A morrearse a casa
Paseaba mi amigo por un céntrico parque de Jerusalén de la mano de su novia. Eran las primeras horas de la tarde de un luminoso día de noviembre, un mes en el que los termómetros han llegado a los 23 grados. Decía que mi amigo paseaba apaciblemente con su chica y estoy seguro que algún arrumaco se le escapó: un besito ¿a ti quien te quiere? ¿Quién es la más guapa de Jerusalén? etc. Y en esto, un joven ultraortodoxo, de esos que visten de negro y lucen largos rizos desde las patillas les increpó. Bueno, mejor dicho, como un blindado se lanzó hacia ellos reclamándoles a gritos y malos modos decencia y buen comportamiento. Como si de un cura integrista de la España de los cincuenta se tratara, el vigilante de la moral y la decencia poco menos y los manda a galeras, a picar piedras al Negev o sanear el Mar Muerto. Este insignificante pero muy molesto detalle para la pareja pone en evidencia los valores de una parte de la sociedad que en Israel, entre otros ve con malos ojos el limpio amor de una relación entre hombre y mujer (y viceversa por si acaso, que radicales los hay en todos los lados).
Junto a Jerusalén no hay uno, hay dos muros: uno es el que separa los territorios cisjordanos y otro es el que moralmente divide a una sociedad que quiere discurrir acorde con sus tiempos y maneras ante otra anclada en el siglo XV. Es ese colectivo radical que no permite que las mujeres viajen en los autobuses junto a los hombres o donde ellas son, exclusivamente, amas de cría o maquinas paridoras. Es una sociedad endogámica donde la elección de ellas como esposas, en muchos casos, se hace por catálogo o donde la homosexualidad ocasiona cruentas batallas callejeras entre ultraortodoxos y policías. Es un grupo que vive en barrios cerrados y que de muy buena gana convertiría a Jerusalén en un gigantesco gueto. Gentes que sin pagar impuestos marcan y obligan en Shabat o Yom Kipur; que no permiten autobuses urbanos durante el descanso semanal y que rodean la ciudad con un gran alambre que determina su territorio religioso. Unas gentes que quieren controlar la educación del país judío y que pretendían más poder para los tribunales rabínicos en la sociedad hebrea.
Es ese mismo colectivo que ha conseguido que tres mil soldados se hayan convertido al judaísmo en un país donde parece estar pasada de moda la separación de poderes. Una sociedad que mira para otro lado cuando se conoce que Israel, al que no reconocen como estado los ultraortodoxos, solo ha investigado hasta final de 2007 setenta y tres de los 2.219 casos de muertes de palestinos a manos de sus militares desde septiembre del año 2000. Lo dice la organización de Derechos Humanos israelí, Yesh Din. Naciones Unidas, esta semana aseguraba que el bloqueo israelí en Gaza es un "asalto masivo a los derechos humanos". Vamos, una tontería comparado con la peligrosidad social de las carantoñas de una pareja en un parque. Los muros suben y suben ¿hasta dónde llegarán?



