Reinsertando a los "paras"
Los cuerpos de las víctimas entraban, uno a uno, al horno crematorio. Era la manera perfecta de borrar las huellas del crimen, aunque no siempre actuaban así. Otras veces los mataban con serpientes venenosas, los tiraban a un río, y cuando se aburrían, en el colmo del sadismo, jugaban al fútbol con las cabezas desprendidas a machetazos. La mayoría de las veces, sin embargo, no era la cabeza lo único que cortaban. Las motosierras segaban cada miembro de las víctimas, y cuando el cuerpo era apenas un rompecabezas macabro, lo arrojaban bien troceado a una fosa común.
Todo esto no es el guión barato de una película de terror de serie B. Así actuaban los paramilitares de ultraderecha desde mediados de los 80 hasta el año 2005. Y son sus propios testimonios los que dan fe de cómo ejercían el poder, del castigo ejemplar al enemigo. Los paras nacieron financiados, en un principio, por los grandes ganaderos de Colombia, que buscaban un ejército privado para defenderse de las amenazas y el secuestro de las guerrillas de izquierda. Pero el monstruo siguió creciendo tal y como lo hizo la guerrilla, a base de extorsión, muerte y el dinero del narcotráfico. Y se hizo autónomo, y en su momento de mayor expansión llegó a tener unos 30 mil hombres armados enfrentados a las FARC o al ELN, y agrupados en las siniestras Autodefensas Unidas de Colombia.
Durante 20 años, con la excusa de enfrentarse a la guerrilla, los paras mataron a campesinos, líderes sociales y sindicalistas sospechosos de colaborar con la insurgencia. Y en 2005 decidieron desmovilizarse acogiéndose a una propuesta generosa que les ofreció el Estado. La ley de Justicia y Paz les ofrecía penas muy cortas para los crímenes que cometieron. Apenas 8 años en la cárcel, siempre que colaborasen, que confesaran sus crímenes, que ayudaran a identificar a las víctimas y que reparasen a sus familias.
Esa ley cumple estos días 4 años y aquí en Colombia tratan de hacer balance. Casi 600 paramilitares se han presentado voluntariamente ante los fiscales. Y han confesado todo lo que se cuenta en el primer párrafo de este post. Todo eso y mucho más que se resume en algunas cifras: confesaron 21.000 homicidios, y señalaron 1.700 fosas comunes en las que se encontraron 2.100 cuerpos. Y sus testimonios destaparon también un escándalo que aquí se conoce como la “parapolítica”: los vínculos de las Autodefensas con alcaldes, gobernadores, diputados y senadores. Hoy hay más de 200 políticos investigados por sus nexos con los paramilitares.
El trabajo para la fiscalía es enorme. Hay que escuchar en versión libre a los 2.927 comandantes de aquel ejército ilegal. Luego hay que abrir expediente de cada crimen e investigar cómo ocurrió. Porque no sólo hubo homicidios o desapariciones forzadas; hubo también expropiación de tierras, violaciones, narcotráfico, lavado de activos o reclutamiento de menores. Muchos fiscales dicen que investigar todo eso es una tarea imposible, que hacen falta más medios, porque cuando se creó la ley nadie estaba preparado para un proceso como éste.
Los fiscales, sin embargo, dicen que seguirán adelante porque su razón de ser son las víctimas. Y las víctimas, que ya han pasado por el amargo trago de escuchar el relato macabro y frío de los verdugos, cuentan que seguirán luchando para recuperar la memoria. Para que al menos les cuenten en qué punto del país enterraron bajo tierra a sus maridos, mujeres o hijos. Porque los muertos – dicen- dejarán de ser fantasmas cuando les den un entierro digno.



