The Artist no necesitaba tantos premios
No necesitaba oscars para triunfar pero los ha conseguido. Tampoco precisaba ser profeta en su tierra y cubrirse de cesars, y sin embargo así ha sido. A ambos lados del Atlántico, los académicos franceses y estadounidenses, de gustos tan diferentes, han coronado la magia de una película que emociona, que enternece, que permite una reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro del cine, y de nuestras vidas.
Una emoción que llega a la sublimación en dos momentos tan geniales como imborrables. En uno de ellos la protagonista se deja acariciar por un traje que cobra vida propia al introducir su brazo en la manga, hasta el punto de que la actriz desea tocar su propio cuerpo, en una sencilla y maravillosa imagen que expresa el anhelo irrefrenable de querer sentirse deseada por aquel al que se desea. La segunda genialidad parte del sonriente y comunicativo Jean Dujardin que literalmente grita, absolutamente mudo, al darse cuenta de que un invento nuevo, el cine sonoro, va a devorar su poder de comunicación. Y el momento en que se da cuenta es cuando escucha el ligero sonido de un vaso posarse en una mesa que en su cerebro suena como un auténtico estruendo. Acertadísima metáfora visual de la inadaptación que vivirá en los nuevos tiempos la adorada estrella.
En diciembre pasado, en este mismo blog, escribía sobre The Artist que una de las cosas que habían movido a Michel Hazanavicius a filmarla, según declaró en la presentación de la película en Madrid, era aprender de la forma en la que vivieron un grupo de personas un cambio tecnológico que transformó radicalmente su trabajo y por lo tanto, sus vidas. El paso del cine mudo al sonoro supuso una revolución en la industria cinematográfica que provocó la inadaptación de muchos y una gran oportunidad para otros, justo en un momento histórico donde la crisis del 29 hacía trizas los cimientos del frágil e ingenuo sueño americano.
Hazanavicius resaltaba los paralelismos con una época como la actual donde los cambios tecnológicos hacen que vivamos en una permanente necesidad de adaptación laboral: muy probablemente la mayoría de nosotros tengamos la necesidad de reciclarnos, de aprender una nueva profesión, antes de que alcancemos la edad de jubilación. Y uno de las mejores momentos de The Artist es cuando su protagonista, tras un durísimo y erróneo encaje inicial de su situación, aprende a levantarse de nuevo, por supuesto con gran ayuda, despojándose de grandes dosis de vanidad y recuperando la magia que le hacía moverse vertiginosamente sobre sus pies a ritmo de tap dance. Un cuento conmovedor e ilusionante, en blanco y negro, casi mudo, para devolvernos la capacidad de soñar ante un ciberpresente tan vertiginoso como poco esperanzador.
Esto es lo que nos da The Artist, una película que no necesitaba tantos premios porque hay unanimidades que espantan, y en esto del cine más. Hay muchos en esta profesión que se posicionan en contra de la corriente mayoritaria que aclama a muchas películas. Y lo hacen en algunos casos sin verlas, justificando esta postura como una huida del hastío que provoca todo lo que huele a triunfante operación de mercadotecnia. A todos ellos no les ha venido bien tanto premio para The Artist, porque van a perderse una película que les proporciona el placer de soñar y de pensar al mismo tiempo. Yo no le pido más al cine.
Especial: Los Oscars 2012, en RTVE.es



