2 posts de octubre 2010

El aventurero Meneses

Dice Enrique Meneses que no es malo ser aventurero siendo periodista. Que lo malo es ir de turista. Y sostiene que la aventura es colocarte deliberadamente ante obstáculos para disfrutar del placer de vencerlos.

Este fin de semana lo he pasado en Polonia y he tenido algún tiempo para leer. He terminado un delicioso reportaje de ficción escrito por Don Winslow. El poder del perro es una obra narrada al galope, trepidante, tan cercana a la realidad que no sabría si colocarla en el ránking de ficción o no ficción. Y terminar con El poder del perro me ha permitido meterle mano entre el traqueteo de los vetustos ferrocarriles polacos a otro libro que me miraba de reojo desde la mesilla: Hasta aquí hemos llegado. Así se titula.

No he alcanzado la mitad del libro, pero ya puedo asegurar que Enrique Meneses VIVIÓ, con todas las mayúsculas, en sus primeros 15 años mucho más de lo que yo habré vivido cuando acaben mis días. Sin duda. El relato de sus 15 primeros años de existencia es una verdadera montaña rusa. Sin exageración. Y no exagero si digo que Enrique Meneses es, de las personas que se han cruzado en mi vida, la más parecida a mi admirado Gabrielillo, ese personaje de los Episodios Nacionales que por azares del destino se convertía en protagonista de todos los grandes momentos de nuestra historia en la primera mitad del siglo XIX.

Por la vida de Meneses han entrado y salido casi a diario personajes históricos de grueso calibre -no sé que me impresiona más: que conviviera unos meses con Fidel Castro y el Che en Sierra Maestra o que de pequeño le vacunara en persona don Gregorio Marañón-. Personajes de tal talla que para el común de los mortales el solo contacto con uno de ellos habría significado su gran hito en este transcurrir vital.

Hace ya unos cuantos años leí su África de Cairo a Cabo. Me fascinó. Y le pregunté a Fernando de Giles, mi consejero en asuntos de viejos reporteros, por este tal Enrique Meneses del que sabía más bien poco. Me respondió: “Hombre, Meneses es uno de los grandes”. Se me quedó cara de ignorante… Y no era la primera vez que me ocurría ante Fernando. Eché balones fuera y pensé: “¿Qué carrera de periodismo es ésta en la que no se cita ni una sola vez en cinco años el nombre de Enrique Meneses?”

Meneses es un tipo que si hubiera dedicado un poquito, sólo un poquito, de su vida a la autopromoción hoy sería un maestro de talla planetaria. Tampoco exagero. Tengo la impresión de que el frenesí de su montaña rusa no le dejó tiempo para pequeñeces como ésa. No hay que darle más vueltas: él está aquí para vivir y contarlo. Este mayo, durante la entrega en Segovia de los premios Cirilo Rodríguez, se metió en el bolsillo a una audiencia boquiabierta encadenando una historia detrás de otra (ver foto). Y eso es, al fin y al cabo, lo que tiene que ser un reportero: un gran contador de historias. Bravo, Meneses.

PS: Y si alguien quiere conocer un poco mejor a Enrique Meneses, le recomiendo el especial que rtve.es le dedica a él y a otros grandes reporteros de TVE como él. Un homenaje imprescindible.

Morir de cansancio

Seguramente, en el acta de defunción de Pablo Neruda aparecerá como causa de la muerte el cáncer de próstata que le consumía. Pero ¿alguien duda de que el poeta murió de pena? De pena por no poder abrazar a sus amigos muertos durante el golpe del 11 de septiembre de 1973 (12 días antes de su muerte). De pena por ver sin poder ver cómo su Chile se precipitaba a un cruel abismo.

Seguramente, en el acta de defunción de Pedro Cárdenas aparecerá como causa de la muerte un infarto cerebral. Pero ¿alguien duda de que este maestro de periodistas murió de pena? De pena por no lograr que la Justicia acorralara a los narcos y asesinos. De pena por la certeza de que otros periodistas no íbamos a ser capaces de seguir su estela. Y de cansancio.

Luis Guillermo Cárdenas, amigo feisbuquero de nuevo cuño y hermano de Pedro, me ha hecho llegar hoy un texto sobrecogedor que voy a compartir con vosotros.

"La muerte le sorprendió en uno de sus recorridos habituales por el norte del Tolima, pero no de la manera que sus contradictores lo esperaban. Un absurdo accidente segó la vida de este periodista, un hombre que se la jugó más de una vez, y saliendo victorioso de todas.
Recuerdo cuando a mediados del mes de mayo nos encontramos en Mariquita. Sentí su tristeza, Constantemente se sumía en largos lapsos de silencio que hacía que el diálogo se interrumpiera constantemente. Mirándome a la cara y con profunda tristeza me dijo: "Mis amigos me dejaron solo y estoy cansado de luchar contra el viento... Sé que tarde o temprano me pueden matar, pero prefiero antes que todo morirme de cansancio".
Me sorprendieron sus palabras. ¿Qué era eso de... dejarse morir de cansancio? No le entendí por el momento, pero esas frases dieron vueltas en mi mente muchas veces… ¿morir de cansancio?
Un mes después, al verlo en su lecho de enfermo, sin fuerzas, tan inerme, no dejé de sentir una profunda tristeza. Sabía que había dejado de luchar. Y solo en ese momento comprendí... ¡QUE SE ESTABA MURIENDO DE CANSANCIO!"

En aquel septiembre de 1973, Pablo Neruda –débil y triste- decidió dejar para siempre su Isla Negra y regresar al Santiago de las anchas avenidas durante esos días bordadas por las rodaduras de los carros de combate. A medio camino, un control militar detuvo a la ambulancia en la que viajaba el poeta con su mujer. Cachearon a su esposa Matilde. Le cachearon a él y registraron la camilla en la que yacía por si ocultaba algún tipo de arma. Reanudada la marcha, al poeta se le escaparon unas lágrimas. Matilde contó después que fue la primera vez en su vida que vio brotar perlas de sus ojos. Lágrimas de humillación.

El pasado mes de marzo, en mi habitación de un hotel de Bogotá, hablé de la vida y de la muerte con Pedro Cárdenas… Y al igual que al poeta, a Pedro se le escaparon algunas lágrimas. Siempre lamentaré no haber tenido la lucidez suficiente para saber interpretarlas.

José Antonio Guardiola


Se puede vivir sin saber qué es el azimut. Pero difícilmente se puede navegar o volar sin manejar el azimut. El azimut, el norte magnético, el rumbo… Son los que nos facilitan ir hacia donde queremos y gracias a ese sentido de la orientación el mundo es lo que es.
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