Ne me quitte pas

(Corresponsal en Bruselas)


Bruselas es una especie de tres en uno. Capital de un Estado en pleno proceso de desintegración, capital de una Europa que no acaba de integrarse y, por encima de todo, una magnífica ciudad para vivir. Ello, a pesar de su gran pecado original: sólo tiene dos estaciones, el inverno y la del tren. Pero…fijémonos en lo primero. Si hiciéramos la deconstrucción de Bélgica, al más puro estilo Ferrán Adriá, encontraríamos un jugo valón, una pasta flamenca y un perejil que es Bruselas. Está en todas las salsas y, de momento, nadie cuestiona su importancia integradora.


En medio de la ciudad, una barriada de mucho cemento y poco verde, algo insólito por aquí, nos recuerda que estamos en la capital de Europa. Cada dos por tres, un cortejo de policías y coches de seguridad nos anuncia con sus sirenas la presencia de algún jefe de gobierno que viene a pedir ayudas, a negarlas o, simplemente, a darse un baño de europeísmo, ese concepto que nadie sabe muy bien que significa pero que queda estupendo en la agenda de nuestros políticos.


Pero Bruselas es mucho más. Si no, que se lo digan a los bruselenses. Orgullosos de lo que tienen, miran con indiferencia a quienes les han colgado el “sanbenito” de aburridos. Sus cafés y chocolaterías, sus inmensos parques, su cerveza o sus interminables zonas residenciales son fiel reflejo del modus vivendi de lo que Donald Runsfeld calificó con desdén como “la vieja Europa”.