Atrapados entre desneuralizadores
El otro día estaba paseando por el río cuando me encontré a los agentes K y J. No, no se trataba ni de Will Smith, ni de Tommy Lee Jones, me refiero a los auténticos, a los verdaderos. No iban vestidos de negro, ni llevaban gafas de sol, de hecho estaban camuflados con los paisanos autóctonos que había por allí: uno con la camiseta del Bilbao, otro con la del Barça. Les expliqué que ese disfraz no lo podían usar durante muchos días cerca del Vicente Calderón y me contestaron que no me preocupara, que eran capaces de adoptar cualquier tipo de apariencia. Se encontraban en la orilla del Manzanares en misión especial. Se trataba de analizar la indeseable concentración de alienígenas procedentes del planeta Coge el dinero y corre que se estaba dando en nuestro país. Al parecer, los habitantes de este aniquilador planeta se quieren quedar con todo lo que tenemos pero no sólo con lo económico, sino que son capaces de adueñarse de nuestra voluntad, de nuestras ideas, de nuestros principios. El plan es escalofriante. Lo primero que hacen es terminar con eso de que los actos tienen consecuencias. A partir de ahí depredan todo el Planeta ayudados por un grupo de colaboracionistas que intentan sacar tajada de la invasión.
Todo esto me lo dijeron muy serios mientras se pimplaban una de calamares y dos botellas de un Ribera del Duero que estaba realmente rico. No podía negarme, me ofrecieron una copita…, y luego otra, y claro…, otra más. La cosa estaba interesantísima, empezaba a entenderlo todo, absolutamente todo, e incluso se me ocurrió la idea de cómo parar la invasión. En ello estaba cuando empezaron a oírse las primeras estrofas del himno nacional que, a los pocos segundos fueron acalladas por una estruendosa pitada. Y al mismo tiempo alguien me dijo que por la radio estaban contando que había una batalla naval en aguas de Gibraltar. Por un momento pensé que estaba dentro de la tercera parte de Men in Black y me había transportado a otra época. Pero todo lo que es divertidísimo y absolutamente genial en la película, en la realidad empezaba a darme tremendas arcadas. Sobre todo cuando un calamar se me atragantó en el esófago justo cuando en mi teléfono móvil surgía un titular que ya no sabía de qué época era, que decía que hacían falta 23.000 millones para rescatar no se qué, que el gobierno iba a facilitarlo todo y que no se iba a investigar a los gestores anteriores de la entidad. K y J me dieron una palmadita en la espalda y conseguí expulsar al calamar de mi esófago. Pedí otra botellita de Ribera para celebrar que volvía a respirar justo cuando el Barça metía su primer gol al Bilbao. En ese momento me fui al baño. Estaba un tanto acalorado así que me refresqué un poco la cara dejando que un buen chorro de agua resbalara por ella. No había ni toallas, ni papel higiénico, así que salí del cuarto de baño como si lo hiciera de la piscina. Al volver no estaban ni K, ni J, ni nadie vestido con camisetas del Barça o del Bilbao. En su lugar había un montón de gente muy alta, muy rubia, con facciones tan angulosas como frías. Me froté los ojos pero seguían allí. En la televisión jugaba el Bayern contra el Borussia. Un camarero comenzó a hablarme en un idioma que no entendía. Creo que me insistía en que le pagara la cuenta de tres botellas de un vino con una marca impronunciable. Eché mano al bolsillo y saqué unos billetes y los puse encima de la barra.
- Nein, nein, nein, dijo el camarero.
Miré los billetes, eran verdes y grandes y en ellos estaban retratados los Reyes Católicos. En ese momento deseé que el calamar siguiera en mi esófago. Pero ya no estaba. Todos en el bar estaban mirándome. Comencé a andar lentamente hacia atrás, muy despacio, aterrorizado, hasta que mi espalda chocó contra la pared acristalada del bar. No había salida. Cerré los ojos y esperé a que llegaran. Ya no podía hacer nada. Era demasiado tarde. Sólo había una posibilidad de salvación: que alguien me rescatara. ¡Qué alguien me rescate del rescate!, grité. Abrí los ojos. Todos comenzaron a reírse estruendosamente, sus rostros iniciaron una lenta descomposición tras la chirriante carcajada. Surgieron tentáculos, vísceras, larvas, eran todos seres monstruosos. En ese momento aparecieron los agentes K, y J, los de la película, y acabaron con todos los monstruos.
Fue entonces cuando se me acercaron con el desneuralizador y me dijeron que lo mirara fijamente. Me dieron un flashazo y me contaron que vivía en un país donde los ciudadanos, sin pensar en ideologías, habían comenzado una regeneración ética. Se había creado una comisión que investigaba la gestión realizada en los bancos rescatados. Se habían pedido responsabilidades y se habían juzgado a aquellos que habían cometido delitos, por mucho que tuvieran amigos en las instituciones esenciales del Estado, o pertenecieran a ellas. Había habido un pacto de Estado entre todos los hombres de bien, representantes elegidos del pueblo, que acordaron acabar con la corrupción y perseguirla en todos los lugares empezando por sus propias organizaciones, los partidos políticos. Un grupo de hombres honestos que velaban por la transparencia en todos los ámbitos del Estado, preservando la separación de poderes y velando por el cumplimiento de la Constitución y la modernización de los artículos de la misma que era necesario revisar para adecuarlos a los intereses de los ciudadanos y de la democracia del siglo XXI. Me estaban diciendo todas estas cosas cuando me di cuenta de que el desneuralizador no funcionaba porque me acordaba de todo lo que había pasado antes. Y, de golpe y porrazo, aparecí de nuevo golpeado por un chorro de agua helada. Volví a salir del cuarto de baño, justo cuando el Barça marcaba el tercer gol. Pensé que me apetecía un vino pero decidí dejarlo para otro momento. Fue en ese instante cuando decidí poner un cartel en mi ventana. Regeneración ética, ya. Y me senté a esperar a que llegaran los hombres de bien.
@MiguelCastroU
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