
Pienso en la novela ilustrada por el diseñador José Muñoz sobre guión de Carlos Sampayo dedicada a la vida de nuestro querido “zorzal criollo” (Carlos Gardel, La voz del Río de la Plata, Libros del Zorro rojo, Barcelona, 2010) y luego al recientísimo Zitarrosa, un gran trabajo del diseñador argentino Max Aguirre, sobre textos del uruguayo Rodolfo Santullo. Pequeñas joyas entre ficción y realidad para devolver a algunos de nuestros mitos de la historia de la canción popular su carácter humano, privado, íntimo, quitándole en muchos casos la gomina del espectáculo.
Por las infinitas e imponderables
razones de los “destinos cruzados”, para utilizar palabras de mi querido
conterráneo Italo Calvino, anoche, de paso por Nueva York, hice lo que hicieron
unas cuantas miles de personas. Abrimos las ventanas de casa y bajamos a la
calle, por lo menos para no dejar que la historia nos pasara por delante, sin
enterarnos. Unas cuatro horas con el termómetro bajo cero, en Times Square, para intentar
comprender algo más sobre la ciudad y sobre la época que nos ha tocado de vivir.
Una empresa bastante complicada, considerando el mega flujo estereofónico de monitores, paneles al neón,
luces estroboscópicas que alternaban imágenes de los candidatos presidenciales,
sujetadores “wonderbras”, carteles de Evita (sic!), Mamma mia!, Spiderman que
podrían encontrarse indiferentemente tanto aquí, en Broadway, así como en la
Gran Vía madrileña. A condimentar el plato...los infaltables comerciales de I-phones/-pads/-pods, Hi-fi /-tech/-screen por todo lado al pie de la mítica antena de este viejo gigante del Empire State Building ocasionalmente colorado de "azul demócrata"...hasta una original versión del
antiguo aplausómetro televisivo (“clap-o-meter”, como se dice aquí) construido desde hace días en la
fachada de los míticos estudios de la NBC, en el Rockefeller Center (es decir dos
andamios móviles elevados en tiempo real según de las proyecciones
de los primeros resultados a pie de urna, con los infaltables “scores”
de los partidos de beisbol). Un “nuevo” mundo que la verdad es que finalmente
no parece tan distinto de lo que Federico García Lorca, hace unos 80 años, nos
había contado en forma muy eficaz con su “Poeta en Nueva York”, el poemario
que compuso durante su estancia justamente en la Gran Manzana durante otra crisis financiera, la de Wall Street, de
1929. Una obra que en 1986, en ocasión del 50 aniversario de su muerte, fue musicalizada por artistas de la talla de Leonard Cohen, Mikis Theodorakis, Georges Moustaki, David Broza, Angelo Branduardi, Paco de Lucia, Victor Manuel, Lluis Llach, Donovan, Chico Buarque (“Poetas en Nueva York”, CBS, 1986).
De esta noche electoral me quedo
con una imagen. La de Batman, el Ratón Mickey, el Gran pitufo y la Estatua de
la libertad en persona discutiendo animosamente, en una variante de habla
hispana que no pude reconocer, sentados en un anden de Times Square, después
de un día de trabajo a caza de los voraces clics de las cámaras de los turistas
metropolitanos. No consigo dejar de pensar en lo que se habrán contado los cuatro viejos superhéroes .
Han pasado casi dos días del catártico ritual electoral pero hay algo que no acaba de asombrarme. ¿Quién ha ganado realmente el partido?
Estaba pensando en eso justamente anoche, volviendo
a mi habitación, a bordo del “Downtown train” al revés, el número 6, el tren de los
viajeros diarios, de los jornaleros y de los obreros, de los desamparados y
desempleados, de los “homeless” (...“vagabundos” para los mas románticos), la
mayoría de ellos negros y latinos, que regresan de madrugada a las afueras de
la Gran Manzana, hacia el Bronx. Un tren que volverán a coger, dentro de un par
de horas, para volver a Manhattan, en busca de fortuna, en el mejor de los casos… para trabajar.
“Hemos ganado” cantaban en coro las miles de personas en el triunfo electoral de Times
Square. Otros, más tristes, escondidos entre la muchedumbre, ocultando dificilmente su decepción, amainaban
sus banderas, en la espera de volver a presentarse dentro de cuatro años, a la
próxima ronda electoral. Pensaba en eso, mirándolos en la cara, en silencio, a
mis compañeros sin nombre ni, en muchos casos, papeles de este viaje sin retorno, en el Downtown train numero 6, como en una famosa cancion de Tom Waits. Pero
esta, una vez más y como siempre, es otra historia. ¡Hasta el próximo domingo!
En el mes de febrero de 1982 la junta militar que en aquel entonces gobernaba Argentina permitió a Mercedes Sosa regresar a su país, tras largos años de exilio. Y Mercedes lo hizo con una serie de conciertos en el Teatro Ópera de Buenos Aires, dos meses antes del comienzo de la guerra de las Malvinas. Se trató de un acto muy importante, contrario a una política cultural que pretendía dividir lo que siempre había sido unido. Es decir el patrimonio colectivo de la gente. Tanto la del interior así como la de la ciudad. Por eso Mercedes quiso compartir el escenario con artistas muy diferentes y eclécticos (entre ellos León Gieco, Antonio Tarragó Ros, Rodolfo Mederos, Ariel Ramírez) provenientes de la música popular y de la canción de autor, del folclore al tango hasta llegar al rock. Trece recitales que quedarán grabados para siempre en el disco "Mercedes Sosa en ARgentina". Así fue que por primera vez el rock argentino y el folclore se juntaron, arriba de un escenario, gracias a la presencia, junto a "la negra" Sosa de un joven que en aquel entonces tenía 31 años, Charly García. Los dos cantaron una versión estremecedora de una canción del mismo García: Cuando ya me empiece a quedar solo... Un hito en la historia de la música popular de un continente entero.
En aquel verano de 1967 el mundo parecía derrumbarse. Los cielos del Vietnam se coloreaban de negro, sus calles, los campos y los pueblos, de la sangre de millones de vidas destrozadas por los bombardeos de una nueva guerra al sabor quemador del napalm. Mientras la periferia del Imperio intentaba buscar su difícil camino hacia la descolonización, las calles de las capitales del Occidente se poblaban de miles de estudiantes y trabajadores, sindicalistas y obreros, desempleados, artistas e intelectuales que ya no eran dispuestos a aceptar el orden impuesto por sus padres. Pocas semanas después, en tierras bolivianas, Ernesto «Che» Guevara moría asesinado durante una nueva guerrilla en el intento de liberar otro país más del yugo de una feroz dictadura. Violeta Parra recién se nos había marchado (así como un par de años después también algunos malditos del rock, tales como Janis Joplin, Jimi Hendrix y Jim Morrison). Y si los estudiantes franceses aún no habían tomado la Sorbona, sus primos argentinos comenzaban a padecer la dura represión policial ordenada por el dictador Juan Carlos Onganía, así como relata la importante película La noche de los bastones largos del director argentino Tristán Bauer, del 2004). Es en este contexto que la Canción protesta latinoamericana tiene su acto constitutivo, por lo menos a nivel discográfico, considerando que en realidad el gran pionero, fundamental para todos, fue Atahualpa Yupanqui. Algo que ocurría precisamente en una isla del archipiélago cubano, la Isla de la Juventud. Protest songs of Latin America según el título de un famoso disco publicado en 1970 por el histórico sello Paredon Records, fundado por la cantautora estadounidense Barbara Dane, y que hoy pertenece a la célebre discográfica sin ánimo de lucro Smithsonian-Folkways del Center for Folklife and Cultural Heritage de Washington. Un álbum grabado en directo, justamente en julio de 1967, durante el Primer Encuentro internacional de la Canción protesta de Cuba. Un Festival en el que participaron algunos de los autores más interesantes del nuevo movimiento de la canción de autor latinoamericana. Entre ellos los cubanos Carlos Puebla, Noel Nicola, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, los uruguayos Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, Carlos Molina, Quintín Cabrera, Pepe Guerra y Braulio López (Los Olimareños), los chilenos Rolando Alarcón y Ángel e Isabel Parra, el peruano Nicomedes Santa Cruz, el mexicano Ramón Ayala y el argentino Oscar Matus. Siglos de resentimiento en contra de un endémico colonialismo, y de sus modernas derivas neoliberales, empujaron a la nueva generación de cantautores latinoamericanos a defender la causa de la Revolución cubana. Un movimiento de liberación nacional que, desde el triunfal ingreso de Fidel Castro en la ciudad de Santiago de Cuba del 1 de enero de 1959, en pocos años intentó trascender, por lo menos en sus intenciones, sus propios confines geográficos y temporales. Un sueño feliz, aunque si muy rápidamente frustrado, de emancipación de cualquier alienante explotación del Capital sobre el Trabajo que se convirtió pronto en el eje principal en cuyo nombre se consolidó el nuevo movimiento de la canción latinoamericana. De todas formas así nacían algunas de las experiencias musicales más interesantes y significativas de la época, que iban a marcar en forma radical la historia de la música popular sudamericana. De la Nueva trova cubana al Cancionero popular argentino, de la Nueva canción uruguaya al tropicalismo brasileño, para llegar a lo que se convirtió en el principal fenómeno discográfico de la época: la Nueva canción chilena. Después de la prematura desaparición de Violeta Parra será Víctor Jara quien va a tomar simbólicamente las riendas del movimiento de los cantautores chileno, junto a una generación de artistas imprescindibles como Cuncumén, Quilapayún, Patricio Castillo, Isabel y Ángel Parra, Patricio Manns, Inti-Illimani, Osvaldo «Gitano» Rodríguez y muchos otros. Músicos que en su gran mayoría, en 1970, participaron en forma entusiasta en la campaña electoral del candidato a la presidencia de la Nación Salvador Allende, con la convicción de encontrar en la coalición de la Unidad Popular un original camino chileno al socialismo. Con la victoria de Allende, por ejemplo el mismísimo Víctor Jara, una vez nombrado embajador cultural del nuevo gobierno, comenzará un largo periplo que lo llevará a tocar por ejemplo en países como la Unión Soviética y Cuba. Curioso y ecléctico, sensible y responsable, después de los estudios en el seminario, Víctor Jara decidió dedicarse al teatro, firmando la dirección de algunas puestas en escena que le permitirán viajar alrededor de Sudamérica. Pero será en la canción, orgullosamente aprendida en forma de autodidacta, que encontrará su propio camino. Después de colaborar durante ocho años con el conjunto folclórico Cuncumén, en 1965 hizo su debut como solista con un sencillo titulado El cigarrito. Su primer disco, Víctor Jara, de 1966, contiene clásicos como Paloma quiero contarte y El arado. Luego vendrán obras fundamentales como Pongo en tus manos abiertas… (1969), Canto libre (1970), La población (1972) y el último Canto por traversura (1973). De todas formas el interés para el folclore continuará acompañándole durante toda su vida, como demuestra su colaboración con la mítica banda Quilapayún para la realización del disco Canciones folklóricas de América (1967). Una fascinación que en los años siguientes le empujará a investigar los territorios del folclore argentino (La cocinerita, Casi casi), boliviano (Que alegres son las obreras, Ja Jai, El tinku), israelí (Noche de rosas), venezolano (Mare mare, Duerme negrito), mexicano (Corrido de Pancho Villa) e peruviano (Ingá, A la Molina no voy más). Las de Víctor Jara son historias de amor eternas, sin patria, bandera ni tiempo. Sus protagonistas son trabajadores textiles y campesinos, obreros y mineros, cuyos amores, sueños e ilusiones los cuenta de forma delicada y discreta, con un lirismo responsable y consciente, nacido de la empatía de quien tiene un profundo respeto para las personas. Son personajes que siempre tienen un nombre… como Amanda y Manuel (llamados así como sus padres), protagonistas de la estremecedora historia de amor en los tiempos de la fábrica y al ritmo del trabajo de Te recuerdo Amanda (1969). Criado en la época de los grandes movimientos para los derechos civiles, con iconos como Malcolm X y Martin Luther King, pasando por el reformismo católico del Concilio Vaticano II, hasta llegar a la efímera experiencia de la Teología de la Liberación, hundida definitivamente a comienzo de los años ochenta por voluntad de Juan Pablo II a causa de su sueño, frustrado, de real emancipación del individuo. Víctor Jara continúa siendo un cantautor imprescindible para la historia de la canción latinoamericana. Dos años después haber firmado en 1969 la versión en castellano de la célebre If I had a hammer (El martillo) de Pete Seeger y Lee Hays, en 1971 publicará lo que se convirtió en su propia suma existencial, pero también, al mismo tiempo, el testamento espiritual de un hombre destinado a dejarnos demasiado pronto. Son los famosos versos de El derecho de vivir en paz, del disco homónimo, de 1971, dedicado a la resistencia de las tropas del presidente Ho Chi Min en el frente vietnamita. Un álbum que cuenta con la colaboración de Ángel Parra, Inti-Illimani y Patricio Castillo (de Quilapayún) y que de hecho contribuirá en forma determinante a llevar a plena maturación el movimiento de la Nueva canción chilena. Una revolución también en un sentido musical, considerando que se trataba de la primera vez que en la música popular chilena se insertaban los sonidos de la guitarra y del órgano eléctrico. Muchas de sus canciones fueron grabadas en vivo, en directo, en la Peña de los Parra, un espacio cultural autogestionado, fundado por Ángel e Isabel, los dos hijos de Violeta en 1963 y clausurado en 1973, con la dictadura militar de Pinochet. Víctor Jara hoy hubiera cumplido ochenta años. Y casi cuarenta han pasado de su trágica muerte, a la edad de 41 años, asesinado por mano de los sicarios con uniforme militar del dictador Augusto Pinochet, en el estadio de Santiago de Chile, hoy llamado Estadio Víctor Jara, en aquel septiembre negro de 1973, apenas cinco días después del bombardeo del palacio de La Moneda y el asesinato del presidente Salvador Allende. «Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país? Solo aquí diez mil manos siembran y hacen andar las fábricas. ¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!»… Estas las últimas palabras, anotadas en un cuaderno pocas horas antes de morir. Casi cinco lustros han pasado del comienzo de la lentísima transición democrática chilena, estrenada con el plebiscito que puso el término al régimen militar de Pinochet en 1988, aunque de hecho mantendrá el cargo de comandande en jefe de las Fuerzas Armadas del Chile democrático durante una década más, para luego convertirse en senador vitalicio. Lo que queda es historia. Incriminado en 1998, durante su estadía en Londres, por delitos de lesa humanidad por el magistrato Baltasar Garzón, el exdictador será liberado en el año 2000 y podrá regresar a su patria, en donde moriría impune, protegido por la inmunidad de su cargo de senador y de una jubilación estadal como expresidente. Los asesinos de Víctor Jara, y de decenas de miles de personas detenidas y torturadas, en algunos casos delante de las televisiones de todo el mundo, continúan su andar sueltos impunemente por las calles del país, como incurables nostálgicos del «orden», la «seguridad» y la «disciplina». [Dimitri Papanikas, il Manifesto, 28 de septiembre de 2012]
“Tengo ganas de volver a enamorarme, de viajar y de conocer países distintos”… Con estas palabras hace tres años la querida Nelly Omar se despedía de una larga hora de charlas compartidas en un café bajo su casa, en la céntrica calle Medrano de Buenos Aires. Un lugar muy parecido a nuestro imaginario Café del sur. Un par de días después la “señora del tango” se subía al escenario del célebre Teatro Luna Park, histórico templo del boxeo y luego testigo de algunos de los hitos más trascendentes de la vida cultural y social de la ciudad, para presentar su nuevo concierto. Con este hermoso recuerdo de una tarde que parece ayer, compartiendo anécdotas, sueños y deseos, entre facturas, medialunas, café con leche y zumo de naranja natural, queremos celebrar su cumpleaños número 101 con un cariño muy especial. ¡Y qué cumpla mucho más!
En 1963, en la ciudad de Mendoza, Oscar Matus, Armando Tejada Gómez, Tito Francia y otros importantes artistas del folclore, se reunían para firmar el Manifiesto del “Nuevo Cancionero argentino” con el objetivo de promover «la integración de la música popular en la diversidad de las expresiones regionales del país», en sintonía con las otras tradiciones culturales y musicales de todo el continente latinoamericano. Con ellos se encontraba una joven cantante de 28 años, nacida en el noroeste argentino, en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Una mujer que pronto iba a cambiar para siempre la historia de la canción latinoamericana. Dos años más tarde, en una noche de febrero de 1965, en pleno verano austral, gracias a su amigo Jorge Cafrune, esta mujer que en aquel entonces era muy pobre, de origen indígena, dotada de una voz estupenda, se atrevía a subirse al escenario principal del Festival de Cosquín, uno de los festivales de música folclórica más importantes en el mundo, para cantar la comprometida Canción del derrumbe indio de Fernando Figueredo Iramain. Unos pocos pasos, unos cuantos metros, que marcaron para siempre su historia. Así nacía artísticamente la voz de un continente entero. Mercedes Sosa. En aquel entonces “la negra”, ya tenía grabados dos discos titulados “La voz de la zafra” y “Canciones con fundamento” pero que habían pasado bastante desapercibidos. Fue justamente el éxito de Cosquín que le brindó la posibilidad de grabar su tercer disco, por cierto el primero con un sello importante (Polygram). Un álbum de 1966 titulado significativamente “Yo no canto por cantar”, con canciones escritas por Oscar Matus (que en aquel entonces era su marido), Armando Tejada Gómez, Tito Francia, el uruguayo Daniel Viglietti, Ariel Ramírez y también por Pablo Neruda (Tonada de Manuel Rodríguez). Un disco que de hecho la lanzó también a nivel internacional, permitiéndole su primera gira a EEUU, a Europa y luego, en la primavera de 1969, a Chile. Un año, el 1969, en el que si en Argentina se vivían trágicos momentos debidos a la represión organizada por la dictadura del general Onganía, al contrario en Chile había mucho fermento debido al triunfo electoral del 4 de septiembre de 1970 del presidente Salvador Allende con el apoyo de la Unidad Popular chilena. Mercedes Sosa celebrará la nueva temporada de cambio en Chile grabando el disco “Homenaje a Violeta Parra”, dedicado a la célebre cantautora chilena que se nos había marchado para siempre unos años antes, en 1967. Un disco que a dio vuelta al mundo y que de hecho le dio un fuerte empuje a la canción protesta latinoamericana. El mercado discográfico internacional estaba descubriendo la “Nueva canción chilena”. Un boom efímero… así como aquel aire fresco y libre que recién se estaba comenzando a respirar.
El 16 de mayo de 1982 alrededor de sesenta mil espectadores se reunieron en las cercanías del Estadio de Obras Sanitarias de Buenos Aires, a pocas manzanas de la tristemente célebre ESMA (el centro de detención clandestino símbolo de la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983, hoy sede del Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos) para participar a un evento que marcó un hito en la historia del “rock nacional”, así como en Argentina se suele llamar al rock en lengua castellana. Lo que iba a comenzar pasaría a la historia como el Festival de la Solidaridad Latinoamericana. Un evento concebido por la Junta militar como ocasión para recaudar víveres y ropa para los combatientes en la guerra de las islas Malvinas. Último desesperado intento del gobierno militar para ganar consensos incluso entre los jóvenes habitantes de un país en aquel entonces totalmente destrozado. El recital fue retransmitido por las televisiones de todos los países que apoyaron la causa argentina. De repente, en consecuencia de la prohibición de difundir canciones extranjeras en idioma inglés por la radio, los jóvenes argentinos se descubrían enemigos de los Beatles. Entre los artistas invitados (con el paso del tiempo muchos de ellos se arrepentirán por no haberse dado cuenta a tiempo de las implicancias políticas y de las instrumentalizaciones padecidas) se podían encontrar verdaderos mitos del rock argentino como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia, Nito Mestre, David Lebón, Pappo y Miguel Cantilo. Por cierto las censuras y violencias padecidas por algunos de ellos en el pasado siguen siendo la prueba más evidente de su buena fe. De todas formas hubo quien explícitamente se negó a subirse al escenario de un festival que a algunos comenzaba a parecer como un evidente intento de propaganda al régimen militar. Así fue que los integrantes de la banda Virus, liderados por Federico Moura, rechazaron la invitación respondiendo valientemente con un disco titulado “Recrudece” en el que se podía encontrar la siguiente canción, titulada El banquete:
Nos han invitado a un gran banquete, habrá postre helado, nos darán sorbetes.
Han sacrificado jóvenes terneros para preparar una cena oficial, se ha autorizado un montón de dinero pero prometen un menú magistral.
Es un momento amable bastante particular, sobre temas generales nos llaman a conversar.
Los cocineros son muy conocidos, sus nuevas recetas nos van a ofrecer. El guiso parece algo recocido, alguien me comenta que es de antes de ayer.
Pero ¡cuidado! Ahora los argentinos andamos muy delicados de los intestinos...
Una rabia dolorosa y una profunda indignación que volvieron a presentarse públicamente al año siguiente, gracias a otro disco, “Agujero interior”, con canciones como Ellos nos han separado, dedicada a uno de los hermanos Moura, desaparecido durante los años más oscuros de la dictadura, exactamente como había ocurrido a la hermana del cantautor Víctor Heredia. Al Festival León Gieco cantó una conmovedora versión de Solo le pido a Diós, tema censurado en 1978 y que para la ocasión los militares volvieron a permitir porque considerado « de interés nacional para la paz». Enterándose luego de la instrumentalización padecida, el gran cantautor decidirá no volver a cantarlo durante mucho tiempo.
Cuando al atardecer las oficinas quedan vacías y los negocios cierran, las luces de la Avenida Corrientes de Buenos Aires y de la Ciudad vieja de Montevideo se encienden con sus librerías, disquerías, teatros y cafés...