Bodas, bautizos y funerales. Leitkultur

    jueves 6.abr.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    2 Comentarios

III Parte de „Las cenizas de Annelisse...“ y „La boda turca de la peluquera...“

No he tenido ocasión de asistir a ningún bautizo en Berlín.

Debe ser una cuestión de puro cálculo de probabilidades por la baja natalidad.

A lo que sí asistí es a una ceremonia de confirmación de un grupo de adolescentes en una iglesia evangélica. La biblia sobre el atril, los devotos protestantes cantando con sonrisa beatífica, dando gracias a Dios por el soleado sábado que les esperaba fuera. Me pareció estar en una ceremonia presidida por Lutero. Todo muy austero y aparentemente auténtico.

Fue el día en que me dí cuenta de la importancia del rito. Aquel día puse en cuestión ni aversión de décadas a los pomposos rituales católicos. Uno, qué se le va a hacer, vive en un permanente proceso de cambio y puesta en cuestión de todo lo habido y por haber.

A mí siempre me ha atraído la naturalidad nórdica, lo poco dados que son a gestos teatrales en contra de la natural inclinación del sur a la sobreactuación. Siempre lo ví como un síntoma de autenticidad. Me gustan las casas sin cortinas de los holandeses, qué le voy a hacer.

Pero tras las amplias cristaleras de los salones calvinistas, bajo las mullidas alfombras de Ikea, en los „Kellers“ (sótano, trastero) austríacos, o en las atiborradas despensas de las atareadas amas de casa de Suavia hay más cadáveres y más miseria moral de la que se ve a primera vista.

Integrarse en esas sociedades no es tan sencillo como pueda parecerle a un joven sureño que sueñe con una novia alemana.

De hecho, bien mirado, ¿cómo se van a integrar los inmigrantes si ni siquiera los alemanes están propiamente integrados? ¿Qué es la integración, sino formar parte de una sociedad, crear vínculos, relaciones, amistades que te acompañen en los momentos importantes de la vida y, porqué no, en la muerte? ¿Acaso piensan los alemanes que integración es no llevar pañuelo, vestirse todos en Primark, disfrutar de las salchichas y desear un „schönes Wochenende (feliz fin de semana) cada viernes?

Sí, soy consciente de que que eso es simplificar. Los alemanes también llaman integración a que los que vienen de otras culturas mantengan una vecindad educada, limpia y cortés, que aprendan a separar religión y vida política y social, que  renuncien a la poligamia, a los matrimonios forzados entre menores, a obligar a la mujer a tapar su cuerpo como si fuera algo pecaminoso, algo a mí me parece tan obsceno como un musulmán ve la desnudez.

Pensábamos que internet, las redes sociales, la globalización iban a conseguir en poco tiempo, en unas pocas primaveras, que el mundo sea algo social y políticamente uniforme, naturalmente con los cánones de la sociedad occidental.

La arrogancia de Occidente es descomunal, siempre lo ha sido. Esa creencia de que la verdad está aquí, que lo que hay más allá del Mediterráneo o de los Cárpatos es algo exótico, condenado a desaparecer porque es inferior, es la causa de lo que está pasando con Rusia o con el mundo árabe.

Pero ya que los alemanes no hacen más que darse latigazos en la espalda porque no han sabido integrar a los extranjeros, no seré yo el que dé más latigazos.

En la falta de integración de los inmigrantes en la sociedad alemana tiene mucho que ver la falta de deseo de integrarse de esos grupos. Así que, alemanes, de verdad, no os tortureis tanto. En el fondo, el que no se integra es porque no quiere.

¿Cómo pretender que se integren los turcos –quien dice turcos dice cualquier otro grupo étnico- en una sociedad hiper individualista donde ya no significa nada la familia, la tribu y todo se ha sustituído por la fidelidad al Steueramt (Hacienda)?

En un coloquio en la Universidad Lugwig-Maximilian de Múnich, afirmaba el brillante hispanista Paul Ingendaay que un matrimonio mixto sólo funciona entre un alemán y una española, que no conocía ningún caso al revés. Y la verdad que mi experiencia es la misma.

„Es que las mujeres españolas son muy inteligentes –bromeaba yo- entienden hasta a los alemanes. Algo falla aquí.

Y es que la verdadera integración, o es de ida y vuelta, o es absorción. Y aquí me temo que fallan tanto la ida como la vuelta. Ayudaría mucho a la integración de esas culturas en la sociedad alemana que los alemanes se integraran un poco en esas culturas que tienen cientos, miles de años de historia. El miedo de los bávaros -y por extensión de todos los alemanes- a que desaparezca su "Leitkultur" (el modo de vida y conjunto de valores alemanes) sería enternecedor si no fuera tan ridículo.

Me contaba un hispanista alemán recientemente que la mayor parte de los estudiantes alemanes, cuando vuelven de un  Erasmus en España todos, sin excepción, cuentan que han descubierto que hay otra forma de pensar, otro estilo de vivir.

Estaría bien que Erasmus incluyera también el Cairo, Estanbul o Moscú.

Es asombroso cómo los alemanes, campeones del mundo de los viajes, que han estado todos, sin excepción, en España, algunos durante años, no tienen ni remota idea de España más allá de las verjas de su casa de Mallorca o de los hoteles todo incluído de Canarias o la Costa del Sol. Viajan y viajan y vuelven a viajar y no se enteran de nada.

La arrogancia es la madre de la ignorancia.

Durante los años de crisis económica muchas suceptibilildades que habíamos creído cosa del pasado, salieron a flor de piel.

Se empezó a hablar de la hegemonía alemana como algo nefasto, se desenterraron viejos agravios Norte-Sur, se pusieron de manifiesto lo lejos que están todavía los países europeos de lograr su propia integración.

Se desenterraron todos los estereotipos, desde la siesta, a la fiesta, pasando por el despilfarro y la corrupción para volver a hacer realidad aquella frase del inventor de las „fake news“ (no, no fue Donald Trump, ni Vladimir Putin, fue Salustio, hace 2.000 años, el que definió „fake news“: „Aliquid pro vero credi“ (Tomar por cierta cualquier cosa).

Una de las pocas medidas que admiro de las adoptadas por Angela Merkel fue abrir las puertas a cientos de miles de refugiados que huían de las guerras de Siria e Iraq. Esa medida, que me sorprendió, pero, sobre todo, la actitud humanitaria y solidaria de la mayor parte de los alemanes me reconciliaron definitivamente con este pueblo.

Pero, visto desde un punto de vista de rentabilidad política económica y social, más le hubiera valido a Angela Merkel haber abierto las puertas a los cientos de miles de jóvenes españoles, griegos, italianos o portugueses en paro, en lugar de poner trabajas y alimentar el temor a que vinieran a aquí sólo a cobrar ayudas sociales.

 Se habría ahorrado miles de millones de Euros en ayudas sociales de manutención e integración, habría ganado una mano de obra cualificada y entusiasta, pero, sobre todo, se hubiera ahorrado muchos conflictos durante décadas de proceso de integración.

Porque, a pesar de que en lo tocante a bodas, bautizos y funerales España y Alemania son muy diferentes, la diferencia no es incompatibilidad, sino complementariedad y no estaría de mas pasar por el ritual de la confirmación de nuestra común „religión“ europea.

A estas alturas estoy convencido de que España y Alemania, partiendo de culturas e idiomas tan distantes y distintos, son los dos países claves para mantener y profundizar la Unión Europea. Francia está en una imparable caída hacia la irrelevancia, Italia hace tiempo que no tiene credibilidad y el resto de países no tienen entidad ni peso suficiente.

A pesar de rasgarnos las vestiduras por la hegemonía Alemana, en el fondo los españoles admiramos a los alemanes y en ellos tenemos el mejor espejo en que mirarnos para recuperar las décadas de cultura democrática que nos faltan.

Es verdad que el liderazgo de Alemania en Europa no debe significar que lo convirtamos en el médico en solitario que hace el diagnosis y aplica las recetas. Alemania ha diagnosticado bien pero se equivocó en parte de receta y desde luego se pasó con la dosis, necesita un segundo equipo médico para confirmar diagnosis y aplicar la cura. Pero aquí también, como dijo el polaco Radoslav Sikorsky, hoy por hoy temo más la inacción alemana que su hegemonía.

Europa no puede construírse sólo sobre el éxito económico, sobre la competitividad neolilberal de las empresas. España tiene mucho que enseñar en esto. Alemania necesita de la frescura del genio español, de su capacidad de iniciativa, de su aptitud para la improvisación, para cambiar de rumbo. La perseverancia alemana significa también que, con frecuencia, persevera en el error.

Y lo que nosotros necesitamos de Alemania está claro: aprender de su cultura democrática y de su cultura de responsabilidad empresarial.

Es interesante comprobar cómo un pueblo con valores familiares tan arraigados, tan tribal, como lo es España, sea al mismo tiempo tan ingobernable, mientras un pueblo tan individualista como los alemanes sean el pueblo más dócil del mundo, para bien y para mal.

Un romance de hace más de mil años, sin embargo, se nos puede aplicar tanto a españoles como a alemanes.

 „¡Qué buen pueblo si tuviera buen señor!“

Miguel-Ángel-Berlin    6.abr.2017 12:06    

La boda turca de la peluquera

    miércoles 5.abr.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    0 Comentarios

II Parte de "Las cenizas de Annelisse"

 

He vuelto al cementerio de Berliner Strasse un par de veces. Apostaría a que Lothar, su marido, no ha vuelto desde el día en que las cenizas de Annelisse quedaron cubiertas por una capa de césped.

Sus cenizas, me dijeron, ya no estaban allí. Como nadie había pagado un palmo de tierra, se depositan allí un tiempo y cuando el cuadrado de tierra se llena con nuevas urnas, se sacan las antiguas y se colocan en una especie de fosa común de cenizas.

Descubrí el nombre de Annelisse entre una lista de nombres grabados en una gran lápida en otra parte del cementerio.

Lo que no hicieron sus familiares, amigos o conocidos, lo hizo el Estado, la Administración. Todo convenientemente documentato. Por lo menos, el nombre de Annelisse quedará grabado en piedra durante un tiempo, ya que no en la memoria de los que la conocieron.

Como ya he dicho, ese día empezó mi proceso de desintegración de la sociedad alemana. A pesar de mi poca afición por las necrológicas, yo no quiero morirme en un país donde la soledad quede registrada en una lápida de mármol pagada por la administración.

Eso no le pasará a ninguno de los invitados a la boda de la peluquera de mi mujer.

Llevábamos menos de 4 meses en Berlín. Será que hacerse las piernas une mucho, el caso es que la peluquera turca invitó a mi mujer a su boda, algo impensable en una peluquera alemana. Se casaba con un turco, naturalmente.

La pareja española era una de las atracciones exóticas de la boda turca. Todos querían hablar con nosotros, saber de qué parte de España éramos (y todos se decepcionaban cuando les decíamos que del Noroeste), todos querían saber por qué, viviendo en ese país maravilloso, habíamos acabado en Berlín, como si Berlín fuera un castigo o algo así. Por entonces, España estaba de moda, era uno de los „tigres“ del Mediterráneo, junto a la propia Turquía y de la crisis, ni rastro.

Aunque no hablábamos ni una palabra de turco y apenas chapurreábamos el alemán, no paramos de hablar con unos y con otros... y nos entendíamos, bien en inglés, bien gesticulando, que en eso turcos y españoles somos iguales.

Muy pocas mujeres llevaban pañuelos islámicos. La mayoría de las mujeres vestían a lo occidental, aunque había algunas con trajes turcos.

La boda turca me recordaba mucho a las bodas españolas: gran profusión de comida (en buffet, no servida por camareros), música, bailes...

Pero había dos cosas que no se encontraban en aquella boda turca: no había jamón y no había tampoco ni un invitado alemán.

Eso me dió qué pensar. O las alemanas no se hacen las piernas o no es lo mismo hacerle las piernas a una española que a una alemana, aunque mi mujer sea rubia.

El caso es que la peluquera turca, que había nacido en Alemania, no tenía amigas alemanas.

Mi primera deducción fue que los alemanes no querían hacerse amigos de los turcos, que no les permitían integrarse. Que algo fallaba en el proceso de integración de los inmigrantes en la sociedad alemana.

Pero pronto empecé a intuir que algo no encajaba en ese razonamiento. En realidad, la escolástica indica que el razonamiento debía ser el contrario, que algo fallaba en la integración de los alemanes en las bodas turcas, porque allí lo que faltaba eran alemanes.

Y al final he acabado por preguntarme por qué los alemanes se dan continuamente golpes de pecho porque no han sido capaces de integrar a los turcos.

Fue al ver a Annelisse de cenizas presente sin que ni uno sólo de los que la conocieron en vida –excepción hecha de su parlanchín marido- se acercara a darle un último adiós cuando definitivamente me pregunté si había algo, una sociedad, un plan, un estilo de vida en el que integrarse.

Miguel-Ángel-Berlin    5.abr.2017 11:20    

Las cenizas de Annelisse

    martes 4.abr.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    2 Comentarios

Era uno de los habituales días grises de Berlín, con un airecillo persistente, como hecho de invisibles agujas, la ropa húmeda como si lloviera. El sol, ausente, escondido en alguna parte, probablemente de vacaciones en Mallorca.

Desde la puerta del cementerio de Wilmersdorf, en Berliner Strase, no se veía un alma viva. Una capilla con la puerta cerrada de frente y una pequeña caseta a la izquierda, con la puerta abierta.

Ahí debe estar, me dije.

Me paré un momento en el umbral de la puerta. Un jarrón sobre una mesa era todo el mobiliario. Pero en el jarrón no había flores. Allí estaban las cenizas de Annelisse.

Habíamos conocido a Annelisse y su marido Lothar, un par de año antes. Mi hijo pequeño jugaba en el parque y una pareja se acercó y se sentó en el mismo banco con ganas evidentes de charlar con aquellos exóticos españoles.

Una pareja típica y atípica. Lothar rondaba los 70 años, Annellisse, en cambio, hacía tiempo que había superado los 80.

El era abierto, parlanchín, simpático, el tipo ideal para practicar alemán. Ella era reservada, seria, de gesto adusto.

Con el tiempo, nuestras etiquetas cambiaron y Lothar se convirtió en inoportuno, metomentodo, agobiante.

 Annelisse, en cambio, iba ganando en carcanía, sin perder su habitual parquedad.

Con el tiempo, Annelisse nos fue contando, a cuentagotas, su vida: había pasado hambre en la posguerra, trabajado de carnicera y de otros oficios, tanto ella como Lothar habían estado casados antes un par de veces y no tenían hijos.

Tenían, sí, muchos sobrimos.

Pero estaban muy solos. Esa soledad impelía a Lothar a buscar víctimas por los parques y a Annelisse la encerraba más en sí misma.

Aunque mi alemán aún no me permitía una conversación fluída, poco a poco intentaba sonsacarle más a Annelisse sobre su pasado; el de Lothar, por su edad, me interesaba menos. Yo quería saber cómo era su vida bajo el Nazismo, si durante su juventud había sentido la misma locura colectiva de la mayor parte de los alemanes, si había levantado su mano en el saludo hitleriano, si había asumido que ella formaba parte de la „Quelle der Nation“ (la Fuente de la Nación).

No me dió tiempo. Un día supimos que, tras un trayecto de decenas de kilómetros en bicicleta, había sufrido un infarto y estaba muy grave. Annelisse apenas comía nada, se alimentaba de dos litros de café diario y cigarrillos.

Consiguió superarlo temporalmente. Fuimos a verla a su casa y de repente nos dimos cuenta de lo anciana que era, 86 años. Unos días después, murió.

Cuando Lothar llegó a la caseta del cementerio se extrañó de que yo estuviera allí, no esperaba a nadie. Y yo me extrañé de que no esperara a nadie.

 Acompañamos al enterrador a una zona del cementerio donde hizo un agujero de un palmo de ancho con un cilindro y metió la urna como quien enrosca un tornillo en una tuerca.

Una oración apresurada y allí quedó Annelisse, como sembrada en la arena, cubierta con una fina capa de césped.

Annelisse, 86 años de vida, seis hermanos, numerosos sobrinos, parientes, compañeros de trabajo, vecinos... Y el día que murió, ante sus cenizas sólo estaba un extranjero que acababa de llegar a Berlín y que apenas conocía nada de su vida.

Ese día, debíamos llevar aquí cuatro años, dí por concluído el periodo de integración en la sociedad alemana. Al fin y al cabo, al poco de llegar habíamos ido a una boda turca, invitados por la peluquera de mi mujer y había asistido a un entierro de una alemana.

Como ya habíamos probado el „Grünkohl“, „Rotkohl“, „Weiskohl“ y todas las coles imaginables, el „Bratkartoffeln“ (patatas asadas) ya no ocultaba secretos para nosotros y ya no teníamos que señalar con el dedo para comprar el „Brötchen“ (pan), nos sentíamos plenamente integrados en la sociedad alemana.

Estaba en el periodo en que cualquier emigrante que no haya entrado con el pie izquierdo de alguna manera reniega de sus orígenes, encuentra todo más y mejor organizado en el nuevo país y se pregunta si será capaz de soportar la vuelta a ese desastre de país que ha dejado atrás.

Pero la muerte de Annelisse me libró de esa tentación.

Ese día, en realidad, empezó mi período de desintegración de la sociedad alemana.

Estoy curado.

Miguel-Ángel-Berlin    4.abr.2017 16:29    

Feliz cumpleaños, Europa

    viernes 24.mar.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    4 Comentarios

Que levante la mano quien ronde los 60 años. Me vale lo mismo 5 años arriba o 50 abajo.

¡Felicidades! Has tenido la suerte de vivir el periodo más civilizado, afortunado y luminoso  de la historia de la humanidad.

No has conocido el hambre (el hambre de verdad), el frío, la muerte de seres queridos por un germen que se elimina con una pastilla, la guerra, la miseria…, has podido estudiar si hubieras querido, viajar, has podido elegir profesión y hasta elegir a los que tienen que organizar todo eso de lo que disfrutas sin darte cuenta.

Y esto vale no sólo para ti, que naciste en un país, en una zona, en un pueblo relativamente pobre del Suroeste de Europa. Vale, salvando las distancias, para todos los europeos desde el Algarve a los fiordos que se pierden en el Ártico.

Prueba a sentarte durante un rato mirando en perspectiva tu pueblo o tu ciudad y pon en marcha el reloj del tiempo hacia atrás intentando imaginar no sólo cómo era la vida en tu pueblo antes, sino cómo era en los alrededores y un poco más allá.

No hace falta saber mucha historia para imaginarlo. Pero si sabes algo de historia, te darás cuenta de que la vida, antes de nacer tú, era brutal. La lucha por la supervivencia no era un término filosófico, era una realidad bestial y diaria. La vida de una persona valía con frecuencia menos que un plato de lentejas.

Poco antes de nacer tú, a tu alrededor los vecinos se odiaban, denunciaban y mataban  unos a otros por motivos que a ti ahora te parecen pueriles. Y lo mismo pasaba con los vecinos lejanos, con los países. El hambre era el gran reto diario, el frío un enemigo implacable durante buena parte del año, las fiebres eran mortales. Cada poco llegaba un agresor externo que intentaba quitarte lo poco que tenías y convertirte en su siervo o esclavo. Y así durante cientos, miles de años, hasta ese momento en que ya ni siquiera te reconoces como humano.

Pues que sepas, querido, querida, que, si tú has podido vivir una vida libre y, con sus problemas y carencias, libre de todas esas miserias salvajes con las que han tenido que convivir tus antepasados, se lo debes a algo que probablemente ahora te produce desprecio o indiferencia: se llama democracia.

Y para ser más exacto, a la gente que ha luchado para traerte la democracia.

También a mí me suena raro que, a estas alturas, tengamos que recordar esto.

Pero es que el mundo está muy raro. En amplias capas de población de todo el mundo occidental se está extendiendo un desprecio a la democracia, calificándola de decadente, corrupta, débil. Por todas partes surgen aspirantes a dictadores que tratan de convencernos de que, si no “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sí el tiempo donde los dictadores omniscientes dictaban y los súbditos y sometidos obedecíamos.

Con frases simples y zafias presumen de solucionar los problemas del mundo –y los tuyos- de un plumazo.

Y tú, que quizá has dado por hecho que todo lo que tienes te pertenece por Ley Natural, por tu esfuerzo, que te lo mereces y que merecerías  y tendrías mucho más si no fuera por esos corruptos que gobiernan, has llegado a pensar que quizá tienen razón.

El espejismo es tentador. Pero alguien te tiene que recordar que es un espejismo, una trampa.

Si rondas los 60, naciste con el germen de lo que ahora llamamos la Unión Europea. Claro que, por aquel entonces, tú no lo sabías. Para ti Europa era algo lejano, de donde venían las invasiones que arrasaban tu pueblo y os convertían en siervos y esclavos. A veces venían también aires liberadores que nosotros creíamos – así nos lo decían- que salían de las calderas de Pedro Botero , que entonces situábamos en París o en los alrededores y ahora muchos sitúan en Bruselas.

Pero si verdaderamente te pones a pensar todo lo que Europa te ha traído, no sólo fondos estructurales, carreteras, polideportivos, aeropuertos, estaciones, polígonos industriales, sino conceptos, ideas de vida, entonces te asustarás de lo que proponen los dictadorzuelos.

Te asustarás de que tus hijos o hijas puedan pensar que todo lo que tienes ahora  –aunque estés pasando un mal momento y estés, por ejemplo, en paro- lo tenemos que dar por sobreentendido o que podemos ponerlo en cuestión.

Y correrás a tu casa a agarrarte a cualquier libro de historia. Porque quien olvida su historia, está condenada a repetirla.

Es verdad que tenemos muchas razones para quejarnos. La gran ventaja de la democracia es que podemos hacerlo, podemos quejarnos. Y poner a parir a quien no cumple nuestras expectativas. Que son muchas, cada vez más.  Cada vez tenemos más datos para identificar los fallos, cada vez controlamos más y somos conscientes de que donde hay poder hay corrupción e incompetencia. 

A Europa, a las instituciones europeas, a los políticos, les podemos culpar  de muchas cosas. Por ejemplo, de que últimamente, en lugar de enriquecer a la mayoría, a la clase media, la están empobreciendo con sus políticas capitalistas neo liberales, que están destruyendo la ilusión de mucha gente. Sal a la calle inmediatamente (a las redes sociales, es un decir) a denunciarlo. Pero no te olvides de poner todo en la balanza, lo que se puede contar y pesar y lo que sólo se puede valorar cuando no se tiene o se pierde. Y lo mismo vale para los políticos locales.

No olvides, además, que los políticos elegidos son tu puro retrato, tu creación, la proyección más exacta posible de cómo es una sociedad, de cómo son sus ciudadanos, no les eches a ellos solos la culpa de lo que somos todos. No te tires piedras contra ti mismo.

Esto se lo voy a contar a mi hijo hoy, que cumple 13 años, para que nunca olvide de dónde viene y piense siempre un par de veces a dónde quiere ir.

Miguel-Ángel-Berlin   24.mar.2017 15:40    

¿Quo vadis, mundi? *Nota: este artículo tiene más de 140 caracteres y notas al margen

    martes 14.mar.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    4 Comentarios

 

En verdad  es difícil comprender el mundo en que vivimos. Pero, ¡carajo!, ¿cuando ha sido  fácil?

Hace treinta años, con un muro atravesando Berlín, todos teníamos claro que el mundo se dividía en dos: unos a una parte, otros a la otra del murito.

En este momento, precisamente, estoy sentado sobre lo que se llamaba “franja de la muerte”, la línea por donde pasaba el muro de Berlín.  

Bajo a la calle y sólo tengo que abrir un poco las piernas para colocarme a horcajadas de la línea del muro, la línea del mundo, nos parecía entonces.

Si pongo las dos piernas a Occidente y miro a Oriente, casi puedo imaginarme la tristeza existencial en el Berlín Este.

 Tristeza porque filosóficamente el muro estaba construido sobre el pesimismo existencial que hunde sus raíces en Hobbes, trasmutado el “homo homini lupus” en lucha de clases.

*Nota para eruditos y pedantes:

(Es curioso pensar que Hobbes cogió ese concepto de una comedia de Plauto, todo un filósofo del sentido del humor negro de hace 2.000 años. Plauto, antes de triunfar, fue un “sintecho” de la época, “pasó más hambre que el perro de las cabras”.

*Nota para gente que no es de pueblo:

(Se sabe que el perro de las ovejas no pasaba hambre. Siempre ha habido clases.)

Si pongo un pie en Oriente y trato de imaginarme el Occidente de entonces (convendréis conmigo que fue hace muy poco tiempo), veo una sociedad capitalista, dirigida exclusivamente hacia una competencia feroz, dejando por el camino víctimas de la inadaptación y la injusticia. Disfrazado de Rousseau y Montesquieu veo también el fantasma de Hobbes haciendo de las suyas. En realidad, el verdadero “homo homini lupus” estaba en la competencia feroz del capitalismo, que desde el comunismo se veía como el colmo de la injusticia social, la hegemonía del capital, de los ricos sobre los pobres.

*Nota para defensores de los animales

(No está comprobado, ni mucho menos, que el lobo se comporte con sus semejantes igual que el hombre con los humanos. Antes bien, las sociedades lobunas parecen perfectas al lado de las humanas. En el mundo de los lobos, la filosofía de la maldad se debe resumir en la frase: (“Homo homini homo est” (Traducción libre: El ser humano es un salvaje con sus semejantes).

Todo parecía, sí muy simple de explicar. O estabas a este lado del muro, o estabas al otro.

O eras comunista, o no lo eras.

Pero sólo lo parecía. Todos sabemos que todo era más complicado que eso.

Pero la complejidad del mundo se ha acelerado a marchas forzadas. El mundo de hoy parece ya un algoritmo indescifrable, para el que sólo las máquinas de Google pueden encontrar solución echando mano del Big Data.

*Nota para despistados

Big Data son la acumulación mil millonaria de cada acto, incluso pensamientos registrables, que se acumulan como “imputs” (entradas) de información que, se supone, revelan verdaderamente de nosotros mismo más de lo que nosotros creemos, sabemos, pensamos o deseamos.

A ver, yo tengo muchas incógnitas personales.

¿Cómo es posible que se esté poniendo en entredicho la existencia de la Unión Europea que durante los últimos 60 años ha traído tanta prosperidad económica, paz, oportunidades, apertura mental, que tanto pelo de la dehesa nos ha quitado de encima?

¿Cómo es posible que 70 años después del nazismo, esta palabra esté más de moda que nunca, usándola por activa y por pasiva, ya sea para intentar reivindicar no sé qué de legítimo del nazismo o para atribuirle a alguien esa ideología con la consecuencia de minimizar lo que verdaderamente fue el nazismo?

¿Cómo es posible que en Europa estén surgiendo las simpatías por dictadores y dictadorzuelos como supuestos depositarios de las soluciones sencillas para problemas complejos? O sea, en plan… “Esto lo arreglo se arregla con un par…de twitts”

Entiendo que Putin arrase en Rusia, incluso que Erdogán arrase en Turquía, pero juro que no entiendo lo de Trump y Estados Unidos. No he encontrado explicación.

¿Cómo es posible que franceses, holandeses, austriacos, suecos, flirteen con ideas y partidos claramente filo nazis? Puedo entender que húngaros, polacos, eslovacos sientan ciertas inclinaciones porque les den las soluciones a todo servidas en un plato combinado  “fast food”, pero que sociedades democráticamente avanzadas estén retrocediendo me resulta desconcertante.

Y no he metido a Alemania en ese contubernio porque aquí todavía, afortunadamente, esos flirteos son muy minoritarios. Alemania, lo sé, es la madre del cordero.  

Sí, yo sé que tú tienes también muchas otras preguntas. Yo también. Muchas. Sólo he puesto algunas.

Y ahora que lo pienso, quizá pinchaste aquí esperando encontrar alguna respuesta para comprender el mundo.” Ich bitte um Entschuldigung” Lo siento. Esto es lo que hay.

Pero prueba con el Big Data. Las  múltiples y complejas incógnitas que plantea ese algoritmo de a dónde va el mundo, sólo se pueden solucionar despejando los clics de “me gusta, comparte, envía, emoticón, carro de la compra,  ir a la caja”.

Y, si no estás cabreado mucho porque no te haya aportado ni una sola idea, puedes dar a compartir. Para Google, un solo clic es muy importante para entender el mundo.

Miguel-Ángel-Berlin   14.mar.2017 13:04    

Obama, el europeo

    miércoles 16.nov.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    6 Comentarios

Si Barack Obama se hubiera presentado a las elecciones en cualquier país europeo en los años en que ha sido Presidente de los Estados Unidos, seguramente hubiera sacado mayoría absoluta en casi todos, por no decir en todos. En Alemania sus resultados habrían sido abrumadores. 200.000 personas se entusiasmaron con el entonces candidato Obama en Berlín.

Aquí vino, dijo, a tender puentes entre Estados Unidos y Europa tras la gran ruptura que supusieron las mentiras de la invasión de Iraq por G. W. Bush.

“Yes, we can” se convirtió en una especie de lema universal. Todo parecía posible. Por encima de todo, la paz en Afganistán, en Iraq, incluso en Oriente Próximo entre Israel y Palestina, la desaparición de esa infamia del género humano que era –y es- Guantánamo. Y tantas otras cosas: la reconciliación de razas, religiones, géneros… Tantas esperanzas se echaron sobre los hombros de Barack Obama cuando ganó la presidencia de EEUU.

Pronto nos encontramos con la realidad. El Presidente del país más poderoso del mundo, con mucha diferencia, no era capaz de cumplir prácticamente ninguna de sus promesas.

El mito Obama empezó a derrumbarse y se hizo visible con la concesión del Premio Nobel de la Paz. Nadie entendió cómo se daba ese premio tan pronto a un político que renegaba de las guerras convencionales de sus opositores pero defendía a capa y espada la nueva guerra con bombardeos de drones que causaban cada día decenas de “daños colaterales”, esa expresión que aprendimos todos del general Schwarzkopf durante la invasión de Iraq.

La retirada de las tropas de Estados Unidos de Iraq, con dos años de retraso, sólo dejó el paso libre para que medio Iraq quedara ocupado por los salvajes de Daesh, para que los talibanes resucitaran en Afganistán y nadie encontraba, ni quería participar en las soluciones para Guantánamo.

El fracaso de Obama en Oriente Medio es palmario, pero se me ocurre una disculpa: eran guerras heredadas, no es fácil solucionar conflictos enquistados. Y menos, con el Premio Nobel de la Paz en la solapa.

Pero quizá el mayor fracaso de Obama en su política internacional ha sido con las llamadas entonces “primaveras árabes”. Empezando por Túnez, siguiendo por Egipto, Siria, Libia.

Pronto quedó claro el error de cálculo de Obama y todos los que en su momento vieron –vimos- en las primaveras árabes el amanecer de un nuevo tiempo con el nuevo líder mundial en la Casa Blanca predicando el entendimiento universal y el multiculturalismo.

Las salvajes dictaduras del inmenso y variado mundo árabe habían ocultado hasta entonces el barril de pólvora que anidaba en esos países. Pólvora en cañones, tanques, misiles, metralletas y fusiles proporcionados por Estados Unidos, Europa, Rusia, China a todos aquellos que tuvieran algo que ofrecer para comprarlos: dinero o promesas de vasallaje.

Nada nuevo bajo el sol. Nadie ha percibido que Obama haya cambiado el papel de Estados Unidos en el mundo y, sin embargo, la mayoría se ha convencido de que se ha debilitado. 

Está claro que el mundo no se arregla con discursos, por más que los de Obama sean magistrales. Sus discursos sobre Europa – sobre la Unión Europea- son antológicos y merecería que Europa le diera el título de "ciudadano europeo de honor" . Y, sin embargo, la decepción de Europa con Obama ha ido creciendo con cada año de su mandato.

Está claro que Obama consiguió restablecer algunos de los puentes rotos con la invasión de Iraq, sobre todo el puente con Alemania, pero las relaciones de Obama con Europa tampoco han sido florecientes.

Dos maneras de entender la salida a la crisis finaciera y económica –la alemana y la estadounidense- contribuyeron a crear desconfianza entre Merkel y Obama. Desde luego, no ayudó que Merkel se enterara –si no es que lo sabía ya- que su teléfono estaba siendo sistemáticamente espiado.

Casi pudimos percibir el en el rostro de Obama al decirle tener que decir personalmente a Merkel que sólo podía asegurarle que “a partir de ahora, no te vamos a espiar”.

En ese hombre simpático, abierto, seguramente buena persona, hay un cierto halo de arrogancia que no se percibía en aquel político que levantó tantas esperanzas en el mundo.

Estos días he leído en prensa americana que esa es una de las críticas que le hacen muchos altos políticos americanos, uno de los inconvenientes para que encontrara más apoyo interno. Desde luego, debe ser muy difícil ser Presidente de los Estados Unidos y no dar la impresión de ser arrogante alguna vez.

Ahora, ya como “pato cojo”, Obama viaja por sexta y última vez a Alemania. Ya el hecho de que pase por Grecia antes, para apoyar que se perdone parte de la deuda, es significativo.

Y nuevamente, viene para tender puentes. En realidad, el viaje estaba pensado para ir dejando todo atado y bien atado para entregárselo a Hilary Clinton. De repente, todo lo que se pensaba atar en ese viaje, sobre todo el TTIPP (Tratado de Libre Comercio USA-UE), ha saltado por los aires.

Seguramente Obama se pasará el encuentro con Merkel el Jueves y con F. Hollande, Th. May, M. Renzi y M. Rojoy el viernes respondiendo preguntas sobre lo que nos espera con Trump. Y Obama intentará tranquilizar a los europeos. Un papelón para una despedida de Europa que habría imaginado diferente.

Hoy Obama ya no despierta en Alemania el entusiasmo de hace 8 años. Aún así, conserva un tirón popular incomparable con el de cualquier otro líder europeo.

Seguramente volvería a ganar si se presentara en Alemania, en Francia, en España. No lo tengo tan claro en Gran Bretaña, donde está claro que pocos se convencieron con su apasaionado discurso de las bondades de la UE.

Fuimos muy "naiv" al pensar que sólo un presidente podría cambiar el mundo. Ahora sabemos que harían falta una sucesión de Obamas para completar el trabajo. Pero el mismo pueblo que eligió hace ocho años a un supuesto visionario, ha elegido ahora a otro con la visión del mundo opuesta. La realidad quitó a Obama el título de visionario y lo dejó en un político práctico. Habrá que esperar que la realidad haga el mismo trabajo ahora con Donald Trump. Más nos vale.

Miguel-Ángel-Berlin   16.nov.2016 12:51    

¡Es el instinto, estúpido!

    miércoles 9.nov.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    2 Comentarios

Las grandes revoluciones de la historia las han hecho los analfabetos, los incultos, los hambrientos, los desclasados.

Las han hecho siempre echando mano del instinto, jamás del sentido común.

 Y siempre han sorprendido a los cultos, los informados, los bien alimentados, las clases acomodadas, al “establishment”.

Desde hace ya mucho tiempo, tratamos de comprender qué está pasando en el mundo: lo musulmanes se echan en manos del fanatismo, los griegos confían en la utopía, los británicos –y quién sabe si más- renuncian a Europa, los americanos al sentido común…

 Y nosotros, los lectores de periódicos, los que vemos los primeros 20 minutos del telediario, tratamos de explicarlo analizando las cifras macroeconómicas, los tipos de interés o el ganador de la Champions.

Y no la encontramos, porque nos empeñamos en explicar en un país la subida de la extrema derecha por las cifras de refugiados o inmigrantes, en otro nos explicamos la subida de la izquierda en el déficit o el superávit, las cifras del paro o los salarios, en otros, esas cifras se contradicen y no somos capaces de encajar ninguna de esas piezas.

Habrá que esperar décadas para una visión retrospectiva de la historia que explique esta época. De momento, me temo que tendremos que olvidarnos de explicaciones y recuperar una forma de interpretar el mundo que teníamos olvidada: el instinto.

El instinto es lo que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y era lo único que podía haberlo evitado. Pero los demócratas confiaron más en el sentido común de Hillary que en el instinto de Sanders.

Si la reflexión “¡Es la economía, estúpido!”, fue lo que hizo a Bill Clinton presidente, Hillary debía haberse dado cuenta de que el mundo ya no es igual.

 El mundo ha cambiado, eso es todo. Ya son 27 años de la caída del Muro de Berlín.

El Estado del Bienestar que el mundo occidental construyó tras las grandes tragedias del siglo XX ya no existe. Murió de éxito, sí, pero murió.

El estado de bienestar es muy aburrido. Los que verdaderamente gozan de bienestar, están dispuestos a aburrirse eternamente. Pero hay una gran masa que sólo conoce las migajas del estado de bienestar.

La gran inflexión al estado de bienestar que se produjo con el cambio de siglo con las políticas neoliberales han ido creando masas de excluidos. Ya no los llamamos proletarios por pudor antimarxista, pero eso es lo que son: proletarios con smartphone.

Mientras Asia está inmersa en “el milagro económico alemán” de la postguerra, convirtiéndose en la gran fábrica y taller del mundo, en una loca carrera capitalista dirigido por regímenes autoritarios ex comunistas, Occidente está de vuelta. Y, alarmado ante la competencia de Asia, ha destrozado su caro sistema de bienestar social retrocediendo décadas y tratando de copiar los mismos sistemas de producción, de salarios que los chinos.

Esa renuncia a sus valores, a sus logros sociales, laborales, esa condena a mucha gente a retroceder a los tiempos del proletariado, a salir a mendigar un salario de hambre en plaza del pueblo, hoy llamada internet, ha cuajado en masas de población indignada que, ve cómo cada día los más ricos son más ricos y los más pobres son más podres.

Durante años, se conformaron con la Champions. Pero hasta la Champions es aburrida por falta de competencia.

Y de repente, han visto que son mayoría y, despertando del letargo analfabeto, está castigando al sentido común.

Se rebelan contra el sentido común que ve normal que, por ejemplo, nadie se plantee prohibir en la bolsa esas operaciones de milisegundos en los que un especulador puede hacer una fortuna mientras ellos ganan 400 Euros al mes, si los ganan. Y tantas cosas que nuestros políticos ven normales, razonables, de sentido común…

 Todos hemos cambiado. Ya nadie confía en nadie. Por eso, todos los desorientados, se lanzan en masa hacia lo diferente. Y que explote por donde sea. Eso es lo que quieren: que pase lo que sea, pero que pase algo. El aburrimiento con la nevera vacía es muy peligroso. Pero el aburrimiento de los analfabetos es revolucionario. Son irracionales, pero siempre tienen razón.

Miguel-Ángel-Berlin    9.nov.2016 13:26    

Adiós, Angie

    lunes 26.sep.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    1 Comentarios

Ya se oyen los golpes de pico y pala cavando la fosa política de Angie.

Ya se preparan biografías, llenas de alabanzas, que esperarán en las “neveras” de las redacciones listas para ser emitidas cuando Angie declare que no se presenta a las elecciones.

En la CDU, pero sobre todo en la CSU, se encargan responsos y obituarios al tiempo que se lanzan puñales al muñeco de la que, hasta hace poco, era considerada año tras año la mujer más poderosa del mundo.

Sí, lo que parecía imposible, ha sucedido: Angie ha muerto. Pero, ¿ha muerto políticamente Angela Merkel?

Eso, a mi juicio, está por ver. Quizá esté más viva que nunca.

Elección tras elección, los alemanes dan bofetadas a sus políticos regionales en la cara de Angela Merkel. Se lo merece. Durante 16 años, desde que es Presidenta de la CDU, Angela Merkel se ha dedicado a eliminar sistemáticamente a los líderes de su partido que podían hacerle sombra, que podían hacerle la vida incómoda en Berlín desde sus sillas en los Länder.

El paisaje político regional de la CDU es desolador. De 16 länder, sólo 4 están presididos por políticos del partido de Merkel : Annegret Kram-Karrenbauer en Saarland), Volker Boufier en Hessen, Stanislaw Tillich en Sachsen y Reiner Haseloff en Sachsen Anhalt. El SPD tiene 9, Los Verdes 1, La Izqueirda 1 y CSU 1, en Baviera.

Pero pensar que Angela Merkel está acabada porque en Mecklenburgo Antepomerania la CDU ha quedado por detrás de AfD, Alternativa por Alemania, es leer en posos de achicoria.

En las 5 elecciones regionales que ha habido en los últimos 6 meses ha pesado mucho, naturalmente, el gran caos  provocado por Angela Merkel de abrir las puertas de Alemania a más de un millón de refugiados. Y puede que más incluso que la llegada masiva de refugiados, han pesado los atentados de París y Bruselas o los sucesos de la Nochevieja de Colonia.

La sensación de inseguridad ha calado en la sociedad alemana, a pesar de que aquí aún no ha habido atentados islamistas de la categoría de los de París o Bruselas. Tanto que un solo terrorista con una pistola desató el pánico en Múnich durante unas horas y la capital Bávara fue una ciudad en estado de excepción bajo la amenaza de “varios terroristas con armas largas”.

Resultó ser un desequilibrado de extrema derecha.

Otros dos casos de refugiados, uno con un hacha, que hirió a 5 personas y otro con una bomba, que sólo lo mató a él, alimentaron una histeria que se puede percibir cada día a pie de calle.

Esos atentados, y una amenaza difusa y futura, de que los refugiados van a llenar las calles alemanas de burkas y niqabs, de parados cobrando ayudas sociales que corresponderían a alemanes, es lo que ha levantado de sus sofás a miles de votantes alemanes que hacía décadas dormitaban la siesta del aburrimiento político alemán. ¿Para qué vamos a votar si tenemos a los políticos con más sentido común del mundo?

Angela Merkel utilizó desde un primer momento lo que aquí llaman la “movilización asimétrica”, es decir, campañas electorales de perfil bajo, que movilizan sólo a los convencidos, pero que tienen también la virtud de insuflar somnolencia en los contrarios, convencidos de que no hay alternativa. Incluso puso de moda la expresión “Alternativlos”

La mayoría de los votantes de Alternativa por Alemania provienen de la abstención. Un tercio de ellos se declaran desencantados con los partidos tradicionales. Creen que les tienen olvidados.

El “no hay alternativa” de Angela Merkel podía valer para un roto y para un descosido: para apoyar los paquetes de rescate a Grecia, para alargar la vida de las centrales nucleares, para cerrarlas después, para defender el retraso a la edad de jubilación y luego hacer excepciones significativas, para negar vehementemente el salario mínimo y para defenderlo con igual vehemencia después.

Pero, sobre todo, se resumía en que no había alternativa para Angela Merkel.

Y así, durante los ya 11 años de gobierno de Merkel, esa idea se ha ido asentando de tal manera que algún dirigente socialdemócrata llegó a decir que habría que considerar si interesaba presentar un candidato a la Cancillería.

Todo eso se ha acabado. No por nada, el nuevo partido eligió el nombre de Alternativa por Alemania. Para convencer a los adormecidos alemanes de que había una alternativa al Euro y una alternativa a Angela Merkel.

Y ha conseguido su objetivo. Evidentemente, las elecciones regionales han demostrado que los alemanes han despertado de su sopor y se han dado cuenta de que hay alternativa a Angela Merkel.

Otra cosa es que, en las próximas elecciones generales, voten por esa alternativa.

Aunque los análisis atribuyen invariablemente a la agenda 2010 de Schröeder el principal impedimento para que los socialdemócratas vuelvan a conseguir la Cancillería alemana, para mí no es la Agenda 2010, sino que… ya tienen una canciller socialdemócrata.

Angela Merkel les ha robado su espacio y ha intentado, y lo va a conseguir, robarles la pareja de baile. Ha empujado a la CDU al centro porque el olfato político de Angela Merkel le decía que, ante los vaivenes de los liberales (“una tropa de pepinillos”), tenía que buscar un acercamiento con los Verdes para tenerlos de compañeros de Gobierno.

Naturalmente, una ley física dice que si uno se desplaza a la izquierda, sin aumentar la masa, se abre un espacio por la derecha. Y por ahí se ha colado AfD. Ahora bien, para que ese partido protesta llegue a condiciones de gobernar tendría que ocurrir un terremoto político de unas dimensiones descomunales.

Alternativa por Alemania ha llegado para quedarse, eso está claro, y los políticos alemanes tendrán que acostumbrarse a la normalidad: un partido más a la derecha de la CDU sentado en el Bundestag, populista y demagogo, pero con la virtud de ejercer de despertador de los partidos establecidos.

AfD ha conseguido hacer a la extrema derecha alemana “salonfähig”, como se dice aquí, presentable en sociedad, aglutinando a mucha gente que nunca reconocerá ser de extrema derecha y a los que no dudan en mostrar su afiliación neo nazi. Hay quien se resiste a calificar a Afd de extrema derecha.

Aunque no toda AfD es extrema derecha, porque sus propuestas económicas encajarían con cualquier partido ultra liberal, sus propuestas sociales sobre los inmigrantes son clara y nítidamente de extrema derecha. Calificarlos de “derecha populista” sería un eufemismo. Afd es a Alemania lo que Frente Nacional es a Francia, y eso es extrema derecha.

Todos los titulares de los medios tras las elecciones regionales, invariablemente ponían el foco en las pérdidas de CDU. Pero, si analizamos detenidamente, todos los partidos, desde la CDU al SPD, pasando por los Verdes y La Izquierda, han pagado tributo a AfD.

Votante masculino, entre 40 y 60, trabajador con bajo sueldo o en paro, es el perfil mayoritario en AfD.

Para ellos, Angela Merkel es como un crucifijo para Drácula. Si Angie tenía hasta ahora ese “bonus” que hacía que muchos potenciales votantes del resto de partidos depositaran la papeleta naranja de la CDU o se quedaran en casa adormecidos con la “movilización asimétrica”, está claro que ahora Merkel también tiene un “malus” . El malus tiene un lema que es "Willkommenskultur", la cultura de la bienvenida" y Merkel se ha puesto ya manos a la obra para borrarlo, cerrar las puertas y hablar a partir de ahora, no de bienvenidas, si no de que los refugiados tienen que integrarse en la cultura alemana y, si no, adiós.

Angela Merkel tiene un año para minimizar el “malus” que despierta su nombre y recuperar el “bonus” que ha disfrutado durante estos años. Y estoy convencido de que, por más palos en las ruedas que le metan sus aliados de Baviera, la CSU, empeñados en llenar el hueco por la derecha con las mismas recetas de AfD, lo va a lograr.

Porque ahora que ya sabemos que hay alternativa a Angela Merkel, ahora que podemos dar por muerta a Angie,  quizá por primera vez, en este momento, Angela Merkel es “alternativlos”.

Miguel-Ángel-Berlin   26.sep.2016 14:46    

Tiempos extremos

    jueves 8.sep.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    3 Comentarios

Dicen que tu verdadera patria es tu infancia. Quintana de Fuseros (El Bierzo, León) es para mí la Arcadia feliz, ese paraíso terrenal atávico donde localizamos nuestro mito, el centro sobre el que gira el ciclo nacimiento, muerte, resurrección.

En Arcadia feliz todos los adjetivos son epítetos: los ríos corren cristalinos entre las majestuosas piedras, bajo la sombra de frondosos árboles, acompañados de trinar de pájaros, regando verdes prados y fértiles huertas. Un mundo mitológico construido con percepciones sensoriales, unas reales, otras idealizadas, todas cuajadas en el tamiz mágico de la infancia y horneadas a fuego lento y a distancia con el paso del tiempo.

Hasta un niño –yo viví allí hasta los 7 años, el periodo del pensamiento mágico- sabe que, en realidad, la Arcadia feliz no existe, que es la idealización de un mundo en el que la Naturaleza impone su Ley, la lucha por la vida.  Y en Quintana, la lucha por la vida a finales de la década de los 50 del pasado siglo y comienzos de la década de los 60, era una verdadera lucha, dura y esforzada. Desde el punto de vista de un niño actual una lucha brutal, pero para mí, por aquel entonces, era casi el Edén perfecto, no podía imaginar un lugar mejor sobre la tierra. Aunque he visto otros paisajes que la superan, Quintana es mi patria porque es mi infancia, y como la mía fue feliz, Quintana es mi Arcadia feliz.

O por lo menos, lo era hasta que leí “Tiempos Extremos”, de José Álvarez González. 20160902_162319

Algún libro he leído ya a lo largo de mi vida; algunos me han deslumbrado, otros me han divertido, unos admirado y un puñado de ellos impresionado, pero "Tiempos Extremos" me ha emocionado como sólo puede hacerlo quien es capaz de remover tus posos más profundos.

Cuando yo nací habían pasado ya casi veinte años desde el final de la Guerra Civil. Como para la gran mayoría de mi generación, la Guerra Civil era un episodio lejano en el tiempo porque veinte años en la vida de un niño es mucho tiempo.

No recuerdo cuando fui consciente de que en España había habido una Guerra Civil, sólo sé que durante mucho tiempo me causaba tal repulsión que casi prefería participar de la actitud de la mayoría: no mirar para atrás. La paradoja es que, cincuenta años después, me parece todo tan cercano que no entiendo cómo en este país hemos vivido de espaldas a algo tan tremendo.

Cuando era niño notaba que algo no encajaba en aquel Edén casi perfecto. Miraba las caras de mis vecinos y en ellos notaba algo más que el cansancio por el trabajo extenuante. Pero en mi casa, como en la mayoría, supongo, no se hablaba de la Guerra Civil. Alguna vez pregunté, naturalmente, pero notaba que mis padres sufrían con aquellos recuerdos, que sólo querían olvidar. Y yo lo entendía. Ahora me arrepiento.

 Si en los años 60 la vida en Quintana, en todos los pueblos del Bierzo,  era dura, nos podemos imaginar cómo sería entre 1936 y 1941. O quizá no podamos ni imaginarla.

 “Tiempos Extremos” es el mejor homenaje que  José Álvarez González puede hacer a la figura de su padre,  y de paso es el tributo del que la mayoría somos deudores. Se lo debemos a nuestros antepasados, a nuestros vecinos, a nuestros pueblos, a nuestra tierra.

Los alemanes lo han asumido. Nosotros aún nos negamos a admitirlo: la redención por el olvido no existe, sólo nos redimimos con la memoria.

Miguel-Ángel-Berlin    8.sep.2016 11:26    

Miedo al sol

    lunes 5.sep.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    1 Comentarios

En Mecklenburgo Antepomerania (Mecklenburg Vorpommern) es difícil cruzarse en la calle con un refugiado. El año pasado, de los 1.100.000 refugiados que llegaron a Alemania, se registraron sólo 23.080 en este “Land” del Noreste de Alemania. Un 2,03% del total. La mayoría de esos refugiados, además, se irán en cuanto puedan, porque en Mecklenburgo Antepomerania no hay trabajo. Si lo comparamos sólo con Berlín, donde se registraron 79.034, nos hacemos una idea de la diferente presión que han sufrido estos meses para acoger a los refugiados.

Mecklenburgo Antepomerania, 1.600.000 habitantes, ha perdido 300.000 desde 1990.

Los jóvenes se van. No hay industria, no hay trabajo. La agricultura (patatas, hortalizas, cereales), la pesca en el Mar del Norte, dan para lo que dan, pero nada más. La otra fuente de ingresos es el turismo en las playas del Norte, que tiene unas estupendas playas de arena muy blanca. Durante los dos meses más calurosos del año hay muchos turistas, pero el resto del año el sol se niega a salir por esos lares y el implacable viento del Noroeste obliga a meterse en una de esas casetas de mimbre, de espaldas a la playa.

Pocos en Alemania sabían quién gobernaba hasta ayer en esta tierra, un nuevo “Land” tras la unificación con el Este, con un peso mínimo en Alemania. Desde hace 8 años, una gran coalición al estilo de la de Berlín, sólo que en este caso, el partido más fuerte era el SPD, con 35,6% de los votos y el pequeño la CDU, 23%, después de perder cinco puntos en las elecciones de 2011.

Pudo haber elegido una coalición con Los Verdes, que tenían un 8,5% y die Linke (La Izquierda, con un 18%), pero eligió a la CDU.

Los neonazis del NPD consiguieron entrar en el parlamento de Schwerin con un 6%. Esto es tierra de neonazis.

Todo parecía discurrir con esa aburrida normalidad alemana. La tasa de paro no llega al 6% (gracias al maquillaje de cifras que hace que muchos que viven de las ayudas sociales no figuren como parados). No hay graves problemas en Mecklenburgo Antepomerania.

Así que los eslóganes de la pasada campaña electoral deberían haber sonado más o menos así: "Queremos más industria", "más trabajo para los jóvenes", "hay que elevar las pensiones", "queremos mejores infraestructuras" y, si acaso, "¡Queremos más sol!"

Pero no. Toda la campaña giró en torno a la política de refugiados de Angela Merkel y su gobierno de Gran Coalición.

El resultado, el SPD perdió 5 puntos, la Izquierda, 6 puntos, la CDU, 4 puntos y tanto Verdes como los neonazis del NPD, no consiguieron saltar la valla del 5% para entrar en el parlamento regional.

Alternativa por Alemania ha conseguido el 22% de los votos (casi 1 de cada 4) y ha conseguido lo que podemos llamar el "sorpasso" a la alemana: por primera vez en la historia un partido ha superado a la CDU de Angela Merkel.

Esa humillante derrota del partido de Angela Merkel no puede ocultar que Alternativa por Alemania ha conseguido votos de todos los partidos: muchos votantes socialdemócratas, de la izquierda comunista, de los verdes, han votado esta vez, junto a los neonazis, a un partido xenófobo. Y no nos olvidemos de que el odio al extranjero no se limita sólo a los refugiados.

Mecklenburg Antepomerania no es Berlín, aún queda un año para las próximas elecciones federales, pero la bofetada que ha recibido Angela Merkel en su patria política (aquí se presenta ella para diputada) es de las que hacen época.

Cada vez se pone más en tela de juicio su próxima candidatura como canciller de Alemania. Hasta ahora Merkel se ha mantenido firme, pidiendo hacer frente a los que sacan votos agitando el fantasma del miedo. Veremos si aguanta la presión para girar aún más de lo que ha girado ya poniéndose en manos de Turquía y Erdogán para parar el flujo de refugiados.

En Mecklenburg Antepomerania hay pocos inmigrantes pero el miedo basta. Ha triunfado el viejo fantasma alemán, el miedo al miedo.

Suspiran por el sol para llenar sus playas de turistas, pero juraría que, en el fondo, tienen miedo hasta de que un día salga el sol.

Miguel-Ángel-Berlin    5.sep.2016 13:19    

Miguel Ángel García

Bio Ich bin

“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.
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