Elecciones 2010: un escenario incierto

En las últimas semanas varios sondeos publicados en la prensa británica, en periódicos como The Sunday Times , The Guardian o The Observer, sitúan a los Laboristas a una distancia de entre seis y nueve puntos de los Conservadores. La ventaja de los tories –que llegaron a estar 20 puntos por encima- se ha reducido sensiblemente desde finales de noviembre (aunque es verdad que ese bajón no es tan acusado en sondeos como los del The Sunday Independent o The Sunday Mail que dan diferencias de 17 y 11 puntos). Las alarmas, en cualquier caso, se han disparado en el seno del Partido Conservador porque la tendencia es clara: los Laboristas están recortando distancias cuando faltan menos de seis meses para la celebración de las elecciones generales (la fecha todavía no se ha anunciado).


Son mayoría los medios de comunicación que a lo largo de este año han dado por sentado que el Partido Conservador ganará las próximas Elecciones en Reino Unido 2010 y que David Cameron, el líder de los tories, sucederá a Gordon Brown como primer ministro. El primer postulado –el de la victoria conservadora- parece incuestionable. El segundo –la llegada de Cameron al gobierno- no. Me explico. De materializarse las proyecciones de los últimos sondeos el Partido Conservador ganaría las elecciones con el 37-41% de los votos pero podría no obtener la mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes (en los triunfos electorales de 1979, 1983, 1987 y 1992 los conservadores lograron la mayoría absoluta recibiendo al menos el 42% de los votos).


Esto se debe a que el sistema electoral (First past the Post) es muy poco representativo. El Reino Unido está dividido en 650 circunscripciones electorales, cada una de ellas con una media aproximada de 80.000 electores potenciales. El candidato individual (en representación o no de un partido) que más votos reciba se lleva el escaño mientras que el resto de los sufragios caen en saco roto. El resultado final depende en buena parte de la distribución del voto. En las últimas elecciones, celebradas en 2005, el Partido Conservador resultó gravemente perjudicado por la ley electoral. Los Laboristas con el 35% de los votos obtuvieron el 55% de los escaños mientras que los tories con el 32% de los votos obtuvieron el 30% de los escaños. La peor parte se la llevó el Partido Liberal Demócrata que con el 22% de los votos se hizo únicamente con el 10% de los diputados. El sistema es tan poco representativo que en 2005 el Partido Conservador obtuvo en Inglaterra (donde reside el 85% de los británicos) más votos que el Partido Laborista pero logró 90 diputados menos.


Si los tories no consiguieran la mayoría absoluta –algo que a tenor de las encuestas es probable- se produciría en consecuencia una situación que aquí conocen como hung parliament y que es una anomalía en un sistema bipartidista como el británico. De hecho, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, sólo ha habido un caso en el que ninguno de los dos grandes partidos logró hacerse con la mayoría absoluta. Fue en febrero de 1974 cuando ni el laborista Harold Wilson ni el conservador Edward Heath pudieron formar un gobierno estable. En aquella ocasión los 14 diputados obtenidos por el Partido Liberal imposibilitaron, por insuficientes, que la tercera fuerza del Reino Unido pudiese actuar como bisagra. A Wilson, que formó un gobierno en minoría, no le quedó otro remedió que llamar a los ciudadanos a las urnas ocho meses después.


Los analistas políticos se han pasado las últimas semanas especulando acerca de dos cosas: primero, qué pasaría en el caso hipotético de que las elecciones de 2010 se saldaran con un hung parliament; y segundo, qué día va a convocar Gordon Brown las elecciones. Vamos por partes.


Escenarios electorales más probables

Con las encuestas actuales los escenarios que se pueden proyectar son fundamentalmente tres:


1.- Una victoria conservadora con mayoría absoluta aunque no demasiado holgada. En este caso los tories regresarían al gobierno después de pasarse los últimos 13 años en la oposición y David Cameron se convertiría en primer ministro.


2.- Una victoria conservadora clara pero sin mayoría absoluta. En este caso correspondería a David Cameron tomar la iniciativa de formar gobierno. Podría intentar buscar el apoyo parlamentario de los unionistas del Ulster (en caso de que se quedara a muy pocos escaños de la mayoría absoluta) y si no, no le quedaría otro remedio que acudir a los Liberal Demócratas, aunque a priori parecería un pacto antinatura (estamos hablando de un partido de centro-izquierda con un perfil bastante europeísta).


3.- En el supuesto de que los Conservadores no lograran formar gobierno, los Laboristas podrían intentar seguir en Downing Street forjando un pacto con los Liberal Demócratas, cuyo líder, Nick Clegg, no está en principio por la labor pero en política, ya se sabe, todo es posible. Un sondeo reciente de la BBC revela que el 31% de los militantes Liberal Demócratas preferiría un pacto con los Laboristas y sólo un 16% con los Conservadores. Lo que sí parece claro es que un hipotético pacto de los Laboristas con los Liberal Demócratas obligaría a los primeros a buscar un sustituto a Gordon Brown, a incluir a varios Liberal Demócratas en el gobierno y a renovar en profundidad su programa político.


En supuesto de que las elecciones de 2010 arrojaran un hung parliament los Lib-Dem están decididos a vender muy caro su apoyo a cualquiera de los dos partidos. Exigirían como condición sine qua non una reforma de la ley electoral conducente a la instauración de un sistema de representación más proporcional que acabe con el modelo bipartidista del parlamentarismo británico. David Cameron ya ha dicho que no piensa apoyar ninguna reforma de la ley electoral mientras que Gordon Brown, que se muestra más receptivo a la idea, todavía no ha aclarado su postura. En los mentideros se ha especulado incluso con la posibilidad de que el primer ministro pueda convocar un referéndum sobre la reforma de la ley electoral el mismo día de las elecciones, aunque no parece una hipótesis demasiado plausible. Los Laboristas, en cualquier caso, se guardan por el momento ese as en la manga. Tampoco habría que descartar que en vez de convocar un plebiscito los Laboristas optaran por incluir la reforma de la ley electoral en su programa para las generales.


El sistema AV+, propuesto por la Comisión Jenckins en 1998, es uno de los que más se ha hablado. Con esta metodología se mantendría el sistema actual de circunscripciones pero se exigiría que el ganador obtuviera al menos el 50% de los sufragios. Los votantes, en vez de marcar un solo candidato con una ‘X’, lo que harían sería graduar a los distintos aspirantes con números (1,2,3,4..). Si computadas las primeras opciones ningún candidato obtiene el 50% de los votos, lo que se haría sería contar las segundas opciones de aquellos votantes que apostaron como primera opción por el partido menos votado. Y así sucesivamente hasta que uno de los candidatos logre la mitad de los votos más uno. El sistema AV+ garantizaría una mayor representatividad al tiempo que mantendría el vínculo de los diputados con sus respectivas circunscripciones.


La fecha de las elecciones


El otro as en la manga que se guarda Gordon Brown es el de la fecha de las elecciones. Las generales se tienen que celebrar como más tardar el 3 de junio pero el primer ministro todavía no ha dado pistas acerca de cuándo las va a convocar, reservándose un posible efecto sorpresa. Hasta ahora la mayor parte de los analistas políticos han apostado por el 6 de mayo, día en el que se celebran también elecciones locales parciales en Inglaterra. Muchos ciudadanos se evitarían así el tener que ir a votar dos veces en un corto espacio de tiempo.


El pasado fin de semana, sin embargo, David Cameron, sorprendió a propios y extraños al decir que Brown podría estar pensando en convocar las elecciones el 25 de marzo, dentro de sólo tres meses. En círculos del laborismo no son pocos los que piensan que se ha abierto una ventana de oportunidad al calor de la mejora de la situación económica –el Reino Unido saldrá previsiblemente de la recesión este trimestre- y a la vista de que las encuestas permiten a los Laboristas abrigar aunque sea un poco de esperanza. De todas formas, digan lo que digan los sondeos, en el seno del partido del gobierno nadie se lleva a engaño: saben que será muy difícil que Gordon Brown pueda mantener en su bolsillo las llaves del 10 de Downing Street. El escenario, en cualquier caso, es más incierto de lo que era hace unos meses y la esperanza, como afirma el dicho, es lo último que se pierde.

Los 'niños recordados'

El 12 de febrero de 2008 el primer ministro laborista de Australia, Kevin Rudd, demostró un coraje político excepcional al pedir en nombre del Gobierno y del Parlamento disculpas a los aborígenes por las atrocidades cometidas en el pasado. "Por el dolor y el sufrimiento de esas generaciones perdidas, de sus descendientes y de las familias que dejaron atrás, pedimos perdón". Su predecesor en el cargo, el conservador John Howard, se había negado sistemáticamente a presentar sus disculpas a los aborígenes alegando que su gobierno no era responsable del oprobio padecido durante décadas por la población indígena de la isla-continente.

Kevin Rudd, al contrario que Howard, ha sabido entender el sentido histórico de las instituciones políticas y la extensión de su responsabilidad en el tiempo. La capacidad de pedir perdón, de reconfortar a las víctimas y de reconocer su sufrimiento, permite que los países puedan pasar las páginas oscuras de su pasado y encarar el futuro con la conciencia algo más ligera de equipaje.

Los australianos han escuchado este lunes una nueva declaración histórica. El primer ministro, Kevin Rudd, y el líder de la oposición liberal, Malcolm Turnbull, han pedido públicamente disculpas a los 500.000 ‘Australianos Olvidados’ que se criaron en orfanatos, hogares de acogida e instituciones religiosas entre 1920 y 1970 y que sufrieron todo tipo de abusos físicos y psicológicos (separación de sus hermanos, abusos sexuales, palizas, trabajos forzosos, humillaciones públicas, etc).

.


Aproximadamente 7.000 de esos ‘Australianos Olvidados’ son en realidad ‘Británicos Olvidados’, niños pobres –ahora adultos o ancianos- que al término de la Segunda Guerra Mundial fueron separados a la fuerza de sus familias y enviados a las Antípodas para poblar “de buen stock blanco” las colonias del Imperio. A muchos padres no se les informó de la suerte ni del paradero de sus pequeños. A los niños les solían contar mentiras como que sus progenitores habían muerto.


Durante más de tres siglos, desde 1618 hasta 1967, Gran Bretaña ejecutó programas de ‘emigración de menores’ que contaron con la participación de fundaciones caritativas y distintas Iglesias cristianas como la de Inglaterra, la Metodista, la Católica o el Ejército de Salvación. Se calcula que en total cerca de 130.000 chavales se vieron obligados a dejar el Reino Unido y empezar una nueva vida en países como Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica o Rhodesia (en la actualidad Zimbabue). En la mayor parte de los casos los programas de emigración de menores tenían como objetivo mantener la unidad racial del Imperio (Australia), dotar a las colonias de elites blancas (Rhodesia) o suministrar mano de obra barata (Canadá).


(Niños británicos embarcados rumbo a Australia)


En 1987 se creó en el Reino Unido la Fundación de los Niños Emigrantes con el objetivo de recuperar la memoria de los deportados y también de promover la reagrupación familiar. Gracias al trabajo de personas como Margaret Humphreys, la presidente del Child Migrants Trust, cientos de padres e hijos han podido reencontrarse después de varias décadas. Algunos han relatado historias terribles. A finales de los 90, un Comité del Parlamento británico escuchó a un hombre contar como varios curas católicos competían entre sí para ver quién era el primero en violarlo 100 veces.

Kevin Rudd en su discurso ha pedido específicamente perdón a los niños británicos "robados de sus familias, de su país, vistos no como niños inocentes sino como mano de obra barata. A aquellos de vosotros a los que os dijeron que érais huérfanos o a los que os trajeron sin la aquiescencia o el consentimiento de vuestros padres, reconocemos las mentiras que os contaron, las mentiras que les contaron a vuestros padres y madres, y el dolor que esas mentiras os han causado a lo largo de toda vuestra vida. A aquellos de vosotros que al llegar a puerto fuisteis separados de vuestros hermanos y enviados a las partes más remotas de una tierra extranjera, reconocemos que la leyes de nuestra nación os fallaron. Por todo esto os pedimos perdón".

El Gobierno británico ha anunciado que seguirá los pasos de Australia y pedirá perdón a los 'niños olvidados'. Gordon Brown emulará al primer ministro laborista de las Antípodas y ofrecerá una disculpa pública posiblemente a principios del año que viene. Sandra Anker, que fue forzada a abandonar Gran Bretaña cuando tenía seis años y que ayer en la BBC denunció al gobierno por haberla desposeído de sus derechos como ciudadana británica, asegura que la disculpa de las autoridades-aunque llegue tarde- será bienvenida. No hay palabras que puedan restañar sus heridas pero seguramente encontrará alguna reparación moral cuando escuche al gobierno que un día la expulsó de su país entonar el mea culpa. El perdón desatará la catarsis y la disculpa -tal y como hoy ha dicho Kevin Rudd- se convertirá "en un punto de inflexión en la historia de nuestra nación".

Bring the troops home!

Entre 5.000 y 10.000 personas se manifestaron el sábado en las calles de Londres para exigir el regreso de los 9.000 militares británicos desplegados en Afganistán. La marcha, convocada por Stop the War Coalition, desembocó en Trafalgar Square y estuvo encabezada por John Glenton, un militar británico que se enfrenta a la acción de un Tribunal Militar por negarse a regresar a Afganistán.

Le acompañaban, portando una pancarta en la que se podía leer Bring the troops home!, familiares de soldados muertos en las campañas de Irak y Afganistán, entre ellos, Peter Brierley, el padre de un militar fallecido en Irak que hace unas semanas se negó a darle la mano al ex primer ministro británico, Tony Blair, porque "las tenía manchadas con la sangre de su hijo".


A lo largo de los últimos ocho años la participación del Reino Unido en la misión de Afganistán ha sido apoyada por los dos grandes partidos políticos (Laboristas y Conservadores), ha disfrutado de cierto respaldo social y ha contado con la connivencia de los medios de comunicación.

Los estudios demoscópicos más recientes revelan sin embargo una contestación social creciente a la participación británica en la guerra de Afganistán:

Channel 4 - Yougov (24/10/2009)

- El 62% de los británicos quiere que las tropas vuelvan a casa antes de un año.

- El 84% de los británicos cree que las tropas británicas están perdiendo la guerra.

The Times - Populus (14/10/2009)

- El 68% de los británicos está a favor de la retirada de las tropas antes de un año.

BBC (07/09/2009)

- El 56% de los británicos se opone a la participación del Reino Unido en el conflicto


The Independent - Comres (28/07/2009)

- El 52% de los británicos está favor de retirar las tropas inmediatamente.

- El 55% de los británicos cree que la guerra no se puede ganar militarmente.


Este cambio que se está operando en la opinión pública británica se debe a varios motivos:

1.- El recrudecimiento de la violencia en la provincia sureña de Helmand, donde está destacado el contigente británico, se ha traducido en un incremento del número de soldados muertos. 222 militares han perdido la vida desde el inicio de la guerra, la cuarta parte de ellos en el último medio año. Los artefactos explosivos (Improvised Explosives Devices) son responsables de la muerte de 8 de cada 10 militares fallecidos en Afganistán. El 75% de los británicos considera -según un sondeo de The Independent- que la falta de equipamiento adecuado está comprometiendo la seguridad de las tropas.

2.- El fracaso de la democratización de Afganistán escenificado en última instancia en unas elecciones fraudulentas marcadas por la baja participación. El gobierno afgano ha sido incapaz en todos estos años de promover el desarrollo económico y de extender los derechos sociales (particularmente los de las mujeres).

3.- La justificación del conflicto con el argumento de combatir el terrorismo. El primer ministro británico, Gordon Brown, insiste en que tres de cada cuatro atentados terroristas planeados en el Reino Unido tienen su origen en la frontera afgano-pakistaní. La realidad es que los atentados del 7/7 fueron planeados en Gran Bretaña y perpetrados por ciudadanos británicos, al igual que también eran británicos los tres terroristas que orquestaron en 2006 un intento de atentado para detonar bombas líquidas en siete vuelos trasatlánticos con salida desde Heathrow y destino a Canadá y Estados Unidos.

4.- El coste del conflicto en vidas humanas. Miles de civiles afganos: hombres, mujeres, niños.. imposible saber exactamente cuántos, han perecido desde el inicio de la guerra. Muchos de ellos han perdido la vida como consecuencia de errores fatales de la aviación aliada.

5.- La extensión del conflicto a Pakistán que amenaza con desestabilizar todavía más a un país desangrado en los últimos 60 años por las guerras y el terrorismo (Cachemira, Baluchistán, tensiones interconfesionales entre sunníes y chiíes..). Pakistán, potencia nuclear, es una de las piedras angulares de la seguridad en la región.

6.- El drenaje de recursos económicos en un momento en que la recesión y el desempleo ahogan a miles de familias.

Lo más probable es que el deterioro de la seguridad en Afganistán y el consiguiente refuerzo de los contigentes militares de Estados Unidos y de la OTAN agudicen todavía más la contestación social a la guerra. La presión ciudadana fue determinante para la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam. ¿Ocurrirá lo mismo con Afganistán? De lo que no cabe duda es de que la campaña militar es cada vez más impopular, no sólo en Reino Unido sino en la práctica totalidad de los países que participan en ella.

La extrema derecha en 'prime time'

Este jueves a las diez y media de la noche millones de británicos se sentarán frente a sus televisores para ver Question Time, uno de los programas estrella de la BBC dedicado al análisis de la actualidad política. El formato del programa –que lleva 30 años en antena- es semejante al de “Tengo una pregunta para usted”. David Dumbleby, un carismático y veterano presentador de 70 años, modera un debate con cinco invitados y alterna sus propias preguntas con las del público presente en el plató.


La gran novedad esta semana es que uno de los políticos que aparecerá en Question Time es Nick Griffin, eurodiputado y líder del British National Party (BNP), un partido de extrema derecha que tiene como banderas el racismo y la xenofobia. En la mesa, junto a Griffin, se sentarán el ministro de Justicia, Jack Straw; la Baronesa Warsi, conservadora de origen pakistaní y miembro de la Cámara de los Lores; Chris Huhne, portavoz de Interior de los Liberal Demócratas; y Bonnie Greer, una dramaturga americana afincada en Londres defensora de los derechos de las minorías étnicas.


El BNP es –según su constitución- un partido que “defiende la preservación del carácter nacional y étnico del pueblo británico y que se opone completamente a cualquier forma de integración racial entre británicos y pueblos no europeos”. En el programa que presentó en las elecciones generales de 2005 solicitaba la anulación de todas las leyes que impiden la discriminación racial en el trabajo. Su jefe de filas, Nick Griffin, admiró al Ayatolá Jomeini y al Coronel Gaddafi por su odio a los judíos y en 1998 fue condenado por incitación al odio racial después de negar el Holocausto y ensalzar a las Waffen SS.


Ric Bailey, el consejero político de la BBC y antiguo director ejecutivo de Question Time, ha defendido la decisión de invitar a Nick Griffin en aras de mantener la imparcialidad de la radiotelevisión pública. Bailey recuerda que el BNP obtuvo en las últimas elecciones al Parlamento Europeo el 6% de los votos y dos eurodiputados, y explica que “la BBC no puede aplicar estándares diferentes a los partidos a causa de sus políticas particulares”.


La presencia de Nick Griffin en Question Time ha reabierto en última instancia el debate sobre los límites de la libertad de expresión. ¿Se le debe dar a una persona que promueve la discriminación racial –es decir, la violación de un derecho fundamental- la oportunidad de expresar sus opiniones en la televisión pública?


La clase política está dividida. En el seno del Partido Laborista hay figuras prominentes como Alan Johnson, el ministro del Interior; Peter Hain, el ministro para Gales; o el diputado Jon Cruddas que se oponen diametralmente a la presencia de Griffin en Question Time. Alan Johnson considera, por ejemplo, que la invitación de la BBC le confiere al líder del BNP una legitimidad que no merece.


El primer ministro, Gordon Brown, y el ministro de Justicia, Jack Straw, respaldan sin embargo la presencia del Partido Laborista en el debate porque en su opinión la mejor manera de contener a la extrema derecha es enfrentarse a ella y desmontar sus razonamientos. El Partido Conservador y el Liberal Demócrata mantienen una postura similar. Damien Green, portavoz de Inmigración de los tories, dice que lo que tienen que hacer los partidos mayoritarios es rebatir los argumentos del BNP; y Nick Clegg, jefe de filas de los Lib-dem, ha proclamado que “si la BBC invita a uno de esos matones fascistas elegidos al Parlamento Europeo a participar en uno de sus programas estrella, queremos estar allí para hacerle frente”.


El BNP, por su parte, está encantado con la posibilidad de que Nick Griffin pueda debatir en prime time con los representantes de los grandes partidos británicos. La expectación es tan grande que en su página web cuentan hasta los segundos que faltan para el inicio del programa: “Cuenta atrás para Question Time: 3 días, 3 horas, 15 minutos y 53 segundos. El jueves a las 22:35. ¡No te lo pierdas!”.

La lucha por el voto gay en el Reino Unido

Faltan menos de nueve meses para las elecciones generales y los grandes partidos políticos se han lanzado a la conquista del voto gay. La comunidad homosexual tiene en el Reino Unido un peso demográfico importante. Se estima que en este país hay alrededor de 4-5 millones de gays y lesbianas. La referencia más actual que existe es el Estudio Nacional de Actitudes Sexuales y Estilos de Vida (NATSAL II) publicado en 2000 y para el cual fueron entrevistadas 11.000 personas. El 8,4% de los hombres y el 9,7% de las mujeres reconoció haber tenido alguna experiencia sexual con otra persona del mismo sexo. Los porcentajes bajan al 6,3% y al 5,7% respectivamente cuando se habla de relaciones sexuales con contacto genital.

Tras la derrota conservadora en las elecciones de 2005, David Cameron, se hizo con el liderazgo de los tories con la promesa de modernizar el partido. Cameron ha cambiado desde entonces la imagen y el discurso de los Conservadores con respecto a la cuestión homosexual: ha respaldado las uniones civiles entre gays y lesbianas; ha incluido a dos homosexuales en su gobierno en la sombra (Alan Duncan Smith y Nick Herbert); ha apoyado la candidatura de varios gays y lesbianas para las próximas elecciones generales; ha permitido el surgimiento en el seno de su partido de una agrupación de defensa de los homosexuales (LGBTories) y ha pedido públicamente perdón por la llamada Sección 28, la ley que los Conservadores aprobaron en 1988 y que prohibía a las autoridades locales "promover intencionadamente la homosexualidad o publicar material con la intención de promover la homosexualidad".

Todos estos gestos han sido saludados por la comunidad homosexual del Reino Unido pero no le han servido a Cameron para granjearse su apoyo mayoritario. Según una encuesta publicada esta semana por Pink News, el 67% de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales (LGBT) considera que el Partido Conservador es homofóbico. Sólo el 23% piensa lo contrario. La encuesta revela también que si las elecciones se celebraran a día de hoy el 36% de los LGBT votaría a los Laboristas, el 25% a los Liberal-demócratas y únicamente el 22% a los tories. Un panorama muy diferente del que dibujan los sondeos generales. La comunidad homosexual británica mantiene todavía un alto grado de desconfianza hacia los Conservadores por varios motivos.

En primer lugar porque han sido los Laboristas los que han promovido la abrumadora mayoría de las leyes que se han aprobado desde 1885 para acabar con la discriminación de gays y lesbianas. La homosexualidad en el Reino Unido fue parcialmente despenalizada en 1967, siendo primer ministro el laborista Harold Wilson. Tres décadas más tarde, los laboristas, a las órdenes de Tony Blair, redujeron la edad de consentimiento hasta los 16 años, equiparándola con la edad mínima requerida para las relaciones heterosexuales; autorizaron a gays y lesbianas a servir en el Ejército (hasta entonces las fuerzas armadas rechazaban anualmente a unas 200 personas por ser homosexuales); despenalizaron completamente las relaciones homosexuales y declararon ilegal discriminar a alguien por su orientación sexual; reconocieron el género de los transexuales; y promovieron la aprobación de la Ley de Uniones Civiles, que ha posibilitado que a día de hoy 34.000 parejas homosexuales hayan podido contraer derechos muy similares a los de un matrimonio heterosexual, entre ellos el de adoptar niños.

En segundo lugar, porque los Conservadores se han opuesto en el pasado reciente a la abolición de la Sección 28, a la igualación de la edad de consentimiento o al derecho de las parejas homosexuales a adoptar niños. Tampoco ha caído nada bien entre los homosexuales el hecho de que los eurodiputados tories se abstuvieran en la votación celebrada el pasado septiembre en el Parlamento Europeo para condenar las leyes anti-gays recientemente aprobadas en Lituania. El propio David Cameron, a pesar de haber pedido perdón por la Sección 28, votó en 2003 en contra de su anulación y el año pasado decepcionó igualmente a la comunidad de LGBT al votar en el Parlamento a favor de restringir el acceso de las parejas lesbianas a las técnicas de fecundación in vitro.

En tercer lugar, porque los Conservadores han establecido una alianza en el Parlamento Europeo con partidos políticos considerados homofóbicos por la comunidad de LGBT. La presencia esta semana en la Conferencia Conservadora del polaco Michal Kaminski, portavoz del nuevo grupo de Conservadores y Reformistas en la Eurocámara, provocó que Ben Summerskill, el presidente de la organización pro-gay Stonewall, decidiera finalmente no participar en la fiesta que LGBTories había organizado en el club Spirit de Manchester. Kaminski fue grabado en video en el año 2000 refiriéndose a los gays como “maricones”. Un periodista le preguntó si consideraba que el término maricones era o no ofensivo y ésta fue su respuesta: “Así es como habla la gente, ¿qué debería decir? Son maricones”.

En cuarto lugar, porque gran parte de la comunidad de LGBT ha acusado a Cameron de hacer muchos gestos y poca política. En este sentido le han pedido en reiteradas ocasiones que aclare cuáles son sus planes para profundizar en los derechos de los homosexuales en el caso supuesto de que llegue al poder. ¿Va a permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿Levantará la prohibición que impide a gays y lesbianas donar sangre? ¿Pondrá fin a la deportación de homosexuales buscadores de asilo que huyen de la persecución en países como Irán o Nigeria? Estas mismas preguntas se las formulan, por supuesto, al Gobierno de Gordon Brown. De momento ni laboristas ni conservadores han encontrado las respuestas.

A pesar de las conquistas de los últimos años las asociaciones que defienden los derechos de los homosexuales creen que todavía falta camino por recorrer para acabar con la discriminación de gays y lesbianas. Empezando por la cuestión del matrimonio. Muchos homosexuales no simpatizan con esta institución pero son partícipes de la opinión de que una ley específica para la unión civil de gays y lesbianas constituye una suerte de apartheid. Hasta el momento los dos únicos partidos de la política británica que se han comprometido a apoyar el matrimonio entre personas del mismo sexo son los Liberal-demócratas y los Verdes. El pasado mes de junio, coincidiendo con el 40 aniversario de los disturbios de Stonewall, el diario The Times publicó un sondeo que puso de relieve que el 61% de los británicos está a favor de legalizar el matrimonio entre homosexuales.

Una historia de persecución

El Reino Unido tiene una larga historia de represión de la homosexualidad. El Estatuto de 1533, aprobado por Enrique VIII, consideraba la sodomía un delito penado con la muerte. Permaneció en vigor casi tres siglos, hasta 1828. A partir de ese año, la pena de muerte prevista para los delitos de sodomía fue sustituida por una pena de prisión.

En 1885, el Parlamento dio luz verde a una nueva Ley Criminal según la cual las llamadas 'indecencias', entre las cuales se incluían las relaciones homosexuales consentidas entre adultos, pasaron a ser tratadas como delitos menores. Diez años después, en 1895, un jurado del Tribunal de Old Bailey, en Londres, consideró a Oscar Wilde culpable de haber violado la sección 11 de la Ley Criminal por haber mantenido un affair con Alfred Douglas. El escritor irlandés fue condenado a dos años de trabajos forzosos que cumplió, en su mayoría, en la prisión de Reading. A la salida de la cárcel Wilde le escribió a un amigo: "Sí, al final acabaremos venciendo, pero el camino será largo y rojo con martirios monstruosos". Y no le faltaba razón.

En la primera mitad del siglo XX, cerca de 100.000 británicos fueron condenados por haber consentido relaciones homosexuales. La mayor parte de ellos dieron con sus huesos en la cárcel. A algunos, como Alan Turing, se les ofreció la posibilidad de conmutar la pena de cárcel por una castración química.

Alan Turing fue el inventor de la Bombe, la máquina que permitió descifrar los mensajes encriptados de las Enigma alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Tal fue la importancia que tuvo su trabajo que en 1999, fue incluido por la revista Time entre las 100 personalidades más influyentes del siglo XX. En 1952, cuando la homosexualidad aún estaba penada en el Reino Unido, Turing reconoció haber mantenido relaciones sexuales con otro hombre. Fue en consecuencia procesado por un delito de indecencia, desposeído de su trabajo en el gobierno, y condenado a prisión. Al final pudo eludir la cárcel aceptando someterse a un tratamiento de castración química con hormonas femeninas. Su vida, no obstante, no volvió a ser la misma. Se suicidó dos años después.

A principios del pasado septiembre, más de 30.000 personas, entre ellas el científico Richard Dawkins o el escritor Ian McEwan, firmaron una carta abierta al primer ministro, Gordon Brown, pidiéndole que presentara una disculpa pública por el trato que las autoridades habían dispensado a Alan Turing. El premier británico accedió al requerimiento:

"Alan Turing fue juzgado con arreglo a la ley de la época y no podemos hacer retroceder el reloj, pero sí puedo decir que el tratamiento que recibió fue completamente injusto (...) En nombre del gobierno te pedimos perdón. Te merecías algo mucho mejor".

La disculpa de Brown fue muy bien acogida por las principales asociaciones de defensa de los derechos de los homosexuales. Peter Tatchell, portavoz de Outrage!, insiste no obstante en que el gobierno debería pedir también perdón a las cerca de 100.000 personas que, en virtud de las leyes anti-gay de la época, fueron mandadas a prisión por haber mantenido relaciones homosexuales. En la petición popular se solicita asimismo a la Reina Isabel II que ordene a Turing como caballero a título póstumo aunque de momento no ha habido respuesta por parte del Palacio de Buckingham.

Jack Jones

Muchos de los delegados que desde este domingo participan en la Conferencia del Partido Laborista han querido recordar y homenajear la figura de Jack Jones, uno de los líderes históricos del sindicalismo británico, fallecido tristemente el pasado mes de abril. Es posible que a muchos jóvenes españoles su nombre no les evoque más que una marca de ropa pero lo cierto es que a mediados de los años 30, mucho antes de que ellos nacieran, Jack Jones se alistó en las Brigadas Internacionales para defender la democracia y la libertad en España. Hoy, al igual que sus compañeros de partido, me gustaría dedicarle unas líneas para recordar la aventura extraordinaria de su vida.

James Larkin Jones nació el 29 de marzo de 1913 en Garston, un barrio del sur de Liverpool situado a orillas del río Mersey. Su padre le puso ese nombre en honor al líder socialista y republicano homónimo que fundó el Partido Laborista irlandés. Más tarde todos le conocerían como Jack.

A Jack Jones le tocó vivir una infancia dura. Su familia vivía en una casa humilde de York Street infestada de ratas, cucarachas y chinches. No había gas ni electricidad y la luz de que disponían procedía o bien de las velas o bien de una pequeña lámpara de parafina. La vida le enseñó pronto a Jack la virtud de compartir porque nada más venir a este mundo tuvo que hacerse un hueco en la misma cama en la que dormían sus cuatro hermanos.

A los 14 años, como tantos otros chavales de su edad, dejó la escuela y empezó a trabajar en la dársena del puerto. No tardó mucho en entrar en contacto con el movimiento obrero y siendo aún un adolescente se afilió al Partido Laborista. Su activismo político le llevó a participar en varias manifestaciones en contra de la Unión de Fascistas Británicos de Oswald Mosley. En una de ellas acabaría siendo golpeado por un grupo de Camisas Negras (Blackshirts) armados con puños americanos.

Este tipo de enfrentamientos entre la clase obrera y los seguidores del fascismo fueron habituales en la Gran Bretaña de los años 30. Quizá el más conocido de todos ellos fue la Batalla de Cable Street. El 4 de octubre de 1936 Oswald Mosley había organizado una gran marcha en East-End londinense, la zona donde residía buena parte de la comunidad judía de la época. Cientos de Camisas Negras tenían previsto desfilar por el barrio pero una grupo amalgamado de socialistas, anarquistas, comunistas y judíos, movilizado para la ocasión, se lo impidió.


(Cartel de la época llamando a la movilización)

Una placa conmemorativa recuerda hoy en Dock Street el triunfo de los anti-fascistas. En la última frase, en grandes letras mayúsculas, se puede leer They shall not pass! (¡No pasarán!) la traducción al inglés del famoso ¡Ils ne passeront pas! que exclamó Pétain en la Batalla de Verdún, en la Primera Guerra Mundial , y que más tarde inmortalizó Dolores Ibárruri en el discurso que pronunció el 19 de julio de 1936 tras el golpe militar del General Franco.

(Placa conmemorativa de la batalla de Cable Street)


Tres meses antes de la Batalla de Cable Street había estallado en España la Guerra Civil. Desde el Reino Unido, especialmente desde el movimiento obrero, se miraba con preocupación todo lo que estaba sucediendo en nuestro país. El gobierno británico, sin embargo, receloso de la izquierda y con el primer ministro conservador, Stanley Baldwin, a la cabeza, abogó por una política de no intervención, la misma que defendería más adelante su sucesor en el cargo, el también tory Neville Chamberlain.

La inacción del gobierno llevó a muchos británicos a alistarse en las Brigadas Internacionales. Jack Jones, que había organizado reuniones con los obreros españoles en Merseyside, se preparó desde el primer momento para ir a luchar a la península. Le recomendaron sin embargo que se quedara en Liverpool para organizar el envío de voluntarios y también para visitar a las familias de los brigadistas que habían resultado muertos o heridos batallando en defensa de la República. Uno de ellos fue precisamente su amigo George Brown, un joven izquierdista de origen irlandés que pereció en la Batalla de Brunete en 1937.

Con el paso de las semanas Jack logró que le dejaran ir a luchar a España. "No fui a la guerra impelido por un sentimiento de aventura -recordaba- sino por un sentimiento de que estaba en el lado correcto, en el lado de la justicia". En el campo de batalla solía llevar una cazadora de cuero negro que le habían regalado sus amigos en Liverpool. "No era el mejor camuflaje pero no podía soportar la idea de no llevarla puesta".

Antes de la Batalla del Ebro, Jack Jones conoció a Edward (Ted) Heath, un joven conservador de 21 años que había llegado a Barcelona para observar la experiencia de la Guerra Civil y entrevistarse con los líderes del Frente Popular. 32 años después Ted se convertiría en primer ministro del Reino Unido y la mejor prueba de que no era un tory al uso es que fue su gobierno el que ratificó en 1973 el ingreso de Gran Bretaña en la Unión Europea. El propio Jack, erigido en los años 70 como principal líder sindical del país, confesó tener mejores relaciones con Ted Heath que con su sucesor en el cargo, el laborista Harold Wilson.

En julio de 1938 el Batallón Británico de las Brigadas Internacionales participó en la ofensiva del Ebro con la que el Ejército republicano pretendía recuperar la iniciativa de la guerra. El resultado no pudo ser más desastroso. El contraataque del bando nacional, con artillería pesada y bombardeos aéreos, causó tantos estragos que obligó a retroceder inmediatamente a las tropas de la República.

En uno de esos combates Jack Jones resultó gravemente herido. Cayó al suelo, con el brazo derecho completamente inutilizado. No pudo siquiera volver a levantar su rifle y pensó que lo mejor que podía hacer era dejar que cayera la noche para intentar regresar a la retaguardia. Al ponerse el sol descendió reptando de la colina en que la se encontraba y pudo ser trasladado a un hospital de Mora de Ebro que según sus propias palabras parecía "un matadero".

Las heridas que sufrió fueron tan graves que a Jack Jones no le quedó otra posibilidad que regresar a Inglaterra. Sus lesiones no le impidieron sin embargo seguir trabajando en favor de la República y tampoco casarse con Evelyn, la mujer de su malogrado amigo George Brown, con la que había establecido una relación tras la muerte de éste en Brunete. Mick Jones, uno de los hijos de Jack, me confesó hace unos meses: "hay una cosa segura y es que sin la Guerra Civil yo no estaría aquí".

En septiembre de 1938 el presidente del Gobierno de la República, Juan Negrín, anunció ante el Comité de No Intervención de la Sociedad de Naciones su decisión de repatriar a las Brigadas Internacionales, a las que prometió conceder la ciudadanía española tan pronto la paz y la democracia regresaran a España. “El Gobierno de la República –dijo Negrín en su discurso del 25 de octubre- reconocerá y reconoce a los internacionales, que tan bravamente han luchado con nosotros que ya pueden decirse son connaturales nuestros, el derecho a reclamar, una vez terminada la guerra, la ciudadanía española”.

Ya de regreso en Inglaterra y tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Jack Jones, empezó a trabajar a tiempo completo para el Sindicato General de Trabajadores y Transportes (TGWU). Bajo su dirección en los años 70 esta trade union logró superar los dos millones de afiliados y convertirse en la más importante del Reino Unido. Jack Jones llegó a tener tanta influencia que un año antes de su jubilación en 1978 un sondeo de Gallup reveló que la mayoría de los británicos creía que amasaba en sus manos más poder que el primer ministro laborista, James Callaghan. No en vano a Jack se le conoció popularmente como el 'Emperador Jones'. El propio Gordon Brown se ha referido a él como “un gigante del Laborismo” y “uno de los sindicalistas más importantes de la Historia” .

Con sus aciertos y con sus errores Jack Jones fue ante todo un ejemplo de integridad. Siempre supo de qué lado estaba, quiénes eran los suyos y que su causa era la de los más desfavorecidos. Quizá por ello rechazó una oferta de Callaghan para entrar en el Gobierno y quizá por ello se negó tajantemente a aceptar un asiento en la Cámara de los Lores. Una vez jubilado Jack Jones siguió comprometido en la lucha social como líder de la Convención Nacional de Pensionistas, cargo que compaginó con el de presidente de la Fundación de las Brigadas Internacionales (IBMT).


La primera y última vez vi a Jack Jones (en el centro de la foto con una corbata roja) fue el 19 de julio de 2008 en el homenaje a las Brigadas Internacionales celebrado, como cada año, en los Jubilee Gardens. Allí, como os comentaba en el anterior post, se encuentra una escultura de Ian Walters que recuerda a los 2.100 británicos que acudieron a España para combatir en defensa de la República (526 se dejaron la vida en el intento). En el plinto de la escultura puede leerse un verso de Volunteer, un poema de Cecil Day-Lewis escrito en tiempos de la Guerra Civil, que ilustra a la perfección el coraje y la determinación que demostraron Jack Jones y otros hombres y mujeres de su generación.

They went because their open eyes could see no other way
(Fueron porque sus ojos abiertos vieron que no había otro camino)




(Monumento a las Brigadas Internacionales, Londres)


Jack Jones murió el pasado 21 de abril a los 96 años de edad. Faltaba poco más de un mes para que el gobierno español, en virtud de la Ley de la Memoria Histórica, cumpliera 70 años después la promesa de Negrín y concediera a los brigadistas internacionales la ciudadanía española. "Mi padre - recuerda Mick Jones- no ha podido por desgracia recoger el pasaporte pero lo realmente importante es que falleció sabiendo que ya era ciudadano español, lo cual le llenaba de orgullo".

El pasado 9 de junio el Embajador de España en Londres, Carles Casajuana, entregó a los siete brigadistas británicos que aún siguen con vida sus respectivos pasaportes. Jack Jones lo recibió igualmente a título póstumo. Según Casajuana la concesión de la ciudadanía española constituye un acto de gratitud y reconocimiento a un grupo de hombres y mujeres extraordinarios que en los años 30 lo dejaron todo para ir a luchar a España por la democracia y por la libertad. Frente a él, emocionados, estaban Paddy Cochrane, Sam Lesser, Thomas Watters, Penny Feiwel, Jack Edwards, Lou Kenton y Joseph Kahn, todos ellos nonagenarios, y algunos como Penny, incluso centenarios. El discurso que a continuación pronunció Sam Lesser arrancó las lágrimas de muchas de las personas que se congregaron en la Embajada para asistir al homenaje.

Los siete brigadistas internacionales agasajados con la nacionalidad española aprovecharon la ceremonia de la Embajada para mostrar su preocupación por el hecho de que 70 años después del fin de la Guerra Civil española el Partido Nacional Británico (BNP), de extrema derecha, hubiera obtenido dos diputados en las últimas elecciones al Parlamento Europeo. Nuestra lucha de entonces –recordaban- aún no ha concluido.

En el imaginario colectivo de las Brigadas Internacionales está muy presente el Valle del Jarama, escenario de una de las batallas más truculentas de la Guerra Civil. Allí el Batallón Británico y el Batallón Lincoln, el de los americanos, lucharon codo con codo con el Ejército Republicano para contener el avance de las tropas de Franco. Esta hermosa canción que recuerda su sacrificio se convertiría a la sazón en uno de los himnos de las Brigadas Internacionales.


I live by the river

Como en London Calling, la mítica canción de The Clash, yo también vivo al lado del río. La casa-corresponsalía de RNE está situada en Pimlico, a escasos metros de la ribera norte del Támesis. Es un barrio agradable y sobre todo bien comunicado: Downing Street, el Parlamento, Buckingham Palace, la Embajada española... todo a tiro de piedra, fundamental para un periodista, y especialmente para uno de radio, siempre amenazado por el tic-tac del reloj.

Todos los días desde la ventana de la oficina veo pasar los aviones en ruta hacia el aeropuerto de Heathrow. Entran desde el este y sobrevuelan la ciudad a tan baja altitud que es imposible no escuchar el estruendo de sus motores, un rugido sibilante que en más de una ocasión se ha colado por los micrófonos de esta corresponsalía. Confieso que muchas veces me paro a observar los aviones. Lo hago con detenimiento, fijándome sobre todo en los que vienen desde latitudes lejanas, intentando atisbar en su fuselaje algún logo o alguna palabra que me dé alguna pista sobre su procedencia. Casi siempre lo consigo: South African Airways, Cathay Pacific, Air India.. Pienso y trato de reconstruir al azar la historia de alguno de sus pasajeros, pensando en qué motivos le habrán traído a esta ciudad. "¿Turismo?, ¿trabajo? A lo mejor, como tantos otros, viene para quedarse...".

Londres es posiblemente la ciudad más cosmopolita del mundo, un crisol de razas y culturas que uno puede sentir y palpar a cada paso que da: la mezquita de Regent's Park, China Town, el olor a curry de Brick Lane, el pulso afro-caribeño de Brixton, o el inconfundible sabor mediterráneo de Portobello Road. En Londres se hablan cerca de 300 lenguas y se profesan, que se sepa, 14 religiones diferentes. La ciudad es un gran rompecabezas y cada parte del mundo, por diminuta que sea, está representada con al menos una pequeña pieza. La nuestra, la de los españoles, es bastante grande.

El Reino Unido es el principal emisor de turistas a España. 17 millones de británicos nos visitan cada año y eso lógicamente se ha traducido en un acercamiento social, económico y cultural. A los británicos les entusiasma, por ejemplo, la gastronomía española. A lo largo y ancho del país proliferan los bares de Spanish Tapas a los que los brits acuden gustosos a saborear un buen pincho de tortilla o una ración de paella valenciana. Los vinos españoles, muy afamados, se pueden encontrar sin dificultad en los lineales de cualquier supermercado y también en las cartas de los mejores restaurantes.

Caminar por la acera y no toparte con un anagrama del Santander se ha convertido casi en misión imposible. Las empresas españolas han entrado con fuerza en sectores estratégicos de la economía británica: finanzas, telecomunicaciones e infraestructuras son algunos ejemplos. Un día te desayunas con la noticia de que Telefónica se ha hecho con el control de O2 y al siguiente con los titulares indignados de los diarios sensacionalistas contándote que Ferrovial ha comprado BAA, el principal gestor aeroportuario del Reino Unido.

Todos los fines de semana puedes seguir la Spanish La Liga en Sky Sports o ver como los futbolistas españoles de la Premier copan las portadas de la prensa deportiva. Los británicos disfrutan también con las músicas y danzas de nuestra tierra. En la calle de Regent Street, sin ir más lejos, se registró el año pasado el récord Guiness de sevillanas: 456 personas de todas las razas y colores bailando al compás de ‘Mirála Cara a Cara’, ‘Amor de Primavera’ o ‘Carmen la Cigarrera’. En Londres por haber hay hasta un club taurino y cuando tengo sed de cerveza puedo, si quiero, acercarme al Bar Galicia "a tomar unha Estrela". Nuestras lenguas vernáculas se pueden estudiar en muchas universidades y lo mismo puede decirse de nuestra historia. Los británicos sienten una gran fascinación por la Guerra Civil y en los Jubilee Gardens, justo al lado del London Eye, hay una preciosa escultura de Ian Walters que recuerda a las Brigadas Internacionales.

Muchas veces los españoles cuando viajamos al extranjero -con la excepción de América Latina- hablamos alto y sin tapujos en la calle, en el metro o donde quiera que estemos, partiendo de la base de que nadie nos va a entender. Nunca se debe hacer eso en Londres. Esta ciudad está trufada de españoles: turistas, estudiantes universitarios, jóvenes que vienen a aprender inglés, recién licenciados que buscan su primer empleo, e incluso emigrantes e hijos de emigrantes que llegaron a Londres en los 60 y 70 escapando de las miserias del franquismo. Además, como os he dicho antes, 1 de cada 5 británicos visita España al menos una vez al año y el tiempo que pasan en nuestro país, aunque no es mucho, les permite tener un conocimiento rudimentario de nuestra lengua.

Londres es, en cualquier caso, una isla dentro de otra isla. Creo que los británicos deberían mirar al otro lado del Canal de la Mancha y emular a sus vecinos franceses. Si Paris es la Île-de-France, Londres bien podría ser The Island within the Island. La vida en la capital es muy diferente a la vida en el resto del Reino Unido y la mejor forma de comprobarlo es darse un paseo por las calles de Liverpool, Manchester, Edimburgo o Belfast.

La única pretensión de este blog es acercaros el día a día de las islas, tanto de Gran Bretaña como de Irlanda. Intentaré haceros llegar esas noticias que a veces no encuentran acomodo en la agenda cada vez más homogeneizada de los medios de comunicación. Trataré también de profundizar en el análisis de la actualidad, una posibilidad que a los periodistas de radio no siempre nos ofrecen las crónicas de 50 segundos. Este blog nace -y termino ya- con vocación interactiva. Os invito a todos a participar, a debatir, y por supuesto a discrepar, cuando así lo estiméis oportuno.

I'll keep you posted!

Os dejo, por si os apetece escucharla, una versión de London Calling de Bruce Springsteen (Hyde Park, 28/06/2009). Las canciones del Boss me han acompañado desde que era un niño y me siguen acompañando, como no, en esta apasionante aventura de Albión. Además, hoy cumple 60 años así que ¡felicidades para él!


Íñigo Picabea


Soy Iñigo Picabea Andrés, el corresponsal de RNE en Londres desde septiembre de 2010. Cuentan que, una vez, un periódico británico tituló así su información meteorológica: “Niebla en el Canal de la Mancha, el continente está aislado”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios