El joven Iturralde
Siempre he admirado a esas gentes que van sumando años y experiencias, que llegan a lo más alto de su profesión o de su arte y que, sin embargo, parecen comenzar cada día con la misma ilusión y la misma humildad del primer día.
Mi personaje preferido en esta categoría excelsa: el pintor catalán Josep Coll Bardolet, a quien conocí cuando él contaba ya más de 90 primaveras. Vivía entonces en unas austeras dependencias en la Cartuja de Valldemosa y allí tenía también su estudio. Desde aquella atalaya mallorquina su arte no dejó de crecer. Cuanto más pesadas andaban sus piernas, más ligeros los pinceles, más depurado el trazo, más limpio.
Sus paisajes de una Mallorca idílica, las figuras danzantes, dieron paso a colores primarios y formas puras, para acabar en el abstracto más personal y libre, como un artista joven experimentando sombras cromáticas por primera vez.
La formación musical de Iturralde es enciclopédica. Todo el mundo le conoce como virtuoso del saxofón y del clarinete, pero también es un consumado maestro del violín, el piano y la guitarra. Ha tocado con muchos de los grandes de la escena jazzística internacional pero su saxofón se puede oír en algunas grabaciones de Serrat, de Mari Trini, Aute o incluso de Pablo Abraira.
Para todo terreno, él. Miles de kilómetros a sus espaldas ,por carretera y avión, en giras interminables. Imagínense: Empezó su carrera internacional rozando apenas los veinte y anda ya con ochenta recién cumplidos. Y qué ochenta! Ahora se ha embarcado en una gira de nueve conciertos que le ha traído a Rabat y Casablanca y que culminará en París.
Quedé con él para la entrevista en La Villa des Arts de Rabat una hora antes del concierto. Entró en los jardines de la Villa acompañado de su representante y de su mujer, Paquita, menuda y coqueta. Él conserva todo el empaque del mocetón navarro de antaño, del hijo del molinero de Falces que las traía locas.
Iturralde es de esos entrevistados de una sola pregunta, es decir, torrencial. Son tantos los recuerdos acumulados que, en cuanto abre el grifo, salta de una época a otra, de un personaje al siguiente y así hasta tejer en el aire toda una vida, un dibujo efímero hecho de flashbacks impagables, en los que aparecen desde Django Reinhardt a Paco de Lucía, pasando por Gerry Mulligan y Donna Heightower. Dibujo efímero, decía, o tal vez no tanto, ya que quedó todo grabado, pese a que en algún momento temí que nos quedáramos sin cinta.
El problema es que necesitaría quince 'tedés' en exclusiva para hacerle justicia y, ¡cielos! me temo que no me dieron más de minuto diez.
Me dejó que le acompañara del brazo hasta el escenario, donde ya le esperaban , para el ultimísimo ensayo, otros tres músicos de primera: Carlos Carli, batería, Miguel Ángel Chastang, contrabajo y Mariano Díaz al piano.
No va a haber crónica del concierto aquí, para no desbordarnos, pero sí el recuerdo de un brillante “Summertime” inicial, seguido de algunas piezas del jazz más genuino, una version del “Zorongo Gitano”, en homenaje a García Lorca, como para quitar el hipo, un paseo de la mano de Gerswin con I got rythm que me hizo volar a las calles de Montmatre, al lado del espéedico Gene Kelly de “Un Americano en París”. Y ya que estábamos en París se recreó en una interpretación de l’Hymne à l’amour de Edith Piaf que puso a más de uno la piel de gallina.
Un concierto generoso, con sus bises de rigor dado que el público -marroquies , españoles y otros de la colonia internacional rabatí- reclamaba más y más. Y Don Pedro ya me había dicho antes del concierto:
- “A mi mientras me pidan , yo toco”. Fuelle no le faltó, desde luego, aunque flojeaba algo de andares, por “un poco de artrosis en la cadera”, me confesaba.
Pero en el escenario apenas se notó. Todos vieron al joven Iturralde y todo el anfiteatro de la Villa se puso en pie para despedirle. Me giré y vi a Federico Arbós, director del Instituto Cervantes de Rabat, exhultante. Un buen colofón a los “conciertos de Ramadán" que los del Cervantes han montado este mes, uno por semana. Al lado de Arbós, el embajador de España en Marruecos, Luis Planas, un político en las artes de la diplomacia. Dado que Planas trabaja incluso cuando se divierte y quizás viceversa, su cara era más de “Ese Iturralde nos ha hecho quedar bien, caramba.”
Para el músico que fue pionero en fusionar jazz y flamenco fue también una de esas veladas que cierran círculos. Su primera gira internacional fue por el norte de Africa, buscando aires de libertad en las noches magrebíes y un respiro de la negra y opresiva posguerra española. Recuerda con detalle aquellas boites de Casablanca, Argel y Tánger, locales como el Minzah, el Hensala o el Negresco, dónde la juerga duraba hasta las cinco de la mañana. Impensable en el Marruecos de hoy. “Aquí empecé yo, pero espero no terminar aquí”, me decía jovial.
Antes del concierto, su esposa, Paquita, me había contado lo mismo, que Pedro empezó a viajar muy joven y que le perdió la pista pronto. Hablamos poco ya que se quería ir a sentar en la primera fila, como suele, y estar pendiente de Pedro.
Me quedo con ganas de más jazz y de más historias, quizás un reportaje largo, algo sin mirar el cronómetro. Y entonces vuelve a asomar el recuerdo del pintor Coll Bardolet con quien me había hecho este mismo proyecto: Un documental sobre su obra, el trabajo en la Cartuja, los campos mallorquines, sus reflexiones en la vejez creadora….
Lo habíamos hablado un millón de veces con el sobrino del artista, Josep Coll, excelente camarógrafo y colega en Televisión Española en Sant Cugat. Pero yo empecé a viajar por el mundo, de Afganistán a Bagdad, de Haití a El Salvador. Y luego vino la corresponsalía de México y luego Rabat. Hasta que un día Josep me llamó por teléfono y hablamos de cómo nos iba y pregunté por su tío, el pintor.
-“No, el “tiet” ya murió", anunció.
Apenas pude reunir unas palabras de pésame y formular un gran abrazo virtual mientras pensaba en lo efímero de todo, en los sueños perdidos.
Larga vida a los Iturralde. Ojalá el destino sea esta vez generoso con nosotros y permita que me los encuentre en Rabat, o en Madrid, en Salvador de Bahía o dónde sea que nos lleven los pasos. Y que hagamos ese reportaje.



