2 posts de julio 2011

Rusia y la realpolitik

 

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Leer un solo periódico, escuchar una única emisora de radio o ver cada día la misma cadena de televisión ayuda a tener menos quebraderos de cabeza. Enfrentarse a dos realidades, a veces contradictorias, requiere cierta actividad mental para sacar algo en claro. Quizá ambas partes ofrezcan algo de verdad. Quizá las dos intenten confundirnos con sofisticadas mentiras y manipulaciones.

Si se desea un resultado provechoso, el lector/espectador debe estar prevenido, alerta. Necesita haber acumulado los conocimientos necesarios para separar el polvo de la paja y aún así, no estará completamente a salvo de la intoxicación, camuflada en ocasiones bajo pretextos como el sentimiento de pertenencia. La vieja y eficiente técnica de enfrentar el NOSOTROS al ELLOS, de separar a los buenos de los malos.

Como ocurre con las fidelidades futbolísticas, ese sentimiento de pertenencia, se lleve o no con discreción, puede acabar interfiriendo en nuestras percepciones. Como españoles, sabemos que formamos parte de la Unión Europea y de la OTAN, que el tipo que ocupa la Casa Blanca está más o menos de nuestra parte y que una organización llamada Al Qaeda está empeñada en acabar con el modo de vida occidental. En definitiva, sabemos de qué lado estamos en el juego de intereses, aunque seamos abiertamente críticos con todas las instituciones a las que pertenecemos.

Desde Rusia, el tablero se ve desde una perspectiva diferente. Cambian las desconfianzas y los aliados. El planteamiento no es mejor ni peor, pero los intereses estratégicos y los vínculos son distintos. Observemos por ejemplo el papel de la diplomacia rusa en la llamada Primavera Árabe.

Washington y sus aliados tienden a condenar las posturas de Moscú y Pekín, que han demorado primero la resolución de la ONU respecto a Libia y frenan ahora una respuesta internacional contra el gobierno sirio. Sin duda, EE.UU. y sus socios tienen razón. Rusia y China, dos países con profundísimas lagunas democráticas -quizá sea más exacto decir que son una laguna democrática en sí mismos-, son capaces de legitimar una tiranía con tal de que prevalezcan sus intereses estratégicos.

Pero eso no los diferencia de los gobiernos de Estados Unidos, Alemania, Francia o España. Se ha repetido hasta la saciedad pero sigue provocando sonrojo ver cómo los políticos simulan caerse del guindo y convierten en paria indeseable al líder con el que hasta hace poco posaban sonrientes. El mismo al que abastecían con material antidisturbios o reían sus excentricidades cuando decidía convertir al Islam a 500 jóvenes modelos durante su visita a Italia.

La polémica venta de 200 carros de combate alemanes Leopard a Arabia Saudí -una floreciente democracia, como todo el mundo sabe, que en los últimos tiempos ha ayudado a reprimir las protestas en Baréin- es sólo un apunte reciente que nos recuerda que la realpolitik funciona igual de bien en los regímenes liberales.

En el caso de Siria, Rusia pide algunos cambios cosméticos al régimen de los Assad y se opone a cualquier intervención internacional en un país soberano. Según el vice embajador ruso en la ONU, Alexander Pankin, “el incremento de la tensión y el enfrentamiento (en Siria) no presenta una amenaza a la paz internacional o a la seguridad. Uno no puede obviar el hecho de que la violencia no proviene sólo de una de las partes. La amenaza real para la seguridad regional, en nuestra opinión, vendría de la injerencia exterior en la situación doméstica de Siria”.

Pero además de no creer que la situación en Siria se limite a la represión de las fuerzas de seguridad contra la población, Moscú tiene otros motivos:

 

     1-    Intereses económicos y alianzas militares.

La mayoría del armamento de las Fuerzas Armadas sirias es de origen ruso o soviético. La situación en Libia y Siria puede hacer que Rusia deje de ganar unos 10.000 millones de dólares en venta de armas y obligará a su industria militar a reorganizar su estrategia comercial.

Además, Siria es el gran aliado de Moscú en Oriente Medio desde la llegada de los Assad al poder, con una relación fraguada en tiempos soviéticos y una amplia cooperación militar. En los últimos años, Rusia ha colaborado en la reconstrucción del puerto marítimo de Tartus, en Siria, que la flota rusa podría utilizar a partir de 2012 para desplegarse por el Mediterráneo. Un cambio de régimen dejaría en el aire el uso conjunto de una base naval muy importante para Rusia.

 

     2-    Miedo al contagio en Rusia o en el espacio post-soviético.

Aunque las circunstancias socio-económicas rusas son distintas de las de Egipto o Libia, a ninguna autocracia le agrada que el aroma a libertad altere el estado de las cosas. Particularmente sensible es la situación en el Cáucaso Norte donde siguen operando grupos rebeldes que ocasionalmente golpean con actos terroristas la capital rusa. En esas zonas el paro juvenil supera el 50 por ciento, los índices de corrupción son los más altos de la Federación y en regiones como Chechenia las fuerzas policiales se enfrentan a denuncias de graves infracciones de los Derechos Humanos. El contagio de las revueltas árabes traería aún más inestabilidad a la región y podría amenazar el poder de los hombres del Kremlin en la zona. Lo mismo podría ocurrir en otras potencias en el sur del Cáucaso, como Azerbayán, donde ya se han registrado algunas protestas y detenciones.

En Asia Central, la situación es más parecida a la de los países árabes donde se han registrado levantamientos. La mayoría de ellos son regímenes dictatoriales cuyos dirigentes llevan cerca de dos décadas en el poder. Hay enormes diferencias económicas, infraestructuras muy degradadas, una corrupción galopante y en muchos casos movimientos insurgentes islamistas, algunos de ellos conectados directamente con los talibanes afganos. Rusia pretende tímidas reformas para que estos tiranos no sean barridos del mapa, como ha ocurrido en Túnez o Egipto, lo que dejaría su patio trasero a merced de otras potencias extranjeras.

Mientras cientos de personas podrían estar muriendo a manos de las fuerzas de seguridad sirias, según denuncian algunas organizaciones humanitarias, todas estas razones se antojan innobles pero son las que deciden el camino a seguir. 

 

No creo que la promoción de la democracia o la defensa de los ciudadanos libios, sirios o tunecinos sean las principales preocupaciones de Washington y sus aliados, sino más bien cómo gestionar las revueltas para que afecten lo menos posible a su seguridad y a su economía, y para que desemboquen en una nueva relación de fuerzas que les beneficie en la zona. A través de sus aparatos de inteligencia y seguridad los estados trabajan para garantizar su supervivencia e intereses a largo plazo y al mismo tiempo se enfrentan a la compleja tarea de aparentar que mantienen en el exterior su compromiso con los mismos valores que defienden dentro de sus países. La ventaja de las dictaduras y las autocracias es que no tienen que enfrentarse a esas contradicciones. Lo que se ahorran en gabinetes de prensa y expertos en mercadotecnia.

Vereshchagin y el Salvaje Este

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Un ataque inesperado, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.

“Sus cuadros son el mejor seguro contra la guerra”, le dijo el káiser Guillermo II al pintor ruso Vasily Vereshchagin. En 1897, el emperador alemán asistía a la exposición del artista en Berlín, y sus lienzos sobre las campañas rusas en Asia Central plasmaban con exactitud fotográfica la barbarie de aquella y de todas las guerras. Un rostro de miseria y horror poco frecuente en las obras de la época, más propensas a ensalzar las grandes victorias y a adornarlas con coronas de laurel.

Pero Vereshchagin no era un pintor convencional. Su fascinante biografía muestra a un hombre mitad militar y mitad artista. Un amante de la aventura, viajero incansable, gran observador de las culturas asiáticas a las que retrató con vocación etnográfica y un antibelicista que se atrevió a desafiar al poder.

Se graduó en la Academia Naval pero abandonó durante un tiempo la vida castrense para dedicarse a la pintura, hasta que la guerra contra Turquía en los Balcanes le obligó a tomar las armas. Volcaría aquella experiencia en obras como ésta, en la que muestra el horrible coste de la victoria.

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Campo de batalla cerca del Paso de Shipka, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.

La guerra del Turkestán y la conquista de la última frontera.

Unas décadas después de que los colonos europeos se lanzaran al asalto del Oeste americano, Rusia se enfrentaba a la inmensa estepa, de igual modo que los cosacos encararon el vasto llano para conquistar Siberia en el siglo XVI y alcanzar el Pacífico, un siglo más tarde.

Derrotado en la guerra de Crimea, el ejército del zar veía en la campaña del Turkestán una oportunidad de redimirse y una misión civilizadora que buscaba someter a la región (Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y Kirguizistán), solar -entonces y ahora- de distintas tribus musulmanas, de origen turco en su mayoría. 

En 1867, la inquietud y el deseo de aventura empujaron a Vereshchagin a aceptar el ofrecimiento del general Kaufman, responsable de la campaña, que le propuso incorporarse a sus tropas en calidad de agrimensor. La empresa militar le convertirá en un valioso testigo de su tiempo. En sus lienzos plasmará una ofensiva sanguinaria y cruel, donde uno y otro bando alcanzan niveles similares de salvajismo. Una realidad bien distinta de la que se imagina en los salones de Moscú y San Petersburgo.

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Como cuenta el historiador británico Orlando Figes en El baile de Natasha, “el general Kaufman se enfureció tanto cuando vio los cuadros que comenzó a gritarle y a insultarle y llegó a atacarlo físicamente en presencia de otros oficiales. El Estado Mayor condenó los cuadros como una “infamia contra el ejército imperial” y proclamó que debían ser destruidos”.

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Por fortuna, la intercesión del zar permitió que sus obras hayan llegado hasta nuestros días, pero la campaña de desprestigio le obligó a dejar Rusia poco después, angustiado por decenas de amenazas de muerte. A partir de entonces dio rienda suelta a su atracción por el Este. Viajó a la India y cruzó a pie el Himalaya, retratando a las gentes del Tíbet.

Rusia le desterró y pasó el resto de su vida en Europa Occidental, hasta que en 1904 se le presentó la última oportunidad de regresar a Oriente. En plena guerra ruso-japonesa, el almirante Makarov le incorporó a su flota como pintor pero una mina hundió el buque en el que navegaba y murió ahogado, como la mayoría de la tripulación.

La vida de Vereshchagin no debió de ser muy diferente de la de muchos fotoperiodistas, cámaras de televisión y reporteros que hacen su trabajo en las zonas de conflicto. Con ellos comparte la obsesión por mostrar la guerra en toda su crudeza y desnudarla de artificios y oropeles. Inspirado por las historias de Tamerlán, el caudillo turco-mongol que apilaba los cráneos de sus enemigos muertos, Vereshchagin pintó una de sus obras más célebres: La Apoteosis de la Guerra. Un contundente discurso que resumía las experiencias de un hombre que vivió gran parte de su vida junto a la pólvora y la disciplina militar.

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La Apoteosis de la Guerra, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú. 

Carlos Franganillo


Para Sir Winston Churchill, Rusia era “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma” y puede que la percepción de Occidente no haya cambiado mucho.
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