Los mejores (y no tan mejores) amigos
Hay algo que no consigo entender en los presidentes. Nunca he sabido cómo valoran a sus amigos, o si realmente se pueden tener amigos en las altas esferas en las que se mueven, de presidente a presidente. Porque al final esas amistades o enemistades, esos enfados o discrepancias entre “amigos”, pueden tener consecuencias mayores para el resto de los mortales que les votamos un domingo cualquiera cada cuatro o cinco años. Un cabreo entre presidentes no debe ser como un cabreo entre ciudadanos de a pie, que pueden mandarse al carajo de manera burda o muy fina, y dejar de hablarse unos días sin que el resto de la humanidad sufra los efectos de esa ruptura puntual.
Un ejemplo de esa amistad que fluctúa como la bolsa es la que ahora se profesan Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, los presidentes de Colombia y Venezuela. Hace dos años, cuando Santos era el ministro de Defensa en el gobierno de Álvaro Uribe, Chávez lo definió como “ministro guerrerista”. Chávez y Uribe no eran buenos amigos. Digamos que no se podían ni ver. Y esa etapa en la que sonaban tambores de guerra entre Caracas y Bogotá, el líder bolivariano vio en Santos al hombre que podría dirigir la guerra en ese eventual conflicto.
Hace unos días, Chávez definió al presidente Santos como su “nuevo mejor amigo”. Se reunieron en Cartagena, firmaron 16 acuerdos y lo pasaron bien, todo ello coronado con una deliciosa cena a orillas del mar Caribe. Durante su viaje a Europa el presidente Santos también presumió de su nueva amistad. Lo hizo por ejemplo en España, donde Santos busca también nuevos amigos que quieran invertir en Colombia. En Madrid, el presidente colombiano defendió a su amigo venezolano. Dijo que Caracas colabora en la lucha contra el narcotráfico y que en Venezuela ya no hay campamentos de las FARC. Días después, el gobierno colombiano confirmaba la extradición a Venezuela del presunto narcotraficante Walid Makled, al que reclamaba igualmente Estados Unidos. Mackled, recordemos, también habló, hace poco, de la amistad… de la amistad que le unía a círculos cercanos al presidente Chávez, que le permitieron construir un imperio con el que, según la Agencia Antidrogas estadounidense, introducía cada mes 10 toneladas de cocaína para alimentar el mono de las narices pobres en las calles estadounidenses, y también de las narices ricas ávidas de coca de cientos de yuppies en Wall Street.
Chávez y Santos están de luna de miel, y al paso que van obligarán a cambiar los guiones de “Isla presidencial ”, esa fantástica serie de dibujos animados que habla, por cierto, de la amistad y la enemistad, de los vaivenes de la política internacional reflejados en el comportamiento de varios líderes latinoamericanos encerrados en una isla desierta y obligados a convivir con los amigos y los menos amigos, en una lucha titánica por encaminar a la región en la senda del liberalismo o del bloque bolivariano.
En los últimos capítulos que vi de Isla Presidencial, todavía seguía por allí el presidente Uribe, enarbolando entre sollozos la bandera de la lucha contra el modelo bolivariano de Chávez, Correa o Evo Morales. Uribe se creía el salvador del mundo en esa isla de egos donde se juega la partida que debe definir el rumbo de la geopolítica regional. Tal vez por eso, ni el Uribe animado ni el Uribe real entienden la nueva amistad entre Santos y Chávez. El ex presidente colombiano no oculta su desencanto y lo expresa a través de su cuenta de twitter, que es su manera de expresarse desde que abandonó el poder. Uribe se pregunta dónde está la mayoría de líderes de las FARC que antes estaban en Venezuela, y le dice a Santos que no es bueno medrar políticamente con el dolor de las víctimas. Y esa es otra muestra de que, entre presidentes y ex presidentes, no siempre se cumple aquello de que “los amigos de mis amigos, son mis amigos”.



