4 posts de enero 2010

Ferrari: bastidores de una presentación

Todo estaba blanco. Hasta el Ferrari se contagió. Nieve fuera y espectáculo en el interior de la fábrica que parece un invernadero más que una centro de producción de automóviles de lujo.

La presentación del F 10 fue un día en rojo y blanco. Acudieron todos los involucrados en el proyecto. El nuevo mecenas, Emilio Botín, se quiso poner acorde con el color local y exhibía unos pantalones escandalosamente rojos que, por unos momentos, desviaron los ojos del monoplaza.


Los entresijos de las presentaciones están llenos de doctos, de responsables circunstanciales y de conversaciones con destino en el desatino.

-¿Podemos sacar foto?- pregunto a una azafata

-No. Sólo las cámaras de la Rai pueden tomar imágenes- me responde con la sonrisa estirada para la ocasión porque las arrugas de su rostro delatan, además de años, un perenne gesto de hostilidad.

Perplejo observo que unos minutos después una manada de fotógrafos se echan y acosan a los protagonistas que ocultan su cansancio en una permanente sonrisa.

Burlada la azafata avinagrada, llega el momento de tomar sonido. Y no hay donde hacerlo. Una incauta periodista se coloca a mi lado y busca a otra ayudante. Le pide permiso para tomarlo de los altavoces.

-No. Eso está prohibido. Usted sólo podrá tomar sonido cuando hable en los sets de televisión.

La chica mira perpleja sin respuesta.

-No te preocupes- intervengo-. A mí me han dicho que no podía tomar fotos y mira todas las que tengo. Ponte a grabar aquí, como haré yo, y luego que venga a decirnos que no se puede.

Como con el episodio de las instantáneas, segundos después todos los altavoces estaban plagados de micrófonos para recoger las palabras de los protagonistas

Mensajes, ilusiones, objetivos, fotos y más fotos con Alonso, Massa y el F 10. Los otros tres pilotos, Gené, Fisichella y Luca Badoer se diluían anónimos en la masa pese a que vestían como la pareja estelar.

-¿Cómo va Marc?- Le pregunto a Gené.

-Bien. Éste es un día de mucho ruido

- ¿Y el coche?- Le inquiero sabiendo que él es uno de los encargados de probarlo antes de que pase a los pilotos titulares

-Bien. Ha mejorado mucho...-qué me va a decir, pienso. Pero luego sigue- El simulador es mucho mejor. Por eso creo que las pruebas estarán muy cerca de la realidad.

¡Nadie ha conducido todavía un fórmula uno de la próxima temporada! El reglamento lo prohíbe. Hay leyes criticables y algunas absurdas. Esta tiene ambos galones.

Como dijo Toni Garrido con exquisito juicio “así que hasta ahora sólo han jugado a la play”.


El día fue largo y pesado como son todos los actos protocolarios. Hasta los canapés se hacen reiterativos, pese a que algunos aprovechan los tiempos entre una comparecencia y otra para desvalijar el mostrador y templar el estómago con cuantas copas de vino son capaces de abrevar en los tiempos muertos.

Entrábamos y salíamos de la sala. Veintidós grados dentro, cero fuera. Congestión asegurada. Nadie rodó en la pista salvo Botín que fue copiloto de Alonso en unas vueltas del asturiano. El pantalón rojo acabó siendo una buena inversión.


El conejo de Patrizia y el ambulatorio

Suena el teléfono. Es media mañana y estoy a punto de salir a una cita…

-Sí

-Hola soy Patrizia.

-Dime. En este momento me estoy preparando para nuestra cita.

- Es que no puedo ir. Tengo el conejo malo.

Me atraganto. Tenemos confianza, pero jamás he oído a Patrizia hablar de esa manera. Aturdido, busco en el diccionario mental de los reflejos algo que decir. Conozco a Patrizia hace un par de años. Es ese tipo de persona con ideas muy claras y completamente abierta que gusta a una persona como yo que tiene que diseccionar cada día una sociedad que no es la suya; es decir, además de simpática, me da la dosis mundanal perfecta de la que se nutre un corresponsal. No sé qué decirla. El silencio es áspero y extenso. Ella aguarda. Me siento contra la pared y sólo se me ocurre…

-¿Qué es? ¿Alguna infección, frío?

-No sé. Está vomitando- me suelta con una franqueza que erosiona el aire.

- Pero eso se cura con una compresa- le contesto siguiendo el camino de la cruda naturalidad que me ha mostrado.

-¿Cómo? ¿Qué quieres decir con una compresa?

-Que lo que tienes es el periodo, que no es para tanto pero que si te sientes mal, no te preocupes. Ya quedaremos otro día.

-¡Pero qué periodo ni qué leches! Tengo a Brandon, mi conejo, enfermo y no lo puedo dejar solo.

Un fogonazo de rubor me sacudió todo el cuerpo. No sabía que ella tuviera un conejo como animal doméstico. Menos mal que estaba solo y mi interlocutora no podía verme. Sentí un calor desesperante mientras mi piel se recubría de gotas de sudor. En ese momento recordé que, en Italia, al sexo femenino se le llama vulgarmente “patata” y que lo del "conejo" es una cosa nuestra.

Sobrepuesto del incidente verbal, decidí acompañar a mi hijo al médico. Un problema en el oído nos llevo a un ASL (ambulatorio)donde estaba el otorrino. La entrada del edificio, en pleno Lungotevere, es siniestra como un manicomio. Subimos unas escaleras grises de años y al entrar, en el recibidor, un letrero señala “ASL especializada en otorrinolaringología y psiquiatría”. No digo nada. Mi hijo tampoco, pero me aprieta la mano. Lo ha leído.

Como sé cual es el proceso de la sanidad pública en Italia, busco la “Caja” para pagar antes de que nos atiendan. Esta cerrada. Tenemos cita a las doce y media con el especialista. Son y cuarto y la caja está cerrada. Golpeo la ventanilla cegada por el funcionario.

-¿Sí?

-Tengo hora concertada. Vengo a pagar antes de que el médico vea a mi hijo

-Ya, pero está cerrado.

-¿Cómo que está cerrado?

-Si cerramos a las doce

-Pero mi hora es a y media, ¿cómo pueden cerrar la caja mientras aún quedan consultas pendientes?

-Señor, esto está cerrado- repite en un tono que me convence de que está dispuesto a hablar conmigo horas disfrutando de mi desconcierto, pero jamás abrirá la ventanilla.

No dispongo de tiempo ni energía para jugar al frontón con este arlequín del funcionariado que busca entretenimiento. Por eso camino resuelto a la consulta. Tres personas aguardan en la sala de espera. Por fin ,una buena señal- pienso-. Al menos no hay aglomeraciones. La puerta se abre. Intuyo al médico. Un hombre joven que roza la mitad de los treinta. Le veo mientras sale un paciente y entra otro. Más que sentado, el doctor está derrengado sobre la silla como si en lugar del mediodía fuera la madrugada del día después. Ha hecho de la silla de la consulta una especie de hamaca en la que escurre su inapetencia laboral. Además se tira sobre la silla de medio lado como si una feroz almorrana hubiera hecho nido entre sus glúteos.

Antes de que la puerta se cierre delante de mis narices, me alzo y lanzo un SOS apresurado tratando de contar en dos palabras mi problema.

-Vaya a un estanco, señor- me dice la enfermera-. Allí le pondrán un sello como que ha pagado y, entonces, le podrá atender el doctor.

Por fortuna el estanco está cerca. Sin embargo, me empieza a embargar, otra vez, la sensación de pelota a la que las circunstancias llevan de lado a lado sin derecho a protesta. Entro en el establecimiento.

-He estado en el ambulatorio y me han dicho que venga aquí a pagar este servicio.

La estanquera de Prati me observa. Entrecruzamos un feroz duelo de miradas sin terciar palabra hasta que ella dice “ no lo puedo hacer. Esto es un estanco, no una ASL” y se gira displicente.

-Me imaginaba que era un estanco. Con tanta cajetilla de tabaco expuesta ya le hubieran cerrado el kiosko de ser un ambulatorio. Que se ahogue en sus propios humos- digo y salgo dispuesto a contar al médico lo sucedido. Busco, quizás en los milagros que proliferan en esta tierra, que el doctor o la enfermera se apiaden de mí y de mi hijo, y que me atiendan, aunque se metan el dinero en el bolsillo.

Tras subir las escaleras, llego a la sala de espera. Vacía. La puerta de la consulta medio abierta. La empujo. No hay nadie. Tengo a mi disposición el escaso material médico del doctor gandul que había visto unos instantes antes. Miro a derecha izquierda, vuelvo la mirada atrás… Nada. Nadie. El ambulatorio está vacío. ¡El médico se ha ido de la consulta pese a que me había dicho que fuera a pagar al estanco antes de atenderme! Con lo a gusto que se le veía en su postura de holgazán hastiado, se ha volatilizado absorbido por su propia vagancia. Mi hijo y yo somos dueños del ambulatorio abandonado por una legión de funcionarios esclavos del reloj que marca sus horas. Desconcertado, miro al chaval y en su cara veo la pregunta “¿y ahora, qué?”. Si esto me ha ocurrido en el ala de otorrinolaringología, no quiero pensar qué puede pasar en psiquiatría. El médico y la enfermera han volado y yo más que un cuco, soy un incauto.

Tomo a mi hijo del brazo para volver a casa. En silencio desandamos el pasillo y los escalones grises por los años. Al salir a la calle, brota de nuevo la vida, el bullicio y los coches. Me acuerdo entonces del conejo de Patrizia. Tal vez los veterinarios sean, con sus pacientes, más considerados que los médicos. Se lo preguntaré a ella la próxima vez que nos veamos. Sé que tendré que esperar un tiempo. Por lo menos, hasta que su conejo se reponga.

Lo poco que valen muchos muertos y lo caro de alguna tumba

Sólo los ricos se dan el lujo de ser excéntricos. Quien ha de cuadrar el círculo del presupuesto a fin de mes, quien revuelve entre las basuras haciendo del desperdicio del vecino el manjar suyo de cada día, sólo milita en la excentricidad de sobrevivir.

En este ambiente tirano que nos aprisiona en las apreturas del miedo, los opulentos siguen quemando billetes verdes o arrojándolos a una tumba por 75 años de soledad.

El ayuntamiento de Roma saca a subasta diversos panteones en cementerios municipales. Casi un millón de euros ha pagado alguien por una tumba en el exclusivo campo santo de Verano. La lúgubre morada tiene dos imponentes columnas en el acceso, está construida en ladrillo cara vista y tiene una magníficas panorámicas sobre la universidad de La Sapieza. Por 900 mil euros se la ha adjudicado una persona para los próximos 75 años. El tiempo empieza a correr y mientras no la ocupe se priva del privilegio del sepulcro más caro de Roma. En su afán de vivir, el anónimo pujador, no ve el bullicio de los días de clase, las faldas cortas de las universitarias, el reflejo provocador de sus piercings, los cálidos atardeceres del estío, las nostálgicas puestas de sol del otoño... En ese derroche que tienen algunos ricos, no se quiere morir el espécimen que ha puesto un millón de euros sobre la mesa por una puñetera tumba. ¡Vaya derroche! Mientras deja vacío su mausoleo de “alto standing”, estos días se nos llenan los ojos con cuerpos arrojados a fosas comunes en la más absoluta misera en un lugar con nombre tan pomposo como Puerto Príncipe. Por solidaridad, este soberano podría empezar a disfrutar de su inversión.

97 mil millones de minutos

Es lo que estuvieron el pasado año los italianos hablando por el móvil. La cifra se derrama en el contenedor de la lógica. Tal cantidad de ceros produce vértigo sideral. Nadie pasó tanto tiempo al móvil como los italianos. La dependencia del celular es una patología. Nos aturde la soledad y para eso nos aislamos del entorno. En España observo gran cantidad de gente incomunicada tras unos auriculares en los que escucha su música favorita, o ve el capitulo atrasado de Pokemon. Parece una contradicción pero en Italia la gente se aisla hablando. También hay nómadas urbanos con artilugios musicales pero la gran mayoría se desgañita en interminables charlas telefónicas callejeras, al volante o mientras conducen el ciclomotor. No hay ley capaz de sepultar la verborrea innata del país.

Salimos al mundo solos y para no sentirnos solos nos aislamos. El ser sociable se desmorona en la isla que persigue el propio bienestar. Y, mientras explota al negro en los campos de naranjas, deambula como zombie de otra galaxia persiguiendo un “Avatar”. Se puede pasar al lado de una persona caída en la acera sin verla, no escuchar la bocina de la ambulancia que viene a socorrerla y terminar siendo arrollado por el propio aislamiento.

Hoy, el hombre persigue su intimidad entre el gentío. Me sigue sin salir la cuenta de los días que suponen 97.000.000.000 de minutos pegados al celular. Hablar es un singular placer. Y yo que creía que el gustillo del móvil se obtenía colocando la posición “ vibrador” cuando se guarda en el bolsillo del pantalón...


Iñaki Díez


Iñaki Díez es el corresponsal de Radio Nacional en Italia, un país que conoce perfectamente y que analiza con gran habilidad.
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