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La historia hecha de cartas

    miércoles 11.abr.2018    por Cartas en el tiempo    0 Comentarios

Queridos y queridas telespectadores de Cartas en el tiempo:

Espero que la presente les halle alegres y gozando de una inmejorable salud. Tengo que empezar por confesarles que cuando era niña me encantaba escribir cartas. Podía pasarme tardes y tardes enteras escribiéndoles mil y una historias a mis corresponsales, fueran o no reales (las historias y los corresponsales). Recuerdo que escribía a mis amigas y luego les daba las cartas en el cole, con sobre y todo; a la familia que vivía lejos y echaba de menos, porque sólo nos veíamos algunas semanas en verano; a mis padres si no me portaba todo lo bien que debía para pedirles perdón; a mis abuelos para decirles lo mucho que les quería y lo agradecida que estaba de que me enseñasen tantas cosas… Luego llegaron las cartas a los primeros amores…

Todavía guardo muchas de esas cartas, y también las que escribía por el día del padre o de la madre, las que mandaba por Navidad, las que llevaba a los cumpleaños a los que me invitaban o las que dirigía ilusionada a los Reyes Magos o al Ratoncito Pérez… Uno de los primeros libros que leí a solas (eso nunca se olvida), tenía precisamente a las cartas como protagonistas. Iba de dos niños que eran muy amigos y tenían que separarse porque uno de ellos se iba a vivir a otra ciudad. Era un libro de la colección de Barco de Vapor, de la editorial SM, que me compró mi madre como regalo por portarme bien un día en el médico (lo de las batas blancas nunca lo he llevado muy allá): Querida Susi, querido Paul, era su título. Escrito e ilustrado por Christine Nöstlinger, su primera edición, la mía, apareció en 1984, pero aún hoy sigue publicándose y leyéndose, pues más de una vez me lo he encontrado en las librerías que frecuento.

En fin, que este interés mío por el mundo epistolar viene, como pueden ustedes ver, de muy atrás. Quién iba a decirle a aquella niña que escribía cartas y leía libros sobre cartas que iba a convertirse en Doctora en Historia, precisamente, con una Tesis sobre el género epistolar, y luego en una especialista en la materia (eso dicen), y sobre todo que iban por eso a llamarla de TVE para asesorar una serie como ésta... De alguna manera quiero creer que esas experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida van tomando forma en lo que somos y hacemos. De hecho, hay muchas veces que pienso que si no hubiera atesorado yo estas vivencias difícilmente podría hacer hoy con las cartas lo que hago, porque podría saber mucho (nunca lo suficiente, desde luego), pero no sería capaz de ponerme en el lugar “del otro”; de entender el estado nervioso de quien espera recibir respuesta y no la tiene; de percibir lo difícil que es escribir lo que uno no siente o no se atreve o simplemente no puede ni debe contar; de poder leer lo que se dice entre líneas pero no está escrito; de compartir la dicha de tener entre las manos a quienes más se quiere y no se puede ver ni tocar; o la incertidumbre de transmitir buenas nuevas y esperanzas sabiendo que pasarán meses, quizás años, hasta que se conozcan; de valorar el esfuerzo que supone escribir cuando se está cansado o enfermo, cuando faltan demasiadas letras del alfabeto, cuando lo único que se tiene es un lápiz sin punta, una pluma rota, una máquina sin tinta, cuando el dolor o la angustia paralizan los dedos y la respiración, a media luz, en mitad de la nada o al borde de la muerte.

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En 2008, que fue cuando obtuve mi Doctorado, no resultaba ya extraño que alguien empleara las cartas como fuente histórica, pero costó mucho conseguir que la correspondencia obtuviera ese “grado” de credibilidad y dignidad. Durante siglos, los historiadores (y no sólo) rechazaron todo documento que no fuera “oficial” o no hubiera sido producido por las élites (políticas, militares, económicas, sociales, culturales…), porque la Historia, con mayúsculas, debía buscar la Verdad, también con mayúsculas. Había, pues, que huir de lo subjetivo, y las cartas, al igual que otros documentos personales, nacidas de lo más íntimo de quienes las escribían, eran la máxima representación de esa subjetividad, que por aquel entonces resultaba ser sinónimo de lo inexacto, de lo falso, de lo imparcial, de lo insignificante, de lo intrascendente.

La incorporación de las cartas como fuentes para construir la Historia en el taller de los historiadores es algo que debemos al llamado “giro historiográfico” que tuvo lugar hacia los años 60 del siglo XX y del que fueron en buena medida protagonistas la Escuela francesa de los Annales y la Escuela marxista británica. Tenemos, lógicamente, algunos antecedentes destacables, tanto en el ámbito de la Literatura y de la Antropología como en el de la Historia y en el de la Sociología, como la monumental obra de William Thomas y Florian Znaniecki, El campesino polaco en Europa y en América (1918-1920), una de las primeras que demuestran cómo la correspondencia puede aportar informaciones que son imposibles de obtener en los documentos “oficiales”, por mucho que éstos los escriba o los mande escribir la gente “importante”. Estos dos investigadores de la Escuela de Chicago estaban trabajando sobre la emigración polaca a los Estados Unidos, y justo cuando pensaban que no podían dar ya más respuestas a sus interrogantes, se encontraron por casualidad (o no) una carta en la basura de un emigrante que escribía a su madre para contarle cómo le iba. Al leerla se les abrió todo un mundo desconocido e inesperado…

Sin embargo, y a pesar de que esta obra (y algunas otras, porque no fue la única que rompió moldes) se convirtió en un ejemplo para las generaciones venideras, fue a partir de ese “giro historiográfico” de mitad del siglo pasado cuando los historiadores empezaron a pensar que había llegado el momento de cambiar los modos en que se trabajaba y de poner sobre el tablero del juego de la historia nuevas piezas: nuevos sujetos, nuevas fuentes de estudio, nuevas líneas de trabajo… Esta era la única manera de despejar incógnitas, de contrarrestar teorías, de corregir errores, de avanzar en el conocimiento, de demostrar, en fin, que no todo estaba ni dicho ni escrito.

Los artífices de este giro, para conseguir sus propósitos, dieron un papel protagonista a la gente común, a aquellas personas que no eran nadie (pero lo eran todo) -es lo que se llamó la History from below o la “Historia desde abajo”-, e incorporaron los documentos personales a sus herramientas de trabajo -entre ellos, claro está, las cartas-, porque era en esos papeles “sin importancia” y tan llenos de vida, y como la vida misma, tan llenos de “verdades” como de “mentiras”, donde reposaba la experiencia de esos hombres, mujeres y niños corrientes, de carne y hueso, de la que esta nueva Historia quería nutrirse.

No todo pasó de repente. Los cambios se fueron dejando notar sólo paulatinamente, y durante mucho tiempo la Academia siguió mirando con recelo a las cartas y a quienes las estudiaban, aunque si éstas habían sido escritas por papas, por reyes, por grandes señores o eminentes pensadores, y aquéllos que las usaban eran historiadores de cierto renombre, se les permitía, al menos, el beneficio de la duda. Aunque en la actualidad hay quienes todavía afirman que la correspondencia no puede aportar gran cosa a la Ciencia, los numerosos estudios que se han desarrollado -no sólo desde la Historia, sino desde otras muchas disciplinas- sobre o tomando como base epistolarios y colecciones de cartas han demostrado sobradamente que no se puede ni se debe prescindir de una fuente tan rica e interesante, y al tiempo tan compleja y tan poliédrica.

Para el historiador, leer una carta es asistir en vivo y en directo a un doble acontecimiento: el propiamente histórico, común a todos y todas los que vivieron en un determinado tiempo y lugar, y el puramente personal, porque detrás de cada carta hay una historia privada, un “yo”, que nos permite saber cómo cada cual, independientemente de quién sea o qué haga, entendió y sintió aquello por lo que pasó. Las cartas nos llevan así al corazón mismo de la Historia, y eso es una de las cosas que a mí más me fascina de ellas, que nos brindan la oportunidad, al leerlas fuera de su tiempo, de hacer un viaje inolvidable e inigualable, muchas veces incluso mágico, por nuestro pasado, acompañados de unos guías, sin duda, excepcionales.

Algo que también me ha atraído siempre enormemente de la correspondencia es la ritualidad que su práctica entraña: cuando se escribe en condiciones óptimas -cuando no, todo vale- el autor o autora tiene que ir y venir por una serie de caminos que sólo se recorren cuando se escribe una carta, y por eso me parece que escribir cartas no se parece a ninguna otra cosa. Hay que elegir el papel, buscar el momento y lugar idóneos, escribir (y todo lo que ello supone), revisar lo escrito, doblar y meter la carta en su sobre, poner la dirección y el remite en éste, comprar y pegar el sello y, finalmente, echar la misiva al buzón. La fase más importante del ritual es, desde luego, la de la propia escritura, porque hay algo que nunca debemos olvidar cuando leemos cartas de otros: la tarea de autorrepresentación que sus autores o autoras, desde el más sabio al más analfabeto (aunque éste, por lo general, ayudado por alguien), tienen que hacer cuando escriben, porque escribir una carta es como pintar un retrato de uno mismo; un retrato que no siempre es igual, sino que ha de ir retocándose en función de qué reglas gobiernan en cada momento el género epistolar, quién es el destinatario o destinataria, qué relación se tiene con él o con ella, en qué situación se encuentran los corresponsales que se dan cita en el intercambio, cuál es la finalidad que se persigue con la carta, etc.

Y, por último, pues es hora de ir terminando, ya que no quisiera aburrirles ni robarles demasiado tiempo, que tendrán ustedes mucho que hacer, si hay algo que nos debe hacer pensar en la importancia que la carta tiene para la Historia ese algo es el hecho de que es uno de los géneros de escritura que ha ido acompañando al ser humano desde que éste está sobre la faz de la tierra: las cartas tienen una existencia plurimilenaria, están presentes, miremos donde miremos, en todo tiempo y geografía, nos han acompañado en nuestra evolución, y aunque han compartido muchas veces protagonismo con otros documentos, han tenido en numerosas ocasiones un papel predominante en cuanto medios de comunicación y expresión, y no sólo eso, sino que en muchos y decisivos momentos de nuestra Historia han sido la única manera que hemos tenido de estar en contacto y de dejar rastro de nosotros para la posteridad. Nuestra Historia, si nos paramos a pensar un poco, está hecha de cartas… Y a la vez hay cartas que han cambiado el ritmo de la Historia, y con él, millones de destinos…

 Hay quienes afirman que la epistolar es una práctica en extinción en nuestros días, sino ya extinguida. Yo no lo creo, me parece que lo que ha ocurrido es que dentro de esa capacidad camaleónica que la define y que la ha salvado tantas veces del ostracismo o de la desaparición -pensemos, sin ir más lejos, en la amenaza que supuso para ella la llegada del telégrafo o la invención del teléfono, por no hablar de la irrupción en nuestras vidas del correo electrónico- ha conseguido transfigurarse, ha adoptado nuevas formas, lenguajes y medidas, pero que sigue y seguirá siempre con nosotros, aunque sea reducida a su mínima expresión en nuestro mundo globalizado, automatizado, multimediático, “pantallizado” y digital.

Sin otro particular, y deseando que disfruten de Cartas en el tiempo, se despide hasta la suya atentamente S.S.S.Q.B.S.M.,

Verónica Sierra Blas

Universidad de Alcalá; SIECE; Grupo LEA

Categorías: Televisión

Cartas en el tiempo   11.abr.2018 13:00    

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