La última frontera
"Si hubiera usted gustado al emperador, él se hubiera acercado -le dijo un antiguo general-; pero se conoce que le ha admitido a usted sólo por las recomendaciones de sus amigos. Créame que basta que le haya dicho que es usted un patriota liberal para que le cause usted desconfianza y quiera enviarle al Cáucaso". (Juan Van Halen, el oficial aventurero, Pío Baroja).
El comentario no debió de tranquilizar demasiado al militar español Juan Van Halen, al servicio del zar Alejandro I. Huía de la Inquisición y de la corte de Fernando VII por sus intrigas contra el régimen absolutista y la vida le llevaba, en el verano de 1818, hacia un peligroso destino como mayor de un regimiento de Dragones del Cáucaso. Desde finales del siglo XVIII, el Imperio Ruso se había lanzado a la conquista de la última frontera, una región de enormes montañas poblada por tribus indómitas (muchas de ellas de religión musulmana), cuyo control era decisivo para frenar las incursiones turcas y persas.
Allí se iba a encontrar con el general Alexey Yermolov, un genio militar al que Tolstói retrataría más tarde en su obra Guerra y Paz. Yermolov era el hombre del zar en el Cáucaso, el comandante en jefe con poder para hacer y deshacer a capricho. Un héroe para los rusos y sinónimo de destrucción y muerte para chechenos y otros pueblos del Cáucaso, que le recuerdan aún como el terrible Yaarmul, capaz de incendiar aldeas y masacrar a familias enteras.
Yermolov no vería la anexión definitiva de la región, en 1864, pero un fino hilo une sus ofensivas y las de sus sucesores con la actividad de los grupos extremistas musulmanes que hoy operan en la zona. La profunda aversión hacia el poder central se engendró en aquellas campañas, y se reafirmó con las deportaciones masivas de mediados del siglo XIX que Stalin reeditaría en tiempos soviéticos, acusando a los chechenos de colaborar con los alemanes.
Tras la disolución de la URSS, Chechenia -como otras repúblicas- proclamó su independencia, pero Moscú intentó recuperar el control. La primera guerra de Chechenia (1994-1996) finalizó con la retirada de las tropas federales y una autonomía de facto para la región. Pero Moscú volvería a intervenir en 1999 para frenar la expansión de las guerrillas islamistas hacia Daguestán, una dura ofensiva que impulsó la carrera política de Vladimir Putin y en la que los generales rusos, como Yermolov, abonaron aún más las raíces del odio.
Oficialmente la operación antiterrorista finalizó en la primavera de 2009 pero los atentados y los combates se suceden casi a diario en las provincias del Cáucaso Norte. Su dependencia económica de Moscú es total. El paro alcanza a cerca del 50 por ciento de la población activa y la juventud se enfrenta a la falta de expectativas mientras el fundamentalismo religioso gana terreno, sobre todo en Chechenia, Ingusetia y Daguestán.
En sus montañas se refugian rebeldes curtidos en las últimas guerras, agrupados ahora en una organización fantasmal, el Emirato del Cáucaso, supuestamente bajo el mando de Doku Umárov que ha reivindicado la autoría intelectual del atentado contra el aeropuerto de Domodedovo, en el que murieron 36 personas.
La matanza se une a una larga lista de ataques terroristas que, de cuando en cuando, recuerdan a Rusia que aún conserva una herida abierta. Y que, como en tiempos de Juan Van Halen, el Cáucaso sigue siendo la última frontera que escapa al control del poder central.



