El martes se enfrenta a su examen
más crucial el joven senador que en solo cuatro años logró quebrar la
que todo parecía indicar que sería la continuación en la Casa Blanca de
una de las sagas político-familiares en las tres últimas décadas
-primero los Bush y luego los Clinton-. La reválida para el primer
presidente negro; una máquina recaudando fondos -y además en cantidades
modestas, entre los estadounidenses y no entre las grandes
corporaciones-, un revolucionario en el uso de Internet y las redes
sociales en la movilización política. Pero lo que se juzga es su primer
mandato, su balance como presidente.
Hay muchos factores
que van a influir en el resultado del martes, pero la “sorpresa de
octubre” ha llegado con fuerza de huracán. Desde la Casa Blanca, si
tenían alguna duda de cómo no actuar ante Sandy, que ha dejado más de un
centenar de muertos y miles de millones en pérdidas, podían recordar
la falta de respuesta, y de eficacia, de la administración Bush ante el
huracán Katrina, que devastó Nueva Orleans. Es poco creíble que hayan
tenido que fijarse en aquel triste episodio. Simplemente han hecho lo
lógico. Lo irracional fue lo de Bush. El caso es que Sandy seguramente
habrá impulsado a algunos indecisos o independientes a decantarse por el
presidente demócrata, un empujón que, en la recta final, sumará para
una probable victoria.
Sandy le ha permitido a Obama
ejercer de presidente en plena campaña y dejar en evidencia a su
contrincante, que mantuvo sus mítines en Ohio y no supo reaccionar -o se
quedó sin capacidad de hacerlo-, y que en febrero, en las primarias
republicanas, había defendido suprimir la agencia Federal de
Emergencias, la FEMA. “Cada vez que podemos quitarle algo al Gobierno
federal y devolvérselo a los Estados, es un paso en la dirección
adecuada. Y si podemos trasladarlo al sector privado, mejor”, dijo
Romney. La realidad le ha desmentido.
Ha sido otra de
tantas entre las losas del pasado que ha arrastrado en esta campaña.
Como el video, oportunamente filtrado, en el que en un acto de
recaudación de fondos desprecia a casi la mitad de los electores, a los
que considera dependientes del Gobierno. El famoso 47% “que creen que
son víctimas y que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de
ellos, que piensan que tienen derecho a una cobertura sanitaria, a una
alimentación, a una vivienda, a todo lo que quieran". A puerta cerrada
les decía a un pequeño grupo de donantes: “mi trabajo no es preocuparme
por esta gente. Nunca les convenceré de que deben asumir su
responsabilidad y preocuparse por sus vidas. Lo que tengo que hacer es
convencer al 5% o 10% de gente que está en el centro y que son
independientes". Palabras muy contundentes, difíciles de sortear y de
olvidar, al menos con la misma facilidad con parece haber esquivado
muchas de sus contradicciones, a lo largo de la campaña, en función de
sus intereses, para ganarse al ala dura del Tea Party en las primarias.
Ejemplos son sus cambios de posición respecto al aborto, o a la sanidad,
olvidándose del plan sanitario que aprobó como gobernador de
Massachussets, similar al federal de Obama que luego ha criticado.
Una
de las claves de la victoria demócrata estará en la movilización de su
electorado, y sobre todo en que voten las mujeres, los hispanos y los
jóvenes que marcaron la diferencia hace 4 años. En Estados como Virginia
u Ohio puede significar la victoria.
Los datos nos dicen
que nadie llega a la Casa Blanca si pierde en Ohio, quizá el más
cotizado de los ‘swing states’, los estados indecisos o bisagra. En un
estado en el que el sector automovilístico también es fundamental, como
en el vecino Michigan, difícilmente olvidarán que Obama acudió al
rescate de las Big Three -General Motors, Chrysler y Ford-, todas con
sede en Detroit y evitó una debacle económica. Ohio tenía en 2009 un 10%
de desempleo y ahora está en el 7%, muy por debajo de la media nacional
que roza el 8%. Allí, además, los sindicatos tienen un peso importante y
no olvidan esas cifras, ni tampoco otra de las perlas de Mitt Romney,
quien entonces dejó por escrito en el New York Times: “Dejemos que
Detroit se declare en bancarrota”.
(http://www.nytimes.com/2008/11/19/opinion/19romney.html).
El
balance de Barack Obama es incuestionable, incluso para aquellos que
pensaron que había llegado a la Casa Blanca una especie de dios
omnipotente que le iba a dar la vuelta a Estados Unidos, cosa que dista
mucho de la realidad. Y para aquellos que con nuestra visión europea
pensaron que había llegado un socialdemócrata a la Casa Blanca. Ninguna
de las dos cosas eran ciertas, obviamente, y Obama no ha podido cumplir
muchas de sus promesas o deseos -como cerrar la ignominiosa cárcel de
Guantánamo, recuerden-, especialmente con un congreso hostil, de mayoría
republicana, en contra.
En su haber cuenta el fin del
mayor error de Bush, la guerra de Irak, con sus cientos de miles de
muertos, que en nada ayudó frente al terrorismo, más bien al contrario.
También con haber ‘encarrilado’ la salida de Afganistán en 2014,
aunque esa salida no será ni mucho menos parecida a la de Irak, y
seguramente el país asiático seguirá siendo un problema irresoluble en
el futuro, por el terrorismo, por la falta de una democracia real,
y de derechos para las mujeres, por los talibanes, tanto afganos como
paquistaníes... También se le recordará por el llamado Obamacare, a
pesar de sus limitaciones, que logró aprobar frente a una gran
oposición. En cuanto a la política exterior, Obama ha devuelto a Estados
Unidos parte del prestigio perdido en el mundo en el anterior mandato y
ha regresado a un multilateralismo mucho más realista en el mundo
actual. Y ha enfocado la lupa hacia el escenario en el que se
desarrollarán las estrategias, y las tensiones, en este siglo XXI: Asia y
el mar de China.
Esta vez puede que no se trate de
cambiar para que todo siga igual, sino de no cambiar para que en sus
últimos cuatro años sea Obama quien lleve a cabo el real change que
ofrece Romney, aunque en un sentido opuesto al del republicano. Quizá en
esto también rompa moldes y en su último mandato, Obama, en vez de ser
un ‘pato cojo’ logre dejar un legado a la altura -o cerca- de las
expectativas y esperanzas que trajo en 2008.
MIGUEL ÁNGEL SUÁREZ