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Juan de Loxa y las "cartas de los 1.000 escondites" de Lorca

Fue un privilegio conocer al poeta Juan de Loxa. Y es triste que falleciera hace cuatro meses.  Para preparar el rodaje de una de las cartas de amor, de las tres que componen el capítulo de este martes 24 de abril, pensamos en Lorca, cómo no!. Y uno de los hombres más “elorquecidos” que existen, el periodista Víctor Fernández, me abrió el camino hacia Loxa, al que tanto apreciaba. Gracias a Víctor y a Loxa, supimos de la edición de 2013 que hizo el Museo Casa Natal de Lorca en Fuentevaqueros, de las Seis Cartas a Eduardo Rodríguez Valdivieso que le había escrito Federico entre 1932 y 1933. Son cartas llenas de sentimientos y dulzuras, de deseos y penas. Oscuras y luminosas al tiempo. Como nos decía Loxa, sin lugar a dudas FGL es más FGL  si se leen sus cartas de amor.

Juan de Loxa1

Para el programa, escogimos una escrita desde Madrid el 8 de abril de 1933, que empieza con un bonito Querido Eduardillo... Creo que es una carta-poema en la que, sin rimas, más allá de una cita ajena, Federico se abre sin rubores y sin miedos al joven Valvieso y despliega toda su seducción verbal con él. Y lo hace, así, sin timideces pero pidiendo la seguridad de lo secreto cuando le dice que no lea a nadie esas cartas, porque carta que se lee, es intimidad que se rompe!. También le pedirá, en la última línea, que guarde bien la carta. Loxa las llamó las “cartas de los 1.000 escondites”, porque Eduardo Rodríguez Valdivieso las guardó de todos, hasta de su familia, hasta su vejez. Salieron a la luz, afortunadamente, porque Loxa le animó a compartirlas, a “liberarlas”, a desafiar a una sociedad granadina que por momentos, como él decía, ha sido despreciable. Creo que Loxa, como Lorca,  había sufrido mucho, pero también había gozado… muchísimo!, y nunca se rindió.  Juan de Loxa era un hombre libre. Por eso también, tanta gente le echará de menos.

Y aunque no es la primera vez que nos sucede, eso de que se nos vaya uno de nuestros personajes antes de la emisión del programa, cada vez duele, son ausencias tristes. Nos apena que Loxa no vea lo que ayudó a crear. Creo que le gustaría como el actor Alejandro Vera dice esta carta de amor tan lorquiana, y también los certeros comentarios de la profesora de literatura Anna Caballé. Todos contribuyen a la “fiesta”. Aunque en este caso, además de tener su imagen y sus palabras, sabias, líricas, emocionantes, Juan de Loxa también nos dejó una preciosa dedicatoria en el libro: Estas “SEIS CARTAS A EDUARDO RODRÍGUEZ VALDIVIESO” en el tiempo, que Federico García Lorca escribió para enamorar a vuestro programa, Juan de Loxa, marzo 2017. Nuestro Cartas en el tiempo sobre Palabras de Amor se lo dedicamos a él. DEP

 

Anna Solana, periodista

Categorías: Libros , Televisión

Cartas en el tiempo   23.abr.2018 16:05    

La historia hecha de cartas

Queridos y queridas telespectadores de Cartas en el tiempo:

Espero que la presente les halle alegres y gozando de una inmejorable salud. Tengo que empezar por confesarles que cuando era niña me encantaba escribir cartas. Podía pasarme tardes y tardes enteras escribiéndoles mil y una historias a mis corresponsales, fueran o no reales (las historias y los corresponsales). Recuerdo que escribía a mis amigas y luego les daba las cartas en el cole, con sobre y todo; a la familia que vivía lejos y echaba de menos, porque sólo nos veíamos algunas semanas en verano; a mis padres si no me portaba todo lo bien que debía para pedirles perdón; a mis abuelos para decirles lo mucho que les quería y lo agradecida que estaba de que me enseñasen tantas cosas… Luego llegaron las cartas a los primeros amores…

Todavía guardo muchas de esas cartas, y también las que escribía por el día del padre o de la madre, las que mandaba por Navidad, las que llevaba a los cumpleaños a los que me invitaban o las que dirigía ilusionada a los Reyes Magos o al Ratoncito Pérez… Uno de los primeros libros que leí a solas (eso nunca se olvida), tenía precisamente a las cartas como protagonistas. Iba de dos niños que eran muy amigos y tenían que separarse porque uno de ellos se iba a vivir a otra ciudad. Era un libro de la colección de Barco de Vapor, de la editorial SM, que me compró mi madre como regalo por portarme bien un día en el médico (lo de las batas blancas nunca lo he llevado muy allá): Querida Susi, querido Paul, era su título. Escrito e ilustrado por Christine Nöstlinger, su primera edición, la mía, apareció en 1984, pero aún hoy sigue publicándose y leyéndose, pues más de una vez me lo he encontrado en las librerías que frecuento.

En fin, que este interés mío por el mundo epistolar viene, como pueden ustedes ver, de muy atrás. Quién iba a decirle a aquella niña que escribía cartas y leía libros sobre cartas que iba a convertirse en Doctora en Historia, precisamente, con una Tesis sobre el género epistolar, y luego en una especialista en la materia (eso dicen), y sobre todo que iban por eso a llamarla de TVE para asesorar una serie como ésta... De alguna manera quiero creer que esas experiencias que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida van tomando forma en lo que somos y hacemos. De hecho, hay muchas veces que pienso que si no hubiera atesorado yo estas vivencias difícilmente podría hacer hoy con las cartas lo que hago, porque podría saber mucho (nunca lo suficiente, desde luego), pero no sería capaz de ponerme en el lugar “del otro”; de entender el estado nervioso de quien espera recibir respuesta y no la tiene; de percibir lo difícil que es escribir lo que uno no siente o no se atreve o simplemente no puede ni debe contar; de poder leer lo que se dice entre líneas pero no está escrito; de compartir la dicha de tener entre las manos a quienes más se quiere y no se puede ver ni tocar; o la incertidumbre de transmitir buenas nuevas y esperanzas sabiendo que pasarán meses, quizás años, hasta que se conozcan; de valorar el esfuerzo que supone escribir cuando se está cansado o enfermo, cuando faltan demasiadas letras del alfabeto, cuando lo único que se tiene es un lápiz sin punta, una pluma rota, una máquina sin tinta, cuando el dolor o la angustia paralizan los dedos y la respiración, a media luz, en mitad de la nada o al borde de la muerte.

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En 2008, que fue cuando obtuve mi Doctorado, no resultaba ya extraño que alguien empleara las cartas como fuente histórica, pero costó mucho conseguir que la correspondencia obtuviera ese “grado” de credibilidad y dignidad. Durante siglos, los historiadores (y no sólo) rechazaron todo documento que no fuera “oficial” o no hubiera sido producido por las élites (políticas, militares, económicas, sociales, culturales…), porque la Historia, con mayúsculas, debía buscar la Verdad, también con mayúsculas. Había, pues, que huir de lo subjetivo, y las cartas, al igual que otros documentos personales, nacidas de lo más íntimo de quienes las escribían, eran la máxima representación de esa subjetividad, que por aquel entonces resultaba ser sinónimo de lo inexacto, de lo falso, de lo imparcial, de lo insignificante, de lo intrascendente.

La incorporación de las cartas como fuentes para construir la Historia en el taller de los historiadores es algo que debemos al llamado “giro historiográfico” que tuvo lugar hacia los años 60 del siglo XX y del que fueron en buena medida protagonistas la Escuela francesa de los Annales y la Escuela marxista británica. Tenemos, lógicamente, algunos antecedentes destacables, tanto en el ámbito de la Literatura y de la Antropología como en el de la Historia y en el de la Sociología, como la monumental obra de William Thomas y Florian Znaniecki, El campesino polaco en Europa y en América (1918-1920), una de las primeras que demuestran cómo la correspondencia puede aportar informaciones que son imposibles de obtener en los documentos “oficiales”, por mucho que éstos los escriba o los mande escribir la gente “importante”. Estos dos investigadores de la Escuela de Chicago estaban trabajando sobre la emigración polaca a los Estados Unidos, y justo cuando pensaban que no podían dar ya más respuestas a sus interrogantes, se encontraron por casualidad (o no) una carta en la basura de un emigrante que escribía a su madre para contarle cómo le iba. Al leerla se les abrió todo un mundo desconocido e inesperado…

Sin embargo, y a pesar de que esta obra (y algunas otras, porque no fue la única que rompió moldes) se convirtió en un ejemplo para las generaciones venideras, fue a partir de ese “giro historiográfico” de mitad del siglo pasado cuando los historiadores empezaron a pensar que había llegado el momento de cambiar los modos en que se trabajaba y de poner sobre el tablero del juego de la historia nuevas piezas: nuevos sujetos, nuevas fuentes de estudio, nuevas líneas de trabajo… Esta era la única manera de despejar incógnitas, de contrarrestar teorías, de corregir errores, de avanzar en el conocimiento, de demostrar, en fin, que no todo estaba ni dicho ni escrito.

Los artífices de este giro, para conseguir sus propósitos, dieron un papel protagonista a la gente común, a aquellas personas que no eran nadie (pero lo eran todo) -es lo que se llamó la History from below o la “Historia desde abajo”-, e incorporaron los documentos personales a sus herramientas de trabajo -entre ellos, claro está, las cartas-, porque era en esos papeles “sin importancia” y tan llenos de vida, y como la vida misma, tan llenos de “verdades” como de “mentiras”, donde reposaba la experiencia de esos hombres, mujeres y niños corrientes, de carne y hueso, de la que esta nueva Historia quería nutrirse.

No todo pasó de repente. Los cambios se fueron dejando notar sólo paulatinamente, y durante mucho tiempo la Academia siguió mirando con recelo a las cartas y a quienes las estudiaban, aunque si éstas habían sido escritas por papas, por reyes, por grandes señores o eminentes pensadores, y aquéllos que las usaban eran historiadores de cierto renombre, se les permitía, al menos, el beneficio de la duda. Aunque en la actualidad hay quienes todavía afirman que la correspondencia no puede aportar gran cosa a la Ciencia, los numerosos estudios que se han desarrollado -no sólo desde la Historia, sino desde otras muchas disciplinas- sobre o tomando como base epistolarios y colecciones de cartas han demostrado sobradamente que no se puede ni se debe prescindir de una fuente tan rica e interesante, y al tiempo tan compleja y tan poliédrica.

Para el historiador, leer una carta es asistir en vivo y en directo a un doble acontecimiento: el propiamente histórico, común a todos y todas los que vivieron en un determinado tiempo y lugar, y el puramente personal, porque detrás de cada carta hay una historia privada, un “yo”, que nos permite saber cómo cada cual, independientemente de quién sea o qué haga, entendió y sintió aquello por lo que pasó. Las cartas nos llevan así al corazón mismo de la Historia, y eso es una de las cosas que a mí más me fascina de ellas, que nos brindan la oportunidad, al leerlas fuera de su tiempo, de hacer un viaje inolvidable e inigualable, muchas veces incluso mágico, por nuestro pasado, acompañados de unos guías, sin duda, excepcionales.

Algo que también me ha atraído siempre enormemente de la correspondencia es la ritualidad que su práctica entraña: cuando se escribe en condiciones óptimas -cuando no, todo vale- el autor o autora tiene que ir y venir por una serie de caminos que sólo se recorren cuando se escribe una carta, y por eso me parece que escribir cartas no se parece a ninguna otra cosa. Hay que elegir el papel, buscar el momento y lugar idóneos, escribir (y todo lo que ello supone), revisar lo escrito, doblar y meter la carta en su sobre, poner la dirección y el remite en éste, comprar y pegar el sello y, finalmente, echar la misiva al buzón. La fase más importante del ritual es, desde luego, la de la propia escritura, porque hay algo que nunca debemos olvidar cuando leemos cartas de otros: la tarea de autorrepresentación que sus autores o autoras, desde el más sabio al más analfabeto (aunque éste, por lo general, ayudado por alguien), tienen que hacer cuando escriben, porque escribir una carta es como pintar un retrato de uno mismo; un retrato que no siempre es igual, sino que ha de ir retocándose en función de qué reglas gobiernan en cada momento el género epistolar, quién es el destinatario o destinataria, qué relación se tiene con él o con ella, en qué situación se encuentran los corresponsales que se dan cita en el intercambio, cuál es la finalidad que se persigue con la carta, etc.

Y, por último, pues es hora de ir terminando, ya que no quisiera aburrirles ni robarles demasiado tiempo, que tendrán ustedes mucho que hacer, si hay algo que nos debe hacer pensar en la importancia que la carta tiene para la Historia ese algo es el hecho de que es uno de los géneros de escritura que ha ido acompañando al ser humano desde que éste está sobre la faz de la tierra: las cartas tienen una existencia plurimilenaria, están presentes, miremos donde miremos, en todo tiempo y geografía, nos han acompañado en nuestra evolución, y aunque han compartido muchas veces protagonismo con otros documentos, han tenido en numerosas ocasiones un papel predominante en cuanto medios de comunicación y expresión, y no sólo eso, sino que en muchos y decisivos momentos de nuestra Historia han sido la única manera que hemos tenido de estar en contacto y de dejar rastro de nosotros para la posteridad. Nuestra Historia, si nos paramos a pensar un poco, está hecha de cartas… Y a la vez hay cartas que han cambiado el ritmo de la Historia, y con él, millones de destinos…

 Hay quienes afirman que la epistolar es una práctica en extinción en nuestros días, sino ya extinguida. Yo no lo creo, me parece que lo que ha ocurrido es que dentro de esa capacidad camaleónica que la define y que la ha salvado tantas veces del ostracismo o de la desaparición -pensemos, sin ir más lejos, en la amenaza que supuso para ella la llegada del telégrafo o la invención del teléfono, por no hablar de la irrupción en nuestras vidas del correo electrónico- ha conseguido transfigurarse, ha adoptado nuevas formas, lenguajes y medidas, pero que sigue y seguirá siempre con nosotros, aunque sea reducida a su mínima expresión en nuestro mundo globalizado, automatizado, multimediático, “pantallizado” y digital.

Sin otro particular, y deseando que disfruten de Cartas en el tiempo, se despide hasta la suya atentamente S.S.S.Q.B.S.M.,

Verónica Sierra Blas

Universidad de Alcalá; SIECE; Grupo LEA

Categorías: Televisión

Cartas en el tiempo   11.abr.2018 13:00    

Cartas llenas de vida

Hace unos años, en un congreso sobre historiografía, uno de los participantes no tuvo reparos en cuestionar uno de los trabajos presentados por el mero hecho de cimentar su estudio sobre la producción epistolar de la gente común. Aquel profesor, especialista en el mundo antiguo, tenía pocas dudas acerca del valor histórico que atesoran las cartas de Cicerón, pero le costaba dar una pizca de relevancia a las misivas escritas por los soldados desde alguno de los frentes de la Guerra Civil española. Quiero pensar, sin embargo, que no habría dicho lo mismo de las conocidísimas tablillas de Vindolanda del siglo I, entre ellas un centenar largo de cartas, escritas con tinta sobre madera, unas por mano o dictado de los militares de dicho campamento, situado en uno de los fuertes que custodiaban el Muro de Adriano, al norte de Inglaterra, y otras de sus familiares a ellos. Debe ser que la antigüedad nos hace mirar las cosas con ojos distintos sin advertir que el hoy tarda poco en revestirse con los ropajes del ayer.

Quince años después del citado evento supongo que la escena no volvería a repetirse, aunque solo sea porque en este lapso de tiempo la investigación histórica se ha enriquecido enormemente gracias a los horizontes abiertos por los escritos personales: los diarios y las memorias, pero igualmente las cartas. Su uso como fuente histórica se ha consolidado al mismo ritmo que lo han hecho otras maneras de narrar el pasado más enfocadas a rescatar las voces de todo tipo de sujetos, la vida en su dimensión más cotidiana o la cultura de las emociones. No obstante, la balanza todavía está algo desequilibrada: a un lado, al crédito que merecen las cartas escritas por personas de cierto renombre (político, intelectual o económico); en el otro, el desapego que algunos historiadores siguen profesando hacia aquéllas redactadas por manos más humildes e inexpertas.

Las cartas testimonian un relación con la escritura tan desigual como lo ha sido y es el devenir del alfabetismo a través de los siglos. Vistas en el tiempo, permiten observar los cambios habidos en la cultura gráfica. Explicitan la distinta manera de entender la escritura según sea el destinatario de la misiva, pues no es lo mismo dirigirse a una persona cercana que elevar una petición a un jefe de Estado. Como sostuvo la retórica epistolar desde la época grecorromana en adelante, al escribir una carta se ha de pensar en seis cuestiones fundamentales: quién escribe, a quién lo hace, por qué razón, qué dice la misiva, cuando se escribe y de qué manera. Sin atender a estos requisitos, en palabras de Antonio de Torquemada, mediado el siglo XVI, el escritor de cartas iría «como el ciego que ni sabe el camino ni tiene quien se lo enseñe».

Según se ve, la tarea de escribir una misiva también puede tener su complejidad. Con el fin de facilitar ese aprendizaje, ya desde la Grecia clásica aparecieron manuales que enseñaban a hacerlo y poco a poco fueron incorporando modelos ajustados a la condición del destinatario y al contenido de cada carta. Además, en muchos momentos de la historia ese cometido se ha confiado a personas más familiarizadas con el arte de la escritura: escribanos o memorialistas, evangelistas los llaman en México, como alguno de los que todavía en los años noventa del siglo pasado tenían puesto en las Ramblas de Barcelona. A ellos solían acudir las personas analfabetas, al igual que otras veces recurren a familiares y conocidos, pero también quienes sabiendo escribir desconocían algunas normas del protocolo epistolar. Téngase en cuenta que la carta es un género de escritura dotado de gran estabilidad, y que esta es clave en el pacto de comprensibilidad que se establece entre emisor y destinatario.

[RED] Pliego_Carta amorosa escrita por memorialista_00

Hoy, sin duda, la realidad ha cambiado bastante, dándose una suerte de muerte y transfiguración de la carta. Cada vez es menor el número de las que escribimos a mano, incluso postales, o dactilografiadas, mientras que a cada segundo crecen exponencialmente los mensajes que circulan por la Red a través del correo electrónico o mediante cualquier otro dispositivo de mensajería instantánea. Muchos, ciertamente, no son cartas en sentido estricto, pero no olvidemos que, en épocas pasadas, junto a las misivas, también había «billetes» («cartas, breves por lo común», según la definición del Diccionario de la Lengua Española); muy habituales, por ejemplo, tanto en los carteos entre enamorados como en las correspondencias carcelarias. Es más, el mail, sin reproducir exactamente la estructura de la epístola, tampoco la ha perdido del todo. Pese a la informalidad que muchos puedan tener, los más siguen abriéndose con una fórmula de saludo, desarrollan uno o varios asuntos y se cierran con alguna expresión de despedida más la consiguiente firma. Algo conservan, pues, de aquel «todo cambia para que nada cambie», de Lampedusa.

Cualquiera que sea su forma y materialidad, las cartas atrapan la vida entre sus renglones. Sujetas a la misma crítica que debemos aplicar a cualquier documento del presente y del pasado, nos acercan a la historia en primera persona. A través de ellas podemos reconstruir situaciones y experiencias múltiples: despedidas al borde de la muerte, aventuras de amor y desamor, angustias en el fragor de una batalla, vidas entre rejas, migraciones y exilios, anhelos confiados a la generosidad de Papá Noel o de los Reyes Magos, intercambios mercantiles, diálogos intelectuales y así sucesivamente, pues no hay dimensión de la vida humana que les sea ajena. Y al hilo de ello, estrategias de escritura y comunicación plurales: mensajes cifrados junto a cartas escritas sobre los más variopintos soportes (desde la arcilla al papel), tantos como los que han servido para escribir a lo largo de la historia.

A buen seguro que esta serie de La 2, Cartas en el tiempo, pondrá su granito de arena al visibilizar cartas escritas con fines y propósitos muy variados, rebuscadas en archivos, bibliotecas y colecciones particulares; de gentes de arriba y de abajo, de personas destacadas y subalternas, de hombres y mujeres, de adultos y de niños.

Antonio Castillo Gómez

Universidad de Alcalá; SIECE; Grupo LEA

Categorías: Libros , Televisión

Cartas en el tiempo   28.mar.2018 12:56    

Las cartas como testimonios de la historia

En este primer post del blog de Cartas en el Tiempo queremos explicaros quienes somos y cómo empezó esta nueva serie documental que estáis a punto de ver en La2 de Televisión Española.

El equipo que firmamos la nueva serie es prácticamente el mismo que entre 2009 y 2016 realizó La mitad invisible, un programa cultural en el que descubríamos la parte más desconocida de obras de arte, primero con Juan Carlos Ortega y después con Clara Peñalver. Llegamos a los 90 capítulos, pasamos siete años aprendiendo, investigando y encontrando elementos invisibles de muchas obras y sus autores. 

Entre esas búsquedas en muchas ocasiones encontrábamos objetos personales, fotos, diarios y también cartas… Estas últimas siempre nos emocionaban, era como entrar en un momento determinado de una vida, como escuchar a quien había escrito esas pocas líneas. Y sin embargo el formato del programa sólo nos permitía poner un par de imágenes o leer una frase. El espectador se perdía la emoción del saludo, las preguntas sobre el estado de salud, los elementos más o menos importantes que contaba y la afectuosa despedida del autor.  “Tenemos que encontrar la manera de enseñar cartas enteras”, nos dijimos en alguna ocasión.

Así surgió un reto al que fuimos dando vueltas en viajes en tren, en coche, cada uno con su almohada… pero tardó en concretarse. La forma definitiva es Cartas en el Tiempo, una serie que presentamos en 2016, se ha grabado en 2017 y la podréis ver a partir de abril de 2018.

Esta vez sí las cartas son las protagonistas y a partir de ellas explicamos un pequeño capítulo de nuestra historia política, social o cultural. El formato consiste en combinar la emoción de una carta con el interés del momento histórico al que pertenece. Así en cada carta –cada capítulo contiene dos o tres cartas con una temática común- tenemos la interpretación de un actor o actriz en el papel de autor o destinatario de la misiva  y entrevistas a personas, en su mayoría historiadores, que nos ayudan a entender el contexto de la carta y la importancia de ésta.

Cartas de guerra

Hemos contado durante toda la serie con la asesoría de un equipo de investigadores especialistas en Historia Social de la Cultura Escrita de la Universidad de Alcalá (SIECE). Su colaboración para encontrar y seleccionar las cartas ha sido imprescindible. Ellos sí saben de cartas y por eso el siguiente post será suyo.

No queremos explicar más sino animaros a seguirnos en las redes sociales para no perderos ni una carta.

El equipo de Cartas en el Tiempo

Categorías: Televisión

Cartas en el tiempo   19.mar.2018 21:04    

Cartas en el tiempo

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"Las cartas son las protagonistas de este Blog. A través de ellas viajaremos en el tiempo y descubriremos cómo describen fragmentos de la historia política, social o cultural de nuestro país"
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