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Cartas llenas de vida

    miércoles 28.mar.2018    por Cartas en el tiempo    0 Comentarios

Hace unos años, en un congreso sobre historiografía, uno de los participantes no tuvo reparos en cuestionar uno de los trabajos presentados por el mero hecho de cimentar su estudio sobre la producción epistolar de la gente común. Aquel profesor, especialista en el mundo antiguo, tenía pocas dudas acerca del valor histórico que atesoran las cartas de Cicerón, pero le costaba dar una pizca de relevancia a las misivas escritas por los soldados desde alguno de los frentes de la Guerra Civil española. Quiero pensar, sin embargo, que no habría dicho lo mismo de las conocidísimas tablillas de Vindolanda del siglo I, entre ellas un centenar largo de cartas, escritas con tinta sobre madera, unas por mano o dictado de los militares de dicho campamento, situado en uno de los fuertes que custodiaban el Muro de Adriano, al norte de Inglaterra, y otras de sus familiares a ellos. Debe ser que la antigüedad nos hace mirar las cosas con ojos distintos sin advertir que el hoy tarda poco en revestirse con los ropajes del ayer.

Quince años después del citado evento supongo que la escena no volvería a repetirse, aunque solo sea porque en este lapso de tiempo la investigación histórica se ha enriquecido enormemente gracias a los horizontes abiertos por los escritos personales: los diarios y las memorias, pero igualmente las cartas. Su uso como fuente histórica se ha consolidado al mismo ritmo que lo han hecho otras maneras de narrar el pasado más enfocadas a rescatar las voces de todo tipo de sujetos, la vida en su dimensión más cotidiana o la cultura de las emociones. No obstante, la balanza todavía está algo desequilibrada: a un lado, al crédito que merecen las cartas escritas por personas de cierto renombre (político, intelectual o económico); en el otro, el desapego que algunos historiadores siguen profesando hacia aquéllas redactadas por manos más humildes e inexpertas.

Las cartas testimonian un relación con la escritura tan desigual como lo ha sido y es el devenir del alfabetismo a través de los siglos. Vistas en el tiempo, permiten observar los cambios habidos en la cultura gráfica. Explicitan la distinta manera de entender la escritura según sea el destinatario de la misiva, pues no es lo mismo dirigirse a una persona cercana que elevar una petición a un jefe de Estado. Como sostuvo la retórica epistolar desde la época grecorromana en adelante, al escribir una carta se ha de pensar en seis cuestiones fundamentales: quién escribe, a quién lo hace, por qué razón, qué dice la misiva, cuando se escribe y de qué manera. Sin atender a estos requisitos, en palabras de Antonio de Torquemada, mediado el siglo XVI, el escritor de cartas iría «como el ciego que ni sabe el camino ni tiene quien se lo enseñe».

Según se ve, la tarea de escribir una misiva también puede tener su complejidad. Con el fin de facilitar ese aprendizaje, ya desde la Grecia clásica aparecieron manuales que enseñaban a hacerlo y poco a poco fueron incorporando modelos ajustados a la condición del destinatario y al contenido de cada carta. Además, en muchos momentos de la historia ese cometido se ha confiado a personas más familiarizadas con el arte de la escritura: escribanos o memorialistas, evangelistas los llaman en México, como alguno de los que todavía en los años noventa del siglo pasado tenían puesto en las Ramblas de Barcelona. A ellos solían acudir las personas analfabetas, al igual que otras veces recurren a familiares y conocidos, pero también quienes sabiendo escribir desconocían algunas normas del protocolo epistolar. Téngase en cuenta que la carta es un género de escritura dotado de gran estabilidad, y que esta es clave en el pacto de comprensibilidad que se establece entre emisor y destinatario.

[RED] Pliego_Carta amorosa escrita por memorialista_00

Hoy, sin duda, la realidad ha cambiado bastante, dándose una suerte de muerte y transfiguración de la carta. Cada vez es menor el número de las que escribimos a mano, incluso postales, o dactilografiadas, mientras que a cada segundo crecen exponencialmente los mensajes que circulan por la Red a través del correo electrónico o mediante cualquier otro dispositivo de mensajería instantánea. Muchos, ciertamente, no son cartas en sentido estricto, pero no olvidemos que, en épocas pasadas, junto a las misivas, también había «billetes» («cartas, breves por lo común», según la definición del Diccionario de la Lengua Española); muy habituales, por ejemplo, tanto en los carteos entre enamorados como en las correspondencias carcelarias. Es más, el mail, sin reproducir exactamente la estructura de la epístola, tampoco la ha perdido del todo. Pese a la informalidad que muchos puedan tener, los más siguen abriéndose con una fórmula de saludo, desarrollan uno o varios asuntos y se cierran con alguna expresión de despedida más la consiguiente firma. Algo conservan, pues, de aquel «todo cambia para que nada cambie», de Lampedusa.

Cualquiera que sea su forma y materialidad, las cartas atrapan la vida entre sus renglones. Sujetas a la misma crítica que debemos aplicar a cualquier documento del presente y del pasado, nos acercan a la historia en primera persona. A través de ellas podemos reconstruir situaciones y experiencias múltiples: despedidas al borde de la muerte, aventuras de amor y desamor, angustias en el fragor de una batalla, vidas entre rejas, migraciones y exilios, anhelos confiados a la generosidad de Papá Noel o de los Reyes Magos, intercambios mercantiles, diálogos intelectuales y así sucesivamente, pues no hay dimensión de la vida humana que les sea ajena. Y al hilo de ello, estrategias de escritura y comunicación plurales: mensajes cifrados junto a cartas escritas sobre los más variopintos soportes (desde la arcilla al papel), tantos como los que han servido para escribir a lo largo de la historia.

A buen seguro que esta serie de La 2, Cartas en el tiempo, pondrá su granito de arena al visibilizar cartas escritas con fines y propósitos muy variados, rebuscadas en archivos, bibliotecas y colecciones particulares; de gentes de arriba y de abajo, de personas destacadas y subalternas, de hombres y mujeres, de adultos y de niños.

Antonio Castillo Gómez

Universidad de Alcalá; SIECE; Grupo LEA

Categorías: Libros , Televisión

Cartas en el tiempo   28.mar.2018 12:56    

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