4 posts de noviembre 2010

Piano piano

No sé cómo fue 1929. Pero nuestros bisabuelos no recibieron tal cantidad de noticias pesimistas antes de abrir la ventana y saltar al vacío porque no veían perspectiva alguna en su futuro.

Irlanda se hunde; qué pasará con Portugal y España es una incógnita; hay amenaza de atentado en Alemania; Los coreanos se zurran; los estudiantes se movilizan en Inglaterra...

Si explota la tierra que sea en confeti: piensan los italianos con esa sabiduría relativista suya. El gobierno está en la cuerda floja. La ministra de la Par Oportunidad amenaza con dimitir porque otra parlamentaria de su grupo la presiona. La ministra la llama “puta” y la otra (que es la Mussolini) responde que como no pida perdón en público no apoyará a Berlusconi en la censura. La Mussolini admite se ha dado un beso con un compañero en el parlamento. “Pero fue cariñoso y no hubo lengua de por medio” ( lo ha dicho textualmente).

Los estudiantes también están en pie de guerra en Italia. Protestan contra la reforma que empezó a gestarse hace dos años. Ocupan colegios e impiden que se den las clases. Eso sí, llega el fin de semana y desmantelan la Okupacion. Vuelven a casa. El ocio es sagrado. Lo han aprendido de sus mayores que hacen las huelgas en viernes. Si la vena reivindicativa no convence, siempre queda por delante la perspectiva de un largo fin de semana. También la cultura protesta. El lunes cerraron cines y teatros. Otro ejemplo de huelga práctica: casi todos los teatros cierran en lunes. Con estas actitudes, los italianos tienen menos sensación de caos que nosotros. Berlusconi, el hombre que a golpes de chistes conquistó un país, está espalda contra espalda con su destino. Camina con la pistola alzada. El14 se girará para apuntar directo a su enemigo. Puede caer él. Sería una lástima morir porque nadie quiere elecciones. Por eso, el chistoso está convencido de que vencerá la censura... Pero, vamos piano- piano

Los tiempos en Italia

Transcurren de otra manera. La filosofía del italiano se infiltra hasta en el lenguaje. Florido, altisonante, perifrástico... Con esta experiencia italiana estoy intuyendo una teoría social que empieza en la lengua y termina en los hechos.


Hay lenguajes directos como el inglés. Parcos en artificios y pragmáticos. Prima la acción sobre la expresión. El italiano es una dulce armonía de resonancias que baten durante largo tiempo aunque el mensaje sea muy sencillo.”Non posso non fare...” y la frase continua. Y sólo quieren decir que “haré...”.

En política sucede lo mismo. La crisis larvada antes del verano ha explotado ahora. Pero eso no quiere decir que todo salte por los aires en este instante. Ocurriría en un país más pragmático, como el nuestro. Aquí, no. El gobierno está descompuesto. El olor a inmundicia impregna el Parlamento. Pero la crisis como la entendemos debe esperar. Y nos deparará sucesos originales y divertidos.

Una gran originalidad es que Gianfranco Fini haya hecho que todos sus hombres en el gobierno abandonen el ejecutivo. Los secuaces cumplen órdenes, pero el jefe no abandona la poltrona. Es curioso: rompe con el gobierno, hace que los suyos renuncien a sus responsabilidades, pero él sigue presidiendo la cámara. El italiano también tiene cantidad de vocablos para explicarlo de manera convincente. En castellano se resume con una palabra: caradura.

¡Qué Papada!

Eso debe decir la gente cuando ve arribar a la pléyade de periodistas que estamos cerca de Benedicto XVI. Llegamos como una gran ola que arrasa el territorio. Pero cada viaje tiene su singularidades entre camerinos. Éstas son las del segundo viaje de Benedicto XVI a España...

El trayecto a Santiago se realizó bajo un espléndido sol que fue tragado por la niebla al llegar a la capital administrativa gallega. Ningún avión atravesó aquel muro. Sólo para el Papa se abrió una rendija en Lavacolla. Mientras el Santo Padre era recibido por las autoridades, a su séquito informativo nos confinaban en un redil custodiado por agentes de seguridad. Seguimos desde allí el acto. Partió el Papa y seguimos allí. Se marcharon las autoridades y allí seguíamos. La niebla, como Judas, nos hablaba al oído y su rumor empezaba a hacer mella en la piel. Sacaron al público que había acudido a dar la bienvenida al pontífice.¿Y nosotros? Sí, allí seguíamos. Con programas en directo que nos esperaban y los informadores dentro de nuestro particular Guantánamo.

Una hora y media después, llegó el momento y pudimos hacer aquello para lo que nos pagan y para lo que nos llevan dentro del avión. ¿Quién dijo que vivimos tiempos de inmediatez informativa?

El viaje a Barcelona fue plácido pero, una vez más, tras bajar del avión nos esperaba otra sorpresa: la organización había dispuesto dos autobuses urbanos para trasladar a los informadores. Dentro de los viajes papales, en ningún sitio del mundo me han brindado un autobús urbano. Hasta los negritos de Camerún se esforzaron por poner unos pequeños autobuses para realizar el traslado con cierta tranquilidad, pensando también que en esos trayectos seguimos escribiendo y participando en emisiones en directo.

Por la noche, visité los exteriores de la Sagrada Familia. Fue un momento para mí entre un montón de gente que hacía lo mismo. El ambiente era festivo horas antes de la consagración.

En la vuelta, se redoblaron las estrecheces. Ninguna ciudad, antes de Barcelona, había dispuesto autobuses urbanos para los traslados. Pero, como la organización debió ver que en dos autobuses íbamos cómodos, retiró uno. Y así, a primera hora de la tarde, todos los periodistas nos apelotonamos en torno a un autobús urbano. Viajamos con las maletas rodando por el piso. En pie, por la autopista, agarrándonos al pasamanos y conteniendo la inercia del equipaje que cedía ante la velocidad del autobús en las curvas. Nunca había visto antes escolta policial para un autobús urbano. En esta ocasión lo sufrí. Afortunadamente, nadie se dejó la dentadura en uno de los bruscos giros en la alocada carrera tras el coche policial que nos abría paso. Así llegamos al avión de vuelta.

Mis aitas siempre me lo han dicho:“ desde pequeño tienes que llegar el último a los sitios”. ( Por cierto debe ser genético: mi hijo, que juega al fútbol, siempre es el último en la fila de jugadores que saltan al campo. Él dice que le gusta ver a todos delante y tener la perspectiva. Yo no sé por qué lo hago). Quizás sea porque no me gusta abrirme paso a codazos... Así, en la escalerilla del avión, me encontré el último. Como en los vuelos de bajo coste, en la aeronave Papal nadie tiene sitio asignado. Me acomodé en uno de los últimos sitios y vi que todos mis compañeros tenían unas espléndidas cajas. Yo no. Iberia nos había realizado un obsequio dejándolo sobre el asiento pero el mío estaba huérfano como un niño olvidado a la puerta del colegio. Los comentarios de quienes me acompañaban alertaron al personal de Iberia.

-¿Qué le ocurre señor?- acudió solicita una azafata.

-Nada. Pero veo que, por ser el último, no me ha llegado la cajita?

-Es imposible. Hay una para cada uno de ustedes...

Dejé el silencio como respuesta flotando ante el embarazo de la azafata. Algún querido colega, había pasado por mi asiento y enganchó la caja al grito de “ que se joda el último”. Y ése suelo ser yo. El personal de Iberia estaba ruborizado. Ingenuos: pensaban que por tratarse de un avión tan cercano a Dios, estaba vacunado contra la rapiña. Durante el viaje me trajeron una caja. Lo agradecí. Y aquí podría terminar este largo anecdotario de un corto viaje, de no ser porque, al salir, una compañera con dificultades para moverse me pidió que llevara su caja. En la despedida, desfilé delante de las azafatas con dos de aquellas malditas cajas. Las miré a la cara para decirles. Me llevo una, la otra es la de una compañera- me justifique ruborizado. Espero que me creyeran. Era el final del trayecto pero todavía quedaban pequeños sucesos que ir sorteando que, pronto, me hicieron olvidar el sonrojo.

No sería justo finalizar esta referencia sin agradecer a todo el personal de Galicia, de Cataluña y de Madrid que han participado en este conglomerado informativo de Radio Nacional. Todos me ayudaron más de lo imaginable. Sin ellos, no hubiera podido realizar mi empeño. Llegué como caído del cielo y me fui en un soplo. Pero, ellos me hicieron fácil el trabajo. Imagino que descansaron cuando partimos. Aliviados, posiblemente dijeran: “ ¡Qué Papada!”

Todos santos, alguno menos

Para festejar este día y honrar a los antepasados, algunos más que beatos se convierten en ángeles del infierno dentro de un camposanto. Ogni Santi se denomina, en Italia, la fiesta del 1 de noviembre. La ocasión de llevar a los cementerios las formas de convivencia provoca situaciones embarazosas y que pueden terminar en una trifulca en la necrópolis. Para evitarlo, desde diversos medios de comunicación se lanzan recomendaciones al público en general. Las he recogido porque me han hecho sonreír. Algunas podríamos suscribirlas. Otras son genuinamente italianas...

Quizás la más legítimamente italiana es la que pide que se tenga recato a la hora de hablar por teléfono dentro del cementerio. No es de rigor la imagen de alguien hablando animadamente por el celular, apoyado en un nicho. Y si es una recomendación, ha pasado: la persona está tan absorta que no repara en que delante de la lápida sobre la que se recuesta hay familiares rezando al difunto y que sus estridencias alteran la oración.

Otra de las recomendaciones, indica que las familias tengan controlados a los niños porque no es de recibo que el campo santo se convierta en un estadio de fútbol y los pequeños se monten un partido entre las tumbas.

En esta época todos quieren adecentar la eterna morada de sus familiares. Ahí llegan las últimas encomiendas a los italianos. Es fantástico que se limpie la tumba del familiar. Pero toda la suciedad debe depositarse en el lugar adecuado: no es de recibo dejársela en herencia al difunto vecino de nuestro familiar. Y, finalmente, en este vademécum de las buenas maneras en el cementerio aparece la recomendación de comprar las flores, no robar las que se muestran hermosas en una tumba desprovista de parientes.

Y es que este día hay mucho santo pero también demasiado ahorrador desmedido hasta el límite del sonrojo, ajeno, por supuesto

Iñaki Díez


Iñaki Díez es el corresponsal de Radio Nacional en Italia, un país que conoce perfectamente y que analiza con gran habilidad.
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