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La boda turca de la peluquera

    miércoles 5.abr.2017    por Miguel-Ángel-Berlin    0 Comentarios

II Parte de "Las cenizas de Annelisse"

 

He vuelto al cementerio de Berliner Strasse un par de veces. Apostaría a que Lothar, su marido, no ha vuelto desde el día en que las cenizas de Annelisse quedaron cubiertas por una capa de césped.

Sus cenizas, me dijeron, ya no estaban allí. Como nadie había pagado un palmo de tierra, se depositan allí un tiempo y cuando el cuadrado de tierra se llena con nuevas urnas, se sacan las antiguas y se colocan en una especie de fosa común de cenizas.

Descubrí el nombre de Annelisse entre una lista de nombres grabados en una gran lápida en otra parte del cementerio.

Lo que no hicieron sus familiares, amigos o conocidos, lo hizo el Estado, la Administración. Todo convenientemente documentato. Por lo menos, el nombre de Annelisse quedará grabado en piedra durante un tiempo, ya que no en la memoria de los que la conocieron.

Como ya he dicho, ese día empezó mi proceso de desintegración de la sociedad alemana. A pesar de mi poca afición por las necrológicas, yo no quiero morirme en un país donde la soledad quede registrada en una lápida de mármol pagada por la administración.

Eso no le pasará a ninguno de los invitados a la boda de la peluquera de mi mujer.

Llevábamos menos de 4 meses en Berlín. Será que hacerse las piernas une mucho, el caso es que la peluquera turca invitó a mi mujer a su boda, algo impensable en una peluquera alemana. Se casaba con un turco, naturalmente.

La pareja española era una de las atracciones exóticas de la boda turca. Todos querían hablar con nosotros, saber de qué parte de España éramos (y todos se decepcionaban cuando les decíamos que del Noroeste), todos querían saber por qué, viviendo en ese país maravilloso, habíamos acabado en Berlín, como si Berlín fuera un castigo o algo así. Por entonces, España estaba de moda, era uno de los „tigres“ del Mediterráneo, junto a la propia Turquía y de la crisis, ni rastro.

Aunque no hablábamos ni una palabra de turco y apenas chapurreábamos el alemán, no paramos de hablar con unos y con otros... y nos entendíamos, bien en inglés, bien gesticulando, que en eso turcos y españoles somos iguales.

Muy pocas mujeres llevaban pañuelos islámicos. La mayoría de las mujeres vestían a lo occidental, aunque había algunas con trajes turcos.

La boda turca me recordaba mucho a las bodas españolas: gran profusión de comida (en buffet, no servida por camareros), música, bailes...

Pero había dos cosas que no se encontraban en aquella boda turca: no había jamón y no había tampoco ni un invitado alemán.

Eso me dió qué pensar. O las alemanas no se hacen las piernas o no es lo mismo hacerle las piernas a una española que a una alemana, aunque mi mujer sea rubia.

El caso es que la peluquera turca, que había nacido en Alemania, no tenía amigas alemanas.

Mi primera deducción fue que los alemanes no querían hacerse amigos de los turcos, que no les permitían integrarse. Que algo fallaba en el proceso de integración de los inmigrantes en la sociedad alemana.

Pero pronto empecé a intuir que algo no encajaba en ese razonamiento. En realidad, la escolástica indica que el razonamiento debía ser el contrario, que algo fallaba en la integración de los alemanes en las bodas turcas, porque allí lo que faltaba eran alemanes.

Y al final he acabado por preguntarme por qué los alemanes se dan continuamente golpes de pecho porque no han sido capaces de integrar a los turcos.

Fue al ver a Annelisse de cenizas presente sin que ni uno sólo de los que la conocieron en vida –excepción hecha de su parlanchín marido- se acercara a darle un último adiós cuando definitivamente me pregunté si había algo, una sociedad, un plan, un estilo de vida en el que integrarse.

Miguel-Ángel-Berlin    5.abr.2017 11:20    

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Miguel Ángel García

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“Soy un ciudadano de Berlín”. JFK llevaba apenas unas horas en Berlín Oeste cuando se declaró berlinés. Al otro lado del muro, un hombrecillo verde, con un impecable sombrero ya pasado de moda, cruzaba airoso las calles del Berlín Este, por aquel entonces apenas habitadas por tranvías llenos de proletarios.
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