5 posts de noviembre 2009

Un rostro deforme para el Telediario


Cuando tenía 18 años sufrió quemaduras severas por un accidente de coche. Eso le desfiguró el rostro y le cambió la vida. Hoy, James Partridge , un hombre con la cara deforme, presenta el telediario del Five Channel de la televisión británica.

Según el 64% de los encuestados el efecto de ver un presentador desfigurado no les hace cambiar de canal. "Queremos derrumbar los prejuicios y cambiar la mentalidad de la gente", dicen los responsables de la cadena. Esa es la buena noticia. La mala es que James Partridge va a ser presentador solo por una semana. Quizás demasiado poco tiempo para romper prejuicios y cambiar mentalidades.



¿Estamos preparados para convertirnos en telespectadores de un telediario conducido por un rostro deforme? En un mundo que premia la belleza efímera ¿es éste un buen revulsivo? La decisión de la cadena británca ¿no es un golpe de efecto que enmascara la búsqueda desesperada de más audiencia?

A ver qué opináis. De momento, os adelanto el vídeo de uno de los telediarios de Partridge, quien por cierto presenta con gran rigor y credibilidad.Os dejo también el link de "Changing faces", el nombre de una campaña con la que Partridge pretende llamar la atención sobre el drama de los hombres, mujeres y niños desfigurados. Termino con una de las frases de esa campaña, lanzada por un hombre de rostro deforme:


"No dejes que la manera en que luzco afecte a la manera en que me miras. Tengo muchos rasgos interesantes. Mi rostro es sólo uno de ellos".


Idealistas bajo las balas


“Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo de cuerpo y alma (…) Vengo de Badajoz, a algunas millas de aquí, en España. Subí la azotea para mirar atrás. Vi fuego.

Están quemando cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que la legión y los moros del rebelde Francisco Franco treparan por encima de los cuerpos de sus propios muertos para escalar las murallas tantas veces empapadas de sangre.

Intenté dormir. Pero no se puede dormir en una sucia e incómoda cama en una habitación que está a una temperatura similar a la de un baño turco, donde los mosquitos y los chinches te atormentan igual que los recuerdos que has visto, con el olor a sangre en tu propio cabello y una mujer sollozando en la habitación de al lado”.

Este es el estremecedor relato del corresponsal de guerra Jay Allen para el Chicago Dayly Tribune, escrito en agosto de 1936. Como él casi un millar de grandes reporteros vinieron a España para narrar la Guerra Civil. Contar lo que sucedía aquí se convirtió en una exigencia para los periódicos de todos los países y enviaron a sus mejores cronistas: Hemingway, André Malraux, John dos Passos, Antoine de Saint Exupéry , Martha Gellhorn, Indro Montanelli, Robert Capa, Gerda Taro...

Se dice que fue la Edad de oro del reporterismo de guerra y es fácil comprobarlo leyendo las crónicas de esos grandes periodistas recogidas en los libros “Corresponsales de Guerra en España” (Editado por la Fundación Pablo Iglesias), e “Idealistas bajo las balas”, de Paul Preston, que deberían convertirse en manual obligado en las escuelas de periodismo.



(Antoine de Saint Exupéry, corresponsal durante la Guerra Civil española)


En Roma nos hemos reunido un grupo de corresponsales internacionales para hablar de las diferencias entre aquellos que contaron la Guerra Civil y otros que hemos contado otras guerras. La principal conclusión es que el periodismo de hoy es menos literario y quizás menos comprometido pero siguen vigentes los valores de la pasión, el arrojo y la curiosidad.


(La fotógrafa Gerda Taro -compañera sentimental de Robert Capa- murió aplastada por un tanque en la batalla de Brunete).



Aquellos maestros ya eran muy avanzados a la hora de entender el periodismo. Se empotraron en uno de los dos bandos, como hacemos ahora en Afganistán o en Irak y contaron, desde la primera línea o bajo los bombardeos, la brutalidad de los combatientes pero también delicadas historias de hombres y mujeres anónimos con los que se mezclaban y convivían.

Martha Gelhorn, periodista británica, salía a menudo a la calle, a pesar de los bombardeos continuos. Quería narrar cómo era la vida cuando la muerte acechaba en cualquier rincón. Y esto fue lo que vio en un paseo por la Plaza Mayor de Madrid:


“Los obuses caen tan seguidos que casi no hay tiempo entre uno y otro para oírlos venir (…) Una anciana con un chal sobre los hombros, que lleva de la mano un niño flaco y aterrorizado, entra corriendo en la plaza. (…)



Están en el medio de la plaza cuando llega el siguiente obús. Un pequeño trozo de filado metal retorcido y al rojo se desprende del obús y alcanza al niño en la garganta.

La anciana se queda inmóvil, sosteniendo la mano del niño muerto, mirándolo estúpidamente, sin decir nada, y los hombres corren hacia ella para ayudarla a llevar al niño".



(Hemingway -en el medio- durante su época de corresponsal en la Guerra Civil)

Muchas otras mujeres periodistas fueron testigos del horror de aquellos años y cubrieron la guerra con tanta fuerza y valor como sus compañeros. Virginia Cowles, para el New York Times, escribe una crónica deliciosa que muestra cómo transcurre la vida cotidiana en medio de la sórdida brutalidad de la guerra:


”En toda España la gente intenta seguir viviendo como si la guerra no existiera (…) Siguen funcionando los teatros, los tranvías, los cafés y los cines, a pesar de los bombardeos diarios. (…)



Recuerdo que durante un bombardeo me refugié en una perfumería mientras la dueña quitaba rápidamente los frascos del escaparate y los colocaba formando unas hileras perfectas en el suelo.

Las calles resonaban con el doloroso estrépito de los ladrillos y la madera, pero su única preocupación era que un día de éstos se le pudieran romper los escaparates. Y el cristal, me explicó, era muy caro…”

Leyendo estas crónicas me he sentido reconciliada con los valores del reporterismo. Aquellos idealistas que vivieron bajo las balas para escribir sus crónicas son la mejor medicina para quienes, en ocasiones, languidecemos en la redacción esperando la oportunidad de poder ir también en busca de una buena historia.


Fumaderos de opio en las calles de Kabul


Afganistán controla el negocio mundial del opio. El 80% de la heroína (principal derivado del opio) que se consume en el mundo se produce en los campos de amapolas de este país.

Cuando los talibanes estaban en el poder prohibieron el consumo de estupefacientes pero alimentaron el negocio ilegal. Ahora, esos mismos talibanes siguen controlando la producción y el mercado y financian la insurgencia.

(Adicto al opio fumando en las calles de Kabul)



Un kilo de heroína se cambia por diez Kalashnikov y también reciben un buen pellizco las familias de los terroristas suicidas.




(Un adicto trata de pasar "el mono" en un centro de rehabilitación de drogodependientes de Kabul).

Según la ONU, los talibanes obtienen cada año 160 millones de dólares por el lucrativo negocio del opio. La producción aumenta año a año pero también el consumo. En Kabul un gramo de heroína cuesta solo tres dólares (en Londres o Madrid se paga entre 80-100 dólares por la misma cantidad).



(Los médicos se quejan de la falta de medios para tratar a los adictos al opio afgano).



En las calles no es infrecuente encontrar algún que otro “fumadero de opio” al aire libre. Los adictos fuman droga o se inyectan heroína sin esconderse, delante incluso de los niños. Lo hemos visto y hemos visitado, también, un centro de atención de drogodependientes. Impresiona ver cómo les hacen pasar el mono “a pelo”. Los adictos permanecen en grandes salas, intentando superar el síndrome de abstinencia.

“El opio ha arruinado mi vida pero me ha dado mucho placer. Cuando eres joven es como un juego. Lo consigues en cualquier sitio. Y si no tienes trabajo ni dinero por lo menos no sufres y te olvidas de los problemas”. Es el testimonio de Mohamed, un joven de 28 años adicto al opio desde los 17.


Miles de jóvenes afganos están atrapados por las drogas. Son las principales víctimas del negocio más rentable de un país que ya ha sido definido por Naciones Unidas como un auténtico “narco estado”. ¿Y por qué la comunidad internacional mira para otro lado cuando se habla de este problema?.

Dentro del hotel donde atacaron a la ONU

Kabul es una sorpresa constante. En una ciudad blindada, llena de controles y hombres armados a veces es fácil burlar el blindaje. Resulta paradójico pero es así. Me explico: llegamos al hotel donde hace una semana murieron 14 personas en un atentado (cinco de ellas funcionarios de la ONU). Un grupo de soldados afganos fuertemente armados nos impiden el paso. Esperamos cuarenta minutos delante de la puerta intentando convencerles para que nos permitan acceder dentro. No hay manera. Nos vamos. Dos horas después volvemos e insistimos de nuevo. Dicen que no han permitido el paso a ningún periodista. Sorprendentemente, uno de los policías nos abre la puerta, nos sonríe y nos deja entrar...

Y allí nos encontramos con una imágen sorprendente por lo cruel y dramática. Vemos hasta los restos de los terroristas suicidas que se inmolaron en el hotel. También, los chalecos de los funcionarios de la ONU que murieron en el ataque.


Un atentado que ha obligado a Naciones Unidas a evacuar a su personal de Afganistán. Las fotos (como el vídeo que emitimos en el telediario) dan una idea del infierno que se vivió dentro del establecimiento.

En las fotos, están también Jesús Torres y Andrés Rojano, mis compañeros del equipo, tan impresionados como yo por la visión del recinto destruído.


Una muestra más de la violenta locura que vive este país.

Lo que no veréis en el telediario


Kabul, 10 de la mañana. Un convoy con decenas de camiones nos llama la atención. Nos bajamos del coche y hablamos con los conductores. Nos explican que están siendo víctimas de numerosos ataques por parte de los talibanes. ¡Transportan hasta el sur del país el material militar de los soldados estadounidenses!

Minutos después, un par de militares norteamericanos tipo "Rambo" vienen hacia nosotros. Nos gritan y nos llevan hasta un edificio cercano que resulta ser una base militar. La habíamos visto, sí, pero estaba suficientemente lejos para nosotros y al parecer demasiado cerca para ellos. Dentro de la base otros dos soldados se ceban con nosotros: más gritos, órdenes absurdas y muy malos modos.

No sabemos qué pasa. Nos identificamos como periodistas españoles pero nos arrebatan el equipo. Directamente nos arrancan de la mano las cámaras (incluso las digitales con las que hacemos las fotos).Yo insisto en llamar a la embajada y ellos dicen que si hacemos alguna llamada, si nos movemos del sitio, nos esposan.



(En la foto, algunos camioneros nos hablan de los ataques que sufren)

Durante una hora nos sentimos tratados casi como terroristas. Creen que hemos estado grabando la base militar y nos hacen borrar la cinta completa. Y casi a empujones. La situación surrealista se prolonga. Los soldados parece que se divierten a nuestra cosa. Sentimos que "les mola" tenernos atemorizados, indefensos, como si estuvieran jugando con nosotros. Ellos, armados y vestidos de Rambo y nosotros, despojados hasta de la cámara.


(El cámara, Jesús Torres, se dispone a grabar los polémicos camiones)

Al final se impuso algo la cordura y salió un superior a pedirnos disculpas. No es la primera vez que me ocurre algo así. Ya he padecido esa sensación de superioridad y de impunidad de algunos soldados estadounidenses. Y ya sabemos (hay tantos casos...) de lo que pueden ser capaces. Y eso...sigue dando miedo.


P.D. Las fotos son de Andrés Rojano, el tercer miembro de este equipo desplazado a Afganistán para el Telediario. Os seguiremos contando desde aquí y desde la pantalla de siempre.

Almudena Ariza


Soy Almudena Ariza, corresponsal de TVE en China y Lejano Oriente. A veces lo más interesante de los reportajes es lo que no contamos. No lo veis nunca en los telediarios ni en los programas informativos. Son las anécdotas, incidencias, dificultades, avatares que nos surgen antes, durante y después de los rodajes y que solo revelamos a los amigos, o ni eso.
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