5 posts de julio 2009

UN CUENTO CHINO

A las 7 de la mañana un ruido metálico despierta a Benjamin Willard. Se levanta, se enfunda su uniforme y empieza su jornada laboral. A cumplir. Cree firmemente en lo que hace.

A las 7:15, en la misma ciudad, Saigón, otro ruido metálico, el del despertador, indica a Frank Robinson que también debe empezar a funcionar. Al igual que Willard, viste uniforme y también cree honestamente en su trabajo.

Así empezaba el relato que me contó un tipo en la cafetería del aeropuerto de Tan Son Nhat, en Saigón (Vietnam), durante las dos horas de espera que sufrimos debido a que más que llover, parecía que habían puesto boca abajo el mar. Eso era un monzón y lo demás son chirimiris. Nuestro vuelo de regreso a España no podía despegar así que se me acercó el elemento en cuestión y se presentó como “Scott, un ciudadano libre americano”, añadiendo después de una breve pausa, “de Austin, Texas”.


El caso es que el ciudadano libre había perdido su vuelo y debía tener ganas de hablar. De pronto empezó a narrarme cual Hans Christian Andersen una historia que tengo que reconocer que me acabó enganchando.

48 horas antes, en el distrito 4 de Saigón, un barrio obrero de la ciudad, un joven vietnamita, Loan, nos invitaba a su salón para comer arroz y conocer a su familia. Una vez allí, sentados en el suelo y descalzos, nos contaba otro relato. Empezó así: “En el lapso de cien años que dura una vida humana, qué amarga lucha libran el talento y el destino”. Un inicio, la verdad, bastante desconcertante. Nos dijo que ése era uno de los 3.254 versos que componen el llamado Cuento de Kieu. Es una leyenda (inspirada en una novela china) que conocen todos los vietnamitas y que para ellos tiene un gran valor porque consideran que resume su alma y su identidad nacional. Para ellos es el paradigma de su carácter. Lo que les define. Si entiendes el mensaje del cuento, les entiendes a ellos.

¿Y de qué trata el cuento? os preguntareis. Pues, entre otras cosas, de una prostituta. Sí, así está el tema. Kieu es una joven bellísima y con talento a la que las circunstancias obligan a prostituirse y, básicamente, a sufrir. A final de la velada que compartimos con este joven vietnamita llegamos a comprender cuál era el verdadero significado del Cuento de Kieu. Después os lo desvelo. Antes sigamos con el americano cuenta cuentos del aeropuerto.

Willard trabaja 10, 12 o incluso 14 horas cada día. Recibe instrucciones de sus superiores y se limita a ejecutarlas. Sin preguntarles y sin preguntarse. Cuando finaliza su jornada, consume alguna anfetamina y suele acabar en la cama con una mujer vietnamita.

Robinson hace lo mismo. Trabaja, cobra y no cuestiona nada. Por las noches bebe whisky y, como a Willard, también le gustan las mujeres vietnamitas porque dice que son muy “serviles”.

Ahora vas a entender por qué te cuento la historia de Willard y de Robinson. Vas a ver cómo me das la razón cuando digo que los americanos ganamos la guerra de Vietnam.

A mí me venía de vez en cuando a la mente el recuerdo de la velada con Loan, el joven vietnamita. Qué cuentos tan distintos. Y sobre todo, qué manera tan diferente de contar las cosas. A uno le preocupaba que le escucháramos. Al otro sólo le preocupaba escucharse a sí mismo. También me venían imágenes de nuestro viaje, de los 7 días inolvidables que habíamos pasado en Ho Chi Minh City, el nombre actual de la antigua Saigón, la ciudad más grande de Vietnam.

Me acordaba de la sensación que tuve la primera vez que me vi envuelto por el avispero gigante de motos que recorre las calles de la ciudad. Es una locura, pensé. Pero pronto corregí. No es una locura, es Saigón.

Decenas, centenares, miles, millones de motos por todos lados y en todas las direcciones. Familias enteras subidas en ellas, lavadoras, animales, colchones, armarios… allí todo es susceptible de ser trasportado en una moto. Un vietnamita que trabajaba como chófer para un español nos lo resumió muy bien: “los vietnamitas conducimos igual que vivimos: mirando sólo hacia delante y sin detenernos ante nada”.



También recordaba una de las cosas que más envidio de los vietnamitas. Os la cuento: no sé si sabíais que los vietnamitas tienen superpoderes. Pues sí. Yo tampoco lo sabía pero una sola jornada me bastó para comprobarlo. Les vi utilizándolos en varios sitios: debajo de una mesa, encima de una moto, apoyados en un poste de la luz, en medio de un mercado lleno de gente, en plena calle... los vietnamitas son capaces de dormirse como, donde y cuando quieran! Caen como angelitos. "En realidad la siesta no es española, es un invento vietnamita", me habían avisado ya. Pero no podía imaginar hasta qué punto la ejercen. Impresionante.

Mientras yo me perdía en mis recuerdos, el americano seguía contándome su particular cuento:

Willard y Robinson son en realidad una misma persona. Ambos son soldados pero cada uno trabaja para un tipo de ejército diferente. Los dos son americanos, los dos viven en Saigón, pero con 40 años de diferencia. Uno en el 68 y el otro en 2008. Son sólo ejemplos, joven. Y me decía “joven” con el mismo tono que me diría “ignorante”.

¿Lo entiendes? Imagina que Willard es un capitán de los sevicios de inteligencia del ejército americano. Cada mañana se despierta con los bombardeos. Se calza las botas, coge su fusil M16 y se dispone a disparar a cuantos Vietcongs se crucen en su camino. Es su trabajo y punto. Cuando decía esto, reforzaba sus palabras golpeando con la lata de coca-cola en la mesa. Y punto.

Willard estuvo aquí luchando hasta que tuvo que volver a casa derrotado. Pero ahora está Robinson. Imagina que Robinson es el director financiero de una marca que fabrica ropa deportiva que anuncian futbolistas portugueses y brasileños. También se enfunda su uniforme (de Armani) y también se cruza con unos cuantos asiáticos que trabajan para él por 100 dólares al mes. No dispara, pero manda. Y a él no lo van a echar de aquí, no lo van a derrotar. Nos ganaron la guerra pero en estos momentos las empresas americanas se enriquecen aquí. Ahora su economía depende de nosotros.
Así que dime, joven Luis: ¿quién ha ganado al final la guerra?

Last call for the flight 388 of Qatar Airways!!!!

Uf, ese era mi vuelo. La megafonía me salvó de enzarzarme en un debate con aquel sujeto que tenía todos los visos de acabar muy mal. No sé para quién, pero muy mal.

Mientras corría por la terminal pensaba en si había hecho bien. ¿Debía haberle contestado? Me acordé de una broma que solía hacer un chico que trabajaba en nuestro hotel. "El comunismo ha muerto, viva el comunismo", decía. Y se reía él sólo. Me hubiera gustado ver la cara que ponía el americano.

Pero especialmente me acordé de Loan y de la explicación del Cuento de Kieu, que hubiera sido la mejor respuesta. Uno de sus versos dice: "cuando uno ha sido dotado de talento, no confía en él". Según Loan, en lo más hondo de sus corazones, los vietnamitas saben que tienen talento (tai). Lo que no comprenden es por qué ese talento les ha servido para derrotar a los americanos y no para mantener una paz duradera. Por qué han ganado todas sus guerras (contra los franceses y los chinos) pero no alcanzan la prosperidad para su país y son las empresas extranjeras las que se benefician. Es una paradoja que no saben resolver, decía, y caen en el victimismo. Por eso los vietnamitas se sienten como Kieu, que era bella y tenía talento pero acabó sus días sufriendo.

"Cuando uno ha sido dotado de talento, no confía en él". Ése es el problema. Y me subí al avión deseando que algún día el pueblo vietnamita deje de parecerse a Kieu, que cambie su suerte. Y sobre todo, que llegue el día en que hablar de Vietnam no sea hablar de guerra, sino de talento. El 60% de los vietnamitas tiene menos de 60 años, es decir, son la primera generación que no ha conocido ninguna guerra. Así que ese día está cada vez más cerca.

Hasta pronto, Vietnam.
O como diría el americano: Goodbye Vietnam.

ISLANDIA, QUÉ PAÍS!!!

Islandia es completamente diferente a nada que haya visto antes.


Y lo impresionante es que Islandia empieza a alucinarte antes de aterrizar. Hicimos escala en Londres y para cuando nos subimos al avión era prácticamente de noche. Poco después de despegar, vimos cómo el cielo que iba dejando atrás el avión empezaba a oscurecerse, mientras que el que teníamos por delante se hacía cada vez más claro. Hubo un momento en el que dependiendo de si mirabas hacia la parte delantera del avión o hacia la trasera, parecía que estaba anochecido o amaneciendo. No había visto una cosa igual en mi vida. Cuando aterrizamos en Islandia eran las 11.30 de la noche, pero la luz era la de un día nublado de invierno a las 4 de la tarde. Cuando me metí en la cama tenía la sensación de ser una niña de 6 años a la que le han echado a dormir demasiado temprano…

La lava es negra o rojiza, hasta donde yo sabía. Pero en Islandia, la lava parece gris-verdusca. Pensé que era cosa de la luz y las sempiternas nubes, pero después pudimos comprobar que la mayor parte de los campos de lava en Islandia están cubiertos por una capa de 30 centímetros del musgo más maravilloso que uno puede imaginar.

Cuando andas sobre él, los pies se te hunden como si andaras sobre un colchón de plumas. De hecho puedes tirarte en plancha sobre él sin sentir en absoluto la puntiaguda lava que hay debajo. No creo que ningún islandés al que le guste ir de excursión se lleve esterilla. Ese musgo es una de las mejores camas que he probado nunca. Hace unos años declararon al musgo como especie en protección, porque, al igual que los corales, tarda cientos de años en crecer. La gente había empezado a hacer borregadas escribiendo sus nombres arrancando el musgo de las colinas. En fin, que somos como somos.

A pesar de las duras condiciones de vida en Islandia, sin noche durante el verano, casi sin día durante el invierno y con termómetros de entre –1C y 6C durante todo el año, los españoles que conocí en Islandia me hablaron del país con auténtica pasión. Algo tiene Islandia que engancha. Es la tierra del fuego y el hielo. El paisaje es sobrecogedor por su crudeza y la Naturaleza te remonta al comienzo de los tiempos. Hay un único bosque en toda Islandia, pero yo no lo ví. Por lo visto en su día había más árboles, pero los colonos los cortaron todos para hacer fuego y construirse sus casas.



Las prestaciones sociales son uno de los fuertes de Islandia. Ya quisiéramos nosotros las ayudas que tienen los padres y madres y las facilidades que te dan en el trabajo para cualquier asunto personal que necesites resolver. Sobre todo para los españoles más jóvenes con los que estuvimos, esto era algo muy importante que creen falta en España. Aunque también nos comentaron que en Islandia nadie pide una ayuda o se coge un día libre si realmente no tiene una verdadera razón para hacerlo… Creo que eso aquí en España también es diferente… por desgracia.


El tema de la crisis estaba candente. La corona ha perdido la mitad de su valor desde el colapso de los bancos a finales de 2008. Para los que tienen préstamos en el exterior o tienen alguna hipoteca ha sido un varapalo importante. Muchas tiendas han cerrado y en general el ambiente es de bastante desmotivación, sobre todo por la falta de confianza que mucha gente tiene en los que están lidiando con el tema. Pero a los ojos de una persona que no conocía Islandia antes de la crisis, véase una servidora, Islandia no muestra signos de depresión.


Lo que está bien claro es que es el momento de viajar a Islandia. Antes era uno de los destinos más caros de Europa y aunque ahora no es una ganga, todo cuesta la mitad. Allí no encontraréis Capillas Sixtinas, ni playas paradisiacas, ni mohitos en una terraza o las ruinas del Coliseo. Encontraréis una belleza única en el mundo y a la gente con los brazos abiertos para daros el calor que le falta al clima.

De verdad, todo un descubrimiento.



P.D.: Por cierto que Joaquín y su chica islandesa ya han sido papás de un bebé precioso llamado Tómas. Ahora que ha nacido ya se puede contar, porque en Isandia el nombre y el sexo del bebé son secreto de sumario hasta el nacimiento y el bautizo.

EL SER HUMANO ES EL ÚNICO ANIMAL CAPAZ DE HACER MÚSICA

El primer día fenómeno, oiga, luego la cosa cambio...

La ciudad del viento se debe haber quedado “pallá” de estar todo el día soplando. O de que la soplen. No sé.

Cuando llegamos hacía un calor majete, de esos de días claros, de tirantes y sandalias y de noches con “rebequita”... Sólo 24 horas después, los grados (los farenheit, esos, que no hay quien los entienda) se suicidaron. Benditas rebajas, gracias a las cuales, Manu (el cámara) y yo, pudimos comprarnos un par de abrigos grandontes, crecederos (por si a cualquiera de los dos nos diera por abandonar nuestra actual talla media- baja), no por voluntad propia sino porque ellos son mas altos y muchos, también más anchos.



Total que... ahí íbamos mi compi y yo, que nos faltaban los calcetines con chanclas para completar el fabuloso cuadro. Ahora entiendo a esos pobres guiris, históricamente denostados... Quién sabe si todo fue por culpa de un cambio de temperatura...

Así que con esta guisa, mitad Paco Martínez Soria, mitad turista en Mallorca, encarábamos la ciudad de moda, porque sí, es la ciudad de moda. Lo fue antes de Obama y ahora, está pletórica, exultante (con grados o sin ellos). Cuna de peregrinación mundial de inquietos culturales, de yupies, de musicazos. Aquí es donde yo quería llegar...

El ser humano es el único animal capaz de hacer música. Y en Chicago deben ser muy humanos. En cada rincón hay alguien acompañando al sonido de la ciudad con notas agradables. Todos los estilos confluyen en la meca del pentagrama, aunque su marca más personal es el blues. Hay mil bares en los que escuchar música buena, por desgracia, no en todos pudimos grabar. Aunque, creo que el concierto que más me sorprendió me lo encontré en un parque. Paseábamos por el Millenium Park cuando les oímos. Nos acercamos. Caliente, caliente. Por fin: ahí estaban ellos, miles de negros con manta (esa tarde hacía frío), con las manos alzadas, fuera de sí, gritando “aleluya”, bailando, daba igual la edad, todos acompañaban a la agrupación que, con maestría entonaba melodías religiosas. ¡Era una película! ¡ Era Sister Act! ¡Era una maravillosa locura! En realidad, era gospel.

Teníamos los ojos como platos, queríamos filmar todo, queríamos llevárnoslo a casa, y que en cada casa pudieran ver lo que nosotros veíamos. No teníamos permiso, no sabíamos que aquello sucedería, así que de forma algo caótica nos pusimos a capturar. Nos pararon claro. No estábamos autorizados. Hablamos con los responsables y nos dieron un pase: Teníamos 30 segundos, ni un segundo más. Una señora se puso detrás de nosotros a contar hacia atrás: 30, 29, 28, 27... ¡ Qué estrés! Hicimos lo que pudimos. Luego nos relajamos, nos sentamos, en un rinconcito, para no romper ni un poco aquella realidad mágica que teníamos delante de nosotros. Fue increible. Manu, encima, era minoría étnica y le hacía mucha gracia... Es la ciudad de Obama. Creo que ahí no faltaba ni uno solo de los que lloró de emoción cuando le proclamaron presidente.

Esa gente si sabe divertirse...



Esa la cara. ¿ La cruz? (Nunca he tenido muy claro cuál es la mala de las dos, es como lo de “una de cal y otra de arena”). El último día. Supongo que casi todos han tenido uno de esos días en los que piensan por qué han salido de la cama. Pues bien, algo así nos sucedió en nuestras últimas horas en Chicago. Diluviaba. Nos estaba esperando Arantza, la última entrevistada, fuera del hotel. El primer día que grabamos con ella había un cielo azul que daba gusto verlo, pero éste... era gris, gris... Horrendo.

A pesar de todo, cogimos los bártulos (incluídas las maletas) y los metimos en su maletero. La cosa pintaba rara.

Una hora después estábamos en Union Station, la estación de cercanías en la que rodaron “Los Intocables”. Manu comentó que se había quedado sin batería, asi que salió fuera a coger una sustituta del maletero. Regresó algo avergonzado porque decía no haber encontrado el coche... Nos reímos de él, claro. Nuestra sorpresa llegó al comprobar que, en efecto, el coche no estaba ahí (recordaré que era nuestro último día, las maletas y algo de documentación, estaban dentro). Pasamos por todos los colores: blancos (unos más que otros), verdes, amarillos... Gracias a un señor que lo había visto todo, descartamos el robo. Todo era más fácil: se lo había llevado la grua porque esa misma mañana tenían que limpiar la calle en la que, por desconocimiento, habíamos estacionado el vehículo.



Nos costó encontrar taxi para llegar al depósito, llovía tanto que todos iban ocupados. Pero lo logramos. Nos llevaba un simpático etíope que pensó que yo era de su tierra. Estábamos tranquilos. Teníamos tiempo. De repente, Arantza se dio la vuelta, había oído un ruido. Debíamos parar. Lo hicimos. Miró el suelo, lo remiró pero no encontró lo que buscaba. Cuando comprobó que su pesquisa era imposible, cabizbaja nos confesó que el micro había desaparecido. Manu y yo nos reímos, ¡aquello era imposible!, llevaba la petaca puesta. Pero en un “más difícil todavía”, la puerta había pillado el cable y descabezado el micro de corbata. Avergonzada nos enseñó el cable pelado. En efecto, el micrófono había volado.

Pagamos la multa, nos devolvieron el coche y nos volvimos a España como alma que lleva el diablo (eso sí, en el aeropuerto nos dieron el último susto: Había overbooking, pero contar eso, implicaría otro post...).

Moraleja: Cuando las cosas van mal SIEMPRE pueden ir peor...

Aviso TENGO UNAS FOTOS BUENÍSIMAS... pero están en camino... Entre tanto, les dejo con un "aperitivo".

Paracaidismo en la Costa Azul


¡!Buf!! Mi primer viaje con “Españoles por el mundo” y pensé que no volvía… Yo soy la otra nueva, y claro, una quiere hacer algo chulo para estrenarse en pantalla. Pero la verdad es que hubo varios momentos en los que pensé ¡pero quien me mandaría a mí meterme en este berenjenal!


Cuando hablé con Estibalitz por primera vez por teléfono, me dijo que había un montón de planes interesantes que hacer por la zona: rafting, esquí acuático, senderismo, paracaidismo… y la niña pícara que llevo dentro salió de inmediato. Pensé: “sería perfecto tirar a la chica de una avión… ¡a ver que cara pone!... jejeje”. ¡Ja! No me percaté hasta más tarde de que me tendría que tirar yo también… Aunque ya lo había hecho otra vez para otro programa de televisión, aseguré que nunca lo volvería a hacer. Pero mira, acabé tirándome… No quería parecer una cobarde…

Saltamos del avión el último día de rodaje y la verdad es que no había pensado mucho en ello durante los días anteriores. Pero en cuanto te sientas en la puerta abierta del avión y ves tus piececitos colgando en el vacío… cualquier cosa que tengas en la cabeza se borra de tu mente. Solo piensas: “!Esto esta mal, muy mal!” De niña escuché demasiadas veces: “Adela, bájate del árbol que te vas a caer!, ¡No trepes por la barandilla de la terraza!, ¡No te asomes al acantilado!” Llevaba muchos años identificando las alturas con el peligro, así que en ese momento, todo mi cuerpo decía “¿¿¿Pero a donde vas, alma de cántaro???”

Los 15 primeros segundos fueron tan intensos que casi no pude ni gritar. Todo mi cuerpo pasó de 0 a 250 km/h y las tripas se me subieron hasta la garganta. Todavía veía de reojo al avión alejándose tras de mi y sentía realmente que estaba cayendo al vacío. Luego, el tipo al que estaba atada sacó una especie de mini paracaídas, que básicamente te frena un poco para que consigas una velocidad constante. Y entonces perdí por completo la referencia de caída. Sólo sentía viento y mucho ruido.

Uno puede pensar que cuando se abre el paracaídas ya se ha acabado todo. Pero para mi fue casi peor. De repente sentí todo el peso de mi cuerpo colgando del arnés que me ata al monitor. Y me atacó la duda: “Y que pasa si mi arnés se rompe y yo me caigo al vacío y el tipo este se queda con el paracaídas tan tranquilo?” Así que cuando empezó a hacer las piruetas y acrobacias, yo grité como una loca. Él francés, ni caso: debía de pensar que me lo estaba pasando pipa.

Lo mejor de todo, cuando puse los pies en la tierra. Pero no quiero decir con esto que no lo recomiende, ¿eh?



Aventura en Lantosque
La Costa Azul me sorprendió mucho por la cantidad de planes que se pueden hacer si te alejas un poco de la costa. A menos de 30 kilómetros de Niza comienzas a subir hacia los Alpes Marítimos. Hay estaciones de esquí a una hora de la ciudad, un montón de pueblecitos escondidos entre los valles y gargantas, y caminatas preciosas por las que perderte.

Pero lo de la Via Ferrata se me quedó grabado. ¡Juliana, todavía me tiemblan las piernas sólo de pensarlo! En serio que pensé que Raúl y yo estábamos haciendo el imbécil, jugándonos el tipo ¡y el equipo! trepando y escalando por esa garganta.

Básicamente una vía ferrata es un recorrido preparado con diferentes piezas de hierro (de ahí viene el nombre) que permiten el acceso a lugares normalmente inaccesibles. El tema es que te dan un casco y un arnés, y allí te las apañes. La única instrucción que te dan es: “Llevas dos enganches para los cables que están sujetos a la pared, así que no te quedes nunca con los dos sueltos en las manos.” ¿Y no han contado con que te puede dar un ataque de pánico en mitad de la subida de una pared de 20 mts.?

Ya sé que en imagen puede que la cosa no pareciera muy impresionante, pero es que ¿como grabar los pasos más difíciles e impactantes cuando estas tratando de no perder los dientes (y la dignidad)?

Vaya imagen que dimos… yo llevaba unas playeras de suela fina que resbalaban un montón, así que para mí, cada paso era toda una incógnita: ¿Me la daré, no me la daré? Sentía que la respuesta quedaba completamente fuera de mi control.

Raul, el cámara, iba con el calzado adecuado, pero llevaba la cámara colgada del cuello con una precaria cinta demasiado estrecha, que le ahogaba constantemente. Cuando se dio la vuelta para decirme que iba a grabar un plano y vi su cara como una berenjena pensé, “Creo que es hora de tomar una decisión… “ Tras terminar el tramo más fácil del recorrido, nos salimos de la vía ferrata en la primera salida agotados y con el rabo entre las piernas. Al menos conseguimos buenas tomas falsas.


¿Glamour o no glamour?


Cuando por un trayecto de 20 minutos del aeropuerto al hotel te cobran 85 Euros, la realidad del destino que visitas te da de golpe en las narices. Así es la Costa Azul: para alegrías o desgracias, acumula algunas de las ciudades y pueblos más caros de toda Europa en un área de apenas 150 km. La ventaja es que todo es bonito, te hartas de ver cochazos, villas de lujo y gente guapa, y por menos de nada te abren una botella de champán. Pero andas todo el día haciendo números para no salirte del presupuesto. ¡Y yo soy horrible en matemáticas!

Es curioso ver como en la Costa Azul para algunos el glamour es su grandísimo aliado, mientras que otras sobrellevan el tema como pueden, como si fuera el amigo petardo al que tienen que aguantar, ¡que le vamos a hacer!

La mayoría de las personas que conocí durante el viaje aseguraban que “no es oro todo lo que reluce”. En Mónaco, el vertedero parece un edificio de oficinas por fuera, pero eso no quiere decir que por dentro no huela igual de mal.

En Cannes, durante el Festival de Cine muchos locales escapan de la ciudad como quien huye de la peste: las calles se atestan de gente, cortan la carretera para dejar paso a las estrellas y de repente, si no te cuelga un Miu Miu del brazo, si no calzas unos “Manolos” de 8cm y no te ocultas tras unas Gucci de cristal degradé, pintas menos que un pulpo en un garaje.

Elvira, la investigadora con plaza fija de Niza, aseguraba que la política de turismo de la región acaba con cualquier iniciativa cultural. No interesa atraer a “culturetas” pelaos de pasta. En cambio, la mayoría de la gente con la que hablamos, asegura que lo más cerca que suelen estar de la opulencia, es cuando se les cruza un Ferrari en el paso de cebra.

Pero lo cierto es que yo fui testigo de otra realidad. Una “irrealidad real” como la califican los hermanos Wolkowicz. Victor diseña joyas tan grandes que cuando te pones uno de sus anillos tienes que tener cuidado para no caerte de lado. Pero lo más sorprendente es, que hay quien puede pagarlos. ¡Él lleva quince años vendiéndolos!

En fin, que como todo en la vida, la Costa Azul también es del color del cristal con el que se mire.

El Paraíso existe... Y se llama Tanzania


Hace mucho, mucho tiempo, antes de que las ciudades existieran, antes de la música, antes de las carreteras y las prisas, hace millones de años nació el paraíso: Tanzania, la tierra de nuestros antepasados. Aquí están las huellas más antiguas del planeta, nuestro abuelo australopithecus pisó estos campos hace 3,6 millones de años. Ahí es nada. Así que, se puede decir, que todos somos africanos. Y ellos, Al aterrizar en esta tierra, me doy cuenta de lo fuerte que es esa raíz. Y cuando miro sus ojos, sólo veo belleza universal. Shamira tiene cuatro años y ese brillo de inocencia en la mirada. ¿Cuánto vale esa sonrisa? Ni todo el oro del mundo, ni los diamantes, ni el coltán podrían encerrarla en una cajita. Y ésa es su pureza. Que no te la roben, Shamira. Yo me la llevo clavada a fuego en mi memoria.

Y es aquí donde los humanos conviven con cautela con sus vecinos salvajes. Bajo la misma intensa luz, una manada de leonas y sus cachorros descansan en la cima de un kopki, el viento acaricia la melena de un león solitario y majestuoso, una hiena se pasea entre flamencos, un guepardo dormita en la rama más alta de una acacia y miles de ñus completan su migración. Está ocurriendo en el mismo instante. Y nosotros tenemos el privilegio de presenciarlo. Como decía David: “Serengueti, familia”.



Leopardos, jirafas, elefantes y leones caminan en las mismas tierras que los masais. Y ellos lo hacen con la única protección de su lanza y su cuchillo. Pero ellos son guerreros... Me impactó el relato del hermano de Agustino, un masai de los de verdad. Nos abrió las puertas de su casa, nos acogió en su familia y nos contó cómo dio caza a un león. Era sólo un adolescente. Le acababan de circuncidar en su rito de iniciación, el paso de niño a guerrero. Su grupo consiguió rodear al león. A pie. Sin rifles, sin ruedas… Y el león les miró uno a uno, buscaba el miedo en sus ojos, buscaba un punto débil para poder huir. Pero un auténtico masai no teme al león. Ésa es su identidad. Arrojó su lanza y clavó su cuchillo. Le dio muerte al animal más poderoso de la sabana, el rey. En ese momento, dejó de ser un niño. Se convirtió en un héroe. Nunca he escuchado tanta pasión en un recuerdo. Ahora la ley prohíbe matar leones. Los jóvenes masai nunca han cazado uno. Pero, como ellos nos cuentan, el león les sigue temiendo, distingue su olor a cabra y a leche. Y su color, rojo fuego.

Las tradiciones evolucionan para sobrevivir. Los móviles hoy también viven entre las paredes de barro, paja y excrementos con los que se hace una manyata masai. Ahora los hombres ayudan a sus mujeres a construir las casas. Algunos adultos visten con traje y los más jóvenes no quieren marcas tatuadas con fuego en sus mejillas. Muchos hablan un perfecto inglés, algunos, incluso, español. No todos son ganaderos, unos pocos han estudiado una carrera y tienen su propio negocio. Pero siguen siendo masais. La tierra pesa. Y siempre pesará. Agustino nos mostró la convivencia entre tradición y cambio. Su eterna sonrisa le despega de la silla de ruedas en la que está desde hace tres años. Un accidente de coche cambió su camino. Sigue trabajando pero desde casa. Tiene un negocio de turismo. Organiza viajes para conocer al auténtico pueblo masai. Su pueblo. El nombre que eligió no podría ser más descriptivo: Maasai Spirit Safaris. El espíritu masai. Serenna, Agustino. Safari njema, suerte en tu viaje.



Nosotros seguimos el nuestro pero nos llevamos a esta tierra en las entrañas. Ahora entiendo por qué Gemma volvió para quedarse. Como decía David, el amor a África…

Hay tres cosas que Tanzania ha tatuado en mi alma, sin quererlo, sin notarlo: los enormes y expresivos ojos de los niños, de los que atrapan cualquier mirada; la hospitalidad y valentía del pueblo masai; y la fuerza salvaje y arrolladora de la tierra, la pureza de su viento, la luz de atardacer, los sonidos nocturnos de la sabana y los imponentes ojos del león.

“Kwa heri” significa “hasta pronto”. Hasta pronto Carmina, David, Gemma, Paul, Agustino… Gracias por enseñarnos ese rinconcito de vuestro corazón y por hacernos partícipes de vuestra felicidad. Somos mzungus, extranjeros, pero nos hemos sentido en casa. Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Asante sana, sana…Muchas, muchas gracias…El swajili es un idioma dulce, tanto que se deshace en la boca. Pero si tengo que elegir, me quedo con dos palabras: nakupenda sana. Todo empezó en Tanzania.

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Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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