3 posts de abril 2009

TORONTO...

EN ESTOS MOMENTOS EL BLOG AL QUE USTED HA ENTRADO ESTÁ APAGADO O FUERA DE COBERTURA, INTENTELO DE NUEVO MÁS TARDE (PROMETO EN UNOS DIAS CONTARLES MIS ANDANZAS POR TORONTO) NOEMÍ REDONDO

MAMÁ, TRANQUILA, CONSERVO MIS DEDOS

Funciona una farola sí, y seis no. Son las siete de la tarde y llevamos tres horas a oscuras, sin Sol. Me duelen tanto los dedos de los piés que temo que me suceda lo que a los escaladores del Himalaya, que los pierda, y eso, que llevo doble calcetín, pero, en Lituania, no parece suficiente. Eso sí, el termómetro marcaba cuatro grados, una nimiedad al lado de los menos tantos que pueden llegar a alcanzar. Juro que no tengo ninguna curiosidad por saber qué se siente, he pasado demasiados inviernos en el pueblo de mi madre (Segovia) y sé lo que es sufrir.

Lituania es como coger un espacio pequeño y llenarlo de hombres altísimos y fuertotes y mujeres que parecen modelos: Muy guapas, cuerpazos e infinitamente rubias. Como los extremos se atraen a ellas les van más los morenos tipo Antonio Banderas. Brad Pitt, en Lituania tienes los días contados. Gracias a eso, los Erasmus patrios, se quedan, y las "erasmas" se vuelven a España, porque aquí, poco pueden hacer.

La comida es directamente proporcional a lo desapacible del tiempo: cuanto más frío, más buena. Abundan las sopas y las cremas, capaces de revivir a cualquiera, sea cual sea la intensidad del azul de sus labios. De segundo, carne o pescado "riquérrimos", con sus buenas toneladas de mantequilla, no vaya a ser que no engorden... He probado todas las tartas y eso que solo llevo tres días en el país... Ñam, ñam, ñam.


El idioma lituano es como poner el disco de Xuxa al revés (¿se acuerdan de la “Leyenda Urbana”? pocos se atrevieron a comprobarlo). No se parece a ninguna lengua que conozca. Dicen, no obstante, que es igual que el letón... ¡Acabáramos...! ¿ a que ahora si se hacen una idea de lo que les estoy contando?

En cuanto al lugar en cuestión… mola. He visitado tres ciudades:

- Trakai: Tiene el lago mas grande del país y un castillo en mitad del mismo. Está rodeado de casas de madera que recuerdan a cobertizos de “peli” de terror estadounidense antigua.

- Klaipeda: Antiguo enclave alemán, corazón de la vieja Prusia y salida al mar de Lituania. Tiene puerto industrial y una playa que si eres un suicida o te gustan las emociones fuertes puedes disfrutar. Es pequeñita, “apañá”, muy cuca...

- Vilnius: Es la capital... Hummers limusina y coches que solo tendrían sentido en Cuba, casitas antiguas tipo Bruja de Blair, bloques soviéticos iguales, grises ,macizotes y una almendra central con edificios similares a los que pintaban en las ilustraciones de los Hermanos Grimm, tiendas de Dior y megacentros comerciales y pequeños comercios de ropa de segunda mano... Límite entre Bizancio y Roma, entre Rusia y la UE, ahora, Lituania tiene la cabeza hecha un lío...

Dicen que aquí esta el mayor cementerio del mundo, cosa que tiene bastante sentido si tenemos en cuenta el hecho (no constatado, por supuesto, volvemos al terreno de las leyendas urbanas) de que es el país europeo con mayor tasa de suicidios. Y no, la culpa no la tiene el Sol (la escasez del mismo, más bien), sino una transición loca en la que el Estado dejó de ser dueño de todo para cederle el testigo al individuo... De repente el futuro dejó de ser cierto... Aquí la gente no se suicida por amor, no son jóvenes apasionados sino pensionistas depauperados con ingresos muy bajos e índices de vodka en sangre, muy altos.

Las ayudas de la Lituania post soviética están dirigidas sobre todo a los menores de 40, y ahí, nos tumban: baja por maternidad que dura 3 años (sufragada por el Estado), educación pública y de calidad hasta la Universidad, con comedores en las escuelas, un máximo de 20 alumnos por clase y 3 profesoras por aula... Comentan, no obstante, que la Universidad es bastante regularcilla... ¿Y a mi qué? La que yo conocí en España ¡¡¡ tampoco era para tirar cohetes!!!

Y el tema de moda en España, la vivienda (eso cuando escribí este texto, ahora es el paro): Hace 15 años podían comprar casas a 700 euros, ahora cuestan tanto como en Madrid. ¿Les suena?

Y hasta aquí, muy señores/as míos/as, puedo leer...

No existen los kiwis ácidos


No deja de ser curioso que después de recorrer casi 20 mil kilómetros(19.617, para los amantes de la precisión) llegues a un lugar donde te sientes como en casa: Nueva Zelanda, un rincón remoto de este globo azul donde recuperas parte (una pequeña parte) de la confianza en el futuro de este planeta. Sus paisajes, pero también su gente, te envuelven, te abducen, te arropan. Da gusto llegar tan lejos para comprobar que en realidad las antípodas están tan próximas a nosotros. Estuvimos allí 7 días y en ese tiempo no nos cruzamos con una sola persona, un sólo kiwi (como se llama a los neozelandeses) que no nos facilitara las cosas. Nadie que no transmitiera buen rollo. Todos los kiwis nos parecían dulces.

El ejemplo de Peter es bastante ilustrativo: un chaval de Invercargill (ciudad de la isla sur) con el que coincidimos en uno de los vuelos internos que pillamos y que a sus casi 30 años (diría yo...) decía con cierta resignación que aún no había salido de su isla, de Nueva Zelanda. A mí eso me pareció un regalo. Es como estar encerrado en una cárcel de bosques salvajes, playas únicas, glaciares majestuosos, fiordos... vamos, una cárcel paradisíaca, por contradictorio que parezca. En fin, el caso es que este chico nos comentaba que le encantaría viajar y que le gustaría hacerlo con una cámara, como íbamos nosotros, para después poder mostrar todo lo que había "descubierto". Creo que Peter encarnaba perfectamente el espíritu de este programa. Cuando aterrizamos, antes de despedirnos, le hice una promesa que sólo voy a poder cumplir a medias. Me regaló una cerveza típica de allí, una Epic Pale Ale, y me pidió que la sacáramos en el programa. Peter, tío, lo siento... nos la bebimos al llegar al hotel. A cambio sólo me queda dejar aquí constancia de que la gente de allí es encantadora. Que, según mi experiencia, no existen los kiwis ácidos.



Ácidos, no, pero diferentes en algunas cosas desde luego que sí. Lo comprobé el primer día que pisé aquellas tierras. Entramos en una cafetería antes de empezar a grabar con Sonia, Xavi y el pequeño David (amigo ya inseparable de mi compañero Jesús) y vi algo que me descolocó. Lo atribuí al agotamiento y al jet lag. Pensé que debía estar alucinando y seguí tomándome mi "short black" (algo parecido al café, remotamente parecido).

Empezamos entonces a trabajar. Los mejores momentos hemos tratado de que los podáis vivir vosotros también en el programa, pero siempre queda algo que se escapa. Una propina. Algo difícil de "cazar" con la cámara y quizá todavía más difícil de explicar con palabras. Cosas como el cielo por la noche en el lago Tekapo. Allí te sentías un poco más cerca de la estrellas. Eran cientos, miles, millones, infinitas. Un océano entero de estrellas que te invitaba a quedarte allí parado, embobado, alucinado, mirándolas hasta que se hiciera de día. Cosas como el rugir de los glaciares al moverse lentamente a los pies del monte Cook. Como el olor de las miles de flores diferentes que invaden el jardín botánico de Christchurch... o como el sabor de las ostras del restaurante de Javier o las gambas del de Pedro. No sé, cosas que te hacen sentir que estás en un lugar único.

Y como nada de lo que diga o escriba va a ser comparable con la sensación que te recorre el cuerpo cuando estás allí viviéndolo en directo, lo único que me queda es aconsejaros que, si tenéis oportunidad, os olvidéis de las 28 desquiciantes horas de vuelo y os vayáis a las antípodas. Ya me contaréis...

Por cierto, no me olvido de eso que vi en la cafetería y que me dejó ojiplático (como diría la gran María). De hecho, dos días después, lo volví a ver en pleno centro de Auckland, en Queen Street, la calle principal. Lo vi y me volví a quedar perplejo unos segundos. Lo achacaqué de nuevo al jet lag. "Debo estar demasiado cansado", pensé. Después os lo explico mejor.

A lo largo de nuestro viaje visitamos Auckland, Christchurch, Kaikoura, Lago Tekapo y Dunedin. Y tanto nos impresionaron los lugares como los casi diez españoles que conocimos. Grandes personajes todos ellos. Gente que ha encontrado su lugar allí, en el extremo opuesto de su casa, de su familia y de sus amigos. Y todos (o casi todos) coinciden en varias cosas.

Una muy importante es esa frase que sueltan con media sonrisa: "vine aquí de vacaciones y me enamoré hasta tal punto de este país que... ¡aquí me tienes!". Sí, muchos de ellos están allí "por culpa" de unas vacaciones. Conclusión: cuidado con ir de vacaciones a Nueva Zelanda que lo mismo os cambia la vida (esta frase es de Sonia). También coinciden en que viven más tranquilos, menos estresados. ¡Ay, el estres, nuestro amigo el estrés!... Bueno, pues para ellos es un completo desconocido. No atascos, no pitos, no prisas, no comida rápida, no coger número para bajar a la playa. No. Para ellos, no.

Y por último, también coinciden, todo hay que decirlo, en que por muy bien que se vive allí y por muy felices que son con el estilo de vida kiwi, NADA puede sustituir a la familia (ya lo decía Vito Corleone). Ni siquiera a las cañas con los amigos o al aperitivo.

Mariano, ese biólogo que se cansó de su oficina y de su trabajo de informático y se fue a las montañas siguiendo a su vocación, sabe bien que no todo es tan sencillo. Que es difícil marcharte cuando alguien a quien quieres está enfermo o cuando el teléfono no es suficiente para saber de "los tuyos". Que no todo es disfrutar de la naturaleza. Por eso te alegras de verdad cuando ves que a un gran tipo como él las cosas le van bien. Mariano apostó y ganó. Cuando le conozcáis también os alegraréis por él.

También Carmen sabe que no es tan fácil construir una vida a 20 mil kilómetros de casa. A ella, después de separarse sólo le quedaron dos opciones: quedarse en Nueva Zelanda o marcharse y dejar allí a sus dos hijos. Carmen no sólo tiró para adelante sino que además lo hizo con una sonrisa "de rabo a rabo", como dice ella. Cuando le pedí por e-mail que me dijera cuál era su profesión, me escribió lo siguiente: "Profesora de Español en la Universidad de Otago, Guía turística bilingüe, Profesora de Salsa, piloto de helicópteros y... madre". Imposible resumir mejor cómo es Carmen.

Breve paréntesis: (cuando grabábamos con Carmen en la Universidad de Otago volví a ver de refilón eso que me estaba dejando alucinado desde que llegué a Nueva Zelanda. Lo vi de pasada, me descolocó, pero seguí grabando como si nada).

Pero a lo que iba... Tampoco todo ha sido tan sencillo para Pedro. Él es un grande de Nueva Zelanda que lleva 30 años allí, 3 matrimonios y 6 hijos. Pero no ha podido conseguir que su madre, de 90 y tantos años, viaje hasta allí y por tanto la mujer aún no conoce a sus dos nietas de casi 4 años: Lola y Estela. Yo desde aquí le digo, señora, que Pedro está feliz y que tiene usted unas nietas adorables. Dos auténticos soles. Enhorabuena.



El caso de Javier sí fue algo menos complicado. Él fue el más listo de la clase. "Tío, yo me vine a aprender inglés y la profesora alquilaba habitaciones y ella dormía en una caravana. Al tercer día, ya estaba yo durmiendo en la caravana". Y hasta hoy. Y felices los dos.

Joan, el catalán que importa jamón y chorizo haciendo con ello una auténtica labor social para los neozelandeses, es de los pocos que he encontrado al que no le acaba de gustar el estilo de vida de allí. Él sigue echando de menos su pequeño pueblo en Cataluña y sigue sintiéndose de allí a pesar de que lleva 34 años en las antípodas. Lo resumía muy bien: "puedes sacar al tío del pueblo, pero no al pueblo del tío". Tomo nota, Joan.

Todos: Ana y Chris, Jorge, Amadeo, Sonia y Xavi, Iñaki... todos los españoles que me he cruzado tienen una intensa historia detrás que a nosotros nos ha hecho el país aún más atractivo y a mí me ha llevado a pensar que Nueva Zelanda tiene algo de magnético.

Y sí, tienen costumbres bastante peculiares. Si no, no se explica aquello que vi el primer día en una cafetería, y después en Queen Street y también en la Universidad de Otago. Al final lo pregunté y me dijeron que sí, que era verdad, que no me estaba volviendo loco: QUE LA GENTE IBA DESCALZA. Así es, descalzos y más felices que nadie. "Aquí las calles están limpísimas, nadie tira una lata ni un cigarro ni nada de nada por eso es habitual que la gente aquí vaya descalza a muchos sitios", me dijo Carmen, "yo también lo hago a veces y es un gusto".

No creo que sea fácil encontrar eso en otro lugar. En realidad no creo que haya muchos lugares como Nueva Zelanda.

Me voy a desayunar: hoy, tostadas y dos kiwis.

Hasta muy pronto!

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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