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EL SER HUMANO ES EL ÚNICO ANIMAL CAPAZ DE HACER MÚSICA

El primer día fenómeno, oiga, luego la cosa cambio...

La ciudad del viento se debe haber quedado “pallá” de estar todo el día soplando. O de que la soplen. No sé.

Cuando llegamos hacía un calor majete, de esos de días claros, de tirantes y sandalias y de noches con “rebequita”... Sólo 24 horas después, los grados (los farenheit, esos, que no hay quien los entienda) se suicidaron. Benditas rebajas, gracias a las cuales, Manu (el cámara) y yo, pudimos comprarnos un par de abrigos grandontes, crecederos (por si a cualquiera de los dos nos diera por abandonar nuestra actual talla media- baja), no por voluntad propia sino porque ellos son mas altos y muchos, también más anchos.



Total que... ahí íbamos mi compi y yo, que nos faltaban los calcetines con chanclas para completar el fabuloso cuadro. Ahora entiendo a esos pobres guiris, históricamente denostados... Quién sabe si todo fue por culpa de un cambio de temperatura...

Así que con esta guisa, mitad Paco Martínez Soria, mitad turista en Mallorca, encarábamos la ciudad de moda, porque sí, es la ciudad de moda. Lo fue antes de Obama y ahora, está pletórica, exultante (con grados o sin ellos). Cuna de peregrinación mundial de inquietos culturales, de yupies, de musicazos. Aquí es donde yo quería llegar...

El ser humano es el único animal capaz de hacer música. Y en Chicago deben ser muy humanos. En cada rincón hay alguien acompañando al sonido de la ciudad con notas agradables. Todos los estilos confluyen en la meca del pentagrama, aunque su marca más personal es el blues. Hay mil bares en los que escuchar música buena, por desgracia, no en todos pudimos grabar. Aunque, creo que el concierto que más me sorprendió me lo encontré en un parque. Paseábamos por el Millenium Park cuando les oímos. Nos acercamos. Caliente, caliente. Por fin: ahí estaban ellos, miles de negros con manta (esa tarde hacía frío), con las manos alzadas, fuera de sí, gritando “aleluya”, bailando, daba igual la edad, todos acompañaban a la agrupación que, con maestría entonaba melodías religiosas. ¡Era una película! ¡ Era Sister Act! ¡Era una maravillosa locura! En realidad, era gospel.

Teníamos los ojos como platos, queríamos filmar todo, queríamos llevárnoslo a casa, y que en cada casa pudieran ver lo que nosotros veíamos. No teníamos permiso, no sabíamos que aquello sucedería, así que de forma algo caótica nos pusimos a capturar. Nos pararon claro. No estábamos autorizados. Hablamos con los responsables y nos dieron un pase: Teníamos 30 segundos, ni un segundo más. Una señora se puso detrás de nosotros a contar hacia atrás: 30, 29, 28, 27... ¡ Qué estrés! Hicimos lo que pudimos. Luego nos relajamos, nos sentamos, en un rinconcito, para no romper ni un poco aquella realidad mágica que teníamos delante de nosotros. Fue increible. Manu, encima, era minoría étnica y le hacía mucha gracia... Es la ciudad de Obama. Creo que ahí no faltaba ni uno solo de los que lloró de emoción cuando le proclamaron presidente.

Esa gente si sabe divertirse...



Esa la cara. ¿ La cruz? (Nunca he tenido muy claro cuál es la mala de las dos, es como lo de “una de cal y otra de arena”). El último día. Supongo que casi todos han tenido uno de esos días en los que piensan por qué han salido de la cama. Pues bien, algo así nos sucedió en nuestras últimas horas en Chicago. Diluviaba. Nos estaba esperando Arantza, la última entrevistada, fuera del hotel. El primer día que grabamos con ella había un cielo azul que daba gusto verlo, pero éste... era gris, gris... Horrendo.

A pesar de todo, cogimos los bártulos (incluídas las maletas) y los metimos en su maletero. La cosa pintaba rara.

Una hora después estábamos en Union Station, la estación de cercanías en la que rodaron “Los Intocables”. Manu comentó que se había quedado sin batería, asi que salió fuera a coger una sustituta del maletero. Regresó algo avergonzado porque decía no haber encontrado el coche... Nos reímos de él, claro. Nuestra sorpresa llegó al comprobar que, en efecto, el coche no estaba ahí (recordaré que era nuestro último día, las maletas y algo de documentación, estaban dentro). Pasamos por todos los colores: blancos (unos más que otros), verdes, amarillos... Gracias a un señor que lo había visto todo, descartamos el robo. Todo era más fácil: se lo había llevado la grua porque esa misma mañana tenían que limpiar la calle en la que, por desconocimiento, habíamos estacionado el vehículo.



Nos costó encontrar taxi para llegar al depósito, llovía tanto que todos iban ocupados. Pero lo logramos. Nos llevaba un simpático etíope que pensó que yo era de su tierra. Estábamos tranquilos. Teníamos tiempo. De repente, Arantza se dio la vuelta, había oído un ruido. Debíamos parar. Lo hicimos. Miró el suelo, lo remiró pero no encontró lo que buscaba. Cuando comprobó que su pesquisa era imposible, cabizbaja nos confesó que el micro había desaparecido. Manu y yo nos reímos, ¡aquello era imposible!, llevaba la petaca puesta. Pero en un “más difícil todavía”, la puerta había pillado el cable y descabezado el micro de corbata. Avergonzada nos enseñó el cable pelado. En efecto, el micrófono había volado.

Pagamos la multa, nos devolvieron el coche y nos volvimos a España como alma que lleva el diablo (eso sí, en el aeropuerto nos dieron el último susto: Había overbooking, pero contar eso, implicaría otro post...).

Moraleja: Cuando las cosas van mal SIEMPRE pueden ir peor...

Aviso TENGO UNAS FOTOS BUENÍSIMAS... pero están en camino... Entre tanto, les dejo con un "aperitivo".

26 Comentarios

Muy buen programa.

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Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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