¿Días sin cine?, ¿sin libros?
No recuerdo la primera vez que fui a los cines Renoir. Lo que si recuerdo es que en esa calle había unos cines que se llamaban Alphaville, donde se formaban unas colas enormes para ver películas en versión original. En ese Madrid había también otros reductos de esta forma de ver cine como el Cinestudio Griffith, o los cines de los colegios mayores de la Universidad Complutense. Por entonces la tarde consistía en ver una película y después hacer un cine forum entre botellín y botellín, donde terminábamos ficticiamente arreglando un mundo que nos llevaba muchos cuerpos de ventaja.
De repente, un tipo, al que muchas veces años después confundirían
con Francis Ford Coppola, abrió otros cines al lado de los Alphaville, y la
calle se convirtió en nuestra calle, y el Ebla en nuestro bar, el de los
kebabs, el lugar donde aparecían cada día nuevas caras ávidas de encontrarse
con unas películas en las que los actores recuperaban su voz. En esa calle hubo
muchos cambios durante todos estos años que, probablemente, alguien convertirá
algún día en película. Tal vez sea un Iluso, uno de esos que ha dibujado Jonas
Trueba en un título con el que quiere inaugurar el cine ambulante, llevando la
copia de su película de puerta en puerta para satisfacer las inquietudes de
aquellos que están hastiados del discurso único, del modelo único. La estrenó un
sábado por la tarde en la Cineteca, un nuevo reducto de la resistencia
cultural,
el reducto de Los ilusos, así se llama la película de Jonas que nos
habla
de una juventud que parece la de su padre, o de la mía, la de otros jóvenes como Jonas, la de muchos que
buscamos aliento en un mar de desaliento. En todos estos años de ver cine
hemos conseguido vivir nuestras vidas, y tal vez dedicarle menos tiempo a la
nuestra. Pero sin duda hemos aprendido a ser críticos con lo que vemos; a
apreciar y a denostar pero siempre desde la fortaleza del debate, de la
palabra. Por eso es tan desgarrador el momento actual, en el que un hombre que
trabajo para que se abrieran espacios para el debate, espacios para la cultura,
Enrique González Macho, ve como tiene que claudicar, que tirar la toalla. Y en
su desesperación, algo que no le tenemos en cuenta, apunta a RTVE como una de
las causantes de la ruina cultural a la que nos enfrentamos, en lugar de hablar
de las personas que ocuparon cargos determinados en la casa de todos, y
trabajaron porque la diversidad se convirtiera en pensamiento único.
En la cuarta planta del edificio A de Torrespaña, un grupo de chiflados pelea cada semana por lo contrario. Son los equipos de Días de Cine, de Versión Española, programas de TVE que llevan décadas empeñados en mostrar al espectador que existe esa diversidad. Equipos que semana a semana proponen decenas de referencias literarias y cinematográficas que sirvan para empaparnos de otros mundo y así forjar el nuestro.
Tal vez sea esa la mejor de las palabras que podemos dedicarle al tipo que se parecía a Coppola que inundó nuestras vidas con otras miradas. Gracias, Enrique. Esto no es el final, simplemente, otro principio. Comencemos a escribirlo.
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