3 posts de febrero 2010

Sogona contra la mutilación genital.

Lo de esta mujer risueña y concienzuda es algo especial. Lleva más de dos años al frente del programa de sensibilización contra la ablación genital femenina desde el centro de la Cruz Roja en Segou, a 245 kilómetros de Bamako.
Ese es un asunto muy delicado en Malí, uno de los países africanos dónde más se practica la mutilación ritual del sexo de la mujer. Imposible abordarlo de forma directa, dado el peso de la tradición y también por motivos religiosos, aunque como ella se encarga de precisar: “No hay ni una sola referencia, ni una recomendación de esta práctica ni en el Corán ni en la Biblia”. Aún así sus campañas en pequeñas comunidades rurales, en las escuelas, en centros sociales siguen una prudente estrategia: “Hablamos de una manera general de los problemas en las relaciones de pareja. Del matrimonio precoz, de la planificación familiar, de las enfermedades de transmisión sexual… y, al final, surge la cuestión de la mutilación sexual. Aunque no utilizamos esta palabra. Nosotros hablamos de “escisión”, que es la práctica más habitual.”

En Segou, el 92,2 por ciento de las mujeres es víctima de esta radical “circuncisión”. La cifra desciende un poco, hasta el 85 por ciento, si hablamos de Malí en general, según los últimos datos , recogidos cada cinco años.
Sogona Traoré Diarah cuenta en su español fluído y suave, que aprendió en su estancia de seis años en Cuba, que aunque la incidencia de la ablación ha descendido algo el problema se agrava en los últimos tiempos ya que cada vez se adelanta más la edad en la que se somete a las niñas a esa práctica.
Antes se hacía en niñas de 12 hasta 15 años, cuenta, "ahora se practica en niñas casi recién nacidas, con pocas semanas, a menudo haciéndolo coincidir con la perforación de los lóbulos de las orejas. Una escisión a esa edad es más peligrosa, ya que el cuerpo es tan pequeño que no es raro que en la intervención queden afectadas las vías urinarias”. “De hecho , añade, "la relación de problemas vinculados a la ablación genital es muy extensa. Para empezar, no son excepcionales las infecciones y en especial de tétanos, dadas las escasas medidas de higiene con que se practica. También son frecuentes los problemas en las relaciones sexuales, la aparición de fistulas, “Y desde luego, siempre hay problemas en el parto. Sobre todo en el primero”, explica.
Sogona ha convertido casi en una cruzada el que las familias puedan establecer una relación de causa/efecto entre la ablación practicada a corta edad y algunos de estos problemas que se afrontan en la adolescencia o en la edad adulta. “Simplemente, no lo relacionan. No creen que su problema en el parto pueda ser la consecuencia de una acción realizada tantos años antes. ¡Si hasta encontramos médicos de formación que deciden que sus hijas sean mutiladas!”, exclama. Sogona narra el caso de la hija bebé de un funcionario de prisiones. La madre no quería mutilar a la pequeña y la abuela le brindó también su apoyo. Pero el día en que llevaron a la niña a que le perforaran las orejas el padre impuso su criterio:“No es tu madre ni tú quien decide aquí”, les dijo, “mi hija va a ser circuncidada”. Y así se hizo. "Pero la bebé empezó a tener cada vez más dificultades para orinar. Y se le hincho la vejiga, porqué retenía los líquidos”. Tuvo que ser intervenida. “Entonces el padre, en uno de los actos públicos en la comunidad, delante de todo el mundo, tomó la palabra y explicó su caso y reconoció su error.”

Además del peso de la tradición y la religion, la ablación es a menudo una cuestión de”prestigio” social, cuenta Sogona.
“Hay que tener en cuenta que la persona que practica la ablación, el “forgeron”, como se le llama, cobra 1.000 francos por intervención. Más un pollo de regalo en las comunidades rurales. Y además la compra de una pastilla de jabón, que cuesta 250 francos.” Hay que poder permitírselo, claro. En realidad el de la ablación es un buen negocio para la curandera ya que llega a practicar entre 20 y 25 intervenciones al día.
Desde la Cruz Roja en Segou, y con ayuda de la Agencia española de Cooperación Internacional al Desarrollo, la AECID, coordinan la intervención hospitalaria de las víctimas de la ablación con consecuencias más graves.
Sogona valora esta ayuda de los organismos internacionales, pero quiere asegurarse de que esta lucha va a tener continuidad para siempre. Para ello ha creado la asociación Toumasse que en la lengua bambara significa “llegó el momento”. Una especie de “basta ya”, digo. Y Sogona concede.
Conversamos durante una hora y este post es un resumen de nuestra charla. Pero solo ahora, cuando me dispongo a colgarlo, me doy cuenta de que en ningún momento hablamos de que, aparte de todos los horrores médicos que me describió y que inclusó me ilustró con algunas fotografías de espanto, la ablación es una agresión feroz al placer sexual de la mujer. Veo que enfocamos el problema desde las nefastas consecuencias médicas y una cuestión que en nuestra Europa de la supuesta igualdad sería principal en esta África de la supervivencia queda “para otro día”. ¿De nuevo la prudencia? ¿Estrategia para no llevantar ampollas excesivas? Me quedo con la duda mientras admiro el trabajo de Sogona sobre el terreno. Un trabajo social que se extiende a la radio, conferencias audiovisuales y hasta pequeñas obras de teatro que recrean casos de la vida cotidiana en Malí.
A veces acuden a las escuelas con los manuales explicativos y el material videográfico, que es bastante duro. Otras, con una especie de maniquí en la que al órgano sexual femenino se le pueden ir desmontando diversas piezas, como ocurre de forma mucho más sangrante en la vida real. Las niñas observan con ojos como platos como al maniquí se le extirpa el clítoris, o como , yendo más lejos, se le practica la escisión de labios menores o incluso mayores. O como, en el caso extremo, tras cortar, se llega a coser la bulba, dejando solo un orificio mínimo para permitir la menstruación y la micción. Esta forma extrema de ablación se denomina “infibulación" y convierte cualquier intento de penetración en un ejercicio doloroso o , directamente, imposible. Es una causa de divorcio frecuente en Malí.

Muchas niñas, cuenta Sogona, cuando les explican todo eso con el maniquí salen corriendo a los baños para mirarse. “Algunas veces regresan llorando.”

Caminos de Segou.

“Está cerca. A sólo 250 kilómetros de Bamako”, dice Pere para convencerme. Así que mientras esperamos noticias sobre la liberación de los cooperantes secuestrados me organizo para tomarme unos días por mi cuenta para viajar a Segou, a tres horas de la capital de Malí.

En esa ciudad apacible a orillas del Níger se instaló hace dos años mi amigo Pere Ros que es quien me tienta para que me desplace hasta allí para conocer un par de proyectos en los que colabora como voluntario sin sueldo.

Pere es diligente. Me escribió hace ya unos pocos dias , al informarle de que preparaba el viaje a Malí. “ No estoy en Bamako estoy en Segou. Arréglatelas como puedas pero déjate caer por aquí. Tienes que conocer a Sogona, que dirige el programa contra la ablación genital femenina y a André que lleva temas que te interesarán.”

Así que intento pactar un precio con mi taxista habitual en Bamako: ¿Cuanto a Segou , Simo? Me han dicho que no está muy lejos, a unos 250 kilometros de aquí.

“Oui…245 kilómetres”, precisa. Pas probleme. 60.000 francs.”

Me parece algo caro y trato de contrastar el precio en el mostrador anexo de la recepción del hotel que funciona como agencia para excursiones.

-“¿En cuanto saldría el viaje a Segou? Tengo entendido que no está lejos , unos 250 kilómetros si no me equivoco”, apunto.

-“245 kilómetros, monsieur”, me corrigen. “Le saldría por cincuenta mil francos más la gasolina. Un depósito lleno. En total 70.000.”

-Ups! Llamo a Pere y le digo que voy para allá en cuanto tenga un precio fijado con un taxista “moins cher.”

-Ni se te ocurra hombre. Hay tres compañías de autocares que te llevan allí por 2.500 francos. Alguno de los coches hasta tiene aire acondicionado. !Y con lo que te ahorras nos tomamos unas copas!

Pago mis 2.500 francos y me apuntan el nombre en el billete y en una lista. Al cambio son menos de cuatro euros. ¡Y por una distancia de 250 kilómetros, no está nada mal! , le comento satisfecho desde la abigarrada parada del bus a una colega por el móvil.

Un hombre de negocios que viaja solo con un maletín, ataviado con una túnica verde hasta los pies y una especie de bonete del mismo color me escucha y me dice levantando un dedo y sonriendo: “245 kilómetros”. Su español parece perfecto, pero, por dios, qué mania tienen estos malienses en corregirte todo el día. Intento tomar nota mental de esta característica, para ir documentando el carácter de la población local.

Al autocar se sube pasando lista. Amontonados pero por riguroso orden de inscripción. Como he sido el último en comprar el billete encuentro sitio en la parte de atrás, al lado de una señora opulenta que viaja con un reproductor de DVD del que no se separa, como si fuera un hijo de pocos días. Al menos el asiento del medio esta libre, pienso. Pero no. Cuando ya parece que estamos a punto de arrancar entra una última tanda de rezagados. Se llena hasta el ultimo asiento y el vigilante, cabe suponer que gracias a una propina, autoriza a varios pasajeros extra a instalarse en el pasillo y en el hueco junto a la puerta de salida trasera. Entre la señora opulenta del DVD y yo se acomoda – es un decir- otro viajero corpulento. Me acurruco junto al apoyabrazos, pero sin poder extenderme hasta el pasillo, ocupado ya por una señora sentada en uno de los bultos de ropa que transporta y un joven de piernas largas que se espatarra por el poco espacio libre. Entre una cosa y otra , la luz crepuscular se va acabando y con la oscuridad se va durmiendo todo el mundo. El señor corpulento de mi flanco izquierdo da cabezadas siempre en mi dirección y compruebo que su cabeza oronda es rasposa y un poco húmeda por el sudor. Esquivo sus lametazos de gato aún a costa de pegarme al pañuelo capilar de la señora del pasillo, resuelto a base de puntas de una tela también rasposa pero , al menos, seca. El joven de las piernas largas parece ganar terreno dónde ya no hay. Me parapeto en mi microespacio aún a costa de clavarme el apoya brazos en el costado derecho, en cada curva y también en los baches. Tengo la sensación de que la oscura humanidad me envuelve cada vez más como una selva carnal y promiscua. Si fuera una función escolar, se me va la olla por ahí, la señora del sombrero interpretaría el papel de un cactus florecido, el joven de las piernas largas aparecería disfrazado de lianas trenzadas y el corpulento viajero de mi izquierda representaría un imponente baobab. Así que opto por amodorrarme. Hacemos varias paradas en poblaciones ínfimas a pie de carretera para que alguien baje o, lo que es peor, suba. Decenas de vendedores ambulantes se acercan bajo las ventanillas para ofrecer fruta, pasteles caseros o cocacolas. Luego paramos para pasar un control policial y en otro pueblo , mucho más tarde, nos bajamos todos para la oración. Yo aprovecho para hacer recuento de extremidades y de paso estirarlas. El resto del viaje es como una sesión de papiroflexia pero en subjetivo y hasta en decúbito prono. Llegamos a Segou cuatro horas después de la salida. Pere me recibe en lo que , en tinieblas, se intuye que debe ser la estación de autocares. Una explanada polvorienta.

-"Qué tal el viaje?", pregunta.

-"Bien , bien, sin problemas", digo para resumir.

-"¿Ves como no valía la pena coger un taxi? Son 250 kilómetros, pero se hacen rápido", añade.

-"Perdona Pere pero , por suerte, son solo 245. Vamos, si no te importa."

Prueba de vida en Bamako.

La última vez que escribía en este blog estaba en Mauritania, me disponía a emprender la que preveía una larga cobertura sobre el día a a día del secuestro de los tres cooperantes catalanes de Barcelona Acció Solidària y esperaba que esto fuera una suerte de diario del secuestro que nos llevara a una resolución relativamente corta. Luego la realidad se impuso: Se confirmó que los autores del asalto y del secuestro eran activistas vinculados a Al Qaeda en el Magreb Islámico y la pista sobre el paradero de Alicia Gámez, Roque Pascual y Albert Vilalta nos ha traído al final hasta Malí.
Han pasado dos meses y medio desde el secuestro. Diez semanas que estoy convencido que son las más duras en la vida de los tres cooperantes de la organización humanitaria. Y, sin embargo , para este equipo de la corresponsalía de TVE en Rabat, entre el caso de la activista saharaui Aminatou Haidar, que nos tuvo en vilo desde el Aaiún, las convulsiones de la prensa marroquí y su obligada marcha atrás en términos de libertad de expresión y el apretado día a día político y económico desde Marruecos, ha sido un tiempo percibido como fugaz. Como tengo una cierta deformación cinéfila me imagino estos dos momentos tan distintos del secuestro como una elipsis cinematográfica. En una escena vives, junto al resto de la caravana solidaria en Nuackchott, el impacto de enfrentarte a una acción del yihadismo creciente en el Magreb y en la escena siguiente el escenario es Bamako, la capital maliense, hasta dónde llega un nuevo vídeo, una renovada prueba de vida de los tres españoles. Pero ¿qué es una elipsis que une/separa dos meses y medio comparado con el insuperable arco aero-temporal que ideó Kubrick en “2001, una odisea del espacio” cuando el homínido lanza un hueso al aire y lo vemos transformarse en una nave espacial que orbita al ritmo de un vals de Strauss?
Se supone que nada, aunque para Vilalta, Pascual y Gámez este tiempo, vivido en las duras condiciones de su remoto paradero, en algún lugar de la inmensidad desértica de la region sahelo-sahariana, debe resultar tan inmenso como el vuelo secular del hueso de Stanley Kubrick.
Pero la evolución del caso parece , al menos, positiva. Los mediadores están acabando de hacer su trabajo y el vídeo , que pudo ser visionado por el veterano corresponsal de la Agencia France Press en Bamako, Serge Daniel, les muestra, al parecer, en buen estado y documentaría la recuperación de Albert Vilalta de sus heridas de bala en una pierna.
Me reuní con Serge Daniel en el Hotel de la Amitié en Bamako y sus explicaciones sobre el contenido del vídeo y sobre las circunstancias en las que lo visionó me parecieron plausibles. Hablamos, ya fuera de cámara, sobre cómo se podría materializar el supuesto pago del rescate, en el caso de que el dinero estuviera a punto. “De un modo o de otro , en estos casos siempre acaba habiendo una transacción económica”, me dijo. Libia, a través de la fundación que preside el hijo del presidente Gadafi, puede ser uno de los agentes claves a la hora de empujar el desenlace del caso. También ahí Daniel es prudente pero sentencioso: "He cubierto todos los secuestros que se han producido en la región en los últimos años y lo habitual es que , hasta el final, no se sabe claramente quien ha hecho qué para resolverlo.”

Antonio Parreño


La otra orilla del Estrecho. Cercana y reconocible, pero a veces, también, demasiado lejos. Un lugar que uno debe mirar despojándose de tabúes y prejuicios. Desde Rabat tratamos de mantener una puerta abierta al Magreb y a toda África, un continente a veces olvidado en el que conviven miseria, desastres y peligros, aunque también grandes sonrisas y oportunidades. Os invito a compartir ese viaje conmigo, con TVE y con los muchos protagonistas de una realidad a veces compleja, siempre apasionante"
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