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¡Aníbal ante portas!

    miércoles 8.jun.2016    por Miguel-Ángel-Berlin    3 Comentarios

A 15 días para el referéndum sobre el Brexit una encuesta ha puesto de manifiesto el peligroso momento que vive la Unión Europea.

La encuesta, hecha a 10.000 personas en 10 estados, muestra la caída inmisericorde en la confianza que los europeos tienen de las instituciones europeas.

Y resulta que la peor opinión sobre la UE no hay que buscarla en Gran Bretaña: en Grecia esa opinión negativa alcanza al 71% de los ciudadanos, en Francia un 61% y en España un 49%, un punto más que en Gran Bretaña.

Por porcentajes similares se mueven países como Alemania, Suecia, Holanda.

España encabeza la lista de países donde la buena opinión sobre la UE se ha derrumbado más estrepitosamente en los últimos dos años.

Dicho en otras palabras, si en este momento hubiera referéndums en otros países sobre la permanencia en la Unión Europea, la duda sobre qué saldría de ese referéndum se arrastraría hasta el recuento de la última papeleta.

Un escenario que nadie podía prever hace apenas unos años. El entusiasmo por la idea de Europa, que en España casi se podía confundir con euforia, se ha esfumado para convertirse en una amarga decepción.

Para la mayoría de españoles, como para la mayoría de europeos,  la Unión Europea era la plasmación práctica de una Europa democrática, pacífica, próspera y con valores sociales y culturales avanzados que acabarían por imponerse al nacionalismo, la demagogia, el oscurantismo y la autocracia.

Asusta comprobar de qué manera los políticos europeos han dilapidado ese capital de entusiasmo por Europa en relativamente poco tiempo. Y no es ningún secreto. No hace falta ser un experto para saber el porqué del crecimiento rampante del euroescepticismo.

La primera señal de alarma surgió en la primavera de 2005. Franceses y holandeses votaron en referéndum NO a una Constitución Europea.

Un año antes la UE había vivido la mayor ampliación en su historia. Un grupo de 10 países,  Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Chipre y Malta,  sumaban ya 25.

Conviene remarcar que 10 países habían pertenecido a la antigua órbita soviética.

Dos años después se incorporaron Rumanía y Bulgaria, Croacia en 2013.

En lugar de reflexionar sobre las causas del rechazo en países núcleo de la UE a esa Constitución Europea que por entonces a los españoles, aunque no nos preguntaron, nos parecía una consecuencia lógica de la inercia histórica, los políticos europeos metieron la cabeza en la arena y siguieron adelante como si no pasara nada con la ampliación a países que ni política, ni económica, ni cultural ni socialmente estaban en armonía con la idea de Europa.

Un actor fundamental de esa política fue Alemania, que buscaba desesperadamente mercados para su decaída industria. La jugada tenía lugar al mismo tiempo que alimentaba conscientemente la burbuja que se hinchaba por momentos en países como España valiéndose de los mercados que abría el Euro.

 Alemania consiguió lo que se proponía: económicamente, hacer al Sur, España, Italia, Grecia, dependiente económicamente de sus créditos y desplazar al Este los fondos estructurales y de cohesión  que le abrirían nuevos mercados.  Políticamente, reequilibrar el fiel de  la balanza europea que por entonces se inclinaba más hacia Occidente que hacia Oriente, creando una órbita de influencia alemana.

Es evidente que, visto desde un punto de vista puramente alemán, la estrategia funcionó.

La industria alemana revivió, las exportaciones alemanas empezaron a florecer otra vez, a pesar de la competencia china y Alemania se convirtió en el poder hegemónico en la Unión Europea.

De paso, Alemania se había librado de dos chinas en el zapato, la engreída Francia, donde la extrema derecha empezaba a sembrar la duda europea y la siempre irritante y impertinente Gran Bretaña. Conviene tener muy presente que no fueron los británicos los que dijeron NO a la Constitución Europea, sino los franceses, por más que seguramente también ellos lo hubieran dicho si se les hubiera preguntado.

El avestruz con la cabeza bajo la arena siguió haciendo de las suyas no sólo con las ampliaciones, sino con la configuración de las instituciones.

En 2007, sólo seis años después de la última reforma, el Tratado de Niza, se aprobó el Tratado de Lisboa donde, supuestamente, se hacía “la UE más democrática, más eficiente y mejor capacitada para abordar, con una sola voz, los problemas mundiales, como el cambio climático” (sic. UE).

El Tratado de Lisboa sonó a la mayoría de ciudadanos europeos como un sucedáneo de la Constitución Europea. Se aumentaron las competencias del Parlamento Europeo, se reforzó (un suponer) la figura del Alto Representante para Asuntos Exteriores, se creó el puesto permanente de Presidente del Consejo. Esto último, básicamente porque los americanos decían que cuando tenían que llamar a Europa no tenían un número de teléfono. A todas luces, siguen sin tenerlo.

En verdad, el Tratado de Lisboa fue un paso adelante con respecto al de Niza. Pero lo que los ciudadanos percibieron no fue que el Parlamento Europeo se convirtiera en un verdadero parlamento, sino en una imagen descomunal de burócratas con buen sueldo y jugosas dietas, el premio a políticos fracasados o de segunda división.

La figura del Alto Representante para Asuntos Exteriores, en lugar de fraguar paulatinamente una política de exterior común se convirtió en la imagen de una impotente, y ninguneada Catherine Ashton, respaldada también por un monstruo burocrático absolutamente inoperante.

Y qué decir del Presidente del Consejo Europeo, esa personalidad con un número de teléfono al que pudiera llamar el Presidente de los EEUU para preguntar cuál era la opinión de Europa sin tener que llamar a uno por uno a los Jefes de Estado o de Gobierno. Un anodino –y sibilino- Hermann van Rompuy sólo dejó en la memoria de los europeos que era aficionado a los poemas cortos japoneses. A todas luces, el Presidente de los EEUU sigue sin tener un número al que llamar que no empiece por el prefijo 0049.

Y entonces llegó la crisis, la mayor crisis económica desde la II Guerra Mundial.

Una crisis que empezó siendo crisis financiera, pronto acabó siendo una crisis económica y ha acabado siendo una crisis política, cultural, social, de valores, en toda su dimensión.

Todos tenemos muy reciente en la memoria cómo Angela Merkel, la mujer con el número de teléfono para preguntar por Europa, manejó esa crisis.

Con mano de hierro, entró en la cacharrería como un elefante. Se puso el mandil de la ahorradora ama de casa de Suavia y aplicó a todos por igual la receta de la austeridad a la alemana. Envalentonada por la buena marcha de la economía alemana, en una coyuntura asombrosamente favorable, cogió la vara del maestro franquista –la letra con sangre entra- y se dispuso a castigar como se merece a quien no hiciera los deberes.

El objetivo de Merkel, crecida en una familia puritana y un país de la órbita soviética, no era salvar a la UE, sino salvar el Euro, la garantía de las exportaciones alemanas. Si un día se vio el Euro como una concesión alemana, aquí pronto todos fueron conscientes que para Alemania la invención del Euro ha sido más exitoso aún que la invención del caballo de vapor.

 Asegurar a la banca alemana frente a los impagos de los vagos y derrochadores ciudadanos del sur fue  el presupuesto del que partió toda la respuesta europea a la crisis. Naturalmente, salvar a la banca alemana implicaba salvar al resto de bancos europeos que eran los que tenían que devolver los créditos interbancarios que financiaron las burbujas inmobiliarias y financieras.

Pero además, Angela Merkel tiene dos obsesiones: una, el envejecimiento de la población, la otra, la competitividad, garantizar que la industria alemana va a seguir vendiendo a donde sea y como sea.

 La visión estratégica a largo plazo de Angela Merkel –que la tiene- es que, para poder competir con China, hay que trabajar como chinos y cobrar como chinos.

La consecuencia de esas obsesiones, es que los ciudadanos europeos han percibido las instituciones de la UE como los salones donde se ha perpetrado la exterminación de la clase media europea, el retroceso en derechos laborales, la negación de la seguridad en el puesto de trabajo, la liberalización salvaje de las relaciones económicas por mor de la competitividad, la vuelta a la sociedad preindustrial, los salones de donde salen las órdenes para quitar dinero de la sanidad y de la educación, los salones donde se salva a los bancos y no a las personas, los salones donde Alemania hace y deshace a su antojo y para su propio beneficio.

La destrucción de la utopía europea ha empezado porque los ciudadanos han percibido la capitulación ante Angela Merkel. Y Angela Merkel había capitulado previamente ante el neoliberalismo, los bancos (los bancos en la sombra y los bancos al sol), los mercados financieros, los especuladores, las multinacionales, los evasores de impuestos, los ricos de este mundo.

Pero la gran paradoja de todo, es que se ha perpetrado finalmente porque, al final, los países europeos han traicionado a Angela Merkel.

La única gran decisión de estadista que Angela Merkel ha tomado desde su mandato fue abrir las puertas a los refugiados. Y eso al margen de que se juzgue como acertada o como desacertada. Las consecuencias de ese paso van a marcar no sólo el destino de Alemania si no también del resto de Europa. Porque los miedo latentes y patentes del ciudadano medio europeo ante el islamismo rampante han salido a la luz.

Suena casi a burla que precisamente países como Hungría o Polonia, donde el rechazo a los refugiados ha adquirido tintes absolutamente racistas, y se han opuesto con uñas y dientes al reparto ideado por la UE, se den las opiniones más favorables a la UE. En esos países lo que se vive en la calle es lo que ha llevado al Gobierno a partidos como Ley y Justicia, católico fundamentalista o Fidez, ultranacionalista húngaro.

Pero no sólo fueron estos países, donde los valores europeos todavía necesitan décadas para asentarse, sino la mayoría de los países europeos los que dejaron a Angela Merkel en la estacada con su millón de refugiados. Sonó a una especie de venganza por haber tomado la decisión sin consultar con nadie. Pero a esos países el tiro les puede salir por la culata.

Lo malo es que ese tiro por la culata no lo van a sufrir los gobernantes que se han negado a asumir que Europa tiene un problema a las puertas que se llama Oriente Medio y África, sino los ciudadanos europeos que han comprobado que cada país, cada gobierno, va a lo suyo. Hoy, como los antiguos romanos, muchos europeos corren gritando despavoridos tras los setos de sus jardines  como los romanos gritaban tras las murallas de Roma:  “¡Musulmanes (Aníbal) ante portas!”.

Como es bien sabido, sólo una larga, paciente e inteligencia campaña de desgaste y seguridad en sí mismo salvó a los romanos.

Ahora mismo nadie puede profetizar qué será de Europa. Los agoreros que pronosticaban la ruptura del Euro hace unos años nos sonaban a casi todos como pájaros de mal agüero que esperaban que se hiciera realidad la profecía a fuerza de repetirla. Ahora, esa maldición ha caído, por extensión, no sólo en el Euro sino en la idea de Europa.

Si se produce un Brexit o no, si el Brexit puede suponer que la UE se libre de una carga  impertinente o si estamos al principio de una progresiva podredumbre de la UE no se puede asegurar. Sólo cabe esperar. Unos, a que el cadáver de su enemigo, la idea de Europa, pase por delante de su puerta, los otros, a que de una vez por todas los europeos despierten de la pesadilla y dejen de oír los cantos de sirena que los llevan hacia los acantilados de Escila y Caribdis.

Miguel-Ángel-Berlin    8.jun.2016 16:38    

3 Comentarios

Vale la pena la espera, un crónica de este calibre no se puede leer sin masticarla y a pesar de la completitud, no menciona las plañideras quejas de David Folkerts-Landau, cuando en un mar de lagrimas dice, que el programa de compra de activos por 80.000 millon€s mensuales y los tipos negativos, corroen la estabilidad de la euro zona. “La política del BCE amenaza el proyecto europeo al favorecer la estabilidad financiera en el corto plazo” y asegura que el resultado final serán "ideas políticas populistas o extremistas” que destruirán el proyecto europeo.
Parece que MerlinDraghi y su alucinante dinero dulce, está conduciendo con las luces cortas y la UE no tiene un estadista que gobierne con luces largas....y en Mesina mueren los sueños de los nuevos "Aníbales" que por miedo o por hambre dejan la vida en busca de paz y comida.

Se paga un alto precio por tener una moneda sin gobierno.

viernes 10 jun 2016, 00:27

Brillante análisis. Gracias Miguel Angel. Ahora a esperar qué nos depara el futuro, sobre todo a los jóvenes Europeos (entre los que me incluyo). Me pregunto ¿cuando ya no podamos emigrar a Alemania, emigraremos a Latinoamérica? Porque aquí el barco se va a la deriva y esto empieza a recordarme a la Europa de hace un siglo!

miércoles 15 jun 2016, 20:15


Qué bien cuentas las cosas, la verdad. Y, si no fuera, por lo serio del asunto, leyendo alguno de los párrafos hasta me hubiera reido: qué malona la de Suavia, que nos la metió doblada en más de una question, que dirían los del Brexit, y ¿nos dejamos?. Hasta que, por lo visto, con el tema de los refugiados nos hemos plantado, cosa que no me extraña.
Ya creo que he comentado algo del asunto.
¿Hay que ayudar?, sí, se ayuda. Pero:
¿Por qué no se intenta evitar que los naturales de los países de la UE no tengan que irse?.
¿por qué no se ofrecen a acoger refugiados los países musulmanes que están -supuestamente- en disposición de hacerlo?.
¿Por qué no se manifiestan -cuando pueden, claro- en esos países contra las situaciones que contra las que tienen que hacerlo?.
¿Por qué quienes vinieron en otras circunstancias, no vuelven a intentar mejorar las cosas en sus países, a sus gentes, una vez que han aprendido a vivir en otros valores, etc.?.

Y, lo del Brexit no lo entiendo en un país que en 1957, fue uno de los signatarios del Tratado de Roma.

domingo 17 jul 2016, 10:49

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Miguel Ángel García

Bio Ich bin

“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.
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