De palmeras y picudos
Las palmeras siempre me han fascinado. Entre mis mejores recuerdos, tengo el de las majestuosas casas con palmera de los indianos que regresaron enriquecidos de Cuba. De mayor, me gustaría tener una casa con un jardín presidido por una imponente palmera canaria. Pero me temo que al paso que vamos, se tratará solo de una de mis utopías.
No creo que, con la que está cayendo, pueda aspirar a una casa con jardín ni tampoco a una palmera imponente. Acabo de descubrir que la palmera crece a diez centímetros por año, por lo que si la planto pronto, cuando muera no me llegará ni a las rodillas. Pero lo peor es que en el mediterráneo la palmera canaria está desapareciendo. La devora con fruición un silencioso escarabajo rojo que la ocupa hasta aniquilarla. Llegó de Egipto en los años del descontrol urbanístico, cuando el desarrollismo, plantaba cemento y palmeras por doquier. Ahora sobreviven las casas, mueren las palmeras... y el picudo se queda.
Hemos recorrido el levante español para realizar un programa de “El escarabajo verde” dedicado al escarabajo rojo de la palmera y después de varios días de inmersión en el mundo de la palmera, todavía me cuesta distinguir entre la palmera canaria y la palmera datilera. El picudo lo tiene más claro, prefiere a la canaria, más blanda y sabrosa por dentro. Cómo dicen los expertos, para el picudo la canaria es el solomillo, mientras que la datilera es ternera de tercera. Si seguimos así, no será necesario hacer distinción, se impondrá la palmera datilera, porque todos prevén que cuando el picudo haya devorado la jugosa canaria, se tendrá que conformar con la datilera. Como a nosotros, al picudo rojo –goloso ignorante- también se le acercan las vacas flacas.




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