5 posts de mayo 2009

PANAMÁ... O EL EFECTO SORPRESA

Una de las acepciones de la palabra “Panamá” es abundancia de peces... Me quedo con eso, con la abundancia...Nada más llegar, “¡plaf!”, venga a ver pelícanos, y venga a ver vegetación, y playas, y monos, y ¡cientos de islas!... y, claro, también peces, que para eso se llama así.


No hay muchos panameños en España, emigran poco... Pregúntense qué les suena de ese país... además de su canal y de disputarse con Puerto Rico el (habrá quien cuestione lo que voy a decir...) honor de haber inventado el Reaggeton. Pues así iba yo, con algún que otro nombre en la cabeza (Noriega), alguna que otra noción (una obra titánica, miles de muertos, unión del Atlántico y el Pacífico, dominio estadounidense, independencia...) , pero, básicamente, con ganas.


Centroamérica fue un punto caliente en los 80 que dejó de lamerse las heridas en los 90 y que en el s.XXI se exhibe con un orgullo más que merecido. Allí el monstruo de la crisis pasa de puntillas si lo comparamos con Europa. Al lado de Costa Rica,

Panamá, es el hermano tímido, es el país del canal, ese que habla en voz baja y al que se le escucha menos desde el otro lado del charco. Pero vayan , vean y sorpréndanse. Creo que ha sido uno de los sitios en los que más seriamente me he planteado hacerme la enferma, quedarme más días (o quedarme del todo)y dejar que editara el reportaje otro.


Calor siempre: Lluvia en lo que ellos llaman invierno y cielos despejados en su verano. Selva a escasos Km de la ciudad... Si la capital se dejara un poco, un par de meses nada más, habría lianas y cariblancos en la avenida central (equivalente a la Gran Vía madrileña). La naturaleza es poderosa y omnipresente. La arquitectura es bellísima, colonial, a veces majestuosa, otras, ajada, pero no por ello, menos interesante...

Y luego la gente, que un contenido sin continente no es lo mismo. No puedo hablar de los panameños porque no tuve más que una semanita para tratarlos, pero lo que sí que puedo decir es que transmitían vida, movimiento... Son de todos los colores, hay más de un 70% de población mestiza tras siglos de mezcla inverosímil. Es uno de los países latinoamericanos con más cantidad de descendientes de chinos, todo debido a las obras del ferrocarril y del canal... Se ven negros igualitos que los jamaicanos, nietos y bisnietos de antillanos que llevaron a trabajar para allá. Hay siete grupos de amerindios ataviados igual que sus ancestros, eso sí, hablando por el móvil. Y, como no, españoles de DNI unos pocos y de sangre, muchos más...imaginen, desde que llegó Balboa allá por el s.XVI...

Un gran sitio, Panamá... UN GRAN SITIO...



(En la foto: Raúl, el cámara; Iñaki Ruiz, uno de los entrevistados y yo en un poblado de indios emberás).

La traductora y el macarra

Abro los ojos y no veo nada. Todo blanco. Oigo un ruido metálico, como de material quirúrgico que se deja caer en una bandeja helada. De fondo, la voz de un señor mayor, muy mayor, hablando en serbio. Habla pausadamente con una señora (o señorita, no sé) a la que parece pedirle ayuda. La señora (o señorita) se acerca. Aparta ligeramente una enorme lámpara de luz que era la que me estaba cegando y entonces puedo distinguir sus figuras enfundadas en batas blancas. Y lo que es peor, puedo distinguir la jeringuilla y las tijeras (de un palmo) que el señor mayor, muy mayor, tiene en la mano. Es en ese momento cuando reparo en que el labio inferior me abrasa.

Estoy tumbado en una camilla de un quirófano de urgencias de un céntrico hospital de Belgrado. Son las 4 de la mañana. A estas horas el complejo en el que se encuentra este hospital de construcción comunista parece una ciudad fantasma. Pero muy rápidos y eficaces, eso sí. Finalmente el hombre y la mujer que llevan bata blanca y hablan raro me acaban por coser el labio, ris ras ris ras, tres puntitos y a correr. Afuera me esperan mi inseparable Jesús, grande Jesús, y Laura, un cielo de niña. Gracias, Laura, muchas gracias.

¿Y esto que os estoy contando a qué viene? Pues rebobinemos en el tiempo 4 horas y os lo explico. O simplemente os lo cuento, porque yo todavía no tengo explicación para lo que ocurrió en aquel callejón.

Acabamos de grabar en el bar de Roberto (ese templo almodovariano que podéis ver en el programa), nos tomamos una cerveza, nos fumamos un cigarro, hablamos de política internacional y de fútbol con un tipo de Milán que ya llevaba bastantes más cervezas que nosotros y nos vamos.

Al salir del bar, nos cruzamos en un callejón oscuro con tres tipos que aún habían bebido más cervezas que el de Milán y que no bajaba ninguno del metro noventa. Tres torres con caras de pocos amigos. O de ninguno. Uno de ellos mira nuestra cámara con ojos de deseo. Muy majo el tipo, sí señor. Todo un intelectual de Harvard con el que intentar dialogar hubiera sido un auténtico encuentro en la tercera fase. Empieza a gritar en serbio (creo) y se viene detrás de nosotros como si llevara un petardo en el culo (un masclet de vint euros, que se dice en mi tierra).

La secuencia de los hechos da igual ahora mismo. Todo ocurre muy rápido. Cuando nos queremos dar cuenta, el macarra está lanzando el puño como Afrodita lanzaba los pechos en Mazinger Zeta. Con un brazo pega y con el otro busca algo en el interior de su chaqueta. Mal rollo. Jesús, rápido e inteligente, lo esquiva y protege la cámara. Yo, empanao como siempre, esquivo la primera pero finalmente el fulano en cuestión me caza en un derechazo con toda su rabia.

Si habéis visto el programa, habéis comprobado que yo no soy gran cosa. Vamos, 1’70 y 58 kilos. Un tirillas, como se suele decir. Así que con un golpe le basta. Me parte el labio y me rompe dos dientes. Y es nuestro segundo día de grabación, quedaban cuatro por delante. La cosa se ponía interesante. Cuando el intelectual ve la sangre, se da por satisfecho y se marcha por donde vino.

Hasta aquí, el primer protagonista de nuestro viaje. Sería injusto contar sólo esto en el blog. Distorsionaría lo que es Belgrado. O mejor: lo que Belgrado fue para mí. Cuando hoy alguien me dice que los serbios son duros y tienen carácter, no pienso en el macarra. Eso no es tener carácter, eso es no tener cerebro. Él no es el prototipo de serbio. Al menos, no para mí. El prototipo podría ser Darko, Tamara o Mariana.


Ésta última es la joven más diligente y efectiva con la que me he cruzado. La podéis ver en el programa. Mariana es la chica que nos presenta Jorge, el chaval de la Rioja. Es la que dice: “con Jorge nos ha tocado la lotería” (con el mismo acento con el que habla Mijatovic, aunque ahora ya se le oye poquito). Ella lo resolvía todo y siempre con una sonrisa. Capaz de conseguir en cuestión de segundos un sitio donde comer, una bodega donde grabar o de traducir un informe médico. Impresionante verla trabajar.

Darko y Tamara, serbios los dos, también me dejaron impresionado. No salen en el programa, pero os aseguro que sin ellos no hubiera sido posible. Me consiguieron un dentista un domingo a primera hora, nos mostraron lo mejor de Belgrado (que tiene mucho) y se desvivieron por nosotros con un único objetivo: que nos lleváramos una buena impresión de su ciudad. A los tres desde aquí os digo que lo conseguisteis, que vosotros sois más “fuertes” que el macarra. La imagen de Belgrado queda intacta, no como mi labio. Es una ciudad especial, maravillosa.

Un último apunte: esto que he contado puede pasar en cualquier lado, seguro, pero a mí me ha pasado en Belgrado. No significa nada. Pero no creo que tenga por qué ocultarlo. En el programa no se ve porque no viene al caso, pero este blog está precisamente para eso, para contar lo que no se ve. Aquí tengo la oportunidad yo de dar mi versión, mis impresiones. Es la trastienda del viaje.

Además quiero darle las gracias a toda la comunidad de españoles que allí estuvieron pendientes de mí en todo momento. Son muchos: Inma, Jorge, Mikel... todos.

Siento la chapa que os acabo de pegar, pero quería contar estas anécdotas a mi manera.

Y hacedme caso, viajad a Belgrado cuando podáis. Buscad a la traductora y huid del macarra. Disfrutaréis de una ciudad resplandeciente.

CATORCE HORAS DE AVIÓN? ¡QUIÉN DIJO MIEDO! (By Rocío Alcañiz)

Con un poco de retraso... aquí va, el post sobre Japón!

Mientras intento hincarle el diente a unos de esos bocadillos plastificados del aeropuerto y procuro no intoxicarme con el zumo de piña, que lleva de todo menos piña, pienso en el viaje que nos espera. Una semana en Japón... ¡vaya! No pinta nada mal ¡El país del sol naciente! Supongo que influenciada por tantas y tantas películas, siempre me había imaginado Japón como un lugar lleno de historia, de tradición, de esas casitas bajas tan monas con el techo en forma de cuernos y con las empedradas calles repletas de japonesitas, caminando a pasitos muy pequeños y con la mirada clavada en el suelo.

“¡Ey! Que nos toca embarcar” Raúl (nuestro todoterreno operador de cámara) me saca de mis aventuras niponas por lejanas tierras y me devuelve a la dura realidad... “¿tú qué tienes, pasillo o ventanilla?”. Yo, que antes era una aguerrida viajera, siempre dispuesta para echarme a la espalda miles y miles de kilómetros, subida en un avión de hélices hecho chatarra, de un tiempo aquí he desarrollado un inexplicable miedo a volar... no sé, en fin, será la edad. La verdad es que después de catorce horas de avión, peleándome con el de al lado por ver quién se queda con el reposabrazos y viendo las mismas películas una y otra vez, una ya pierde el miedo a cualquier cosa.

Y por fin Japón. Llegamos al aeropuerto de Osaka, una ciudad impresionante, repleta de altos edificios acristalados y calles abarrotadas de gente y tiendas. Es la tercera ciudad más grande de Japón... ¡y tanto! No recordaba haber pagado tanto por un taxi como el que nos llevó del aeropuerto hasta nuestro hotel. Y es que Japón, depende de para qué cosas, puede ser un lugar realmente barato o uno de los más caros. Por poner un ejemplo, el sector del transporte está por las nubes. Eso sí, merece la pena pagarlo sólo por viajar en el tren bala... su propio nombre lo deja claro. Y, sin embargo, puedes llegar a comer abundantemente por tan sólo 3 ó 4 euros... Hay para todos los gustos, pero, en general, el precio de la vida anda parecido que en España, sólo que los sueldos suelen ser mayores, las casas más baratas...

Según llegamos al hotel, no nos dimos ni un respiro, ¡Japón nos espera! Así que a currar, no sin dificultades, todo hay que decirlo, que entre la paliza del viaje y las ocho horas de diferencia con respecto a España, nos pasamos cuatro días que no sabíamos ni dónde estábamos...

Japón es, sin duda, un país de contrastes. Por un lado, la tradición y el peso de la historia que recae sobre ciudades como Kyoto. Andar por sus calles es transportarse a otra época, cuando la magia de las geishas y el espíritu sintoísta inundaban cada rincón. Los templos de Kyoto, tanto sintoístas como budistas (que es hoy en día la religión mayoritaria allí), son un fiel reflejo del gran imperio que un día fue Japón. Un auténtico vestigio de la era de los samuráis.

Y, por otro lado, encontramos ciudades como Osaka, donde la tradición y la religiosidad dejan paso a una de las más modernas de las modernidades… Rascacielos, hoteles de lujo, grandes polígonos industriales, fábricas inmensas, centros comerciales y tiendas por doquier y, sobre todo, gente y más gente. Las calles más comerciales del centro se abarrotan de entregados consumistas, que, tras su larga, larguísima jornada laboral, se lanzan a la calle en busca de la mejor oferta o el último grito en móviles. Y es que en Japón existe una gran cultura del consumo, aunque las fauces de la crisis también hayan hecho mella allí. En Osaka, a eso de las 6 de la tarde, las calles más comerciales se abarrotan de grandes masas de gente, donde por supuesto no faltan los extravagantes peinados, la música a todo gas y la moda al más puro estilo personaje de manga.

La verdad es que Japón, en todos los aspectos, es auténtico. Las verdes montañas repletas de bambúes, los bellos templos de otra era, las imponentes ciudades de cristal… Y, como no, la gente. En un primer contacto, pensé que se trataba de personas demasiado cerradas en su propia cultura, reacios a los extranjeros y poco predispuestos a hacer nuevos amigos. Sin embargo, la realidad es otra muy distinta. La amabilidad de la gente, la cortesía y la entrega pronto se hacen palpables. Un día se me ocurrió regatear en una tienda (el regateo no está muy bien visto en Japón… lo supe después, ups!) y creo que, por no decirme que no y que pudiera sentirme ofendida, acabaron rebajándome el precio.

Viviendo en un país como este, no me extraña que nuestros amigos españoles sean reacios a volverse. Y es que el país del sol naciente tiene una magia especial.

Luchito, ¿un pisco?

Hoy es el día más importante. Aquí están demasiado acostumbrados a convivir con la muerte. La novedad es la resurrección. Por eso hoy está todo el pueblo en la calle. Por esperanza”. El que me dijo la frase se presentó como antropólogo de la universidad de Lima, aunque a juzgar por su aspecto más bien parecía John Lennon en su luna de miel hippie con Yoko Ono. Pelo desaliñado y gafas de sol redondeadas. Sólo le faltaba el pijama. Me hizo esta reflexión mientras nos dejábamos arrastrar por una marea humana de 500 personas caóticamente ordenadas dentro de la plaza de armas de Ayacucho, una ciudad enclavada en el corazón de los Andes. Una joya.

Jesús, mi compañero cámara, y yo grabábamos la procesión del Domingo de Resurreción, considerada por algunos la más grande América latina. Y nuestro amigo, el Lennon peruano, hacía el trabajo de campo de su tesis sobre no recuerdo muy bien qué.

Cuando acabó la procesión, este buen hombre me desarrolló su teoría. Tardó como una hora y media, pero yo prometo resumirla en 3 líneas. Él decía que en Ayacucho, donde se originó el movimiento terrorista de Sendero Luminoso, ya conocían demasiado bien lo que era la muerte. Conocían sus pormenores, sus matices y sus dobleces. “Han sido demasiados años de terror, amigo, demasiados”. El caso es que, siempre según el susodicho antropólogo de aspecto beatleliano, lo que a los ayacuchanos conmovía y les disparaba la devoción y la adrenalina era pensar que el Nazareno había resucitado. Dijo esto y se fue.

¿La verdad? Yo no sé si tenía razón o no, lo que sé es que se me erizó el espinazo y se me anudó el estómago cuando vi a esa gente cargar con ese anda de varias toneladas con la fuerza y el valor de quien no necesita ver para creer. Ni comer, ni dormir, ni nada.

Sólo llevaba dos días en Perú, pero ya empezaba a entrever lo especiales que son los peruanos. Su intensidad de sentimientos. Su honestidad. Y en estas reflexiones andábamos Jesús y yo cuando se acercó Miguel, un madrileño que ya se siente un peruano más. Miguel encarna la perfecta unión entre el Perú y España. La armonía. Está tan integrado en su ciudad de acogida que si vas con él por la calle es imposible dar dos pasos seguidos sin que alguien te pare para saludarte, darte la bienvenida y desearte suerte en tu viaje. Yo creo que saludé a toda la ciudad. Y a algunos varias veces. Pasear por Ayacucho con Miguel es lo más parecido a sentirte por un día como el Príncipe Felipe y Doña Letizia. Lo que no sé es quién hacía de la princesa: ¿Jesús o yo?

Bueno, a lo que iba: llegó Miguel y dijo esa frase que yo llevaba dos días escuchando continuamente y que no dejaría de escuchar hasta que me fuera de Perú. Una pregunta a la que no podía (y sobre todo no debía) decir que no: “Luchito, ¿un pisco?”. Ay, el pisco. Por supuesto que me quería tomar un pisco pero,creedme, si me hubiera tomado todos los piscos a los que Miguel y nuestros hermanos peruanos nos invitaban, no habríais podido ver el programa. Parabas de grabar cinco minutos y te ofrecían un pisco. Te presentaban a alguien y te invitaba a un pisco. Acababas de cenar y… un pisco. Lo que hiciera falta para que te sintieras a gusto, en tu casa. Decir que no era de mala educación, decir que sí era para valientes. Si has probado el pisco, lo entenderás. Y si no, ponte uno, que invito yo.

No sé, puede parecer sólo un detalle. Una cortesía sin más, pero para mí era muy significativo. Yo no he conocido un pueblo más atento, más acogedor y más hospitalario que el peruano. No digo que no lo haya, insisto, digo que yo no lo he conocido.


Con el pisco de la discordia ya en la mano, Miguel brindó por un Ayacucho diferente. Un pueblo que ha enterrado su pasado tenebroso y ahora disfruta de la vida y del sol y de la buena comida y del cuy y de la carne de alpaca y de los andes y de la buena música y la guitarra flamenca y la flauta peruana. Un lugar limpio. En todos los sentidos.

Nuestro viaje nos llevó también hasta Tarma, la perla de los Andes, Chiclayo y Lima, reservándonos Cusco para dedicarle un programa entero. Todos los personajes a los que nos cruzamos esos días nos dejaron algo, nos impresionaron. Cada uno a su manera. Escuchar a Teo te da ganas de dejarlo todo y escaparte a recorrer el camino Inca. Cristina despierta pasión por los bebés, por ayudarles de alguna manera. ¿Y Paloma? bueno, Paloma consigue que te quedes tan embobado escuchándola cuando te habla de tesoros y culturas milernarias que hasta puedes perder un avión. ¿O no, Palomita? El Padre Javier, Coco, Victoria... todos.



Y como no, Felipe. Felipe es un fenómeno. Podría buscar otra forma de definirle, pero no sería tan precisa. Tras 30 años allí, ya se siente tan peruano que después de despedirnos y mientras cargábamos las maletas en el taxi, me llamó a gritos y me hizo una última propuesta.
Seguro que ya os la podéis imaginar.
- Luchito, ¿un pisco?
Y esta vez no dudé.
- Claro que sí, Felipe, por el Perú.

MI GUINEA DEL ALMA

Me llamo Lucía-Asué, y me apellido Mbomío Rubio. Un nombre de aquí y el otro de allá, cada apellido de un país, mis dos países.

- Por cierto, el "Rubio" me pega bastante poco...-

Mi padre es de Guinea Ecuatorial, el único país de África en el que la lengua oficial es el español y en el que no se pierden "Amor en tiempos revueltos" o "Cuéntame"... Se vino a España con su DNI debajo del brazo, cuando aquello era esto, cuando fue colonia (más tarde, también provincia, como Albacete o Badajoz, por ejemplo). Bailó Karina en los guateques, conoció a mi madre (una segoviana) en la Universidad Politécnica de Madrid, vió a Masiel ganando en Eurovisión, es del Atlético de Madrid y prepara unas paellas de morirse. Lleva aquí más tiempo que allí, sin embargo procura ir cada año y piensa a diario en su tierra. Todas las cabras tiran al monte, y ese monte, creanme es de los más bonitos que yo he visto.

Supongo que no puedo ser objetiva con Guinea, como tampoco lo soy con Segovia o con Alcorcón (jejeje... aunque no tenga ni acueducto, ni selva), por eso, esta vez será el cámara que me acompañó, Gabi, el que escriba el blog.

P.D. Advertencia: Si lo que ven les gusta, piensen que nos quedó mucho más por mostrar (Corisco, Cogo, Annobon...)


Hola soy Gabi, el cámara que tuvo la suerte de acompañar a Lucía al país de su padre. Me piden que resuma en unas cuantas líneas mi impresión sobre Guinea Ecuatorial...por dónde empezar...porque como decía el viejo Kapuscinski, si África es un planeta, Guinea, a pesar de su reducido tamaño, es un continente.

Lo primero a destacar es la tremenda suerte que tenemos al compartir lenguaje, te permite acercarte mucho más a una cultura africana y a la gente. De pronto era como estar en el Kaura (un parquecito del Sur de Madrid): medio Alcorcón y Móstoles desfilaba por allí...muchos chavales criados en españa han aprovechado el tirón económico del país y le sacan partido a su formacion. ¡Guinea está mucho más cerca de España de lo que creemos!

Dicen que Senegal es la puerta de África, pero para los españoles es guinea. Una puerta por la que entras al corazon de la selva centroafricana, una de las más densas y salvajes del planeta. De alli sacaron al pobre Copito de Nieve... el buque insignia del zoo de Barcelona. No tuvimos tiempo de conocer un millón de parques naturales, como por ejemplo la Caldera de Luba, un volcán en cuyo interior (encerrados en paredes naturales de 2000 metros) viven aisladas desde hace más de 15000 años especies unicas. Una pena...Muy poco tiempo para tanto país...habrá que volver

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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