La Eurocopa de Yulia Timoshenko

Timoshenko
Cuando en 2007 la entonces primera ministra Yulia Timoshenko celebró la designación de Ucrania como sede de la Eurocopa de 2012, difícilmente podía imaginar que para entonces estaría cumpliendo una condena de 7 años de prisión por abuso de poder. Ingresó en la cárcel en agosto de 2011 y desde ese momento se convirtió en el mayor quebradero de cabeza para las autoridades de Kiev y en la peor propaganda posible contra los organizadores del campeonato.

El motivo se encuentra en los acuerdos de gas, firmados entre Ucrania y Rusia en 2009, días después de que Moscú cortase el suministro acusando a Kiev de impago, lo que dejó desabastecida a gran parte de Europa. La Justicia dice que Timoshenko tomó la decisión sin consultar a otros órganos del Gobierno y condujo al país a una situación catastrófica, disparando la cantidad que se pagaba a la estatal rusa Gazprom.

Instituciones como el Parlamento Europeo ven en su encarcelamiento una venganza política y creen que la Justicia ucraniana ha aplicado selectivamente una ley soviética. Muchos observadores apuntan a una persecución política dirigida por el presidente Viktor Yanukóvich, que volvió al poder en 2010 y que fue despojado de su victoria fraudulenta en 2004, arrastrado por la Revolución Naranja, en la que Timoshenko y el ex presidente Víktor Yúschenko fueron los rostros más reconocibles.

Hoy no queda prácticamente nada de aquel episodio histórico que sacudió a la ex república soviética. Timoshenko cumple condena y se recupera en un hospital de una huelga de hambre y Yúschenko sigue presente en la vida política, aguardando las parlamentarias de octubre, pero su respaldo electoral ha caído en picado.

La decepción ha cundido en gran parte de la sociedad ucraniana, distanciada de sus políticos a los que muchos ven ligados a la corrupción generalizada, siempre enfrentados por sus intereses personales. Para Ucrania, la Eurocopa 2012 es una excusa para acercarse a la Unión Europea, pero el encarcelamiento de Timoshenko ha llevado a muchos líderes de la UE a anunciar que no asistirán a ningún partido en territorio ucraniano. El acuerdo de asociación que Bruselas y Kiev negociaban, ha quedado congelado por exigencias de las autoridades comunitarias, preocupadas por el destino de la ex primera ministra. Paralelamente, Moscú presiona para mantener a Ucrania dentro de su área de influencia y quiere integrarla en la Unión Aduanera y la Unión Euroasiática, dos proyectos promovidos por Vladimir Putin para aglutinar a gran parte del espacio ex soviético. Como en otros momentos de su historia Ucrania se debate entre mirar al Este o al Oeste. 

 

Putin, el líder que nunca se fue

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Aparentemente, Rusia está atrapada en un bucle. Como hace 12 años, un hombre llamado Vladimir Putin se prepara para ocupar el Kremlin, y lo hace con una receta muy similar a la de entonces: el país no debe volver al caos de los años 90, cuando millones de rusos cayeron en la pobreza, los activos del Estado se concentraron en manos de unos cuantos oligarcas, mientras el crimen organizado ganaba fuerza en la calle. El Putin de 2000 se instaló en la presidencia con la promesa de erradicar la corrupción y la miseria, el mismo mensaje que trata de vender ahora a los rusos, a pesar de no haber logrado ninguna de que aquellas metas. 

Desde que llegó al poder consiguió estabilizar el país, impulsar la economía -apoyándose en las exportaciones de gas y petróleo- y recuperar parte del orgullo nacional y la influencia perdida tras el colapso de la URSS. Pero también arrinconó a los medios de comunicación independientes, limitó las libertades civiles y no hizo frente a un sistema de corrupción enraizado en la administración pública. Apartó a los oligarcas que controlaban las industrias estratégicas y centralizó el poder estatal, una enorme maquinaria que comenzó a girar en torno a él.

El líder que nunca se fue vuelve a la primera fila del poder. Pero a pesar de eso, Rusia no vive atrapada en un bucle. Muchas cosas han cambiado en el país en los últimos 12 años. Las manifestaciones que estallaron en diciembre, con decenas de miles de personas en la calle contra su poder y el fraude electoral han dado paso a un nuevo escenario en el que parte del sector más formado y cualificado de la sociedad muestra su cansancio y pide cambios. Es sólo una minoría liberal dentro de la variopinta oposición rusa, en la que predominan comunistas y nacionalistas.

A pesar del fulgor del bloguero Alexei Navalny aún no hay líderes claros en la calle que puedan capitalizar el descontento pero quizá los cambios se aceleren desde el corazón del poder, donde hasta hace poco las sensibilidades reformistas y los halcones provenientes del KGB convivían en equilibrio. En los últimos meses han aumentado las voces desde las estructuras de la administración pública que, con matices, han insinuado su distanciamiento.

“Son ladrillos que van saliendo del sistema”, dice la escritora Masha Gessen, “los de arriba no se están dando cuenta porque sólo ven su propia televisión….Sólo rellenan el hueco y en un momento dado la pirámide comienza a derrumbarse de repente. Eso ocurrirá pronto. Creo que en el próximo par de meses”.

Putin tendrá que gestionar las protestas si gana las elecciones, y la oposición parece dispuesta a aprovechar su momento. En los últimos días algunos han sugerido acampar en el centro de Moscú, siguiendo el ejemplo de la Revolución Naranja de Ucrania en 2004, un desafío que pondría a las autoridades en una situación extremadamente compleja.

Pelea de bulldogs

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En una ocasión Winston Churchill comparó las luchas de poder en el Kremlin con una pelea de bulldogs bajo una alfombra. Puedes escuchar cómo se pelean debajo pero no sabes quién está ganando hasta que ves salir los huesos del perdedor. El mítico premier británico se refería entonces a las disputas en la cima del poder soviético pero sus palabras pueden aplicarse hoy.

 

La opacidad y las maneras sutiles siguen definiendo la alta política rusa, desconcertando a analistas que siguen con dificultad la lucha de clanes y los cambios de bando en un poder político aparentemente homogéneo.  

 

Tras las protestas de diciembre se ha puesto en marcha una cadena de movimientos de fondo que para muchos expertos indica que los bulldogs se están sacando la piel a dentelladas debajo de la moqueta. Y los primeros huesos empiezan a salir a la luz.

 

Vladislav Surkov, conocido como el “cardenal gris” de la política rusa y figura esencial de la era Putin, parece una nueva víctima de ese duelo en la cumbre. Su nombramiento como viceprimer ministro le aparta del Kremlin y del futuro equipo de Vladimir Putin, si logra volver a la presidencia en marzo –como todas las encuestas pronostican-.

 

“Es el fin de una época. Surkov era el autor de la escena política que ha existido en Rusia en los últimos años”, decía la socióloga Olga Krychtanovskaya a la agencia France Presse.

 

Vladislav Surkov, un antiguo publicista y escritor de ficción, ha sido el cerebro en la sombra del sistema político que arrancó hace 12 años y el autor del concepto de “democracia dirigida”, vigente en Rusia. Pero según algunos expertos la distancia entre él y Putin había aumentado. Mientras el primer ministro trataba de ridiculizar a los manifestantes, Surkov decía que en la calle estaba lo mejor de la sociedad rusa.

 

Para el analista Serguéi Mijiyev el sector liberal del Kremlin trata de recuperar peso después de que convencieran a Medvedev para no presentarse a la reelección presidencial y cree que el actual jefe de Estado y su entorno tratan de sacar rédito de las protestas, apoyándolas desde las alturas para debilitar a Putin.

 

Sin duda, las mayores manifestaciones contra el Gobierno desde los tiempos de la perestroika han sacudido poderosamente la política rusa. Muchos opositores han tomado la calle y su mensaje crece vigoroso en las plazas de Moscú. Pero no es el único frente del cambio político que se avecina. Una época ha terminado, como decía la experta Olga Krychtanovskaya, y la lucha por apropiarse del futuro no sólo se libra en la calle. También bajo las alfombras del Kremlin.

 

Protestas en Rusia: ¿Y ahora qué?

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Los medios de comunicación suelen etiquetar rápidamente los acontecimientos, mucho más en un año tan turbulento como 2011 en el que las calles de muchos países árabes se han convulsionado, han derribado a dictadores o han sido escenario de guerras civiles. En pocos meses el contagio ha llegado de Túnez a Baréin o Siria y muchos han creído ver en las calles de Moscú y San Petersburgo un nuevo capítulo de esa ola de cambios.

Rusia está lejos de convertirse en una Plaza Tahrirpero lo que ha ocurrido en las últimas semanas ha moldeado definitivamente el escenario político del país y puede iniciar una larga cadena de transformaciones.Un cambio está en marcha pero su ritmo, su naturaleza y su alcance siguen siendo una incógnita.

Tras 12 años en el poder, el entorno de Vladimir Putinha percibido que su control sobre la calle se ha debilitado. El apoyo popular -aunque sigue siendo muy importante- se reduce y la pasividad de los sectores más dinámicos de la sociedad ha dado paso a una mayor implicación política. Parte de la clase media que desde hace años se desarrolla en las ciudades del país –y que ha prosperado durante los años de Putin- da muestras de cansancio y quiere cambios. Muchos jóvenes con recursos, con formación universitaria, que viajan, hablan idiomas y se conectan permanentemente a internet a través de sus tabletas o teléfonos móviles demandan más derechos y se movilizan en la red.

Su participación en las protestas de los últimos días ha sido un salto cualitativo en el movimiento de oposición al Gobierno. Miles de ciudadanos sin adscripción política, muchos de ellos hasta ahora indiferentes, han decidido salir a la calle, al margen de banderas y partidos. Su generación no está traumatizada por el caos y las penurias de los 90, el fantasma que Putin suele agitar con buenos resultados.

¿Cómo capitalizar el descontento social?

Pero muchos expertos se preguntan cómo capitalizar el descontento de un sector - cada vez mayor- de la población. Hasta hace poco tiempo Vladimir Putin gozaba de un índice de popularidad superior al 60 por ciento. Algunos estudios recientes hablan de una caída histórica y pronostican para él un 42 por ciento de los votos en las presidenciales de marzo, lo que llevaría a una segunda vuelta.

Pero a pesar de la pérdida de popularidad –todavía en niveles envidiables para muchos líderes europeos-, Putin sigue siendo la única figura de relieve en la política del país. Sucarisma atrae a muchos votantes que confían en un líder fuerte que ha estabilizado a Rusia tras años de turbulencias sociales y económicas, mientras en la oposición -parlamentaria o extraparlamentaria- nadie puede hacerle sombra.

Los grupos presentes en la Duma no parecen dispuestos a plantar batalla seriamente en la calle, y los partidos a los que se impide participar en los comicios, son demasiado diferentes y carecen de la organización necesaria para encauzar con éxito la contestación social. Miles de desencantados buscan representación pero no saben a quién elegir.

Hasta ahora, Putin y Medvedev han minimizado la importancia del fraude electoral y de las protestas pero han lanzado algunos guiños a los manifestantes, como instalar cámaras de vigilancia en los colegios electorales o plantear una reforma legal para que los pequeños partidos puedan entrar en la escena política. Son gestos ambiguos y limitados que evidencian la preocupación de las autoridades rusas, que tratan de adaptarse a las nuevas circunstancias, pero no parecen satisfacer a quienes salieron a la calle el 10 de diciembre y piensan hacerlo de nuevo el día 24.

 

Rusia y la realpolitik

 

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Leer un solo periódico, escuchar una única emisora de radio o ver cada día la misma cadena de televisión ayuda a tener menos quebraderos de cabeza. Enfrentarse a dos realidades, a veces contradictorias, requiere cierta actividad mental para sacar algo en claro. Quizá ambas partes ofrezcan algo de verdad. Quizá las dos intenten confundirnos con sofisticadas mentiras y manipulaciones.

Si se desea un resultado provechoso, el lector/espectador debe estar prevenido, alerta. Necesita haber acumulado los conocimientos necesarios para separar el polvo de la paja y aún así, no estará completamente a salvo de la intoxicación, camuflada en ocasiones bajo pretextos como el sentimiento de pertenencia. La vieja y eficiente técnica de enfrentar el NOSOTROS al ELLOS, de separar a los buenos de los malos.

Como ocurre con las fidelidades futbolísticas, ese sentimiento de pertenencia, se lleve o no con discreción, puede acabar interfiriendo en nuestras percepciones. Como españoles, sabemos que formamos parte de la Unión Europea y de la OTAN, que el tipo que ocupa la Casa Blanca está más o menos de nuestra parte y que una organización llamada Al Qaeda está empeñada en acabar con el modo de vida occidental. En definitiva, sabemos de qué lado estamos en el juego de intereses, aunque seamos abiertamente críticos con todas las instituciones a las que pertenecemos.

Desde Rusia, el tablero se ve desde una perspectiva diferente. Cambian las desconfianzas y los aliados. El planteamiento no es mejor ni peor, pero los intereses estratégicos y los vínculos son distintos. Observemos por ejemplo el papel de la diplomacia rusa en la llamada Primavera Árabe.

Washington y sus aliados tienden a condenar las posturas de Moscú y Pekín, que han demorado primero la resolución de la ONU respecto a Libia y frenan ahora una respuesta internacional contra el gobierno sirio. Sin duda, EE.UU. y sus socios tienen razón. Rusia y China, dos países con profundísimas lagunas democráticas -quizá sea más exacto decir que son una laguna democrática en sí mismos-, son capaces de legitimar una tiranía con tal de que prevalezcan sus intereses estratégicos.

Pero eso no los diferencia de los gobiernos de Estados Unidos, Alemania, Francia o España. Se ha repetido hasta la saciedad pero sigue provocando sonrojo ver cómo los políticos simulan caerse del guindo y convierten en paria indeseable al líder con el que hasta hace poco posaban sonrientes. El mismo al que abastecían con material antidisturbios o reían sus excentricidades cuando decidía convertir al Islam a 500 jóvenes modelos durante su visita a Italia.

La polémica venta de 200 carros de combate alemanes Leopard a Arabia Saudí -una floreciente democracia, como todo el mundo sabe, que en los últimos tiempos ha ayudado a reprimir las protestas en Baréin- es sólo un apunte reciente que nos recuerda que la realpolitik funciona igual de bien en los regímenes liberales.

En el caso de Siria, Rusia pide algunos cambios cosméticos al régimen de los Assad y se opone a cualquier intervención internacional en un país soberano. Según el vice embajador ruso en la ONU, Alexander Pankin, “el incremento de la tensión y el enfrentamiento (en Siria) no presenta una amenaza a la paz internacional o a la seguridad. Uno no puede obviar el hecho de que la violencia no proviene sólo de una de las partes. La amenaza real para la seguridad regional, en nuestra opinión, vendría de la injerencia exterior en la situación doméstica de Siria”.

Pero además de no creer que la situación en Siria se limite a la represión de las fuerzas de seguridad contra la población, Moscú tiene otros motivos:

 

     1-    Intereses económicos y alianzas militares.

La mayoría del armamento de las Fuerzas Armadas sirias es de origen ruso o soviético. La situación en Libia y Siria puede hacer que Rusia deje de ganar unos 10.000 millones de dólares en venta de armas y obligará a su industria militar a reorganizar su estrategia comercial.

Además, Siria es el gran aliado de Moscú en Oriente Medio desde la llegada de los Assad al poder, con una relación fraguada en tiempos soviéticos y una amplia cooperación militar. En los últimos años, Rusia ha colaborado en la reconstrucción del puerto marítimo de Tartus, en Siria, que la flota rusa podría utilizar a partir de 2012 para desplegarse por el Mediterráneo. Un cambio de régimen dejaría en el aire el uso conjunto de una base naval muy importante para Rusia.

 

     2-    Miedo al contagio en Rusia o en el espacio post-soviético.

Aunque las circunstancias socio-económicas rusas son distintas de las de Egipto o Libia, a ninguna autocracia le agrada que el aroma a libertad altere el estado de las cosas. Particularmente sensible es la situación en el Cáucaso Norte donde siguen operando grupos rebeldes que ocasionalmente golpean con actos terroristas la capital rusa. En esas zonas el paro juvenil supera el 50 por ciento, los índices de corrupción son los más altos de la Federación y en regiones como Chechenia las fuerzas policiales se enfrentan a denuncias de graves infracciones de los Derechos Humanos. El contagio de las revueltas árabes traería aún más inestabilidad a la región y podría amenazar el poder de los hombres del Kremlin en la zona. Lo mismo podría ocurrir en otras potencias en el sur del Cáucaso, como Azerbayán, donde ya se han registrado algunas protestas y detenciones.

En Asia Central, la situación es más parecida a la de los países árabes donde se han registrado levantamientos. La mayoría de ellos son regímenes dictatoriales cuyos dirigentes llevan cerca de dos décadas en el poder. Hay enormes diferencias económicas, infraestructuras muy degradadas, una corrupción galopante y en muchos casos movimientos insurgentes islamistas, algunos de ellos conectados directamente con los talibanes afganos. Rusia pretende tímidas reformas para que estos tiranos no sean barridos del mapa, como ha ocurrido en Túnez o Egipto, lo que dejaría su patio trasero a merced de otras potencias extranjeras.

Mientras cientos de personas podrían estar muriendo a manos de las fuerzas de seguridad sirias, según denuncian algunas organizaciones humanitarias, todas estas razones se antojan innobles pero son las que deciden el camino a seguir. 

 

No creo que la promoción de la democracia o la defensa de los ciudadanos libios, sirios o tunecinos sean las principales preocupaciones de Washington y sus aliados, sino más bien cómo gestionar las revueltas para que afecten lo menos posible a su seguridad y a su economía, y para que desemboquen en una nueva relación de fuerzas que les beneficie en la zona. A través de sus aparatos de inteligencia y seguridad los estados trabajan para garantizar su supervivencia e intereses a largo plazo y al mismo tiempo se enfrentan a la compleja tarea de aparentar que mantienen en el exterior su compromiso con los mismos valores que defienden dentro de sus países. La ventaja de las dictaduras y las autocracias es que no tienen que enfrentarse a esas contradicciones. Lo que se ahorran en gabinetes de prensa y expertos en mercadotecnia.

Vereshchagin y el Salvaje Este

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Un ataque inesperado, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.

“Sus cuadros son el mejor seguro contra la guerra”, le dijo el káiser Guillermo II al pintor ruso Vasily Vereshchagin. En 1897, el emperador alemán asistía a la exposición del artista en Berlín, y sus lienzos sobre las campañas rusas en Asia Central plasmaban con exactitud fotográfica la barbarie de aquella y de todas las guerras. Un rostro de miseria y horror poco frecuente en las obras de la época, más propensas a ensalzar las grandes victorias y a adornarlas con coronas de laurel.

Pero Vereshchagin no era un pintor convencional. Su fascinante biografía muestra a un hombre mitad militar y mitad artista. Un amante de la aventura, viajero incansable, gran observador de las culturas asiáticas a las que retrató con vocación etnográfica y un antibelicista que se atrevió a desafiar al poder.

Se graduó en la Academia Naval pero abandonó durante un tiempo la vida castrense para dedicarse a la pintura, hasta que la guerra contra Turquía en los Balcanes le obligó a tomar las armas. Volcaría aquella experiencia en obras como ésta, en la que muestra el horrible coste de la victoria.

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Campo de batalla cerca del Paso de Shipka, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.

La guerra del Turkestán y la conquista de la última frontera.

Unas décadas después de que los colonos europeos se lanzaran al asalto del Oeste americano, Rusia se enfrentaba a la inmensa estepa, de igual modo que los cosacos encararon el vasto llano para conquistar Siberia en el siglo XVI y alcanzar el Pacífico, un siglo más tarde.

Derrotado en la guerra de Crimea, el ejército del zar veía en la campaña del Turkestán una oportunidad de redimirse y una misión civilizadora que buscaba someter a la región (Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y Kirguizistán), solar -entonces y ahora- de distintas tribus musulmanas, de origen turco en su mayoría. 

En 1867, la inquietud y el deseo de aventura empujaron a Vereshchagin a aceptar el ofrecimiento del general Kaufman, responsable de la campaña, que le propuso incorporarse a sus tropas en calidad de agrimensor. La empresa militar le convertirá en un valioso testigo de su tiempo. En sus lienzos plasmará una ofensiva sanguinaria y cruel, donde uno y otro bando alcanzan niveles similares de salvajismo. Una realidad bien distinta de la que se imagina en los salones de Moscú y San Petersburgo.

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Como cuenta el historiador británico Orlando Figes en El baile de Natasha, “el general Kaufman se enfureció tanto cuando vio los cuadros que comenzó a gritarle y a insultarle y llegó a atacarlo físicamente en presencia de otros oficiales. El Estado Mayor condenó los cuadros como una “infamia contra el ejército imperial” y proclamó que debían ser destruidos”.

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Por fortuna, la intercesión del zar permitió que sus obras hayan llegado hasta nuestros días, pero la campaña de desprestigio le obligó a dejar Rusia poco después, angustiado por decenas de amenazas de muerte. A partir de entonces dio rienda suelta a su atracción por el Este. Viajó a la India y cruzó a pie el Himalaya, retratando a las gentes del Tíbet.

Rusia le desterró y pasó el resto de su vida en Europa Occidental, hasta que en 1904 se le presentó la última oportunidad de regresar a Oriente. En plena guerra ruso-japonesa, el almirante Makarov le incorporó a su flota como pintor pero una mina hundió el buque en el que navegaba y murió ahogado, como la mayoría de la tripulación.

La vida de Vereshchagin no debió de ser muy diferente de la de muchos fotoperiodistas, cámaras de televisión y reporteros que hacen su trabajo en las zonas de conflicto. Con ellos comparte la obsesión por mostrar la guerra en toda su crudeza y desnudarla de artificios y oropeles. Inspirado por las historias de Tamerlán, el caudillo turco-mongol que apilaba los cráneos de sus enemigos muertos, Vereshchagin pintó una de sus obras más célebres: La Apoteosis de la Guerra. Un contundente discurso que resumía las experiencias de un hombre que vivió gran parte de su vida junto a la pólvora y la disciplina militar.

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La Apoteosis de la Guerra, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú. 

¡Poyéjali!

¡Allá vamos! (Poyéjali) – gritó Gagarin cuando los propulsores comenzaron a rugir.


Los motores se ponían en marcha, preparados para la mayor aventura de todos los tiempos. Antes de su viaje, los científicos soviéticos habían hecho pruebas con medio centenar de perros, embarcados en cápsulas espaciales sin conocer qué destino les esperaba. Cerca de la mitad no regresó con vida. Una proporción poco tranquilizadora, debió de pensar Gagarin.


Pero la rivalidad con Estados Unidos, la superpotencia enemiga, no permitía andarse con menudencias. Era el 12 de abril de 1961 y por primera vez un ser humano iba a salir al espacio para dar la vuelta a la Tierra. Un sueño inimaginable hasta entonces, reservado a las novelas de Julio Verne.


Viktor Gorbatko fue uno de los 20 hombres que acompañaron a Gagarin en las últimas fases del proceso de selección. Recibe a Televisión Española en su casa de Moscú, en una confortable urbanización reservada a los cosmonautas, un lugar privilegiado de la capital rusa. En su salón guarda multitud de medallas y trofeos por su trayectoria. También algunas fotografías de sus primeros pasos en la aventura espacial, practicando hockey con los compañeros seleccionados para los viajes al espacio o en actos oficiales, muy cerca de Gagarin, Titov y otras leyendas.


Según nos cuenta, Gagarin lo tenía todo para ser el elegido. Era autodisciplinado y noble. Tenía la facultad de caer bien a todo el mundo. A los compañeros pero también a los responsables de la misión. Serguéi Koroliov, el “diseñador jefe”, le convirtió en su favorito. La identidad de Koroliov fue un secreto de Estado hasta su muerte en 1966. Él era el genio que estaba detrás del programa espacial soviético, un hombre que había pasado por los campos de concentración del GULAG, víctima –como millones de soviéticos- de las purgas estalinistas.


A finales de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética se apropió de parte de la tecnología de los cohetes V2, desarrollados por los nazis. Washington y Moscú se dieron cuenta de que aquellos avances serían decisivos en el futuro. Los estadounidenses se hicieron con los servicios del ingeniero alemán Werner von Braun –padre de los V2-, pero la URSS contaba con Koroliov, rehabilitado después de 1945.

Su mayor sueño se iba a hacer realidad aquella mañana de abril, hace 50 años. La Vostok 1 despegó de Baikonur, actual Kazajistán, poco después de la 9 de la mañana. En unos minutos Gagarin estaba en el espacio y veía con sus propios ojos la redondez de la Tierra. La Unión Soviética celebraba su supremacía frente a Estados Unidos y escribía la primera página de una aventura extraordinaria.

Más información en mi twitter: @cfranganillo

Zikr

El baile del Zikr, el recuerdo de Dios, ha acompañado a los chechenos a través de los siglos. Les reforzó frente a las invasiones rusas del siglo XIX y también durante las deportaciones masivas ordenadas por Stalin, según nos cuentan varios miembros del clan de los Chyanti, que nos acoge en su casa a las afueras de Grozny.

Es domingo por la noche y los parientes llegan desde varias aldeas de la república para recordar a los familiares fallecidos el año anterior. Durante unas horas nos permiten asistir a la ceremonia.

Escuchamos los rezos iniciales hasta que las palmadas anuncian el ritmo de una danza intacta a lo largo de siglos. Los varones de más edad corren frenéticamente en círculo en una especie de trance.



Su monotonía ancestral recuerda el arraigo profundo de la costumbre y la tradición en las tierras del Cáucaso, donde todas las pautas de comportamiento están definidas. Durante la ceremonia los mayores rezan, comen y bailan, las mujeres preparan la comida y los varones jóvenes la sirven.

En tiempos de la Unión Soviética esta danza islámica que las comunidades sufíes chechenas convirtieron en un rasgo identitario estuvo prohibida por su carácter religioso.

Durante años se practicó en secreto en las casas y en las reuniones familiares y tras la caída de la URSS volvió a la vida pública.
Esto es un adelanto del Informe Semanal que estamos preparando con el material que hemos grabado en los últimos días en Chechenia".

La última frontera

Rendición del jeque Shamil ante las tropas del zar. 1859.

"Si hubiera usted gustado al emperador, él se hubiera acercado -le dijo un antiguo general-; pero se conoce que le ha admitido a usted sólo por las recomendaciones de sus amigos. Créame que basta que le haya dicho que es usted un patriota liberal para que le cause usted desconfianza y quiera enviarle al Cáucaso". (Juan Van Halen, el oficial aventurero, Pío Baroja).

El comentario no debió de tranquilizar demasiado al militar español Juan Van Halen, al servicio del zar Alejandro I. Huía de la Inquisición y de la corte de Fernando VII por sus intrigas contra el régimen absolutista y la vida le llevaba, en el verano de 1818, hacia un peligroso destino como mayor de un regimiento de Dragones del Cáucaso. Desde finales del siglo XVIII, el Imperio Ruso se había lanzado a la conquista de la última frontera, una región de enormes montañas poblada por tribus indómitas (muchas de ellas de religión musulmana), cuyo control era decisivo para frenar las incursiones turcas y persas.

Allí se iba a encontrar con el general Alexey Yermolov, un genio militar al que Tolstói retrataría más tarde en su obra Guerra y Paz. Yermolov era el hombre del zar en el Cáucaso, el comandante en jefe con poder para hacer y deshacer a capricho. Un héroe para los rusos y sinónimo de destrucción y muerte para chechenos y otros pueblos del Cáucaso, que le recuerdan aún como el terrible Yaarmul, capaz de incendiar aldeas y masacrar a familias enteras.


Yermolov no vería la anexión definitiva de la región, en 1864, pero un fino hilo une sus ofensivas y las de sus sucesores con la actividad de los grupos extremistas musulmanes que hoy operan en la zona. La profunda aversión hacia el poder central se engendró en aquellas campañas, y se reafirmó con las deportaciones masivas de mediados del siglo XIX que Stalin reeditaría en tiempos soviéticos, acusando a los chechenos de colaborar con los alemanes.

Tras la disolución de la URSS, Chechenia -como otras repúblicas- proclamó su independencia, pero Moscú intentó recuperar el control. La primera guerra de Chechenia (1994-1996) finalizó con la retirada de las tropas federales y una autonomía de facto para la región. Pero Moscú volvería a intervenir en 1999 para frenar la expansión de las guerrillas islamistas hacia Daguestán, una dura ofensiva que impulsó la carrera política de Vladimir Putin y en la que los generales rusos, como Yermolov, abonaron aún más las raíces del odio.

Oficialmente la operación antiterrorista finalizó en la primavera de 2009 pero los atentados y los combates se suceden casi a diario en las provincias del Cáucaso Norte. Su dependencia económica de Moscú es total. El paro alcanza a cerca del 50 por ciento de la población activa y la juventud se enfrenta a la falta de expectativas mientras el fundamentalismo religioso gana terreno, sobre todo en Chechenia, Ingusetia y Daguestán.

En sus montañas se refugian rebeldes curtidos en las últimas guerras, agrupados ahora en una organización fantasmal, el Emirato del Cáucaso, supuestamente bajo el mando de Doku Umárov que ha reivindicado la autoría intelectual del atentado contra el aeropuerto de Domodedovo, en el que murieron 36 personas.

La matanza se une a una larga lista de ataques terroristas que, de cuando en cuando, recuerdan a Rusia que aún conserva una herida abierta. Y que, como en tiempos de Juan Van Halen, el Cáucaso sigue siendo la última frontera que escapa al control del poder central.

El negocio de la muerte

No está claro cómo Viktor Bout reunió los primeros 120.000 dólares. Quizá sus contactos en el GRU, la inteligencia militar soviética, le facilitaron las cosas para adquirir 3 viejos aviones Antonov que, como cientos de aeronaves, se oxidaban en los hangares de todo el país. La Unión Soviética acababa de derrumbarse y “emprendedores” sin escrúpulos como Bout descarnaban los restos del viejo imperio para alumbrar el nuevo capitalismo ruso.

En pocos años, organizó una enorme red de transporte aéreo que, según informes de la ONU, inundó el continente africano de armas procedentes de los arsenales soviéticos, con la complicidad de muchos oficiales convenientemente sobornados.

Para aquel tipo, formado en el Instituto Militar de Lenguas Extranjeras de Moscú (uno de los principales centros de adiestramiento del GRU, según los expertos en inteligencia), fue fácil confraternizar con señores de la guerra, grupos rebeldes y dictadores. En el libro El Mercader de la Muerte, los periodistas Douglas Farah y Stephen Braun cuentan que previamente había trabajado en el continente como agente soviético.

Bout se define como un “hombre de negocios” y quizá por eso no hacía distinciones entre sus clientes. Vendía lanzagranadas a la Alianza del Norte, en Afganistán, y fusiles Kalashnikov a sus enemigos talibanes.

Armaba al gobierno angoleño pero también a los rebeldes de UNITA que lo combatían. Era capaz de trasladar material humanitario de la ONU mientras facilitaba armas a batallones de niños, convertidos a la fuerza en soldados y asesinos. Incluso Halliburton, la compañía vinculada al ex vicepresidente estadounidense Dick Cheney, alquiló sus aviones para transportar equipamiento militar de EE.UU. a Irak.

Pero los servicios de seguridad norteamericanos le pisaban los talones y en 2008 lo atraparon en un hotel de Bangkok. Rusia se negaba a que fuera extraditado a Estados Unidos (según algunos expertos militares, Bout mantiene aún estrechas relaciones con miembros de la inteligencia rusa) pero Tailandia se rindió a las presiones de Washington y el 21 de enero comenzará en Nueva York la fase preliminar del juicio.

Viktor Bout es uno de los símbolos del vacío de poder que dejó la caída de la URSS, y que unos pocos supieron rentabilizar. Aquella rapiña descontrolada sigue pesando sobre la Rusia de 2011, porque gran parte de sus estructuras económicas y políticas se engendraron entonces. Muchos de los oligarcas surgidos en aquellos años han caído en desgracia, pero los sectores estratégicos están ahora en manos de magnates próximos al Kremlin o han sido reabsorbidos por el Estado, en cuya maquinaria siguen instalados antiguos miembros de los servicios de seguridad. Casi 20 años después de la desintegración de la Unión Soviética, Rusia tiene aún pendientes las reformas políticas y económicas necesarias para superar definitivamente los pecados de los años 90.

Carlos Franganillo


Para Sir Winston Churchill, Rusia era “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma” y puede que la percepción de Occidente no haya cambiado mucho.
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