6 posts de marzo 2009

"Quería un billete para..."

Dicen las leyendas que más allá del Estrecho de Gibraltar existía un continente mágico, en paz, próspero y bello llamado Atlántida.

Un paraíso flotando en el océano cuyo amo y señor era Poseidón. En esta tierra de felicidad y abundancia la gente prosperaba y la vida era perfecta pero como toda buena historia; la historia del paraíso perdido también tiene un punto de inflexión: Un día, algo hicieron los atlantes (¡vaya usted a saber el qué!) que enfadaron a los peces gordos del Olimpo.

Como buen dios griego, Poseidón no se andaba con chiquitas y si no que se lo pregunten a Odiseo (el Ulises romano) que tardó toda una vida en regresar a Itaca!!! En esta ocasión, el dueño de los mares decidió soplar un poquito por aquí, otro poquito por allá y zas: huracán, maremoto, cataclismo asegurado y la Atlántida como quien dice a tomar vientos. Se esfumó.

Pasaron los meses, los años, los siglos... hasta que un día la leyenda resucitó. Según ésta, Cabo Verde (junto a Madeira, Canarias y Las Azores) es nada menos que pedacitos de la Atlántida resurgidos de las profundidades del océano. No soy yo quién para juzgar y además, desde pequeña, las películas de la mitología griega me gustaron, tanto o más que robarle los clicks de playmobil a mi hermano! Así que yo, me lo quiero creer y me lo creo. Es más, con el viaje a mis espaldas tras un análisis empírico de la cosa, afirmo: volar a este país significa atravesar una línea peligrosa entre la fantasia, el surrealismo y la realidad. ¿no me dirán ustedes que no son tres elementos de peso para darle significado a esta fábula?

Me desprendo de la ira de los dioses y de las trastadas de los Atlantes para aterrizar en el siglo XXI.

Salimos de Madrid. Escala en Lisboa. Cuatro horas más de vuelo y estamos en Praia.

Praia es la capital del país: caótica y desordenada es la ciudad más poblada del archipiélago. Es de esas ciudades en las, después de conducir 10 minutos, sin darte cuenta, vuelves a estar en el mismo sitio. Está tan concentrada como los detergentes modernos: 123.078 habitantes, algunos con iphone y otros sin comida; un puerto industrial, 6 equipos de fútbol, 3 de baloncesto y más de 20 embajadas, consulados y organismos internacionales. Dato, este último nada desdeñable, teniendo en cuenta que mucha gente no tiene ni idea de situarlo en un mapa. Eso, cuando aparece porque, en ocasiones, Cabo Verde ocupa curiosamente el sitio en el que solemos poner la grapa!

Para describiros la ciudad ya están Marco Antonio, Juan, Nacho y Neus. Os invito a conocerlos. Para describiros el surrealismo, yo.

En Praia los BMW último modelo derrapan mientras esquivan a una gallina o a un cerdo, en el supermercado te encuentras con una ministra en zapatillas, con los rulos, haciendo la compra y tu vecino puede ser el Presidente de la República que, a su vez, comparte calle con el mayor narcotraficante del país (no lo conocí pero por la pinta de su casa me atrevo a dar una opinión: mucho dinero, muy poco gusto, ningún disimulo!) Las niñas no pueden asistir embarazadas al colegio pero muchas se quedan embarazadas con tan sólo 14 o 15 años. Son las abuelas las que cuidan de los nietos y de vez en cuando se ve a un bebé buscar el pecho de su madre, entre los huecos de la verja, a la hora del recreo. La poligamia no existe porque es de mayoría católica pero la infidelidad está a la orden del día y muy bien vista.

El agua se va a cada rato, la luz también y cuando eso sucede la banda sonora de las calles es el zumbido de un generador dando guerra. Los barrios de chalets lindan con las barriadas más pobres y los precios de la comida o del alquiler poco tienen que envidiarle a los de España. El ocio es limitado, muy limitado y eso, a según que tipo de personas: afecta. Pese a todo, el caboverdiano es amable, sonriente, bailarín, hospitalario y por qué no decirlo guapo, muy guapo (ellas y ellos)

Cerca de Praia se encuentra la Cidade Velha (Ciudad Vieja) antigua capital del país y una de las "ciudades" que a mi más me han impresionado en la vida. No por su calles, sus monumentos, sus contrastes o su gente (que también) sino porque allí, en una plaza que no es más grande que una rotonda de estas nuestras tan modernas, se respira y se siente el nacimiento de un país.

Durante más de dos siglos, Cidade Velha fue el mayor mercado de esclavos del mundo. Llegados de toda África hombres y mujeres eran vendidos y embarcados rumbo a Europa y América. De Mali, de Mauritania, Senegal, Guinea... cada uno con sus costumbres, cada uno con su pasado y todos sin entender por qué esos hombres blancos los habían escogido en sus poblados, apresado como animales y separado de sus familias. De su mezcla, de sus miedos y de su necesidad de sentirse vivos nació una lengua: el criollo. De su mezcla, de sus miedos y de su necesidad de sentirse vivos nació una identidad: la caboverdiana.

Cidade Velha tiene el privilegio de ser la primera en muchas cosas: de ser la primera ciudad urbanizada de África, de albergar la primera Catedral del continente, de tener la "Rua Banana" (primera calle recta al sur de Europa)... pero todo eso, no borra la oscuridad de su historia. Una historia de piratas, luchas de poder, latigazos y cadenas. Hoy, Cidade Velha es un reclamo turístico por excelencia. Mientras los turistas hacen fotos del "Pirulinho" las mujeres esperan en la orilla de la playa ver aparecer a sus maridos, hijos y hermanos llegar con los botes cargados, o no, de pescado. No siempre regresan y a veces, cuando lo hacen, traen consigo la experiencia de un viaje que en nada tiene que envidiar al de Ulises (de nuevo las leyendas!) Se han dado casos de pescadores que desorientados, sin brújula y sin provisiones han aparecido en las costas de Brasil.

Cidade Velha es el pasado yo, una vez más, regreso al presente:


Gabi y yo nos levantamos a las cinco de la mañana, tenemos que coger un vuelo destino Boa Vista a las 10 a.m. Tenemos que estar a las 8 a.m en el aeropuerto pero como ya hemos tenido que lidiar con el ritmo del país, decidimos ir con tiempo al aeropuerto.

A las cinco y media, con una café y la legaña puesta (post ducha pero con legaña puesta. ¿Algún problema? Una legaña a esas horas, como que da pena quitarla) nos montamos en el coche recién duchado también. Sí, esa es una costumbre caboverdiana, una de esas sobre las que, aunque preguntes, nunca encontrarás respuesta ¿por qué en un país en el que el agua es un bien preciado, en cada esquina encuentras un coche recién "duchado"? Duchan los suyos y también el nuestro. A los chavales que han tenido la deferencia de darle un chapuzón, les doy unos escudos y una botella de agua (ironías de la vida) que ya se sabe eso de: "De bien nacido es ser agradecido" y yo intento llevarlo a rajatabla.

Salimos a la carretera y se me cae la legaña de un susto cuando veo una orda (no exagero que ahí corriendo había más de ciento) de caboverdianos enfrascados en el culto al cuerpo. ¡Por favor, que aún no ha salido el sol y ya están dale que te pego playa arriba, playa abajo, carretera arriba, carretera abajo! No me extraña que sean tan esbeltos: si yo fuera grasa también me quedaría en la cama mientras ellos se entregan al deporte. Son las seis de la mañana. Para superar el shock nos tomamos otro café.

Entre esquivar hombres y mujeres olímpicos, dar dos o tres vueltas de propina a la única rotonda que hay en busca de la dirección correcta y por supuesto, aún así, perdernos: por fin llegamos al aeropuerto.

Deben ser las siete y media y como vamos sobrados de tiempo nos entretenemos en aparcar el coche y fumar un cigarrillo al estilo Rafaella Carrá, osease; a medias.

Las ocho. Vamos a la ventanilla. Los billetes nos los ha comprado Pedrín, un madrileño biólogo con alma de viajante y espíritu guerrero, afincado en Boa Vista desde hace más de diez años. Tenemos que emitirlos primero.



—"Hola, le doy los resguardos al azafato de tierra, dos billetes para el vuelo de las 10.00 a.m" Levanta la cabeza. Me mira. Sonríe (ya les he dicho que los caboverdianos sonríen, ¿verdad?) y dice no con la cabeza.

—"¿No? ¿Cómo que no?", ingenua de mi, me da por pensar que no nos hemos entendido y le repito la jugada. —"Dos billetes a Boa Vista, en el vuelo de las 10.00". Por su parte, él hace lo propio: vuelve a decir que no, está vez alto y claro, con palabras no sólo con la cabeza: "NO"
—¿Cómo? ¿Se ha anulado?, más ingenua todavía.
—"No"
—"¿Va con retraso?"
—"No"
—"¿Hay overbooking?" Duda un momento pero, al instante, responde con cabeza y con la voz más clara: "No". Empiezo a desesperarme —"¿Me puede decir por qué demonios no puede darnos los billetes caballero?" Teclea en el ordenador. Me mira. Sonríe. "Este vuelo ya ha salido"

¡Ostras! de todas las respuestas posibles esta es la única que no me esperaba. No es que nos hayamos equivocado de vuelo, ni que tengamos mal el cambio horario del reloj. No ha sido fallo nuestro, lo prometo; es tan sólo que ese avión se ha largado del aeropuerto a las 6:00 de la mañana!!! ¿Por qué? Pues como dije al principio de este post sobre la trastada de los atlantes: ¡Vaya usted a saber por qué!Surrealismo caboverdiano una vez más.

Si Cidade Velha, (presentada por Daniel, un arquitecto murciano y uno de los españoles más antiguos de la isla) tiene el record de ser la primera ciudad africana en conseguir muchas cosas, Cabo Verde ostenta el modesto pero para mi importante record de ser el primer y único país del mundo en el que he perdido un vuelo gracias a que el avión ha salido (con o sin viajeros, hasta ahí no llego)¡¡CUATRO HORAS ANTES!!

No tiren la toalla que a Pedrín lo conocimos y también lo conocerán ustedes. A él, a su socio Stravagante, a sus pájaros, sus tortugas y su maravilloso mundo de dunas.



De sus diez islas: Fogo, Santo Antao, Sao Vicente, Sao Nicolau, Sal, Boa Vista, Maio, Santa Luzia y Santiago, nosotros sólo hemos visitado dos: Santiago que es donde se encuentra la capital y Boa Vista, la fantástica isla de las dunas. Me quedo con ganas de conocer y de enseñarles Fogo y su volcán, Sao Vicente y la bohemia, Santo Antao: todo paisaje verde y floresta; las playas de Maio y Sal, la más turística de las islas. No se preocupen. Apuntado queda.

¡¿Nolins?! Y yo convencida de que era New Orleans

Venía yo muy ufana de China, pensando que hablaba inglés igualito que un nativo de tierras anglófonas... Y ¡toma!, nada más llegar a N. Orleáns la realidad, cruda como sólo ella sabe serlo, me dio tal golpe que me dejó K.O. De entrada, en norteamericano sureño (cierto, la expresión resulta contradictoria), Nueva Orleáns no se dice “New Orleans” sino, algo así, como “Nolins”. A partir de ahí todo mi vocabulario, mezcla de Muzzy, un instituto de Alcorcón y un par de cursos en Londres, se convirtió en amárico, tagalo, o en algo “raro, raro”, que me servía para decir hola, adiós y gracias.

En estas condiciones, entendiendo al personal regulín- regulón, y con más moral que el Alcoyano, empieza mi viaje en mi destino soñado, Nueva Orleans... Unas cuantas películas que vi en mi época de adolescente (Entrevista con un vampiro, La Llave del mal...y otros greatest hits de quinceañera), algo de historia reciente (el Huracán Katrina), y un mito forjado por siglos de diferencia con el resto de EEUU provocaban que tuviera muchas ganas de visitar esa ciudad. No me defraudó.

Dicen que atrapa. Alegan varias causas: que si la amabilidad de la gente; que si es porque es un lugar que está por debajo del nivel del mar; que si se debe a que hay mucho artista...El caso es que por unas cosas o por otras, al final aquello es un poutpourri de viajeros que frenaron en seco y decidieron establecerse. Afirma José María Cundín, uno de los entrevistados, que allí nadie es extranjero porque todos tienen cerca la extranjería. Y, como en casi todo, tiene razón... Nueva Orleans fue en algún tiempo amerindia, ha sido británica, francesa, española, estadounidense al fin. De un tiempo a esta parte y debido a la inmigración, algo hondureña, un pelín mexicana, panameña, colombiana y ,de lejos, siempre, muy africana...

Era la joya de la corona, el enclave europeo al Sur de EEUU. Distinta en muchas aspectos: el único sitio en el que se puede beber en la calle de todo el país; de las pocas ciudades en las que tienen tranvía; un lugar en el que los mayores (muy mayores) aún hablan francés; rodeada de pantanos en los que habitan cocodrilos de hasta tres metros; vió nacer a Louis Armstrong, y a Marie Laveau, figura destacadísima del vudú. Una urbe maravillosa de casitas que parecen hechas con los palillos de madera de los helados, y de mansiones como las de "lo que el viento se llevó". Pero en efecto, hace cuatro años el viento se la llevó. El viento, pero sobre todo, el agua. Aún quedan hogares vacíos, tapiados, con aspas en las puertas, con musgo creciendo por paredes que ya no guardan nada, ni a nadie... La cuna del jazz se quedó sin música y sin gente por culpa de la naturaleza y de un dique que no aguantó su empuje. Exodo masivo y silencio, ni una nota, durante varias semanas. Los hubo que tras el desastre, regresaron, pero no todos hicieron lo mismo. Cuenta Paul Rico, otro de los intervinientes en el programa, que cuando comienzas tu vida en un lugar, al origen sólo vuelves de vacaciones... Así N. Orleans ha pasado de tener alrededor de medio millón de habitantes a quedarse con cerca de 300.000. Y son 300.000 valientes que saben que tendrán que vérselas cara a cara con el viento cada agosto o septiembre, y arreglar tras su paso los desperfectos. Siempre igual. Pero es N. Orleans, y parece que por ella, todo merece la pena.

No obstante, no me gustaría sólo hablar de lo malo. La fiesta volvió a la ciudad y durante el tiempo que estuvimos allí pareció que nunca se acabaría. El Carnaval, el Mardi Gras, como lo llaman ellos, llenó de uniformes de animadora, trombones blancos, policías con lucecitas en las motos que más que vehículos parecen una atracción de feria, y, sobre todo, collares, la ciudad. Llegaron turistas de todas partes del mundo, vestidos de morado, amarillo y verde (los colores de la fiesta) acabaron mimetizados con un ambiente loco "24 hours". Y Raúl (el cámara tan "resalao" como abnegado) y yo, trabajando. ¡Ay, qué vida esta! jeje.

Dije ya en mi primer post, y repito, que cada ciudad tiene una gente. El contexto marca, o quizá escojamos los contextos en base a lo que somos. Sea como fuere... el perfil general de los españoles de "Nolins" es de sobresaliente. El mejor de los fotógrafos, Paul; un pintor sublime, José María; un médico destacadísimo, Alfredo; Teodoro, un cura que lleva mejor los 80 que yo los 27; Lola, que habla inglés con acento del Sur (eso sí, del Sur de España, Algeciras) yJavi que con 27 años ha vivido ya en 4 países... Nos asistieron, nos atendieron, nos ayudaron, nos reímos con ellos y hemos sostenido conversaciones que sólo ha parado el océano que nos separa (yo creo que de lo contrario seguiríamos ahí "dale que te pego", habla que te habla).

A ellos, gracias.

A los estadounidenses, también gracias. Es fácil tener prejuicios sobre absolutamente todo. Los estadounidenses suelen ser víctima de ellos. Personalmente, he desmentido algunos de mis tópicos y he confirmado otros: A mi modo de ver, se comportan como los típicos vecinos que salen en las típicas películas y que llevan el típico pastel de calabaza al vecino que acaba de mudarse al barrio. Son personas que te saludan por la calle sin conocerte y que te preguntan con franqueza cómo estás y si te sientes cómodo en su país. No vi armas, pero sí carteles en la Universidad en los que advierten que está prohibido llevarlas a clase (aquí, a priori, lo que está mal es llevar el móvil...). Vi muchas banderas, autobuses amarillos escolares, infinidad de restaurantes de comida rápida y coches con ruedas de tractor que aquí llamaríamos tanques. Dicen que no hay guetos, pero yo vi desfiles de colegios a los que sólo asisten blancos y algún que otro negro (el adinerado) y colegios de negros, con algún blanco (el depauperado). Vi gente obesa y "obesísima". Vi el Misisipi y soñe.

Volviendo a los obesos... He de decir que en N. Orleans, y este es un dato que me ha chivado Alfredo, el médico, siempre están entre los primeros puestos en incidencia de obesidad de los Estados Unidos. Lo cual no es poco. Es curioso, ya que aquí, la comida autóctona no es la hamburguesa XXL sino la cajún, a base de mariscos y muy especiada. No obstante, hamburguesas, hay, y pizzas, y perritos. Pero hay más oferta, de hecho, yo, tras varios días de darme alegremente a la fast food, cené paella en el restaurante del tío de Lola (la de Algeciras). Pueden creerme, una lágrima recorrió mi mejilla abultada y grasienta... Por fin supe lo que es llorar de alegría.


Y ahora, si pueden, olviden todo lo que han leído (como en la película "Man in black"). Nueva Orleans no se puede describir. Pasa un poco como con los gallegos, que hablan de su morriña y nadie no gallego la entiende al 100%, porque la morriña es una palabra suya y no tiene traducción, o como la "saudade" portuguesa, cuya máxima expresión es el lamento del fado.Nueva Orleans, se toca con trompeta en antros formidables en los que suena jazz.

Haití: entre el demonio bueno y el demonio malo

19:30 horas. Edificio de Telecinco. Segunda planta. Redacción de un programa de… de actualidad. Yo estoy escribiendo mi guión como cada viernes cuando suena mi móvil. Me quedo mirándolo fijamente preguntándome si será la llamada que llevo esperando toda la semana. Descuelgo. Congelamos este momento. Yo aún no lo sabía pero éste era el instante preciso en el que empezaba mi viaje a Haití. Quizá, la mejor experiencia de mi vida.

Seguimos. Al otro lado del satélite una voz de mujer no se anda con rodeos: “Luis, te llamo de “Españoles en el mundo”. Te hemos cogido. Y me tienes que contestar ya mismo porque en tres días viajas a Haití”. Sí, ya mismo. Este tipo de cosas pasan mucho en la tele. El caso es que Luisito, con un tono de voz que intenta esconder el miedo y dejar entrever sólo la expectación, dice que sí.

Empiezan entonces las preguntas: ¿y qué hay en Haití? ¿y dónde está? La verdad es que yo no tenía mucha idea, pero a ver, sed honestos: ¿cuántos sabíais dónde estaba Haití? Haití, eh! no Taití.

Yo recurro a google y tecleo “H-a-i-t-í”. Esperaba encontrar cientos de fotos de playas paradisíacas. Postales de esas que pones de fondo de pantalla en el ordenador del trabajo para recordarte cada mañana lo gris que es tu oficina y lo azul que es el océano. El señor google me da entonces la primera sorpresa del viaje, una de las muchas que me esperaban: ni playas, ni palmeras, ni cocoteros ni daikiris… sólo militares de la ONU, dictadores derrocados, niños armados y masacres. Horror y muerte.

Haced la prueba: escribid “imágenes Haití” y lo comprobaréis. Y también comprobaréis que es uno de los 5 países más peligrosos del mundo, que la ONU tiene a unos 8.000 hombres allí desplazados para garantizar la estabilidad del país porque hay tanta hambre que han llegado a darse casos de canibalismo y que se producen unos 240 secuestros al año.

Durante los dos días previos al viaje sólo escucho consejos. Mis amigos, mi madre, mis jefes, mis compañeros de trabajo, ella, mis hermanas, mis compañeros de piso… todo el mundo coincide: ve con cuidado, no arriesgues.

En ese momento aún no sabía lo mucho que me iba acordar de esas palabras.


Y llega el día. Y aterrizamos en el aeropuerto de Puerto Príncipe, la capital. Y empieza la aventura. Y de qué manera. Lo primero que nos encontramos Jesús y yo es que no hay luz eléctrica en la ciudad, que es de noche cerrada, que no está el coche que supuestamente nos tenía que esperar y que hay 35 hombres rodeándonos y gritándonos para convencernos de que cojamos su… su ¿taxi?.

Antes de seguir quiero matizar que Jesús es mi cámara. Bueno, algo más que eso: es un compañero de batallas, un gran tipo. Él es el que sabe decir siempre a tiempo eso de “venga, eh, anímate, que esto hay que sacarlo adelante”.

A lo que iba: salimos del aeropuerto y entre el tumulto intimidatorio que nos acosa, aparece una mujer. Para que la visualicéis os diré que era clavada a Oprah Winfield (también la encontraréis en internet). Vamos, ésta era su hermana haitiana. Con toda la mala leche que le cabía en sus 110 kilos de peso y gritando como una loca nos mete en un coche, se sube con nosotros y salimos a la carretera. A la noche haitiana.

La estampa es la siguiente: niños jugando con ruedas de neumático, hogueras en las calles y gente andando. Sobre todo eso, gente caminando como espectros muy cerca del asfalto, sin un rumbo fijo, sin un destino. Parecían una metáfora macabra de lo que es este país. Un país que trata de alejarse de su realidad aunque no llegue a ninguna parte, que camina y camina sólo porque cualquier cosa será mejor que lo que dejan atrás. Tirar para adelante aunque no haya futuro sin importar qué o quién se queda en el camino.

Tuc, tuc, tuuuuuuc… un ruido me saca de mis pensamientos y la cara de pavor de Jesús me dice que algo va mal. “El colega se acaba de quedar sin gasolina, genial…”. Y sí, efectivamente, el conductor nos había dejado tirados en medio de la carretera, formando un atascazo que ni los de la M-30, con medio Haití pitándonos, con todo el equipo encima, y con decenas de personas rodeando el coche… Porque si un blanco en Haití llama la atención normalmente, un blanco con una cámara, no os quiero ni contar.

Jesús y yo nos miramos. Momento crítico. ¿Qué coño hacemos? Y la respuesta la da de nuevo la Oprah Winfield haitiana. Se baja gritando y se para en medio del otro carril de la carretera bloqueando el tráfico. En ese momento nos llaman del hotel y nos dicen que ni se nos ocurra subirnos a un coche que no conozcamos porque lo más probable es que nos secuestren. Oprah sigue gritando. Y nosotros seguimos en crisis. Dudamos. Pero Oprah acaba con esa duda empujándonos al interior de un coche que acaba de detener. Ya os podéis imaginar cómo: GRITANDO.

La historia acaba con nosotros sanos y salvos en el hotel y con la primera conclusión en la mochila: aquí las cosas se solucionan de otra manera. Y más vale que vayamos aprendiendo.

Al día siguiente empezamos la grabación. Por delante, 4 historias apasionantes, 4 españoles que podrían protagonizar una película de Hollywood. O mejor, del Festival de Berlín. Y ya os digo que, aunque ninguno sea de Alcobendas, no tendrían nada que envidiarle a Pe. Absolutamente nada.

LA PUERTA DE ALCALÁ ESTÁ EN HAITÍ

Marigel, una madrileña del barrio de Argüelles, se enamoró de un haitiano. Bueno, Marigel y todas mis compañeras que han visto ya las imágenes de Thierry. ¿O no, chicas?. Lo que pasa es que Marigel lo hizo hace 21 años y lo dejó todo por él. Ahora es una mujer feliz y se le nota. Se ha acostumbrado a vivir con un vigilante de seguridad armado con un subfusil en la puerta de su casa.

Y cuando tiene morriña de su tierra no tiene más que entrar en la clase de español del colegio donde trabaja. Allí se encuentra con unos críos adorables que cantan la Puerta de Alcalá mejor que Ana Belén. “Mírala, mírala, mírala, mírala…”. Impresionante. Para comérselos.

"LA HAGO SUBIR AL CIELO"

Estoy seguro que alguien que tenga más tiempo o más talento no tardará en escribir o en llevar al cine algún día la vida de Paco, el alicantino. Jesús lo resumió muy bien: nunca había conocido a nadie que tardara tan poco tiempo en sacarle una sonrisa a todo el que se le acerca.

Paco, Paquito para todo el mundo en Haití, ha vivido de todo en este país: ha presenciado golpes de estado, guerrillas, le han puesto de rodillas y le han encañonado en medio de la calle, ha visto cómo la policía cortaba la carretera para que las avionetas pudieran aterrizar y descargar la cocaína y, lo que es más peligroso de todo, se ha enamorado. Hasta de tres mujeres haitianas.

Paco es un auténtico personaje. Va a ser muy difícil que lleguéis a imaginar hasta qué punto, pero para intentarlo os dejo dos anécdotas:

Una. Paco: “Luisito, yo he llegado a salir de fiesta una noche en Haití y acabar al día siguiente en Jamaica… y con todas las fronteras cerradas por el golpe de estado”. No está mal, no?

Y la otra. Paco nos consiguió un helicóptero de la ONU para que sobrevoláramos el país y pudiéramos llegar al lugar donde estaba Teresa, la monja sevillana a la que queríamos grabar. Cuando le pregunté cómo había conseguido un helicóptero con una sola llamada, se rió y me dijo: “tengo una “amiga”… ya me entiendes… que trabaja en la ONU… digamos que yo le hago subir al cielo cada noche y mañana ella nos quiere hacer subir al cielo a nosotros…”. Y soltó una carcajada sin ninguna maldad. Paco es así: se ríe con todos y de nadie.

También hay que decir que hoy en día Paco sólo está enamorado de sus hijos. Dos niños tan espabilados como él. Tan especiales como él.

¿QUIERES SER MILLONARIA?


Un día Teresa respondió que NO a esta pregunta. Decía así que no a la vida cómoda y a los lujos de la familia rica a la que pertenece. Su apellido le delata: Ybarra. Su carisma y su energía también: “no quiero una vida fácil”, nos dijo entre risas, “me aburriría”. Y no la tiene.

Esta monja sevillana procede de una familia de industriales y financieros de origen vizcaíno que ha conseguido levantar una de las riquezas más importantes de España. Ella lo tenía todo para vivir como una reina pero prefirió cambiar un poco el mundo. O al menos intentarlo. Prefirió cambiar de vida y de nombre: Teresa pasó a ser Nazaret, o Naza, como le llaman los niños en Jean Rabel. Se marchó 18 años a Bolivia a dejarse la vida por los niños de allí y después recalar en Haití, donde da trabajo y dignidad a más de 30 mujeres. Ella es esa Iglesia de la que no se habla.

UN CHALECO ANTIBALAS Y UN OSITOS DE PELUCHE

La mesita de noche de Raúl, un policía nacional, resume lo que es él, su esencia. Tiene un osito de peluche (¿o era un perrito? da igual…) y al lado, un chaleco antibalas. Y no sé cuál de los dos da más miedo.

Él es así: un tipo de metro 90, con una pistola enfundada en el cinturón y la foto de su novia en el salvapantallas del ordenador. Un tipo duro y entrañable. Y no por ese orden.

Con él vivimos la experiencia más emocionante del viaje. Y probablemente de nuestras vidas. Llevábamos tres días oyendo a todo el mundo avisarnos de los peligros de Puerto Príncipe. La frase era: “Puerto Príncipe es una ciudad peligrosa pero si no haces tonterías no te va a pasar nada. Mientras no entres en “Cité du Soleil” tu vida no correrá peligro”. Cité du Soleil es el barrio más conflictivo de Haití. Y probablemente de toda América. Paradójicamente su nombre significa “La ciudad del sol”.

Bueno, hasta aquí todo correcto. Las cosas iban bien hasta que de pronto Raúl, como quien te invita al cine, nos dice que nos quiere llevar a ver la famosa Ciudad del Sol. “Sería un puntazo, chicos, que pudiéramos grabar allí, ¿no queréis un poco de aventura?”. Es en ese momento cuando te acuerdas de todas esas personitas que te dijeron que no arriesgaras. Como en los dibujos animados: se te aparecen un angelito y un demonio sobre los hombros. O como dice un amigo, el demonio bueno y el demonio malo. Uno te pide prudencia y el otro, acción. En este país se te plantea esta dicotomía continuamente: es un país maravilloso pero implica riesgos. Tienes que elegir.

Al final le hacemos caso al demonio malo (¿o al bueno?) y nos vamos para allá. Pero las sorpresitas no habían hecho más que empezar. “Antes de entrar allí, os tengo que equipar”, dice Raúl con media sonrisa. “¿Qué quieres decir exactamente con “equipar”?”, le preguntamos al unísono Jesús y yo. “Os tengo que poner un chaleco antibalas y además nos van a escoltar 15 soldados del ejército jordano, que son los más duros de todos los que tiene aquí la ONU, son auténticos hombres de guerra”. Glups… tragamos saliva…

La sensación de ponerte un chaleco antibalas es como de resignación. Es una forma de asumir que te pueden pegar un tiro, que es una posibilidad real. Raúl nos dice que “a los malos de verdad” no los vamos a ver, que esos están en sus casas y si disparan lo hacen con una mirilla telescópica desde 300 metros. Efectivamente, a ellos no los vimos. Lo que vimos fue a niños jugando en la calle, persiguiendo a la cámara y haciendo que nos avergonzáramos por haber sentido miedo antes de llegar.

Cuando salimos de la “Ciudad del sol”, o mejor dicho, cuando salimos de Haití supimos enseguida que habíamos cambiado en algo. Nos llevábamos para España muchas conclusiones: por ejemplo, que el miedo es muy difícil de grabar con una cámara; y además, que todavía hay gente que cree en un mundo mejor, sólo hay que buscarla, que hay españoles muy valientes lejos de nuestras fronteras, que hay alguien que canta mejor que Ana Belén y, lo más sorprendente de todo, que los ositos de peluche usan chaleco antibalas.

Si algún día vais por Haití, no dejéis de buscar a estos españoles. Sus vidas son aún más interesantes que la de Pe. Y lo mejor es que todavía no tienen un Óscar. Todavía.

"Me alegro de que hayas llegado bien"


"Ten cuidado y... no fumes muchos porros, eh." Dice mi madre al teléfono, dejándose llevar por su natural preocupación “materno-genética”, unos cuantos dados por hecho y puede que ese tonto tanto por ciento que indica que hasta hace dos años Marruecos fuera el mayor productor de cannabis del mundo.


Aunque el consumo de hachís esté prohibido y penado con penas de hasta 10 años de prisión, los cultivos de cannabis se extienden por el Rif ricos y saludables. Por suerte para mi madre la zona en la que estoy no se caracteriza precisamente por el cultivo de hachís, sino por el de la rosa del desierto.

Cuelgo el teléfono y entro en una tienda al borde de la carretera. Un comerciante despliega todos sus aceites, jabones, cremas y perfumes delante de mi: “Una lágrima de Mahoma cayó dentro de una rosa cuando él oraba en el desierto, por eso su perfume embriaga y su esencia sana. Sólo hay que tener cuidado y cortarlas al amanecer, antes de que el sol las axfisie y sus propiedades se pierdan."

¡Toma ya!. Digo eso mientras recuerdo la última vez que un tendero de Madrid quiso incentivar mi compra: "En cinco minutos apago luces y me voy."



Estoy en El Gran Sur; la parte menos habitada, más aislada y para mi, con seguridad, una de las más bonitas de Marruecos: Tinerhir, Agdz, M´Hamid, Tinejdad, Ouarazate… Éste es un viaje en el tiempo que Gabi, Hassan y yo hacemos con mucha prisa en un país en el que la prisa no existe.


Gabi es el cámara (vamos con cámara…sí.) y aunque desde aquí digo que es un cabezota (él dice lo mismo de mi) también es un perfecto compañero de viaje y se nos da bien alternar el rol de la rémora y el tiburón. Hassan es nuestro chófer; nacido y criado en Merzuga, tiene voz de dromedario y lo mismo te consigue una cuchilla de afeitar que un ordenador con conexión a Internet en medio del desierto.


No quiero entrar en detalles, para no hacer sangrar la herida, pero nuestro portátil sufrió un contratiempo hace unos días y (hasta que nos hemos hecho con uno nuevo) hemos dejado instalado a varios ordenadores “superutilísima” posibilidad de capturar imágenes de una cámara Sony HD profesional en medio de la nada. ¡Así somos de enrollaos! ¿Que no?


A lo que iba. Hassan está orgulloso de su 4x4 y de eludir, como si nada, todas las preguntas que considera no tiene por qué contestar (como todos en este país): "¿Dices tanto “democrático” y “amigo” porque…?¿Estas seguro de que para ir a Skoura desde Tinerhir hay que pasar por tu pueblo?¿Cuándo hablas conmigo y miras a Gabi es porque a pesar de que me llames “la jefa” no dejo de ser mujer?¿Por cuánto me sale un viaje si vuelvo con mis colegas?” Su respuesta es la sonrisa de quién oye llover. Sube la música y mientras esquiva un carro lleno de corderos, un burro, dos bicis en dirección contraria y a 3 peatones (que cada uno saque sus conjeturas sobre la suerte del portátil) señala a un pastor a lo lejos: “Allá, allá, tú filmar ahora. Buena hora. Luz buena ahora. Más adelante, allí paramos y coges pastores de regreso. Mucha tradición Marruecos.”


El arte de hacerse el loco mezclado con el dominio del CAOS. ¡Estoy segura de que como productor este hombre no tendría precio! Eso es precisamente esta tierra de escorpiones: Un gran caos que te hipnotiza y se ríe de ti pero en el que, de una forma u otra, todo se acopla y convive.

Lo bueno de ir de la mano de un residente es que no sólo descubres que estás en una tierra de contrastes, sino que el contraste se te mete dentro. Y a mi, una vez dentro, me hace entrar en conflicto. El Gran Sur son las dos caras de una moneda que además, puede caer de canto. No deja de provocarme cómo son ellas las que trabajan en el campo, las que lavan en el río, las que llevan el hogar, las que se encargan de los hijos, las que se callan cuando ellos hablan, las que se esconden ante la cámara, las que siempre obedecen y sobretodo el que lo hagan, encantadas. Me desarman la hospitalidad y su concepto de familia; los valores, la importancia de la tradición y la palabra o la manera que tienen de disolver todas nuestras neuras en una taza de té. Sonrío cuando en la azotea de su casa Ramón dice que aquí se siente por fin libre y se nota que es verdad.

Pero yo no termino de encontrar la libertad. Será porque estoy a la defensiva o porque han terminado por agotarme los dos tipos con gafas de sol que llevan desde esta mañana tropezándose con nosotros.


Es el día del Aid al-Kabir, la Fiesta Grande. El día en que todo el mundo se viste de gala y después de la oración, se sacrifica a los corderos en las calles, azoteas y patios de todo el país.


Esta tarde hemos ido dos veces a ver a un amigo de Juan. La primera hemos grabado cómo degollaba un cordero. Él estaba encantado, Juan con el estómago encogido y nosotros un poco impresionados pero a gusto, como en casa; tanto que nos ha invitado a comer una hora después. Al volver, nos han degollado a nosotros. Zas! De un plumazo:


Mahamud está pálido, le sudan las manos y como si fuera una metralleta, da pequeños espasmos mientras dispara: “No puedes usarlo, no puedes usar lo que hemos grabado. No pasa nada pero no puedes usarlo. De todo lo que salgo yo, nada. No puedes usarlo. Lo de que soy comisario de policía, lo de que soy saharaui, nada, nada. No pasa nada pero es que aquí hay gente…”

Llamadme loca pero una vez más me hace sentir incómoda la imagen de esos dos hombres apoyados en la pared de la casa del comisario justo cuando nosotros llegábamos. Y no dejo de pensar en el pulso acelerado y en el cambio repentino de nuestro anfitrión. Alucinada, insisto. Dice que puedo emitir la matanza del cordero. Insisto de nuevo. “¿Esos hombres? No pasa nada pero yo vivo fuera de los campamentos, tengo un cargo y mando sobre marroquíes. No, no pasa nada. No es chantaje, todo está bien pero mi familia…No puedes usarlo.”

En la calle ha vuelto el bullicio. En esta habitación nos comemos las chuletas junto a un hombre que simula no estar tenso. Todos los corderos están muertos y como dijo Jodie Foster, mueren en silencio Al despedirse, Mahamud bromea con detenerme si me encuentra besando a un muchacho en la calle. Ja ja. Qué cachondo. Me partiría de risa si no fuese porque tengo la paranoia de que antes de coger el vuelo, podemos quedarnos pálidos y terminar en prisión.

Desde el aeropuerto de Casablanca, a tres horas de estar en mi cama, reconozco que este país pese a todo, engancha. Y sé que voy a volver.
Pienso en todos los españoles que me han "prestado" sus ojos unos días; Roger y Ramón y lo felices que son al decir que han encontrado su lugar en el mundo; Juan y Carmen, con esa necesidad de respirar España de vez en cuando y Elisabeth y Josep creadores de un universo propio en el que disfrutan de la jubilación que le desean a sus nietos. A todos, les doy las gracias.

Por último, una coletilla: Si alguna vez vaís a un hotel en el desierto y el aparato eléctrico que tenéis en la habitación (y que la mayoría de los que trabajan en ese hotel no van a tener en su vida) no calienta igual que los radiadores de vuestro salón, no salgáis como energumenos hacía "el chico para todo" jurando en arameo. Y si lo hacéis, encima no intentéis quitarle la habitación a otros viajeros a los que véis con una estufa (que por la pinta, bien podría haberle calentado los pies a Lawrence de Arabia) Está feo. En concreto, si los que se desentumecen en la estufa somos Gabi y yo. Queda dicho.

Únete a la secta: viaja a Estambul!!


Estambul, Estambul, Estambul... todo el mundo me hablaba últimamente de Estambul!! Empezaba a tener la sensación de que si no había estado allí es que no había visto nada en mi santa vida. Me hablaban más de Estambul que de la crisis, aunque parezca imposible. Es que es muy romántico, me decían. Ya, pero yo no, respondía yo, un tanto asqueado ya.

Bueno, hoy, tras haber pasado ya una semana en la capital (financiera) de Turquía, me como mis palabras. Así, una detrás de otra. Ñam, ñam.

Estambul sorprende desde el instante en que pones un pie en sus calles. Sorprende y engancha. Un simple paseo por el centro histórico o por la calle Istiklal, la más transitada de Estambul, sirve para darse cuenta de que esa ciudad es diferente. Y sobre todo, sirve para darse cuenta de que son sus ciudadanos, el ambiente que se respira, el trato con la gente, lo que la hace tan diferente. Gente hospitalaria y con un sentido del humor incluso parecido al español. Vamos, unos cachondos.

Estambul ha sido históricamente un lugar de paso para las principales rutas de comercio. La gente que allí vive son auténticos especialistas a la hora de mercadear. Compran y venden con más habilidad que nadie. Con más gracia. No sólo en el Gran Bazar o en el Bazar de las Especias, sino que en realidad cualquier estambulita es un buen negociador. No sólo venden, además divierten.

Por cierto, un apunte: no me negaréis que es muy gracioso el gentilicio: "estambulitas". Suena... no sé... como a un bichito, no?

Sigo. Me llamó mucho la atención la amabilidad con la que nos recibieron en el Gran Bazar. Ellos saben diferenciar muy bien cuando están trabajando y cuando no, cuando están vendiendo y cuando te están conociendo, cuando eres un cliente y cuando un amigo.

En un momento en el que paramos de grabar en el Gran Bazar con Lara, una joven de Bilbao que se fue a Estambul por amor, se nos acercó un chico que trabajaba en una de las tiendas del Bazar. Quería saber para qué programa estábamos grabando y se lo dijimos. Él repitió "Españoles en el mundo" en 7 idiomas diferentes. Nos estuvo contando que hablaba con bastante fluidez turco, español, inglés, francés, italiano, ruso y coreano. Y nos lo demostró. Y yo pensé: "la cantidad de cosas que haría yo con todo ese dinero que he tirado en academias de idiomas". En fin, puse cara de póker y seguí asintiendo con la cabeza. Aja... aja... Para colmo, nuestro nuevo amigo turco nos remató: "Para que gastar dinero? No hay mejor escuela que este lugar, amigos, por aquí pasa todo el planeta y la gente sólo compra cuando se siente como en casa y, bueno, ése es mi trabajo, hacer que se sientan a gusto... y compren". Desde luego que sabía hacerlo.

En Estambul vender es un arte. Las gitanas venden rosas camelándose a los hombres, los pescateros y los verduleros venden en el mercado gritando a pleno pulmón. Y en el Bazar de las Especias, Carlos, un experimentado comerciante con tanta gracia que podría llenar él sólo horas y horas de televisión, nos explicaba que en Turquía hay casi 80 millones de habitantes gracias al té de manzana, que es afrodisíaco. Él lo llamaba té del amor y decía que si lo probabas, todos los días serían "sábado sabadete". Cuando dejé de grabar, Carlos me regaló una bolsa de ese té. Y os confieso que ya lo he probado. Sólo os diré que si vais por el Bazar de las Especias, busquéis a Carlos y le pidáis un poco de té de manzana. Hacedme caso.

Seguramente poca gente sabe que Estambul está entre las 5 ciudades más seguras del mundo. Todavía tendemos a asociar el mundo islámico con cierta inseguridad y por eso sorprende todavía más la tranquilidad y la calma con la que se puede pasear por cualquiera de sus barrios. Insisto, cualquiera. No sólo por la zona más occidentalizada. De hecho, con Carla, una escritora asturiana, grabé por el barrio más islamista de Estambul. Se llama Fatih y en él casi todas las mujeres van tapadas con çarsaf, algo muy similar al burka. Yo pensaba que tendríamos problemas para grabar allí, que alguien podía reaccionar mal ante la cámara. No tardé en darme cuenta de mi error. En Fatih, como en todo Estambul, sólo encontré a comerciantes enérgicos y divertidos que chapurreaban algo de español y que gritaban "¡Aragonés... Luis Aragonés!" para tratar de atraer nuestra atención. Mis prejuicios me habían confundido.

Quizá no haya nada mejor para tomarle el pulso a una ciudad que mantener una conversación con sus taxistas. El que me llevó a mí del aeropuerto de Ataturk hasta el hotel no tenía desperdicio. El hombre disfrutaba contándome, en una mezcla entre inglés, turco y algo parecido al español, que Estambul era la única ciudad que había sido capital del Imperio Romano y del Imperio Otomano. Decía, mirando constantemente hacia atrás para ver si le prestaba atención, que en ningún lugar del planeta se podía percibir tanto el paso de la Historia. Y remató su relato, de nuevo mirando hacia atrás a 70 kilómetros por hora por el centro de la ciudad, utilizando una curiosa metáfora: "Estambul es la gran prostituta de la historia. Por aquí han pasado distintos imperios como hombres. Y todos la han dejado. Por eso detrás de su resplandeciente maquillaje se esconde el rostro de una ciudad nostálgica". Yo le pagué y le di las gracias. Por el relato y por haberme llevado con vida hasta el hotel, cosa con la que no contaba.

Ahora ya no le gruño a los que me dan la brasa con eso de que tengo que ir a Estambul. Al contrario, creo que me he convertido en uno de ellos. Como en una especie de secta. Y tú también lo harás cuando visites esa ciudad.

Hoy lo puedo decir: Estambul es para los que están enamorados, para los que no, para los que lo han estado, para los que lo van a estar, para los que no lo han estado nunca y sobre todo, para los que lo están y todavía no lo saben.

Mucha suerte en vuestro viaje!

Sólo un consejo: si un taxista os empieza a hablar del Imperio Otomano, decidle que pare el taxi y bajaos inmediatamente.

MI VIAJE A CHINA... O DE CÓMO TENER LA TALLA L DE LA NOCHE A LA MAÑANA.

Vale, asumo que no me gustan las babosas porque a pesar de que su sabor es más que correcto, tienen textura de manoloca o blandiblue (juguetes que los que éramos escolares en los 80 y principios de los 90 usábamos no sé muy bien para qué) y que las medusas me resultan tan poco estéticas como comestibles... De acuerdo, reconozco que no sé comer con palillos y que he tirado de "la madre pizza" más de lo que debería, perooo... DE AHÍ A GANAR 2 TALLAS EN 7 DÍAS!!! (en realidad no tengo demasiado claro el tiempo que he pasado en China por el cambio horario). Quiero pensar, claro, que se debe a que en China el talleje es diferente, eso, y que soy más corpulenta que el 90% de las mujeres (y el 80 % de los hombres), pero eso es algo que me llevé desde España, no puedo haber engordado ahí!!

Y por qué ellos son más flacos? Evidentemente, hay una cuestión genética detrás, pero tras estar allí y, basándome en la observación (o sea, en una apreciación 100% acientífica), imagino que el hecho de que no usen el tenedor para comer impide una ingesta acelerada y voraz de los alimentos que consumen... Comer más lento, adelgaza (o al menos no engorda tanto) porque te sacias antes. Yo no recuerdo haberme saciado nunca comiendo, o al menos, no desde que tengo uso de razón.

Otra de las razones para que no pasen de la talla S es que se hinchan a hacer ejercicio!!! Ordas de bicentenarios (porque sí, algunos podrían tener más de 100 años) salen al parque a las 6 de la mañana a hacer tai-chi (que parece una chorrada pero, probablemente, para mi, sería igual de difícil que hacer un mortal hacia atrás subida en una moto), bailes tradicionales, digitopuntura, a echar una partida de dominó, a, atención: jugar con uin hulla hop, más conocido como ARO, al badminton o a cantar y tocar con el instrumento ese que utilizan ellos que es mitad birimbau de capoeira, mitad violín...

Con tanta actividad , quién va a engordar... Tomemos nota de los chinos y luchemos duro contra el sedentarismo.

Por lo demás y, dejando a un lado hulla hops y tallas L, Shanghai, sorprende: Yo imaginaba que estaría todo repleto de monjes budistas, gente en bici (que los hay), jardines multiformes, montañas escarpadas como las de Bola de dragón (ajá, eso es Japón), casitas bajas con biombos (también...).. Pues no! Shanghai es la ciudad eterna, sin fin ni techo. Alta, ancha, larga, SUPERLATIVA: la más poblada de China, la que más rascacielos tiene, dicen, también, que la más cosmopolita, la que tiene el puerto más grande... Es un sitio rápido en la que en un descuido, en un parpadeo, lo que tienes frente a ti, cambia, construyen un nuevo edificio, un restaurante, un centro de masajes... Es un lugar ignoto, en el que cualquier idea previa se da de bruces con la realidad.


Poder conocer algo de la mano de alguien que tiene una mirada similar a la tuya (aunque sólo sea porque es del mismo país que tú...) es fantástico. Si, en vez de ser un alguien, son varios "álguienes", la cosa mejora. Es llegar a tiro hecho, es descubrir rincones amables sin tropiezos, gente interesante sin titubeos.

Poder contar con siete cicerones patrios, es una maravilla. Siete botones de una chaqueta que tiene alrededor de dos mil... porque esa es la cifra total de españoles que viven allí. Entre todos, parcelamos Shanghai, cada uno, desmenuzó una zona y lo hizo a su manera.



Verónica, nos enseñó el hospital, los cuidados para bebés, las tiendas baratas en las que, encima, se puede regatear. Visitamos con ella su casa, su empresa, conocimos a su hija, Ana, y descubrimos, que esta asturiana, es una loca de las fabes que guarda como oro en paño en su cocina...


Cristina está tan metida en China, que en los bares de la zona ya saben qué va a pedir. Nos introducimos en la cotidianeidad shanghainesa, vamos a la pelu, a jugar al mahjong, cogemos una moto taxi... Esta madrileño-canaria, quería saber cómo son los chinos, y casi se ha hecho una de ellos.


Alfons es estudiante, vive en una residencia y está becado por el gobierno chino, que le paga menos de 200 euros al mes... Así las cosas, aprendemos cómo se vive con ese "parné"... que si mercado chino de los de verdad, con precios de los buenos; que si a hacer deporte al parque, en lugar de al gimnasio; que si vamos en bici que eso es gratis, en lugar de coger taxi...


Germán, empresario sevillano, es un emprendedor incansable, le gusta el riesgo, empezar una y mil veces, siempre con un grado más de dificultad. Después de "patearse" el mundo ha recalado en Shanghai y está entusiasmado con sus contrastes: estrés y masajes baratos; prisas y templos budistas; contaminación y olor a incienso...


Antes de ir a China, tildaba a Justo de "el enamorado", ahora podría llamarle "el enamoradísimo". Wei Li, su novia, la de "sueglo", le ha hecho atravesar medio mundo, quitarse el miedo a que le hablen y le suene a chino. Pronto serán padres. Con él nos vamos de "nochevieja", un auténtico festival de la pólvora que deja la ciudad envuelta en una nube que huele a Fallas.


Los últimos intervinientes, Ion y Sara, también son enamorados, españoles los dos. Probablemente antes de dejar España, pensaron que eran unos inconscientes, porque llevaban juntos sólo unos pocos meses... Tres años y medio después, parece que el experimento, ha salido más que bien: una taberna vasca en Shanghai, una capacidad excelsa de organizar eventos y... campanas de boda.
Supongo que en cada lugar tiene sentido un tipo de emigrante, aunque luego haya un poco de todo...

Estos siete son muy distintos, pero todos comparten juventud, una inquietud gigante, unas ganas tremendas de hacer, una hiperactividad positiva y todo eso, es también Shanghai.


Como fuimos en vísperas del año nuevo chino, la gente no hacía más que tirar petardos, así que he madrugado todos los días, y... no siempre era necesario!. Son unos "animaos" estos extremos de oriente...

A parte de "animaos", son bien simpáticos, acogedores, hospitalarios, muy curiosos, preguntones, descarados... Tendrían que verles con la cabeza girando 360º cada vez que veían a un occidental (no sé en qué categoría incluírme, porque... oriental no soy, desde luego...). Preguntan de dónde vienes, te llaman amigo y se quedan muy satisfechos pensando que España es un país de toros, flamenco, Raúl el del Madrid y mulatos.

Recomendable? Por supuesto. Creo que Shanghai ha sido una de las sorpresas más agradables de mi vida.

P.D. Aquellos que teman visitar China por no habler inglés... jeje... SIN MIEDO!!! ELLOS HABLAN MENOS!!!

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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