3 posts de junio 2010

El perro que habló por teléfono

Franca no puede callar. Lo comprobé en un trayecto de tren que estuvo a punto de abrasar los matojos de mi paciencia. Franca no tendrá más de 10 años, una media melena rubia que se ensortija en su desembocadura, unos ojos abiertos como radares, unos mofletes laxos tapizados de rojo y una voz que antecede su presencia.

Los trenes rápidos italianos acostumbran a ser un vergel silente dentro del frutal de expresiones verbales y físicas que enriquecen la comunicación en Italia. Yo sólo quería viajar cuatro horas leyendo, mirando el paisaje y echando una ojeada a las peculiaridades de mis aleatorios compañeros de viaje. Pretensiones vulgares para un viaje sin historia. Faltaban cinco minutos para que partiera el tren de la estación central de Milán...

-Mira mamá. Ahí está el 45. ¿Y el nuestro?- Aulló una voz aguda que resultó ser su tarjeta de presentación.

-¡Es allí! Es allí! ¡Lo he visto yo mami!

La voz amenazaba por la espalda. Me conjuré ante todos los espíritus buenos (que debe haberlos) para que no señalara ningún asiento próximo al mío. Pero ya era tarde: delante de mis ojos se presentó con una expresión de júbilo acompañada de un grito de victoria. Me miró. Pese a su sonrisa, entendí que me estaba desafiando.

Desde el asiento que comunica con el pasillo, la niña no desaprovechó una oportunidad para muscular sus cuerdas vocales en una ejemplar muestra de su vigorexia.

-Hola, ¿Adónde vas? A mí me gusta el tren. Mi papá me espera en Nápoles. Tengo un hermanito y un perro que se llama Bond.

Desde el principio entendí que debía sumergirme en el libro como una escafandra que me protegiera del océano de sus palabras. Afortunadamente eso me salvó de ser el destinatario de sus voces. Pero no de escucharlas.

Sentada frente a mí había una señora. Al principio sonrió ante la locuacidad de la criatura e incluso le formuló algunas preguntas. Luego ella se calló. Alzando los ojos por encima de la trinchera de mi libro, pude adivinar su cara de martirio media hora después. Yo volví a sumergirme bajo el grueso volumen. Pese a que casi no podía avanzar en la lectura, el libro abierto era un parapeto del que no estaba dispuesto a sacar la cabeza. Afuera las balas verbales abatían a los insensatos.

Entre tanto, la madre compartía algunas de las observaciones de su hija luciendo retoño verborréico con el orgullo del agricultor a quien la tierra le ha regalado la sandía más hermosa del mundo.

Maldije mi negligencia por no llevar un dispositivo para escuchar música durante el viaje. Jamás lo volvería a hacer si tuviera una oportunidad de regresar al futuro.

Llegó el momento en que la señora sentada frente a mí no pudo más. Se levantó excusándose con ir al baño.

-Yo sé donde está, señora. Si quiere la acompaño-. Afortunadamente, en esta ocasión la madre pidió a la moza que dejara ir tranquila a aquella mujer.

Nunca volvió. No sé si se encerró en el escusado hasta que llegara a su destino, si se dedicó a beber en el bar o decidió poner fin a aquel suplicio dejándose arrastrar por el agua del retrete. La última imagen que conservo de aquella mujer es caminando de espaldas con los hombros vencidos del cansancio ante tanta palabra, con el paso cansado pero, seguramente, feliz por poder librarse de los grilletes de aquel verbo hecho niña.

-Mamá, ¿papa nos estará esperando en la estación? ¿Vendrá Bond? ¡Quiero que venga Bond! ¡Quiero que venga Bond!

Siempre sus requerimientos los hacía por duplicado para replicar el martirio de cuantos estábamos en el vagón.

-Quiero preguntar a Bond si va a venir a esperarme. Mami, dame el teléfono.

Si la perrita Laica fue la primera en llegar a la luna, quizás yo fuera testigo de la existencia del primer perro capaz de hablar por teléfono. En aquel momento dudé de si aquello no sería un sueño. Salí un instante de mi trinchera buscando una cámara oculta, la sonrisa perversa de todos los cómplices de Lucifer que me habían gastado una broma en todo el viaje, la filmadora que me hiciera famoso en un video de cámara oculta... Pero no: Franca cogió el teléfono y digitó una secuencia de números.

-Rosa, soy Franca. Dile a Bond que se ponga...

Mi mirada se cruzó con gestos de incredulidad y, al menos, una docena de pasajeros que miraban con gesto ingenuo o estiraban el cuello para escuchar el fin de aquel despropósito.

Ahora estaba seguro. Saqué los ojos de la trinchera. Aparté el libro y pude ver cómo Franca jugueteaba con sus tirabuzones y balanceaba una pierna mientras esperaba la llegada del can. ¿Sería capaz de hablar con el perro?, me preguntaba a mí mismo.

-Bond, quiero que me vengas a buscar a la estación. ¿Hace calor en Nápoles? Ven con papa. Que no ponga el aire acondicionado fuerte en el coche que luego te resfrías, ¿Tienes ganas de verme? Yo también.

Por los altavoces anuncian que el tren llega a Roma. Me levanto de un salto. Cojo el equipaje y huyo mientras me parece escuchar los aullidos Bond desde el otro lado del auricular, protesta porque prefiere quedarse en casa. Quiero salir rápido de aquel tren antes de que me vengan a esperar con una camisa de fuerza

Huelga de soluciones

Vivimos al galope del susto alojado hasta en los más refractarios al desánimo. Menos mal que algunas actitudes nos entretienen por singulares. Chantajeados por lo que puede venir y espantados por el presente resistimos en este albor de un verano precedido por torrenciales lluvias, Visto lo ocurrido en el norte de España, un profeta barato lo definiría como la plasmación de nuestros sentimientos. Vivimos ahogados. Estrangulados por recortes. Asfixiados por los impuestos, los mercados, los especuladores, la moneda...

Afortunadamente entre tanta Apocalipsis, he tenido que esperar una semana para encontrar mesa libre en un célebre restaurante romano. Hay mucho sibarita hambriento también en tiempos de recesión...

Con el miedo levitando en la médula nadie sabe muy bien qué hacer. En España habrá huelga general a finales de septiembre. Los sindicatos convocan en bañador para desfilar en gabardina. Da la impresión más de pose que de convencimiento

En Italia, muchas veces, la reivindicación tiene tintes folklóricos o festivos.

Han convocado más huelgas que nosotros pero ahora, no para después del verano. En eso son un poco más serios. Los alcaldes de todo el país anuncian su intención de manifestarse en la calle contra los recortes. Me los imagino con su banda tricolor vitoreando “¡No al gobierno de los recortes!”. Si cumplen el amago, será el 23 de junio. Los magistrados también se oponen a que el gobierno se quede con parte de su sueldo y paran el 1 de julio. El mayor sindicato (CGIL) llama a la huelga general el viernes 25. Pero como en todo hay clases, la central dice que sea de 24 horas para los empleados públicos y de 4 para los de la empresa privada. Hay muchas guasas para una cosa tan seria. Eso si, la huelga en Italia es un viernes. Hay que ser prácticos: añadir unas horas más al fin de semana no tiene precio.

Un déspota en el siglo XXI

El pequeño pueblo de la montaña vive uno de sus días señalados. Las calles se visten de flores coloreando y perfumando la fiesta patronal. El lugar es pequeño. Como muchos italianos, el pueblo ha crecido sobre un risco que le confirió seguridad en tiempos en que los invasores proliferaban por la campiña. Fortificado ante los asaltos, conserva sus ritos como la procesión del Sagrado Corazón sobre un manto florido.

El recorrido se retuerce por enmarañadas callejas donde apenas entran dos personas caminando de la mano, donde jamás ha entrado un vehículo, donde el sol debe de erguirse al límite para poder colorear esas calles acostumbradas a la penumbra.

El desfile ciudadano tras el sagrado icono siempre fue al mediodía hasta que el párroco decidió que se haría por la tarde. El sol aprieta y las abundantes carnes del prior aconsejaban trasladarlo a una hora menos exigente. Además de recorrer los intrincados recovecos del casco antiguo, la procesión viaja también por los pequeños núcleos que han acogido la expansión del pueblo. Se corta el tráfico mientras voluntarios depositan ordenadamente los coloridos ornamentos florales que aromatizan el ambiente de rito

Pese a que la procesión tiene una hora de inicio, el señor párroco considera que no es pertinente porque el sol despliega su poder despiadado. El alcalde, con el fajín de gala, espera; los curiosos llegados al pueblo aguardan; los escasos municipales tienen cortado el tráfico; los altares están dispuestos a lo largo del recorrido. Pero el pueblo sabe que sólo comenzará todo cuando el sacerdote lo desee. Puede ser a las 7, quizás a las siete y media- me anuncia una vecina-. Pero si la hora señalada era la 6- reclamo como si la máxima del reloj marcara las horas en estos reductos de Europa donde el Señor sigue siendo el Señor, vestido con armadura o con sotana-.

Es curioso, durante un día no oigo a nadie hablar de crisis mientras respiro el frondoso aire limpio de la montaña. Cada sociedad tiene sus propias obsesiones. La de los escasos habitantes de ese pueblecito es un párroco arrogado de amaneramiento despótico.

Iñaki Díez


Iñaki Díez es el corresponsal de Radio Nacional en Italia, un país que conoce perfectamente y que analiza con gran habilidad.
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