Vaya metedura de pata

    domingo 25.oct.2015    por Juanma Romero    3 Comentarios

Basta que lleves años haciendo algo y creas que lo dominas, para que se produzca cualquier imprevisto y te des cuenta de que eso del dominio era pura ilusión. Un baño de humildad no viene nunca mal.

Voy a contarte algo que me pasó hace dos semanas, patético. Y te lo cuento porque si yo soy de los que pregonan que hay que ser humildes, eso se hace con el ejemplo; y qué mejor ejemplo que reconocer nuestros errores para que no se repitan.

Hace unos días me invitaron a presentar una entrega de premios. Estaba lo más florido del capital de Madrid, del capital y de la capital, empresarios, banqueros, emprendedores, periodistas y un ministro. Lo cierto es que yo iba algo incómodo porque llevaba más de una semana con gripe. La garganta la tenía bastante mal.

Previamente por la mañana me acerque a una tienda que hay en el centro de la ciudad para comprar unos caramelos de miel. Me recomendaron que, en vez de caramelos, mejor utilizase un aerosol que me vendieron en la misma tienda. Así lo hice.

Lo cierto es que no dejaba muy buen sabor de boca el dichoso aerosol, pero lo importante era que la garganta mejorarse. Me habían recomendado que lo utilizase dos o tres veces a lo largo del día, pero yo, en mi inmensa sabiduría, decidí usarlo en una veintena de ocasiones en menos de ocho horas.

Llegue al acto con tiempo de sobra para ensayar y repasar el guion. Todo estaba correcto. A las ocho en punto llegó el ministro que presidía el evento y empezamos. Bueno empecé yo, a leer el texto que tenía preparado.

No habían pasado ni veinte segundos cuando la lengua se me pegó al paladar. Prácticamente no se me entendía a pesar de los grandes esfuerzos que hice para despegarme la lengua abriendo más la boca y Dios sabe cuántas cosas más. El texto era de unos dos minutos, que me resultaron interminables. Todo un suplicio.

En cuanto di paso a la primera persona que tenía que intervenir me retiré y bebí agua, toda la que pude ingerir. La situación mejoró sustancialmente, aunque cuando terminé el acto no salí nada satisfecho.

Mientras hablaba la primera de las personas que tenían que intervenir repase lo que había ocurrido durante el día y le eché la culpa al maldito aerosol. Aunque el culpable último era yo por pasarme con la dosis.

Di paso al siguiente que tenía que intervenir y, detrás del escenario, seguí bebiendo agua y echando la culpa al maldito aerosol. Pero resulta que el aerosol no tenía la culpa. Era toda mía.

A mediodía había comido con dos amigos. Magnífica comida, y excelente filete regado de sal. Cuando caí en la cuenta me daban ganas de darme de cabezazos contra la pared, pero no era el momento adecuado porque la sala estaba llena de gente. La culpa no la tenía el aerosol, la tenía yo. ¡Cómo es posible que después de tantos años no hubiese tenido la precaución de no tomar nada salado horas antes de hablar en público! Muy sencillo, por exceso de confianza. Un exceso de confianza que no se repetirá nunca, y que puede hacer que pierdas precisamente eso, la confianza en ti mismo.

Está claro que no volverá a ocurrir. Se acabó el filete con sal 24 horas antes de hablar en público. Esto me pasó por listo, por pensar que lo tenía todo controlado y no caer en la cuenta de que la sal es como el Loctite, que te pega la lengua al paladar y no hay quien los despegue. Está claro que esto no se va repetir, pero pasó.

Como te puedes imaginar me disgusté un montón, y salí cabreado del acto. Pero disgusto y cabreo no me duraron más de diez minutos porque no había sido tan grave y, además, había recibido una buena lección que nunca viene mal.

No me había pasado lo peor que podría haber ocurrido. Lo pero habría sido morirme, algo que no estaba en mis planes. Todo lo demás, como la vida misma, es relativo, pero que no se repita.

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Juanma Romero   25.oct.2015 13:06    

Déjame en paz y no me des más consejos

    domingo 11.oct.2015    por Juanma Romero    0 Comentarios

Mi amigo Paco es de esos a los que les encanta aconsejarnos a los demás lo que tenemos que hacer. Ante la mínima oportunidad ya te está diciendo como tienes que comportarte y vivir. ¡No te gastes el dinero en esto, sino en esto otro! Así podríamos resumir su actitud.

Es un buen amigo, pero algo pesado. Te dice hasta qué marca de tabaco tienes que fumar, aunque no fumes. No importa, el caso es aconsejarte. Se ve que no ha aprendido la diferencia entre dar un consejo y dar una opinión. Y mira que se lo he explicado veces, pero nada, sigue en sus trece.

Yo nunca doy consejos, excepto a mis hijos que, dicho sea de paso, no me hacen ni puñetero caso. Generalmente doy opiniones, pero solo si me las piden.

Lo cierto es que por mi trabajo hay muchos emprendedores que me llaman para que nos veamos y contarme su plan de negocio para que yo les diga si van a tener éxito o no. ¡Cómo si yo fuese Dios o su mano derecha y lo supiese todo!

Por supuesto, me reúno con ellos porque todo el mundo tiene derecho a que le escuchen. Y yo escucho, pacientemente. Procuro interrumpirles durante su intervención para que me aclaren dudas o amplíen algún dato. Despliego todos mis conocimientos para generar un buen ambiente y escucha activa, los mismos que enseño en mis cursos y los que trato den enseñar a mis hijos, en este último caso sin el éxito que a mí me gustaría.

Y al final les doy mi opinión, nunca consejo. Se la doy porque previamente me la han pedido, y soy sincero.

La diferencia entre opinión y consejo está en que una opinión es simplemente decir lo que yo pienso, reconociendo que puedo estar equivocado o que quizá no sea lo más adecuado para la persona con la que estoy hablando. Pero es mi opinión. Les digo lo que pienso y lo que yo haría, pero nunca les digo lo que ellos deberían hacer. Al fin y al cabo yo no me juego los cuartos, y ellos sí.

El consejo es algo mucho más serio. Es decirle a la otra persona lo que debería hacer, cómo debería comportarse y casi obligarle a ello. Deberías dejar de fumar, deberías comer este tipo de alimentos o deberías…

Pero ¿quién soy yo para decirte a ti lo que tienes que hacer?

Qué, ¿nos aplicamos el cuento?

 

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Esta entrada es solo un pequeño complemento de las anteriores y de las que vendrán más adelante. Un cambio para pasar de persona a personalidad o una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr visibilidad y magnetismo personal.

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Juanma Romero   11.oct.2015 15:25    

Por favor, respeta mi espacio personal

    domingo 7.jun.2015    por Juanma Romero    3 Comentarios

 

Uno de los caminos más rápidos para lograr dejar una mala impresión de ti es que no respetes el espacio personal de tu interlocutor. Es muy incómodo sentir como te invaden, es como si te atacasen. Bueno, en realidad es un ataque en toda regla.

El nivel de estrés puede llegar a ser tremendo, hasta el punto de que te veas obligado a apartar a esa persona con tus propias manos. Piensa que la medida del espacio personal varía según las culturas y las situaciones, es cuestión de sentido común. Aun así, aceptamos excepciones en ciertas situaciones como el metro, el autobús o un ascensor abarrotados.

Recuerda que lo que buscamos es ser carismáticos, sobresalir de los demás, pero para bien. Y eso se logra respetando unas normas básicas de buenas maneras. Una persona carismática es aquella que logra que los otros se sientan bien cuando están a su alrededor, y un elemento esencial es, precisamente, el respeto del espacio personal del otro, que viene a ser como su intimidad.

Esto, como todo en la vida, se aprende. Nadie nace enseñado. Se aprende a respetar el espacio personal del otro y, sobre todo, se aprende a detectar cuando se le está molestando. Si ves que alguien con quien estás hablando se separa ligeramente de ti es porque necesita más sitio, necesita respirar y tú se lo estás impidiendo.

Ni se te ocurra volver a arrimarte a esa persona si has detectado que se está separando; se respetuoso con ella  a no ser que quieras crear una situación incómoda y que puede provocar su huida hacia otro lugar de la sala donde estas. Si no puede huir porque has cometido la intolerable imprudencia o falta de respeto de poner tu brazo sobre la pared impidiéndole la salida lo que lograrás es cabrearle y que se ponga de mal humor; por supuesto, lo pagará contigo y tú te lo habrás ganado a pulso.

Claro que esto no sirve para todas las situaciones. Solo para aquellas en las que cuando estás invadiendo el espacio del otro lo haces inconscientemente y sin mala intención.

Porque también se dan otros supuestas. Justo el contrario es que alguien invada ese espacio a propósito para molestar. En ese caso estará intentando provocar tu reacción que puede ser de lucha o de sumisión. Si es tu jefe puede que intente intimidarte. No te cortes en apartarle lentamente, con delicadeza, y si vuelve a intentar invadir tu espacio pídele amablemente que se separe un poco de ti; si lo haces amablemente tienes más posibilidades de lograrlo que si lo haces enfadado, porque si estás enfadado el otro, probablemente, habrá logrado lo que quería.

Para que compruebes lo que te digo te propongo un ejercicio muy sencillo. Siéntate enfrente de otra persona, a metro y medio de distancia. Ponte en una postura de 90 grados, que es una de las posturas en las que nos sentimos más confortables. Este es un ejercicio que puedes hacer con tus colegas de trabajo o amigos cuando dispongas de media hora. Empieza la conversación sentándote junto al otro. Tras unos minutos siéntate a su lado, en vez de enfrente. Podrás comprobar la diferencia, porque ahora te sientes algo o bastante incómodo. Después de unos minutos vuelve a la posición inicial. Presta atención a cómo influye todo esto en su estado de ánimo y confort.

Y recuerda, no invadas mi espacio personal, respétalo.

Juanma Romero    7.jun.2015 13:12    

Perdóname, yo no quería…pero

    domingo 24.may.2015    por Juanma Romero    2 Comentarios

 

Todos cometemos errores y hacemos cosas que no deberíamos haber hecho. En ocasiones nos arrepentimos y otras veces no. El daño causado solo depende del color del cristal con que lo miremos. No es el mismo dolor para quien comete la ofensa que para quien la recibe.

Generalmente nos negamos a reconocer que hemos cometido un error porque la culpa es del otro, no nuestra. Y encima se enfada porque hemos tomado la iniciativa para mejorar una situación que nosotros sabemos a ciencia cierta que no era la adecuada. Él no lo sabe, porque es un cabezón, pero yo le he hecho un favor; o al menos eso creo. Total, he decidido por ti porque tú no sabías actuar y no sabes solucionar tus propios problemas; ni siquiera te habías dado cuenta de que tenías un problema. Yo decido qué es bueno y qué es malo y tú tienes que aceptarlo porque sé más que tú y no tienes ni puñetera idea.

Además lo hago con buena intención. El problema es que se me ha olvidado que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Y yo debería saber que la buena intención no es, ni mucho menos, suficiente, para actuar. Hay que utilizar el sentido común y ser respetuoso con los demás.

No sería la primera vez que una familia se rompe porque uno de sus miembros decide lo que es bueno y malo para el resto, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Los seres humanos tenemos tal tendencia a la prepotencia que siempre pensamos que la razón está de nuestra aparte y no solemos aceptar nuestro error. Nos falta humildad.

Y cuando lo aceptamos esperamos que el otro lo olvide sin más. Bien, el otro debe ser tolerante y, quizá, debería perdonar según el error cometido y el perjuicio causado. Pero eso no significa que tú te vayas de rositas. Tenemos que ser tolerantes, empáticos y todo lo que tú quieras, pero también está claro que tienes que pagar el peaje por lo que has hecho.

Lo mínimo que se puede esperar si te has equivocado es que reconozcas el error en público. No se trata de humillarte sino de poner las cosas en su sitio. Si pretendes que te perdonen por algo malo que hayas hecho, lo primero es reconocer el mal causado y pedir perdón.

No pretendas que sea yo, que soy el perjudicado, quien dé su brazo a torcer y te perdone esa maldad sin más. No se trata de torcer brazos sino de buscar una solución y eres tú quien tiene que buscarla, con la esperanza de que la otra parte sea tolerante y deje de lado esa rencilla, por muy grave que haya sido.

Pero primero pide perdón y luego no lo vuelvas a repetir.

Quizá sea difícil que te perdonen, pero no imposible. Fácil no va a ser, esto parece claro. Lo primero es pedir ese perdón de corazón. Solo te lo darán si el daño causado no ha provocado una situación irreversible. Lo lograrás si el perjudicado percibe que lo dices de corazón y no para pasar un trámite, y que no vas a volver a caer en ese error.

¿Quieres que te perdone? Por supuesto, pero primero pídemelo; luego… ya veremos.

 

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Juanma Romero   24.may.2015 14:38    

Vuelve a ganarte mi atención a cada instante

    domingo 10.may.2015    por Juanma Romero    1 Comentarios

Cuando hablamos ante una audiencia pensamos que con ganarnos al público al principio es suficiente. Y en realidad esa creencia no es más que un error de principiante. Está muy bien ganártelos nada más empezar, es fundamental para que todo vaya bien, pero te los tienes que seguir ganando cada cierto tiempo para que no se despisten y empiecen a ponerte los cuernos con el móvil, que se ha convertido en el gran enemigo de cualquier orador.

Y para que estén a tu lado debes mostrar tus emociones y pensar que estás hablando a personas no a máquinas. Y eso significa que, además, tienes que sustituir tus pensamientos negativos por otros positivos y debes estar convencido de que tú puedes hacerlo. Si no es así, no hay nada que hacer; mejor dedícate a otra cosa. Lo primero es estar convencido de que tú puedes hacerlo, y luego ya vendrá el resto.

Y no me refiero a las personas que nos dedicamos profesionalmente a dar charlas sino a todos los que en un momento dado se han de enfrentar al público porque tienen que presentar un producto o las cuentas de resultados de su empresa, por ejemplo.

Para triunfar al hablar en público no le des a las cosas más importancia de la que realmente tienen; o mejor aún, quítale hierro a esos errores que comentes. Porque en ocasiones erramos y pensamos que todo el mundo se ha dado cuenta. Lo cierto es que, probablemente, nadie lo habrá notado. Y si se han percatado, tampoco pasa nada; todos somos humanos y nos equivocamos.
El único error que no puedes cometer es no preparar concienzudamente tu exposición. Tienes que ensayar, ensayar y ensayar. Y conocer tus limitaciones. Desde mi punto de vista es lo principal para llegar al público que tienes delante.

Piensa que hay estudios que demuestran que nuestro pensamiento trabaja a una velocidad cuatro veces superior a la palabra hablada. Es decir, en un minuto el oyente necesita quince segundos para captar lo que decimos en ese minuto.

Generalmente el orador experimentado y con recursos lo sabe y, además, no mira a todo el auditorio y se limita a buscar aliados. Lo que hace es buscar a su alrededor un rostro amable. Incluso en un entorno hostil siempre hay alguien de quien podemos obtener una sonrisa amistosa o tolerante. Es a esa persona a la que debemos hablar, aunque sin olvidar mirar a todos con la denominada ‘mirada del faro’.

Utiliza sustantivos que puedas visualizar: mar, coches, casas, montañas y evita siempre que sea posible utilizar nombres abstractos como libertad, amor, fuerza, independencia. Y construye frases simples, con sujeto verbo y predicado.

Escribe tu historia y léela, vuelve a leerla y empieza a memorizarla. Sigue así hasta que puedas decir la historia sin leerla. Comienza a ensayarla delante de un espejo. Graba tus ensayos y luego los revisas, busca tus errores y debilidades y averigua cómo mejorar en esos aspectos. Llegarás a dominar la situación y saber cuándo debes acelerar, disminuir la velocidad, subir la voz, bajarla, etc. Evita siempre que puedas dar datos, Las personas no queremos datos, queremos historias que nos lleguen al corazón.

Si llegas a mi corazón habrás convencido.

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Juanma Romero   10.may.2015 13:27    

Pero qué difícil es iniciar una conversación…

    domingo 26.abr.2015    por Juanma Romero    2 Comentarios

 

Muchas veces hemos tenido interés en hablar con alguien y no nos hemos atrevido a dirigirnos a esa persona. En parte es miedo y vergüenza, pero sobre todo se trata de falta de técnica para comenzar a hablar con otros.

Lo primero que hay que pensar es que si no das ese primer paso no vas a poder profundizar en esa relación que tanto te interesa. Viene a ser algo parecido a lo que les ocurre a los quinceañeros cuando les gusta una chica, o un chico. Ellos no hablan porque les da corte y el resultado no es otro que se quedan sin la chica, o sin el chico, porque hay otro quinceañero más avispado, que sí inicia la conversación.

En el mundo de las relaciones sociales y los negocios los adultos sufrimos una situación similar. Nos da reparo acercarnos a hablar con esa persona que tanto nos interesa no sea que vaya a pensar que somos unos frescos o cualquier otra cosa.

La decisión que debes tomar es elegir entre la remota posibilidad de que piense que eres tonto o un caradura o no iniciar ese contacto. Tú elijes.

Si te decides a iniciar esa conversación y utilizas la técnica adecuada, tendrás el camino medio hecho. Cuando comiences a hablar con esa persona intenta hacerlo con algo positivo. No le preguntes por su divorcio ni por los diez millones que ha perdido su banco en una operación fallida.

No seas acaparador e intenta que en tu conversación aparezca más la palabra “tu” o “vosotros” que la palabra “yo” o “nosotros”, a no ser que ese “nosotros” le incluya tanto a él como a ti.

Benjamín Disraeli, que era un magnifico conversador, y conocía muy bien al ser humano, sobre todo como funciona su ego, decía: “háblale a un hombre de su persona y te escuchará horas enteras”.

También es esencial que intentes adaptarte al lenguaje de tus clientes, tus jefes, etc., para conseguir romper la barrera que os separa.

Y si de lo que se trata es de dejar un buen sabor de boca al final de esa conversación, tu obligación es generar ese magnetismo que dejará una magnífica impresión. Por cierto, intenta no ser pesado. No esperes demasiado para finalizar tu charla, porque es mejor que el otro o los otros se queden con ganas de más a que piensen “a ver cuándo acaba este pesado” o “a ver si acabamos ya”.

Puedes terminar una conversación diciendo que tus obligaciones te reclaman en otro sitio, etc. Y también ofreciendo algo valioso (tranquilo no hablo de valor material, aunque también podría darse el caso). Ofrece información de interés en un artículo o web, conecta a esa persona con otra de la reunión, invítale a visitar la organización a la que perteneces o reconoce su trabajo diciendo lo interesante que te resulta.

Ofrecer algo valioso te permitirá dejar un buen sabor de boca y quedarás como alguien generoso. Es posible que una semana después tu interlocutor no recuerde de qué estuvisteis hablando, pero le quedará un buen recuerdo de ti, una buena sensación.

Procura no acaparar a una persona o un grupo durante mucho rato, y menos si se trata de una persona importante y ves que hay otros reclamando su atención. Y tampoco te atasques en un único tema. La conversación no debe ser un discurso ni mucho menos aún centrarse en uno mismo. Evita convertirte en un pedante, un egocéntrico o un enterado. No interrumpas cuando alguien cuente una noticia o una anécdota por muy informado que estés o por muy identificado que te sientas con ella.

Cuando te vayas a entrevistar con alguien no monopolices la conversación, más bien al contrario. A la gente le gusta más hablar que escuchar. Sé listo y déjale que hable. Si tocas un punto de interés para él o para ellos ya casi no hará falta que intervengas tú. Por muy locuaz que seas y por mucho que te interese el tema y lo conozcas, intenta ceder el protagonismo a los demás, que no solo te aportará nuevos conocimientos sino que te abrirá muchas más puertas.

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Juanma Romero   26.abr.2015 13:42    

La cara sigue siendo el espejo del alma

    domingo 12.abr.2015    por Juanma Romero    0 Comentarios

 

La cara es parte esencial de nuestra comunicación tanto verbal como no verbal. A ella se dirigen casi siempre las primeras miradas de nuestros interlocutores, buscando nuestros ojos. Aunque antes que los ojos nos encontramos con los labios, la boca. La forma de coordinar todos esos elementos y sus movimientos dirá mucho de nosotros. Generalmente no caemos en la cuenta de que la persona que nos está mirando nos escruta sin que ella sea consciente de que nos está sometiendo a ese exhaustivo examen. En menos de un segundo se ha hecho una primera idea de nosotros.

Debes prestar mucha atención a las expresiones faciales de la persona con la que estás hablando. Piensa que la mayoría de estas expresiones son universales y valen en casi todos los lugares del mundo, independientemente de la cultura, posición social o creencias religiosas. La gente muestra sus sentimientos del mismo modo en España que en Argentina o California.

En el mundo de los negocios, muchos de nosotros hemos sido entrenados para conservar ‘cara de poquer’, con el fin de no mostrar nuestras posiciones y límites reales en una negociación. Sin embargo, nadie puede controlar totalmente esos pequeños músculos que rodean los ojos, los agujeros de la nariz, la boca y la barbilla. Un experto en leer estos movimientos llevará mucha ventaja sobre el resto en cualquier negociación.

Y en la cara hay algo que siempre nos llama la atención, la sonrisa. Sonreír es un arma para lograr captar la atención, gustar y encandilar a la persona que tenemos enfrente. Una buena sonrisa hace milagros y nunca está de más. Incluso en un funeral es bueno sonreír siempre que no confundamos la sonrisa con la risa.

Cuando sonreímos es como si estuviésemos mostrando nuestra alma y dejando que todo el mundo perciba que es un alma limpia. Cuando tenemos cara de pocos amigos estamos haciendo justo lo contrario. Nos estamos poniendo, inconscientemente, a la gente en contra. Con la sonrisa transmitimos cercanía y tranquilidad, y resulta mucho más fácil ganarse a la gente que sin ella. Cuando hablas en público o te diriges a alguien tienes que intentar sonreír en todo momento. Pero igual que en el funeral, piensa que no es lo mismo sonreír que reír.

Aprovechar las armas que facilita la sonrisa que te permitirá influir positivamente en el ánimo de tu interlocutor. Claro, siempre que esa sonrisa acompañe a las circunstancias en las  que nos encontramos. Porque por mucho que un atracador te sonría, no va a conseguir caerte bien. Es más, puede que pienses que se está burlando de ti. Aunque también es cierto que probablemente te transmita menos temor si te está sonriendo mientras te pone la navaja en el cuello que si tiene cara de asesino despiadado.  Aunque como él estará a su ‘trabajo’ y no pendiente de ti, lo más probable es que ponga cara de asesino para lograr sus objetivos antes y con menor resistencia. Y su objetivo está claro, aligerarte la cartera.

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Juanma Romero   12.abr.2015 13:21    

Ganarte a la gente tóxica en situaciones difíciles

    domingo 5.abr.2015    por Juanma Romero    0 Comentarios

Quien diga que nunca se ha encontrado con gente difícil en su entorno laboral, social y personal es que no se entera. Difíciles somos todos, aunque esto, como el resto de las situaciones que nos rodena en esta vida, va en grados.

Hay gente que es difícil de tratar en un momento dado ante situaciones especiales y otra que es difícil de tratar siempre. De esta última lo mejor es huir pero, desgraciadamente, esto no es posible, sobre todo si dependemos de ellas.

Imagina que tu jefe o jefa es difícil de tratar; no te quedará más remedio que torearle y usar mano izquierda. No le puedes mandar a freír espárragos.

Igual que las sustancias tóxicas, las personas tóxicas tienen que ser manejadas con cuidado. Muchas veces la hostilidad no es más que la muestra de problemas internos de esa persona.

Redfor Williams, profesor de psiquiatría en el Centro Médico de la Universidad de Duke en EE.UU. ha pasado más de veinte años estudiando el impacto de la mente y las emociones en la salud. Afirma que “enojarse es como tomarse una dosis de veneno suministrado lentamente. El enojo produce presión en la sangre y daños arteriales.

Los sentimientos hostiles son propensos a provocar daños en tu salud, a no ser que sepas como manejarlos.

Si en vez de una persona es un grupo el tema se complica. A esta gente difícil y problemática no se le puede convencer a la vez, sino uno por uno. Eso de divide y vencerás, aquí también función.

Debes reunirte con cada uno de ellos por separado e ir convenciéndoles de uno en uno para que se vaya sumando a tu postura. Habrá alguno que no se adhiera; no importa. Sigue con el resto.  Con cada uno de ellos deberás utilizar una técnica diferente. Recuerda que al hablar de carisma y magnetismo personal te he comentado en alguna ocasión que hay tres patas sobre las que se sustenta: poder, presencia y humanidad.

Según la persona con la que te encuentres en ese momento tendrás que utilizar una u otra. A algunos se les convence mejor con razonamientos, a otros utilizando nuestro poder y a otros mostrándonos tan humanos que les lleguemos al corazón.

Por otra parte, si además de convencer quieres ganarte a alguien con quien tienes una relación complicada puedes utilizar el llamado ‘efecto Franklin’. Lo primero es que no le hagas favores para quedar bien, a no ser que te los pida. Es preferible que seas tú quien le pida el favor.

Te pongo como ejemplo a Benjamín Franklin, todo un artista en esto del trato personal. Se ganó a muchos de sus oponentes políticos pidiéndoles favores.  Era tan bueno haciendo esto que en una ocasión conquistó a uno de sus más feroces opositores a través de una nota. Le pidió que le prestase un libro ‘poco común’ que su oponente tenía. Le informó que era para leerlo y le prometió devolvérselo lo antes posible. Poco después se lo devolvió con una nota de agradecimiento.


Cuando ambos se encontraron en el Congreso fue el otro quien le habló a Franklin (nunca lo había hecho antes) y lo hizo con gran cortesía. Llegaron a ser buenos amigos y su amistad llegó hasta el final de sus vidas.

Todo esto tiene su explicación. Yo no soy psicólogo así que te voy a dar la versión de andar por casa. Cuando le has hecho un favor a un adversario tu mente lo asocia así: “le he hecho un favor a alguien que me desagrada, pero en realidad no me desagrada, sino todo lo contrario, porque le hecho un favor. Si no me agradase no se lo habría hecho. Además, he hecho algo agradable por él por lo que supongo que le agrado.”

Pero no solo puedes pedir cosas materiales, sino simples opiniones. Pedir una opinión a otra persona le hace sentir importante y percibir que lo que piensa se tiene muy en cuenta. Eso sí diferencia muy claramente entre opinión y consejo que ni son lo mismo ni implican el mismo grado de obligación. La opinión no cuesta nada pero el consejo sí. La primera consiste en decir lo que piensas, el segundo en decir lo que el otro debería hacer.

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Juanma Romero    5.abr.2015 13:15    

No te pelees por discrepar, solo disiente

    viernes 13.mar.2015    por Juanma Romero    0 Comentarios

Está claro que si tenemos la convicción de que estamos en lo cierto debemos defender nuestra idea a toda costa, pero eso no significa que tengamos que faltar al respeto al otro o ningunearle. Ni pelearnos, verbalmente o a puñetazos.

Se supone que somos personas educadas e intelectualmente preparadas para enfrentarnos a ideas distintas a las nuestras. Es cierto que unas  veces ganaremos y otras no, pero así es la vida. Igual que no se puede gustar a todo el mundo durante todo el tiempo, tampoco se puede ganar siempre y dejar nuestro pensamiento por encima del de los otros. Eso solo pasa en las dictaduras.

Si no tenemos la humildad de reconocer que no siempre vamos a ganar, cada vez que no ganemos vamos a sufrir un tremendo disgusto.

Por eso, tenemos que intentar defender nuestro punto de vista pero con respeto hacia el otro, dejando claro que aceptamos opiniones diferentes. Para discrepar de otra persona podríamos utilizar expresiones como "Me parece…"; "Otro punto de vista podría ser..."; "El modo en que veo las cosas..:"; "Me gustaría puntualizar que..:"; "Con tu permiso yo añadiría…", etc.

Piensa que hay muchas causas por las que puedes discrepar: diferencias en la percepción de la realidad, estado de ánimo, puntos de vista limitados, experiencia o formación diversas, escala de valores distinta, falta de predisposición a la escucha… No percibas estas causas como algo personal ni mucho menos tomes una crítica como una afrenta a tu propia persona. Si partimos de la base de que no podemos gustar a todo el mundo, asumiremos cualquier crítica con total naturalidad y tranquilidad, y hasta con buen humor.

Y para ganar hay que aprender a usar bien el lenguaje, algo bastante difícil. Hay una regla de oro: nunca hables como los políticos o los periodistas, por mucho que te impresionen sus jergas. No impostes la voz ni imites el tono de los pedantes. Y no olvides que siempre es mejor permanecer en silencio que meter la pata.

Se cuidadoso al discrepar o criticar. Las emociones que provocan las críticas son inmediatas. Cuenta Olivia Fox Cabane que James McGaugh, fundador y director del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la memoria de la Universidad de California, en Irvine, hizo un curioso experimento: Se volvió hacia una persona que había ido para entrevistarle para un libro y le preguntó: “¿Eres escritor? Tras comprobar que el sujeto estaba emocionalmente comprometido con su actividad, McGaugh le miró a los ojos y le dijo “¿De verdad? He leído algunas de tus cosas. La verdad es que no son muy buenas. ¿De hecho, son un asco! Esperó un momento y luego continuo medio riendo: “Ahora mismo tu corazón está desbocado, tu cara se está sonrojando y sientes calor a medida que tus capilares se expanden y te preparas para huir o luchar. Eso es por la adrenalina que entra en tu corriente sanguínea. Y sea lo que sea lo demás, lo que más vas a recordar de nuestra conversación de hoy es el insulto”.

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Juanma Romero   13.mar.2015 13:34    

La forma de criticar

    viernes 27.feb.2015    por Juanma Romero    0 Comentarios

Cuando vayas a hacer una crítica, es importante que empieces con buen pie. Según cómo empieces, así afectará a la percepción del conjunto de la conversación.
Los seres humanos tenemos la tendencia a recordar “lo primero”, la primera vez que pasó algo, el principio de una experiencia. También tendemos a recordar “los finales”, lo último.  Si empiezas la crítica con algo positivo, esto afectará al resto de la interacción.

En los primeros momentos de incertidumbre es cuando la gente necesita seguridad. Puedes empezar hablando de cuanto aprecias a esa persona y de cuanto te importa como colega, cliente o lo que sea.

Cuando le hayas dejado claro que esa persona tiene valor para ti, será el momento de hacer la crítica y te resultará más fácil que acepte la situación sin considerarlo un ataque personal

Este paso es muy importante para mitigar una posible, y más que probable, reacción defensiva. Al fin y al cabo, la defensa es la cara exterior de nuestro miedo e inseguridad.

Recuerda, el primer paso antes de criticar es hablarle de sus atributos positivos. Esto le hará ver que se reconocen sus virtudes. Luego haz la crítica.

Como podrás imaginar hay diferentes tipos de críticas y formas de actuar en estos casos.

-          Conviene diferenciar entre una crítica fundamentada y una crítica sin fundamento. La primera hay que tenerla en cuenta para aprender de los errores y perfeccionarnos. La segunda no debe preocuparnos en exceso. En cualquier caso, ni la una ni la otra deberían mermar nuestra autoestima.

-          Entre una sugerencia y un ataque hay un abismo. Acepta y agradece los consejos y opiniones, aunque no siempre los compartas, y responde a las agresiones verbales sin perder la compostura y haciendo uso de un lenguaje sutil e ingenioso que ponga en evidencia al agresor. Y con una sonrisa.

-          Nunca demuestres que una opinión en contra, un juicio o una descalificación te afectan. Mantén la calma y la sonrisa en todo momento.

-          No hagas caso a las personas maliciosas, las hay en todas partes. No permitas que consigan su objetivo, que no es otro que hacerte daño. No hagas caso para que no les des el protagonismo que están buscando.

-          Ensaya situaciones con personas con las que no estés totalmente de acuerdo. Practica las réplicas respetuosas del tipo: “Entiendo tu postura aunque no opinemos lo mismo.” Cuida el lenguaje corporal para demostrarle que le estás prestando atención, y procura poner calidez en tus palabras. Tienes que ser tan humano como seas capaz de serlo.

Al final, una crítica es una crítica y si es negativa no nos va a gustar. Tenemos que intentar aprender a manejarlas.

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Juanma Romero   27.feb.2015 09:47    

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En el blog de Juanma Romero se ofrece a los emprendedores información sobre comunicación. Se les facilitan pautas a la hora de intentar lograr presencia de alto impacto y bajo coste en los medios de comunicación.
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