2 posts de mayo 2010

Acero toledano contra el padrino del Funk

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Lo que escuchamos hoy es un concierto incandescente que nos traslada a 1974: James Brown explosionando en un estadio de Kinshasa, en la cumbre de sus poderes. James Brown fue la estrella del festival musical que sirvió para calentar el ambiente previo a Rumble In The Jungle, como se bautizó el legendario combate por el título mundial de los pesos pesados entre Muhammad Ali y George Foreman.

El concierto fue arrollador, como se comprueba en el programa. Pero aún más delirante resultó el vuelo que llevó a los artistas desde Estados Unidos al Zaire. Aparte de James y los JBs, viajaron los Jazz Crusaders, las Fania All Stars, las Pointer Sisters, B. B. King, los Spinners y alguien que, vaya, se llevaba mal con James Brown: el cantautor soul Bill Withers.

Desconfiado, James insistió para que el DC-8 llevara todo su equipo, a pesar de que los promotores -entre ellos, Lloyd Price y Hugh Masekela- explicaban que no era necesario, dado que habían instalado el mejor sonido posible para los visitantes. Se hizo su voluntad, con el resultado de que -en el aeropuerto de Nueva York- se quedaron los baúles de vestuario de otros artistas.

James Brown exigió tratamiento de realeza y copó la primera clase con su sequito, aunque el piloto rogaba que todos los viajeros, para equilibrar el exceso de peso, ocuparan asientos de clase turística. Ni las ordenes de las azafatas ni los ruegos de sus colegas consiguieron hacerle cambiar de lugar.

Cuando el avión hizo escala en Madrid, James armó el taco. Llevaba un tocadiscos portátil y lo puso a todo volumen en la zona de tránsito, transformada en una discoteca improvisada. Exclusivamente con su música, claro.

Sus compañeros no sabían donde meterse. Pero el modoso Bill Withers decidió pasar a la acción: fue a una tienda de souvenirs y -eran otros tiempos- compró una daga toledana. Según alguna versión, una vez en el aire, Bill amenazó con el arma a James y consiguió que se instalara con el resto de los músicos. Otros recuerdan que toda la ira de Withers no consiguió romper el anillo de sicofantes que protegía al Padrino del Funk.

Pero todos coinciden en que James Brown era todo bisnes y nada dado al relajo. El concierto que hoy suena se celebró el 23 de septiembre y, al día siguiente, James y su corte se marcharon del Zaire.

Muchos expedicionarios se mostraron asombrados: el cleptócrata presidente Mobutu había invitado a los artistas a quedarse en el país, todos los gastos pagados, a ver el duelo entre los boxeadores (que finalmente tuvo lugar el 30 de octubre, debido a una lesión sufrida por Foreman durante el periodo de aclimatación). Pero James Brown no tenía tanto tiempo para perder: “yo ya me he ganado el sueldo, no voy a quedarme a esperar a que Ali se gane el suyo”.

El infierno estaba en la Costa Azul

En 1971, los Rolling Stones escaparon de la Hacienda británica. Se convirtieron en exiliados fiscales: debían millones en concepto de impuestos y sus arcas estaban vacías. También les incordiaba Allen Klein, antiguo manager que, aparte de quedarse con todas sus canciones de los sesenta, quería hacerse con los derechos de temas todavía inéditos. Por no hablar de la policía inglesa, siempre dispuesta a cazar presas fáciles (y que detenía a algún rollingstone cada año).

Se refugiaron en la Costa Azul, donde grabaron lo esencial de Exile on Main Street, su álbum más mitificado. Un disco que debió superar los obstáculos de la gendarmería francesa, los mafiosos marselleses, una corte de parasitos y, sobre todo, sus propios vicios.


En los programas de R3 te hemos informado que Universal ha reeditado Exile on Main Street en versión adecentada (CD sencillo), con la opción de conseguir una decena de piezas inéditas (CD doble) y material audiovisual sobre aquella época turbulenta (en la caja a todo lujo).

Se trata de una pequeña venganza de Mick Jagger: a él se le atragantó el Exile original, por su sonido pantanoso y su caótica elaboración. Y eso que, tras su publicación en 1972, el doble elepé ocupó el número uno en los países decisivos para el grupo pero Jagger nunca disimuló su antipatía: “es muy disperso…conviene escucharlo en pequeñas dosis…suena demasiado crudo”.

Por su parte, Keith Richards considera Exile un logro personal, aunque no lo expresa en los términos apropiados para ganarse un título de Sir: “hasta arriba de caballo y fui capaz de sacar adelante un doble disco”. Adviertan que habla en primera persona: aunque ya había canciones registradas en Inglaterra –las que quería pillar Allen Klein- y el disco se remataría en Los Ángeles, el tono general se definió en Nellcôte, el palacio que Keith alquiló cerca de Villafranche-sur-Mer.

Dado que el resto del grupo vivía en otros puntos de la Costa Azul, aquello se convirtió en un piso franco para todos los Stones. Eso sí, Keith les cobraba una cantidad por la cama y la comida. Imposible negarse: estaban obligados a esperar a que el señor de la casa saliera de su estupor narcótico y se dignara bajar al sótano que se adoptó como estudio de grabación.

Ah, el maldito sótano. Un espacio insalubre: el título primero de Exile era Tropical disease (Enfermedad tropical). En realidad, el sótano consistía en varias habitaciones que resultaron infernales: no había refrigeración. Solo Charlie Watts, detrás de su batería, se beneficiaba de un ventilador; a veces, el calor podía más que la dignidad y terminaban trabajando en calzoncillos.

El palacete no estaba preparado para aquellas labores: hubo que vampirizar la energía eléctrica de los cables que alimentaban una línea de los ferrocarriles franceses. Aún así, el presupuesto de Nellcôte se acercaba a los siete mil dólares semanales, incluyendo provisiones industriales de drogas y alimentación.

Aparte del equipo técnico (el ingeniero Andy Johns, el productor Jimmy Miller), estaban los refuerzos instrumentales: el teclista Nicky Hopkins, el trompetista Jim Prince, el saxofonista Bobby Keys y hasta unos músicos bengalíes, los Bauls, que finalmente no aparecieron en el disco, aunque –¡bienvenidos al Trivial!- se les puede ver en la portada de John Wesley Harding, el primer elepé de Dylan tras el accidente de moto.

Enamorado del papel de patriarca de la caravana de gitanos, Richards abrió las puertas de Nellcôte a una tropa peligrosa. Cabe imaginar las intrigas y los codazos para ganarse su favor: Gram Parsons, su alma gemela, terminó siendo expulsado –en compañía de su novia- de aquel Edén para drogotas.

Hubo visitantes ocasionales, como los escritores William Burroughs y Terry Southern. Y malas hierbas: temeroso de los delincuentes locales, Richards decidió “contratarlos”. Asistieron en primera fila a dramas conyugales: Anita Pallenberg se paseaba semidesnuda, doliéndose de que Keith prestara más atención a las drogas que a sus necesidades sexuales. Se susurra que ella violó las más elementales normas de prudencia al inyectar heroína a una menor de edad, hija del cocinero de la casa.

¿Se enteraba Keith? Él tampoco estaba muy fino. Tenía ventoleras: pensó en comprar el yate de Errol Flynn, anclado en las cercanías. No aspiraba a la piratería sino al comercio: navegaba hasta los barcos, militares o civiles, para preguntar a los tripulantes si tenían hachis u opio. Sus salidas en coche eran igualmente absurdas: podían terminar en peleas que se arreglaban soltando dinero a diestro y siniestro. Pero la policía local, acostumbrada a las excentricidades de los millonarios, fue altamente tolerante. Sólo se alarmó cuando, tras un torpe intento de chantaje, se comprobó que Nellcôte ya era un imán para traficantes al por mayor. Sin olvidar a los ladrones: sufrieron varios robos, incluyendo la dolorosa desaparición de una docena de guitarras y algunos saxos.

El ambiente interno era igualmente volátil. Mick Jagger se acababa de casar y su esposa, Bianca Pérez, detestaba aquel ambiente decadente. También Bill Wyman se cansó de tantos días perdidos y acudió lo mínimo: prefería pasar las horas muertas con el pintor Marc Chagall. Y aún así, brotó la música. Eran canciones sucias, espesas, intensas: Happy, Rocks off, Rip this joint, Casino boogie, Ventilator blues y lo que sería el mayor éxito del disco, Tumbling dice.

La llegada de la policía provocó la desbandada. Todos pusieron cara de yo-no-he-sido: las responsabilidades recayeron en Anita y Keith, que finalmente tuvieron que lidiar con las autoridades francesas. Sus abogados les sugirieron que siguieran como inquilinos de Nellcôte, por aquello de las apariencias de inocencia, aunque ya no se atrevieran a vivir allí. En ese momento, Jagger trasladó el proyecto a Los Ángeles, donde se hizo lo que se pudo por iluminar las cintas del sótano, aparte de registrar temas como Torn and frayed, Loving cup o I just want to see his face. En la operación trabajaron eficaces coristas y músicos como el organista Billy Preston, el contrabajista Bill Plummer y un tal Amyl Nitrate (se trataba de Didimus, un colega de Dr. John que tocaba marimba).

Con todo, Jagger lleva Exile on Main Street clavado en el recuerdo. Fue exactamente en ese momento cuando los Stones perdieron la eficiencia como grupo de estudio. Las grabaciones pasaron a depender de los biorritmos de un Keith Richards cada vez más colgado de las drogas, esclavo igualmente de su turbia leyenda: urge recordar que, hasta entonces, el guitarrista estaba eclipsado mediáticamente por Mick y el desdichado Brian Jones; a partir de una entrevista para Rolling Stone, hecha precisamente en Nellcôte, se sientan las bases de Keef El Terrible, el Riff Que Nunca Duerme, el Guitarrista Armado….

A partir de Exile, la baja productividad de los Rolling Stones en el estudio hubiera escandalizado a los maestros negros de la banda. Eso quizás explique la reticencia de Jagger a publicar tomas alternativas, temas desechados, experimentos inacabados: la indolencia de Keith propiciaba un despilfarro de tiempo, dinero, energías. Así que el actual upgrade de Exile On Main Street supone toda una novedad para los Rolling Stones.

Mick se ha tomado el trabajo de repasar lo que sobró de las sesiones y ha puesto a punto diez cortes inéditos, grabando nuevas voces si era necesario y añadiendo a su coristas favoritas (Linda Fisher, Cindy Mizelle). Hay piezas que suenan más a Rolling Stones Marca Registrada que al descontrol de Exile pero son las prerrogativas de quién finalmente ha puesto manos a la obra.

Eso es lo que suena hoy en EL AMBIGÚ. Versiones alternativas de Soul survivor y Loving cup más la primera encarnación de Tumbling dice, titulada Good time women. Entre las novedades absolutas, una aventura moruna llamada So divine (Aladdin story) y cositas tan apetitosas como Pass the wine (Sophia Loren), Plundered my soul, I’m not signifying, Following the river o Dancing in the light.

Va en contra de los instintos de Jagger el revisar el pasado aunque –¡alma comercial!- asegura que, si las ventas le acompañan, puede volver a intentarlo. Según algunos, el archivo de inéditos de los Rolling Stones podría ser el verdadero Santo Grial del rock, pero Mr. Jagger no comparte esa opinión.

El Ambigú


Preguntado por su biografía profesional, Diego A. Manrique es lacónico: "Escribo sobre música en prensa desde 1972.
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