La paradoja del bronce

"Ganar cuesta mucho pero mucho... no importa la competición, sea grande, pequeña, sean equipos grandes o equipos más pequeños. Ganar cuesta mucho y volver a ganar aún cuesta más".

(Pep Guardiola. Presentación oficial del Barça temporada 2011-12. Camp Nou. 22 de agosto de 2011).

 

 

Tomo prestado de Manuel Conthe el título para encabezar este texto. No sólo eso sino también un apunte de la introducción de un libro de economía y política que se inspira en una paradoja deportiva: "Los atletas que ganan medallas de bronce se sienten más felices que quienes las consiguen de plata, pues se comparan con quienes no suben al podio, no con quienes han ganado el oro".

 

Pep Guardiola es mejor entrenador que hace tres años. Pero eso no garantiza que sus resultados sean mejores que entonces. En su primer temporada, logró el triplete. Si añadimos medio año más, la ecuación deriva hacia el primer entrenador que logró seis títulos en un año. ¿Ha perdido facultades? Todo lo contrario. Azar al margen (que también cuenta, y mucho) no se puede desdeñar el factor psicológico. Cuando asumió las riendas del primer equipo nadie apostaba a que su equipo lograría el triplete. Esta temporada que ha arrancado, en el universo culé casi todo el mundo apuesta lo contrario. Sin exagerar mucho, diría que se ve como algo más que una posibilidad. Rizando el rizo, se podría postular que la sorpresa para el culé sería no ganar nada, no ganarlo todo. Eso sí, la temporada ha empezado de forma soberbia: las dos Supercopas valen su peso en oro.

 

Sin embargo, no quiero pasar por alto una frase que me gusta mucho: "quien no conoce la historia está condenado a repetirla". En el Barça tras jugar una final de la Copa de Europa (ganada o perdida) siempre ha habido turbulencias. Tras la del 61 se fue Luis Suárez y de la misma forma que se acabó el debate entre sus partidarios y los de Laszy Kubala, también empezó una sequía de 13 años sin ganar un título de Liga. Después de la final de Sevilla en el 86 llegó el Motín del Hesperia. Tras la primera Copa de Europa de Wembley el Barça cayó eliminado casi a las primeras de cambio ante el CSKA de Moscú: perdió 2-3 un partido que ganaba 2-0. Tras la debacle de Atenas, en el 94, ya se sabe que pasó: fue el epílogo del Dream Team. Tras la Champions de París en 2006 se puede decir que fue el principio del fin de un equipazo que se tuvo que reinventar sin varios de sus artífices.

 

Guardiola fue la excepción. Al año de ganar en Roma, el Barça llegó hasta semifinales siendo apeado por el Inter de Milán. A mi modo de ver, una gran prestación. Pero esa medalla de bronce, curiosamente, supo a plata. Si Manuel Conthe me lo permite ahí tiene la paradoja de la paradoja.

 

Esta temporada, la plantilla del Barça tiene la opción de cambiar esta historia. Y no se me ocurre mejor rival para empezar el desafío que ante el último gran rey del continente, el Milan. El martes, los azulgrana se enfrentran al campeón de Italia, lamentablemente, sin poder contar con el mejor jugador del Calcio la pasada temporada. Alexis Sánchez deberá permanecer en el dique seco los próximos dos meses. En cualquier caso, es el retorno de viejos conocidos. No así, el de Zlatan Ibrahimovic que se lesionó en la sesión previa al desplazamiento del equipo a Barcelona. Se pospone su reencuentro con Guardiola. En cualquier caso, lo suyo no deja de ser la prueba fehaciente de que dos más dos no siempre es igual a cuatro. O como diría un profesor de Economía que tuve: una gota de agua y otra gota de agua no suman dos gotas de agua sino una gota grande. (Una frase que, no sé porqué, siempre me recordó a Johan Cruyff).

 

Son las paradojas que hacen que este deporte sea tan especial. Los rossoneri pueden decir con orgullo que son los últimos en ganar dos Copas de Europa de forma consecutiva. Si lo prefieren, una entidad ganadora de 5 Champions en dos décadas. El Barça también aspira a ese reto en mayo en Múnich, una ciudad que alberga al último Club que ganó tres Copas de Europa consecutivas. Lo reconozco, que un equipo alcance esta última gesta citada me suena a ciencia ficción. A día de hoy, por supuesto. Quizá, el año que viene, paradójicamente, lo vea distinto.

El tercer hombre

Unai pide, Llorente ejecuta. Entre ambos, un hombre tranquilo, discreto y efectivo, que ha lavado la cara a la plantilla del Valencia durante el verano de 2011.

Braulio Vázquez (Pontevedra, 14 de marzo de 1972) jugó de delantero, aunque no se consolidó en la élite. Llegó a disputar dos partidos en Primera con el Depor. Después pasó por Mérida, Zamora, Novelda, Castellón, Alicante, Lugo y Bergantiños. Tras colgar las botas entrenó conjuntos como el Soneira, el Laracha y el Luis Calvo Sanz, antes que Fernando Gómez Colomer le reclutara para la secretaría técnica del Valencia.

Con la salida de Fernando, Braulio fue nombrado coordinador de la sección y se erigió en el hombre de confianza de Llorente.

La temporada pasada fue la de las ventas de Villa y Silva. Pero también las de otros futbolistas con menos nombre, como Zigic y Alexis. Las salidas estaban claras. Tocaba acertar en las entradas… y se hizo. Tino Costa era la apuesta desde hacía tiempo para el centro del campo y el argentino respondió. También los delanteros, Soldado y Aduriz, comprometidos dentro y fuera del césped. Los meses siguientes, Braulio cerró la incorporación de Rami, central titular del Lille y de la Selección Francesa por seis millones de euros. Cuatro menos que los que pagó el Real Madrid por Varane, aún por hacer. También ató a Diego Alves y durante los meses de junio y julio firmó a Parejo, Piatti y la cesión de Canales por dos temporadas.

Pero, quizás, el mayor mérito está en lo que ya no se ve. Con el visto bueno del presidente, Braulio ha sacado el coche escoba este verano... y ha dejado el Valencia más limpio que se recuerda. Hasta quince futbolistas han abandonado la plantilla. Destacan algunos nombres perennes en las pretemporadas valencianistas: Asier Del Horno y Manuel Fernandes. El primero, herencia de la época de Juan Soler con contratos interminables y sueldos astronómicos, rescindió su vinculación al Valencia. Mientras, Fernandes, con más méritos fuera que dentro del campo y dieciocho millones de euros después, fue traspasado al Besiktas por poco más de dos.

Sin la necesidad imperiosa de vender que acuciaba al equipo otras temporadas, la secretaría técnica ha sabido exprimir a los compradores. Cuatro millones y medio por Joaquín y seis por Isco. Nacho González, Renan, Aaron, David Navarro o Sunny Sunday también han salido. Las cesiones de Moyá al Getafe, la del Chori Domínguez a River o de Michel al Hércules han aligerado la carga. Mención aparte para Vicente Rodríguez, cuyo contrato expiró el 30 de junio, al igual que los de César Sánchez y Marius Stankevicius.

Quince salidas frente a cinco entradas, a la espera de la sexta, que será un central izquierdo. Transformación radical de una plantilla que rejuvenece y genera grandes expectativas en Mestalla.

¿Quién me ha robado el mes de abril?

Conducir en un día desapacible, poner la radio y escuchar una canción que hacía años que no escuchaba. Me pasó con el tema del maestro Sabina y que he aprovechado para encabezar este texto. Ocurrió volviendo de Donetsk, una ciudad pegada a un maravilla de estadio. Esperan la Eurocopa como Sudáfrica esperó su Mundial: no cambiará todo pero ya nada será lo mismo. Una horas después se confirmaba lo que era un secreto a voces: habrá cuatro Clásicos.

¿Saturación? No creo. Como a Ucrania y a su Eurocopa compartida con Polonia: no cambiará todo pero ya nada será lo mismo.

Estos días cotiza lo de adivino de qué pasará en los Clásicos. Ni idea. Ya lo digo de entrada. Y esa es la magia de los Clásicos. Dependen de tantas variables que no sabes por donde te van a salir.

Lo que sí sé es lo que ya ha pasado. El culé ha cambiado. El Madrid no siempre ha sido el rival deseado para una final o una semifinal que lo parece. Antes, pesaba más el miedo a perder que la satisfacción de ganar al eterno rival.

Esto lo ha cambiado su equipo, se entiende, globalmente. Se entiende de forma tan global porque el mérito también hay que atribuírselo a algunos que ya se fueron. Han cambiado la mentalidad de un aficionado que tuvo que resignarse demasiadas veces. Y cuando no lo hizo buscó excusas. Esto también ha cambiado.

Antes de marcharse de Donetsk, Andoni Zubizarreta comentó que hay que saber valorar el camino durante una temporada. Cierto. A veces, el árbol no nos deja ver el bosque. En este sentido, se puede citar la imagen de Raúl en la grada con los aficionados del Schalke tras ganar, otra vez, al campeón de Europa. Si no ganan la Champions tampoco podrán decir que la han perdido. 

El Barça ganará más o menos pero creo que difícilmente ningún jugador podrá decir que no siente lo conseguido por el grupo como algo propio. De hecho, el mensaje barcelonista para la final de la Copa del Rey, 'somos unos colores, somos una manera de hacer', va en esta dirección. Caducará cuando el último de los protagonistas sienta que es el último. Que le han robado algo. Pongamos que hablamos del mes de abril.

 

El discurso del rey


La oscarizada película, ya sabrán, empieza en Wembley. El culé espera que la suya, esta temporada, termine en el mítico estadio. Remozado como el espíritu del Dream Team.

Si un número se asocia con Wembley, en clave azulgrana, es el 4. Sueñan con su cuarta Copa de Europa. En Londres, en 1992, cambió la historia un holandés, Ronald Koeman, que llevaba el 4. Pep Guardiola tuvo que esperar para heredar el dorsal con el que el imaginario culé le recuerda en un terreno de juego. La historia, caprichosa, suele repetirse. No es descubrir nada si se imaginan quien puede heredar un dorsal que, a día de hoy, no tiene propietario en el vestuario. En fin, esta noche estará enfrente.

Ser paciente como lo fue David Villa. El Guaje reconoce que cuando vio a Zlatan Ibrahimovic con la camiseta azulgrana pensó que se cerraba la puerta del Camp Nou. Villa nos atendió, nos dijo eso y remató la reflexión con una de las grandes verdades de este bendito deporte: "pero en fútbol nunca se sabe".

De lo que estoy seguro es que, en mi profesión, casi siempre somos injustos. O quizá, no somos justos del todo. Me consuela pensar que en otros oficios también ocurre. A mi modo de ver que Geoffrey Rush no ganara un Oscar en la pasada edición fue injusto. Su papel secundario o de reparto (no me gusta la terminología con la que se define el premio en castellano, pero es lo que hay) no fue merecedor del galardón. Pero nadie me convencerá de que su actuación en esa película fuera prescindible. Interpretando a un Lionel que aquí es el rey. Intercambio de papeles pero, en el fondo, la idea es la misma. Uno pasa a los libros de historia pero hay que dejar constancia que sin 'secundarios' o de 'repartidores' según que historias también carecen de sentido.

Villa interpreta su rol a la perfección. Siempre dice que Messi mejora al resto. Creo que ha conseguido, como otros tantos, hacer mejor a Leo. Un campeón de Europa y del Mundo para mejorar lo que parecía inmejorable. Ya se sabe, en fútbol nunca se sabe y también que siempre hay retos.

Llega el Arsenal. El culé sueña con una remontada como la que tuvo el Dream Team ante el Dínamo de Kiev. Sus protagonistas calificaron ese partido como la noche perfecta. Ya se verá si aquí la historia también se repite.

El Barça seguirá o no en la máxima competición continental pero lo que tengo claro es que el espíritu se mantendrá. Siempre citamos a Guardiola para encabezar estos textos. No hay mal que por bien no venga. Esta semana pudimos escuchar a alguien clave en los otros discursos del rey. Tito Vilanova se antoja como capital para entender aquello tan manido del 'efecto Guardiola'. Y quien dice Vilanova dice el resto del 'staff' técnico. Y no los citaré a todos porque me olvidaré de alguno y se molestará conmigo. Y además, con toda la razón del mundo. Mi objetivo es ser lo menos injusto posible. Lamentablemente, no siempre lo consigo. Y quien dice 'staff', dice jugadores.

Tino

La Terraza, Racing Club de Basse-Terre, Racing de París, Pau, Sète, Montpellier, Valencia. Argentina, Guadalupe, Francia, España. Una carrera de miles de kilómetros. Una historia de superación.

Alberto Facundo Costa nace en el barrio de Las Flores, a pocos kilómetros de Buenos Aires. No es diferente al resto de niños argentinos: siempre con un balón pegado a los pies.

A los 13 años, lo intenta en el Estudiantes de la Plata, pero la noche anterior a la prueba se rompe la muñeca. El dolor es insoportable y pierde su oportunidad.

A los 17, el Tino (apodado así por su abuelo) se entrena con el modesto La Terraza bonaerense cuando decide cruzar el charco. A diferencia de otros compatriotas, se queda a mitad. Su destino no es alguna liga europea, sino el exotismo de Guadalupe. En el pequeño archipiélago caribeño participa en la considerada novena división francesa. Los inicios no son fáciles, en un fútbol duro y desconocido. No cobra por jugar y trabaja de reponedor en un supermercado. Vive con una familia de acogida y viaja a Francia cada pocos meses para probar en diferentes escuelas de los equipos de la Ligue 1. Pero sin suerte.

Después de tres años recibe una oferta del Racing de Paris, que milita en la Tercera División francesa. Allí conoce la semiprofesionalidad y comienza a destacar por su potente disparo y su claridad como organizador. Un año después se marcha al Pau y, tras dos temporadas, se enrola en el Sete. El periplo por equipos modestos de Francia termina en el Montpellier. Tiene entonces 23 años. La temporada arranca en la Segunda División y el Tino Costa se convierte en el líder del equipo. En un año inolvidable, consigue el ascenso a la Ligue 1 después de anotar 8 goles y repartir 12 asistencias. Es la sensación de la categoría.

En su primer año en la máxima división francesa tampoco defrauda y capitanea a la gran sorpresa de la competición. El Montpellier se clasifica para competición europea, entre otras, gracias a la zurda de Costa, que regala pases y convierte dianas de todo tipo.

Mientras, en el Valencia, Fernando Gómez y Braulio dudan: hace falta un sustituto para Rubén Baraja. Gusta Borja Valero y también el Tino Costa. Al final, la secretaría técnica se decanta por el del Montpellier, que aumenta la nómina de argentinos en Mestalla: Banega y el Chori Domínguez le reciben con los brazos abiertos. Seis millones y medio de euros tienen la culpa.

Sus primeras apariciones en pretemporada le dejan descontento. Pero tarda poco en encontrarse. Lo hace en Bursa, donde un disparo inapelable inaugura el camino del Valencia en la Champions . A partir de entonces, el futbolista crece. Cuando las lesiones se lo permiten, proporciona fluidez al centro del campo, conecta bien con los hombres de arriba y le gana el puesto a un irregular Ever Banega. Además, deja goles para el recuerdo, como la volea ante el Getafe en Mestalla o el misil frente a la Real Sociedad en Anoeta.

El Tino Costa no suena tanto como Mata, Soldado o Aduriz, pero es igual de importante. Casi imprescindible para Emery, quien reza para que no se constipe. Nunca ha sido internacional, pero se encuentra en el mejor momento de su carrera y se antoja un arma necesaria para seguir soñando con la Liga de Campeones.

Pep, el espectáculo "blaugrana"


No quisiera hablar del último "espectáculo" ofrecido por el FC Barcelona lejos del campo, producto de la inocencia directiva y a la vez de una confianza desmesurada con el representante-amigo de la RFEF, sino que me detengo para explicaros un secreto que me contó el entorno de Guardiola para que éste consiguiera el futbol-perfecto del grupo que lidera.

La buena sintonización entre él y los más elitistas con el balón -léase Messi, Xavi, Iniesta- se ha acentuado con el paso del tiempo y los tres finalistas del Balón de Oro son los mensajeros auténticos de un entrenador que consulta todo, o casi todo, con este trío de figuras. Pep, que no descuida a ningún miembro de la plantilla, tiene una fe ciega con todos los capitanes y a través de la palabra quiere saber las sensaciones que se respiran dentro del vestuario, si hay o no algún problema colectivo o personal, si la dinámica de trabajo aburre o resulta ser atractiva, si para ellos existen otras soluciones...

Pero como buen psicólogo de líderes y excelente administrador de caracteres diferentes, Guardiola acostumbra a hacer pleno y antes de que le cuenten alguna anomalía, él se anticipa e incluso tiene el remedio estudiado para acabar con el pequeño "mal" que se haya podido ocasionar en un grupo que ahora está rayando la perfección dentro del terreno.

Tal como él había predicho, el Barça del 2010-2011 empezó tarde la pretemporada por el Mundial y sobre todo por ese enorme desgaste emocional vivido por los ocho campeones del mundo, pero a la prensa nos comunicó que su Barça estaría funcionando al 99 por ciento a mediados de noviembre -de cara sobre todo al clásico de finales de mes-. Y una vez más dio en la diana, hasta se quedó corto, porque lo visto la noche del famoso lunes 29 creo que no se repetirá hasta dentro de unos cuantos lustros.

Los futboleros veteranos de este país, aficionados y entendidos que ahora cuentan con 80 años o más, ya confesaron que para ellos este Barça es lo mejor que han visto en su vida, no se puede comparar ni con el Brasil de los 70, ni la Hungría de mediados de los 50, ni con la Argentina del 78, ni con el Milan de Sachhi ni con NADIE.

¿Y cómo ha conseguido Pep que en esta fábrica todos los trabajadores sean excelentes? Jugando con la humildad, la sinceridad, el diálogo, la atención, el ejemplo, la participación y la comunión de egos ha sido capaz de juntar a una veintena de tipos que desde el primer día anularon la envidia, y aunque en estos casi tres años ha incorporado a otras figuras, éstas se han contagiado rápidamente y también crecen con la ambición de superar los logros y seguir al pie de la letra los consejos de Xavi-Iniesta-Messi.

Las voces del amo -juntamente con la de Puyol- no desentonan para nadie y "nunca había visto antes un colectivo de futbolistas con tanto hambre por ganar más y más", me decía hace muy poco tiempo Tito Vilanova, el amigo inseparable de Guardiola en el banquillo de lujo. "Él es el culpable de este espectáculo que está ofreciendo el Barça, que cada año se supera", acabó por sentenciar el segundo coach azulgrana.

Este martes, por La 1 de TVE, tendremos la oportunidad de ver el último partido europeo de este Barça que quiere llegar a la final de Wembley para rememorar su primera Copa de Europa, aquella que levantó Guardiola gracias al futbol que le había enseñado su maestro Cruyff en 1992.

Diecinueve años después, los blaugrana hacen disfrutar más a todos los parroquianos, sean o no fieles seguidores del club catalán, pero Pep quiere ser prudente y respeta a todo el mundo, inclusive a ese Rubin Kazan que el año pasado le amargó la existencia.

Las delicias turcas

Rodando por Bursa, cuarta ciudad turca en importancia, impacta comprobar la presencia masiva de motivos relacionados con el Bursaspor. De los edificios cuelgan banderas que cubren fachadas completas, en los alrededores de las mezquitas las calles respiran fútbol, los vecinos lucen orgullosos la camiseta de su equipo. Lo llaman la Bursamania.

En los zocos cercanos al Mercado de la seda los comerciantes reciben al visitante con amabilidad y cortesía. Al comprobar la nacionalidad y los motivos de nuestra presencia, se atreven a vaticinar una victoria contundente de su equipo. “3 a 0… y preparáos para el infierno”, comentan mientras ofrecen una pequeña muestra de té turco. Nos agasajan con obsequios y recuerdos, pero advierten que el viaje de vuelta a Valencia será triste por la derrota.

Y es que el Bursaspor se ha acostumbrado a ganar. Sorprendente campeón de la liga turca, fue el primer equipo con sede lejos de Estambul en adjudicarse la Superliga desde 1984. El secreto, nos cuentan, está en el Ataturk, un pequeño estadio (apenas 25 mil espectadores) pero cuya afición que se mueve en perfecta armonía para llevar a los futbolistas hacia el triunfo.

La marea verdiblanca puebla las gradas horas antes del inicio del partido. Pero el Bursaspor es mucho más. Los alrededores del estadio tienen vida desde primera hora del día, los niños (y no tan niños) soportan largas esperas para ver pasar el autobús de sus ídolos, pero también el del equipo rival e incluso el de la prensa, a la que saludan con animosidad y respeto, convencidos de la victoria y con una sonrisa. Cientos de personas se encargan de la seguridad aunque en ningún momento el visitante tiene sensación de peligro.

Suena el himno de la Champions. Los primeros minutos de la mejor competición del mundo en el Ataturk son de infarto, con una grada entregada y con 11 futbolistas naranjas intentando permanecer ajenos al ruido ensordecedor. Cánticos ininteligibles, movimientos coordinados que demuestran la implicación hacia unos colores. Ni una bengala, ni una pancarta. Sólo la garganta, los brazos, el verde y el blanco. El estadio tiembla. Juan Carlos Carcedo desiste en dar órdenes a voz en grito. Pero el silencio apenas tarda unos minutos en llegar. Tino Costa lanza un misil desde 30 metros que se cuela inapelable por la escuadra de Ivankov. La afición reacciona pero vuelve a callar merced al oportunismo de Aduriz. Pablo Hernández y Soldado terminan de congelar el infierno, que cierra su debut en Champions aplaudiendo el juego del Valencia. Cortesía hasta en la derrota. A pesar de la falta de costumbre.

¿Qué se debe?

"Tan sólo deciros que os debemos una. El próximo sábado deberíamos haber estado en el sitio y no lo conseguimos. Os debemos una. Y éstos no fallan. Un abrazo"

(Pep Guardiola. Camp Nou, 16 de mayo de 2010. Actos de celebración del título de Liga 2009-10)

El título de este post es la pregunta que realizaba siempre el escritor Josep Pla cuando recibía un premio. Pla es uno de mis escritores preferidos. Es un honor y un orgullo poder decir que comparto paisaje y paisanaje con el genio ampurdanés. Os lo recomiendo encarecidamente. A él, al paisaje y al paisanaje. Viene a cuento por la cuestión y matices del verbo deber. Pep Guardiola lo utilizó en la celebración del último título de Liga. Era domingo, habían ganado al Valladolid pero él pensaba en el sábado siguiente, en la final de Champions que enfrentaría al Inter de Mourinho y al Bayern de Múnich.

A vueltas con el deber. En sentido de obligación y en sentido de deuda. Ese 16 de mayo Zlatan Ibrahimovic quiso agradecer el apoyo de su técnico durante la temporada. Tres meses después, el sueco se refería, sarcásticamente a Guardiola como "el filósofo". Es lo que tienen las grandes pasiones: no hay sitio para medianías.

Ibra nunca lo ha sido. Guardiola tampoco. El técnico ha querido dar a entender que, en esto, como en tantas situaciones, hay que elegir. Dicho de otra forma, el "aquí mando yo" o "me pagan por tomar decisiones" forman parte del ideario del de Santpedor. Acertará o no, pero si algo no se le puede reprochar a Guardiola es no querer afrontar la realidad. El sueco necesita sentirse protagonista y en casi todos los sitios fue el jugador referencia. Sí, el primer nombre del que nos acordamos cuando citamos un Club. Es, por ejemplo, decir Panathinaikós y decir Cissé aunque en nuestro caso tampoco tardaríamos mucho en decir Luis García o Sarriegi.

Llega el campeón griego, un club al que, históricamente, al Barça no se le ha dado especialmente mal. Grecia como destino turístico y, en los últimos años, como destino futbolístico para muchos jugadores españoles. Y entrenadores, claro. Caso de Ernesto Valverde, técnico del Olympiakós, con pasado culé (entre tantos otros).

Tras el tropiezo ante el Hércules, ahora al Barça le toca empezar a saldar su primera cuenta europea. Aires nuevos (empezando por unos de los vientos de Pla, el gregal) que apuntan a una temporada muy distinta. En eso, no era difícil mejorar: atrás dejamos de todo, nube de ceniza incluida y que nos regaló una paliza (en todos los sentidos) hasta llegar a Milán.

Pocas caras nuevas pero todos hablan el mismo idioma... y los tres apuntan a que el particularísimo idioma que hablan los culés lo entenderán rápido. El premio ya lo saben: Wembley. El éxito de los pioneros cumplió la mayoría de edad. En 1992, Andoni Zubizarreta fue quien le dijo a Guardiola que le siguiera a la hora de subir los 39 peldaños que les separaban de su primera Copa de Europa. Ahora lo quieren vivir desde otra perspectiva.

Otro reto para Messi, Iniesta, Xavi, Puyol, Valdés, Pinto, Alves, Pedro, Bojan, Jeffren, Keita, Piqué, Milito, Maxwell, Abidal, Busquets y los recién llegados Adriano, Mascherano y Villa. Sin descartar, claro, alguna sorpresa filial. Un desafío poder decirle a Guardiola en la noche londinense del 28 del mayo:

"Míster, yo también sé lo que es ganar una Champions en Wembley. Que la noche antes de la final no pudo dormir por los nervios ya lo sé. Otro reto. Me lo debe."

EN VERSIÓN ORIGINAL


A pocas horas del partido más importante del año (hasta el momento) nos atendió Zlatan Ibrahimovic. Un tipo que tiene las ideas muy claras. Huye del tópico lo cual siempre es de agradecer. Y más, si tenemos en cuenta la barrera del idioma de un sueco de origen balcánico que aquí se expresa en un italiano que adorna con palabras castellanas.

Una mezcla curiosa y que dice mucho un Ibra para el que no hay término medio. Es algo precipitado aventurar si acabará triunfando en Can Barça pero lo que sí tengo claro a estas alturas es que no pasará desapercibido. Nunca ha sido uno más.

Es un talento que no se esconde y que ha hecho mejor al que nunca se rinde, Leo Messi. Este miércoles, Zlatan Ibrahimovic tiene una (quizá, la) ocasión para consagrarse en la historia del Barça. Es consciente de ello y está preparado para el reto. Llegó para ganar la Champions, título que todavía no está en el palmarés del mejor jugador de la Liga Italiana la temporada pasada.

Ya ha sido decisivo en partidos clave como el Clásico contra el Real Madrid en el Camp Nou. De nuevo, el coliseo culé espera su mejor versión ante su ex-equipo que sigue soñando en levantar una Copa de Europa 45 años después.

Si no serán 46 justamente los millones de euros que costó el traspaso de Ibrahimovic, el más caro de la historia del Club. Pero si creen que lo pagado le condiciona se equivocan. Ibra, genio y figura. En versión original.

El paciente inglés

"Cesc no vendrá. Jugará contra el Celtic porque el Arsenal se tiene que clasificar para la Champions. El Arsenal va a jugar con Cesc este año" (Pep Guardiola. Rueda de prensa previa al Trofeo Joan Gamper que enfrentó al Barcelona y al Manchester City. 18 de Agosto de 2009)

A finales de agosto, el Arsenal se jugaba la vida en la Champions. Matiz: en la previa de la Champions. Este martes, aspira a situarse entre los cuatro mejores equipos del continente eliminando al vigente campeón. En verano se pronosticaba que, después de traspasar a Adebayor y a Kolo Touré al Manchester City, al conjunto de Wenger se le avecinaban tiempos dificiles. Pero el fútbol es caprichoso. Pero para que lo sea hay que ser paciente. Cuando Cesc Fàbregas llegó al Arsenal le asignaron el dorsal 54. Hoy lleva el 4 y es el capitán. Y merece llevar el brazalete. La semana pasada lo demostró en un escenario y ante un rival maravillosos. Reconozco que me gustó su reacción: desde que supo que se perdería la vuelta en el Camp Nou antepuso las esperanzas de gloria de sus compañeros a la frustración que no pudo evitar ante el colegiado suizo Massimo Busacca. Hay que tomar nota.

La reacción de Cesc me recordó a lo que pude vivir la última vez que pisé Londres. Stamford Bridge siempre estará asociado a Andrés Iniesta. Y al pase de Messi al de Fuentealbilla. Por la premura del tiempo asignado a una información televisiva, por norma general, no se permite poder contar toda la jugada. Pero aquella acción nació de una incursión de Dani Alves. Lo que vi en Cesc el otro día lo vi en Alves hace casi un año. Un futbolista desaforado en pos de un objetivo colectivo. Cuando Iniesta empató en Stamford Brigde ya hacía muchos minutos que se sabía que Alves no jugaría la final de la Champions por acumulación de tarjetas. Pero la actitud que mostró Alves no fue la de alguien que antepone los intereses individuales a los del grupo. Dani Alves fue capitán del Sevilla. La cuantía del traspaso generó (cómo no) debate en Can Barça. Hoy a nadie se le ocurre cuestionar que costó 40 millones de euros. Pagaron por un defensa con vocación ofensiva. Pero también pagaron por el capitán de un grande. Aunque parezca mentira, paciente. Muy paciente.

Cesc no tendrá foto con Carles Puyol en el Camp Nou que, a buen seguro, era otro de los recuerdos que el de Arenys quería llevarse de esta eliminatoria. El capitán del Barça, como Gerard Piqué, se lo pierde por sanción. Zlatan Ibrahimovic también, en este caso por lesión. Una lástima. Porque en el Emirates Stadium estuvo inspirado. Bien es cierto que hay que agradecer la colosal labor de los periodistas ingleses que ayudaron sobremanera en acabar de motivar al sueco. Insistieron, una y otra vez, en recordarle lo mal que se le daba jugar en Inglaterra. No se me ocurre mejor manera de motivar a un jugador como el sueco. Luego, Guardiola se quejará.

Esta vez, Leo Messi se quedó, de nuevo, sin poder marcar en suelo inglés. Otro reto para el futuro. Ya fue determinante en el Camp Nou contra el Stuttgart y creo que esta vez volverá a repetirse la historia. Le basta con ser paciente. El paciente inglés ha marcado esta Champions. Es una pena ver a Wayne Rooney siguiendo los partidos del Manchester United desde un palco. El sábado, los Red Devils me parecieron una red débil. Fuera de juego de Drogba al margen, el fútbol es tan caprichoso que ese partido les enfrentó justamente a un equipo que pasó más o menos por lo mismo.

El Chelsea era uno de los favoritos (por no decir el favorito) para llevarse esta Champions. Pero pasó lo que pasó con John Terry y no encontraron un recambio que inspirara confianza para el lesionado Petr Cech. En estos casos, cuando el referente no está o no se le espera, se ve al equipo. Que los del banquillo se vuelvan locos por celebrar un gol de los tuyos dice mucho en este sentido. A propósito de esto, también se puede decir de otra forma: anteponer las esperanzas de gloria de tus compañeros a tu frustración.

La Champions en TVE


Silvia Barba, Albert Font, Xavi Díaz y Enrique Pallás son los enviados de TVE a los partidos de la Champions League. Ellos ven el partido en primera línea, ahí donde gritan los entrenadores y la tensión es máxima.
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