"Hermanos y enemigos": del amor al odio en poco tiempo
Hace unos días recibí un correo de una buena amiga en el que me recomendaba que viese el documental "Hermanos y enemigos". La comenté que lo tenía grabado y solo esperaba un buen momento para verlo. Por fin lo he tenido. Me he sentado tranquilo a disfrutarlo y, como me imaginaba, éste no me ha defraudado.
"Hermanos y enemigos" narra la historia de dos de los mejores jugadores europeos que ha habido, Drazen Petrovic y Vlade Divac; de su pasión por el baloncesto, de su amistad y de cómo ésta termino deteriorándose por culpa de la 'Guerra de los Balcanes' que destruyó la antigua Yugoslavia.
Yo era muy pequeño cuando Petrovic empezó a despuntar, pero tengo bastantes recuerdos de ello. Me acuerdo cómo le hizo la vida imposible al Madrid mientras jugaba en la Cibona, lo que supuso su fichaje por los blancos y también su polémica forma de marcharse a la NBA. En Estados Unidos, el escolta sufrió en los Blazers para consagrarse en los Nets, hasta que un fatídico accidente de tráfico el 7 de junio del 93 acabó con su vida.
Siempre he pensado que Petrovic ha sido el mejor jugador europeo de la historia. Solo Sabonis y, ahora, Gasol se le pueden acercar, pero el croata tenía algo más. Tenía ese gen competitivo que no le dejaba parar, que hacía del baloncesto una obsesión que, seguramente, le habría llevado a ganar un anillo de la NBA. El problema es que esto nunca se sabrá.
Si sabemos que el escolta formó parte de la mejor selección que haya podido existir en el baloncesto FIBA. La Yugoslavia de Petrovic, Paspalj, Kukoc, Radja y Divac era un equipo inigualable, creo que un escalón por encima de la URSS de Sabonis y la España de Gasol y Navarro. El problema es que apenas la pudimos disfrutar. En 1988 empezaron a despuntar y en 1991 se acabó ese equipo mágico. La guerra tuvo la culpa de ello.
La desmembración de Yugoslavia rompió aquel conjunto, pero también una gran amistad, como la que forjaron Petrovic y Divac. Un gesto del pívot, quitando a un seguidor una bandera independentista croata cuando la selección yugoslava ganó el Mundial de Argentina en el 90, tras haberse hecho con el Europeo de Zagreb un año antes, lo mandó todo al garete.
Los dos amigos se separaron, en gran medida porque Petrovic lo quiso así. El escolta tomó esta acción del pívot como una ofensa y se comenzó a distanciar. De nada sirvió su confraternización de jóvenes, cuando compartían habitación en las concentraciones del equipo nacional. Tampoco valieron los títulos juntos o el juego preciosista de aquel conjunto. Ni siquiera las largas conversaciones telefónicas cuando Divac triunfaba en los Lakers y Petrovic sufría sin jugar en los Blazers se podían recordar. El sentimiento nacional pudo más.
En 1993 Petrovic falleció dejando un vacío brutal. Viajaba en coche con su novia por Alemania para reunirse con la que era su nueva selección, la croata, a la que un año antes había guiado a la plata olímpica en Barcelona. Su juego se acabó para siempre, dejándonos huérfanos de su clase, de su lucha, de su rabia y, también, de esa chulería que solo un jugador tan colosal como él se podía permitir.
Mientras tanto Divac siguió haciendo carrera en la NBA. Fue traspasado por los Lakers cuando éstos eligieron a Kobe en el draft. El pívot desarrolló su mejor baloncesto con los Kings, en los que junto a Webber, Bibby y compañía entusiasmó con un juego bonito, rápido, listo y elegante que, por desgracia, no tuvo el premio final del título. Precisamente el equipo angelino de Kobe y Shaq lo impidió en unos años que quitaron mucho sueño a la persona que escribe estas líneas.
La historia nos deja pues a dos amigos que triunfaron juntos y por separado, que nos hicieron disfrutar y que, hoy podemos decir, que forman parte de la élite baloncestística mundial. La gran pena es que una a otro no se lo puedan contar.
Cuando Petrovic murió, su relación con Divac era prácticamente inexistente. Seguramente si este fatídico hecho no hubiera pasado la habrían logrado retomar. Una guerra lo impidió. Los sentimientos políticos pudieron más que una amistad. Un hecho más que nos debe hacer recapacitar.
Defender unos colores, una bandera puede y debe ser un orgullo, pero no tiene que alejar. Puede que un día nos arrepintamos y sea demasiado tarde para poder cambiar. Drazen y Vlade nos lo acaban de demostrar.



