2 posts de abril 2010

La primera remezcla de la historia

Escucha este programa de El Ambigú y descárgalo desde la Radio a la Carta de Radio 3 y RTVE.es. También puedes suscribirte al podcast.

Eso parece ser el You’re No Good, de Terry Riley. Al compositor minimalista le encargó un club de Filadelfia una pieza basada en You’re No Good, un petardazo de soul bailable de la Harvey Averne Dozen, editada en 1967 en el sello Atlantic. En otras palabras: le encargaron una REMEZCLA, concepto que no existía entonces: igual que todavía no se fabricaban los maxis de 30 centímetros, con una canción por cada cara, que resultaron el soporte técnicamente perfecto para que tales versiones extensas sonaran contundentes.

Como Riley solo era conocido entonces en los círculos de la vanguardia (y grababa además para la competencia, la rama clásica de Columbia), no tuvo acceso al máster de You’re No Good. Nada de trabajar sobre las diferentes pistas: lo suyo no fue digital sino manual. Hizo copias del tema en cinta y se dedicó al recorto y pego. A esa reconstrucción añadió sonidos electrónicos, generados por aparatitos elementales.

El resultado fue una versión gomosa de You’re No Good que duraba finalmente más de veinte minutos. No era práctico el pincharlo: se trataba de una cinta de carrete abierto, que requería un reproductor profesional. Y cuando se puso en la discoteca, se comprobó que no funcionaba como llenapistas; más bien, todo lo contrario.

La cinta quedó almacenada hasta el año 2000, cuando finalmente se publicó en CD, a través del sello Cortical Foundation. Y sonó el viernes en EL AMBIGÚ, para asombro de unos oyentes (“me quedé hipnotizada”) y consternación de otros (“¡vaya rayadura!”). Bueno comprobar que un compositor entronizado, como es Terry Riley, todavía pueda causar tal división de opiniones.

Hank Williams para desayunar

Escucha este programa de El Ambigú y descárgalo desde la Radio a la Carta de Radio 3 y RTVE.es. También puedes suscribirte al podcast.

Conviene puntualizar todo lo que hay detrás de las grabaciones (“THE UNRELEASED RECORDINGS”, Time Life/Naïve) que nutren esta edición del AMBIGÚ. En 1951, Hank Williams era tan popular en el mundo rural del Sur de Estados Unidos que una marca de piensos (Mother’s Best) le contrató para protagonizar un espacio radiofónico de quince minutos que se emitía todos los días laborables, a las 7 de la mañana, desde la potente WSM, en Nashville. Naturalmente, estaba pregrabado: Hank andaba de gira constantemente, machacando un cuerpo ya damnificado; moriría al año siguiente, sin hacer ruido, mientras su chofer le llevaba a otro bolo.

No faltan los registros de Hank cantando en la radio pero se sabía que estos programas tenían garra: salió fugazmente al mercado un resumen (“There’s nothing as sweet as my baby”) allá por 1999. Resueltos los obstáculos legales, se publicaron en una edición ejemplar, un estuche con 54 canciones -quedaron fuera otras 89- que incluyen presentaciones y, a veces, la voz del locutor. En EEUU, “The unreleased recordings” fue recibido como si fuera el Santo Grial.

También en Europa se pueden considerar como discos reveladores. Nos han vendido la imagen de Hank como rebelde trágico, alcohólico y morfinómano, adelantado del “rockabilly”; estas grabaciones borran la aureola de heterodoxia que algunos insistimos en atribuirle. Ya sabíamos que tenía un seudónimo -Luke The Drifter- para sus truculentos sermones musicales pero, demonios, casi la mitad de estas robustas canciones lleva mensaje religioso.

¿Condicionantes del patrocinador? Algo de eso puede haber. Esas emisiones iban destinadas a granjeros BLANCOS: aquí apenas hay ecos de su conocida querencia por el blues. De todos modos, Hank se muestra perfectamente cómodo: asombra la exuberancia ambiental, aunque la temática de la siguiente canción sea siniestra o aparezcan referencias a la terrorífica guerra que entonces arrasaba la península de Corea.

Una comercial alegría matutina que se corresponde con la energía sonora de los actuantes. Están maravillosamente grabados sus acompañantes: los Drifting Cowboys –violín, contrabajo, steel guitar, guitarra eléctrica, sin batería- echan chispas. Y Hank Williams canta con aplomo éxitos propios o ajenos (maravilloso su “Cherokee boogie”), trivialidades, piezas obscuras, himnos moralizantes del XIX, mapas de salvación, avisos para pecadores, temas comprados por unos pocos dólares.

Entre el drama existencial y el sentimentalismo llorón, Williams codificaba lo que hoy conocemos como country, en su más noble expresión: música proletaria, que refleja esperanzas y temores. Mientras sonaba Hank, el Sur se preparaba para otra jornada de trabajo.

El Ambigú


Preguntado por su biografía profesional, Diego A. Manrique es lacónico: "Escribo sobre música en prensa desde 1972.
Ver perfil »

Síguenos en...