4 posts de septiembre 2009

Seúl... a disfrutar!!!

Lo primero que sentí al llegar a Seúl fue la lluvia templada. El final del mozón nos recibía en el aeropuerto con un cálido abrazo después de casi 15 horas de viaje. El agua caía sobre el asfalto calentado por el sol durante todo el verano, generando un halo de vapor que imprimía a la ciudad un aire misterioso.

Eran menos de las ocho de la mañana y la ciudad ya comenzaba a burbujear. Detrás de esa nube de vapor iban apareciendo rascacielos junto a palacios orientales con sus guardas vestidos de vivos colores franqueando sus puertas. A su lado decenas de personas corrían de un lado a otro con sus maletines, comprando su desayuno en los puestos improvisados a los lados de las calles. Y de fondo el ruido del mercado despertando.



Todos esos contrastes los encontramos en un radio de 500 metros, los primeros que vimos al llegar desde el aeropuerto. La ciudad prometía.

Seúl es así, una ciudad en la que tradición y modernidad conviven en perfecta armonía, respetándose sus espacios la una a la otra. Una ciudad auténtica y llena de vida de la que ya estábamos deseando conocer más, meternos en sus calles y sentir a su gente.

Y con nosotros los mejores guías posibles, españoles que viven esa realidad día a día y que nos iban a enseñar lo mejor de la segunda ciudad más poblada del mundo.

Seúl es una ciudad sorprendente, de eso no cabe duda, es algo de lo que te das cuenta con solo dar una vuelta por alguno de los mercados de la ciudad. Manuel, el primero de los españoles que conocimos, nos decía que no hay día en Seúl en el que no te sorprendas por algo. Y tenía razón.


Es sorprendente ver amplias avenidas llenas de rascacielos junto a barrios de pequeñas calles en las que cientos de neones anuncian pequeños comercios y restaurantes, o tiendas con estanterías repletas de botes llenos de raíces de ginseng, con formas que parece sacadas de un película de terror…

Casi igual de sorprenderte es encontrar un parque de atracciones rodeado por un lago en medio de la ciudad, dónde cientos de personas se divierten a cualquier hora del día. O calles llenas de puestos de foto-matón y lugares para quitarte el estrés bateando pelotas de béisbol, como las que nos enseñó Iñigo.

El deporte y el baile son parte fundamental de la cultura coreana. En Seúl hay cientos de escuelas de Taekwondo donde niños de todas las edades practican este deporte nacional. Y también decenas de escuelas de baile en las que se enseña a bailar el break dance. Los B-boys coreanos están considerados como nos de lo mejores en todo el mundo, y verlos en acción fue impresionante.


Pero sin duda una de las cosas más impactantes de Corea es su gastronomía. Nosotros tuvimos la ocasión de probar los tres platos más chocantes para un paladar occidental: perro asado, larvas de gusano guisadas y pulpo vivo.

El perro es un plato tradicional coreano que hoy es consumido casi exclusivamente por las personas más mayores. Existen tres días a año en los que es costumbre comer ese plato. Y nosotros llegamos en uno de esos días, así que junto a Manuel nos fuimos a un restaurante especializado. Allí pudimos saber que el perro que se come en Corea es un perro de una raza especial, criado específicamente para el consumo, vamos como los pollos o los cerdos aquí en España.

Y en cuanto a las larvas de gusano y el pulpo vivo…..pues para que engañarnos, son platos para paladares valientes: las larvas son blanditas y como nos decía nuestra española Sara, tienen cierto sabor a cangrejo de río. Y el pulpo vivo se adhiere con sus ventosas a la lengua….


Seúl es una ciudad trepidante, que se mantiene viva las 24 horas del día. La noche es un espectáculo que uno no puede perderse si lo que se quiere es conocer la esencia de la ciudad. Las calles adquieren en un juego de luces psicodélico con los cientos de anuncios de neones multicolor que las flanquean, se escucha la música de los bares, dicotecas y karaokes y la actividad comercial continúa en algunos mercados insomnes.

En definitiva, Seúl es una ciudad para disfrutar.

DO RE MI

¿Y cuál será mi primer destino?, pregunté con euforia. “Salzburgo” - me respondieron. El ímpetu de reportera novata se esfumó en dos segundos. ¿Salzburgo? ¿Y qué hay de los tigres de Bengala, las religiones exóticas, las noches en el desierto? “Salzburgo, Austria” - puntualizó mi jefe sin mover un músculo de su cara.

Entiéndanme, yo quería abrirme camino entre manglares, tiburones o trincheras en busca de españoles. Y me enviaban a una apacible ciudad centroeuropea de 150.000 habitantes, cuna de Mozart y escenario de la película “Sonrisas y Lágrimas”. Guardé la cantimplora y empecé a preparar el viaje.


Pronto supe que Salzburgo era mi ciudad. Cuánto más leía sobre ella más ganas tenía de conocer la Roma de los Alpes. Su historia está ligada a los príncipes-arzobispos, unos señores que gobernaron Salzburgo desde la Edad Media hasta el siglo XIX gracias a la sal que encontraron en las montañas. El dinero, además de para amantes y banquetes, lo emplearon en construir una preciosa ciudad barroca con decenas de iglesias, palacios y jardines de estilo italiano.

Aterrizamos en el Wolfang Amadeus Mozart y la imagen del compositor ya no nos abandonó en todo el viaje. La ciudad está rendida a su hijo predilecto más de dos siglos después de haberlo expulsado a Viena con una célebre, y literal, patada en el culo que le propinó el asistente de uno de aquellos príncipes-arzobispos. Fue bonito seguir sus pasos, accidentados, por la ciudad que lo vió nacer.


Pero Salzburgo no sólo es Mozart, los austríacos pueden presumir de tener una cultura musical que se transmite desde la infancia. Un compositor jerezano como Agustín comparó el arraigo del flamenco en Andalucía con el de la música clásica en Salzburgo. Y en pleno Festival de agosto, uno de los más importantes del mundo, quisimos conocer su ambiente más elitista: el estreno de una ópera. Perlas, estolas, smoking, traje regional de gala... Pura elegancia centroeuropea.


También me divertí cantando las canciones de “Sonrisas y Lágrimas”. Los austríacos nunca han entendido por qué llegan autobuses de todo el mundo para hacer rutas por las localizaciones de la película. María José me llevó a la casa de la verdadera familia Trapp, hoy convertida en un hotel y expropiada por los nazis durante la II Guerra Mundial. Me impresionó saber que Heinrich Himmler dirigía las SS desde una de sus habitaciones.


Si hablamos de amor universal, muy cerca de Salzburgo está el lugar donde se cantó por primera vez el villancico “Noche de Paz”, otro de los patrimonios musicales de la zona. Los niños de Jaime casi nos lo cantan en alemán, pero entendimos que en agosto cuesta coger el tono navideño...
Los austríacos tienen una relación muy especial con la Naturaleza. Salzburgo es una ciudad rodeada de montes a los que escaparse en cualquier momento. Sandra me llevó a hacer trekking y me di cuenta de lo ahogados que vivimos en Madrid. Y cogiendo el coche, a pocos kilómetros, dos maravillas: la región de los lagos -donde Sissi pasaba sus veranos huyendo de la corte vienesa- y los mismísimos Alpes. Lourdes nos llevó a unos de los lagos más fotografiados del mundo y Manolo ensayaba cantos tiroleses mientras subíamos por la Grossglockner Strasse, la carretera alpina más espectacular de Europa. Ahora entiendo por qué las tarjetas postales se inventaron en Austria.


Aquí no existe especulación inmobiliaria, ni economía sumergida, ni mileurismo, ni apenas desempleo. Los impuestos son altos, pero es uno de esos países poco poblados que han desarrollado un excelente Estado del bienestar. Sólo hay una sombra: la del partido de Haider. En cuanto a su relación con Alemania, nos han contado que tienen esa cosa de hermano pequeño y hermano mayor tan típica entre vecinos, ya saben...
Austria es un país que cree en el respeto, y Salzburgland es una región de fuertes tradiciones y marcada identidad que se ha convertido en un destino que no olvidaré. Naturaleza, música, monumentos.... Y mis amigos españoles. Así da gusto ser novata.
Manu. Agustín. Diego. Jesús. María José. Manolo. Lourdes. Sandra. Jaime.



GRACIAS

El privilegio de pisar la última frontera…

Cuando tomamos ese avión ya sabía que la experiencia iba a ser única. Sabía que la imagen que teníamos de Alaska sería bastante diferente a la realidad pero… ¿tanto?

Ni se me había pasado por la cabeza que aquí hubiera coches descapotables, ni bikinis, ni motos de agua, pensaba que el verano sería una ilusión fugaz de un par de suaves rayos de sol y lo cierto es que, en algunas partes de Alaska, en el mes de julio, tienes que llevar protección solar… No son muchos días al año, pero son. Y como es un territorio gigantesco puedes pasar de los –20º a los 35º en un mismo día.

Nos lo mostró a la perfección Marah, esa canaria valiente que ha revolucionado las tierras de Anchorage y alrededores, la anfitriona perfecta. Por la mañana, aterrizamos en el intenso y fresquito azul del glaciar de Matanusca para tomar sangría aderezada con hielo milenario y, por la tarde, bajo un intenso y cálido sol nos mojamos en las aguas cristalinas del Big Lake, el más grande de Alaska. Bueno, para ser exactos, el que se mojó fue el gorro de Marah, aunque lo repescamos a tiempo, creo… Y si hablamos de lagos, aquí hay más de 3.000. Y todos son espectaculares.



Alaska proviene del vocablo aleutiano “ALAXSXAQ” y significa “la Gran Tierra”. Y sólo se explica este nombre cuando lo has visitado. Aquí todo es superlativo. Y eso es algo que me impactó de este territorio salvaje. Si lo comparamos con España, es tres veces más grande pero sólo tiene 650.000 habitantes, algo menos que la población de Sevilla. Apenas hay carreteras y el noventa por cierto del Estado es inaccesible por carretera. Así se explica que haya casi más avionetas que coches.

Y los mejores pilotos, acostumbrados a volar en condiciones extremas. Y, para mí, Robert será siempre el mejor piloto del mundo. Como decía Ricardo, mucha gente pagaría millones por vivir la experiencia que Robert nos regaló sobrevolando las cimas de los montes más altos de Estados Unidos, bajando hasta casi rozar las aguas fluviales en busca de osos cazadores de salmón y cruzando uno de los peores incendios que el calor del verano provocó en los alrededores de Fairbanks. Al final aterrizamos en Talkeetna, un curioso pueblo surgido por la fiebre del Oro que sirvió de inspiración para los creadores de “Doctor en Alaska”, de aquí nació Cicely, el pueblo ficticio del doctor Fleischman. Gracias, Robert, lo prometido es deuda, cuando vengas a España, yo te enseñaré los secretos para sobrevivir a la M-30…


Me gusta Alaska. Aquí no hay atascos. Hay más montañas que edificios, los osos se pasean por los jardines de las casas, hay más animales que gente, más glaciares que semáforos y más vida salvaje que en el resto del planeta. Y aunque, como decía Grace, una casa con 35 años ya es considerada antigua, este territorio encierra más historias que muchos rincones de la vieja Europa. Los pueblos indígenas han sobrevivido con orgullo y hoy nos muestran su artesanía y sus raíces. La familia Anderson nos abrió las puertas de su casa y nos habló del presente y el pasado. Esta familia tiene la gracia, la hospitalidad y el cariño de una curiosa mezcla de tradiciones y sangres, tienen raíces nórdicas, indígenas aleut y españolas, ahí es nada. Y así son ellos, entrañables. El padre de familia, Kris, es indígena aleut. Con 14 años se trasladó con su madre a Barcelona. Imagínense a un nativo de Alaska, adolescente, sin entender ni una palabra de español, acostumbrado al modo de vida americano aterrizando en un país de postguerra y televisión en blanco y negro. Al poco tiempo, ya hablaba una “miqueta de catalá” y apreciaba la rumba catalana. Nosotros disfrutamos como niños escuchando el cariño con que relata sus recuerdos de una época en la que Casimiro nos mandaba a la cama y “papá había comprado un piso en Moratalaz”.

Y he de confesar que con tantas historias y fotos de osos paseándose por los jardines de la gente y los cuatro muertos por ataque de oso el año pasado en Anchorage, yo caminaba por los parques muerta de miedo. Y la verdad es que entrar con Ricardo en el parque Denali, la mayor casa de osos grizzly de Estados Unidos, sin protección alguna parecía más bien una provocación. Un amigo me dijo una vez que es más probable que mueras por el golpe del corcho de una botella de champagne que por la picadura de una araña venenosa… Ya, pero es que estos son osos y bastante más grandes que una araña. Los de la isla de Kodiak son gigantes, los más grandes del mundo. Nosotros sólo los vimos disecados (nunca me ha gustado la taxidermia, parece robar el alma) y aún así, impresionan.

Ah, y me olvidaba de la casa de Santa Claus, el hotel de hielo y los perros de la Iditarod. Hemos vivido tantas y tan buenas experiencias que, mejor que leerlas, recomiendo vivirlas…


Sabía que me iba a gustar pero no creía que tanto. Justo antes del vuelo de vuelta, sólo un pensamiento rondaba mi cabeza, bueno, sólo dos: “tengo que regresar cuando haya que sacar guantes, gorros y bufandas para ver esta maravilla bajo el increíble manto blanco de nieve pura” y… “corre, Raúl, que perdemos el vuelo…”. Mmmm… una idea tentadora…Volveremos en busca del doctor Fleichman y Cíceli…

Chipre es una isla para vivirla...

Estos dos últimos meses han pasado volando. Volando en cuanto a tiempo (¿de verdad que ya estamos en septiembre?) y volando de un lado a otro, de Madrid a Chipre, y después a Corea.


Mi primer viaje fue a principios del mes de julio; mi primer destino: Chipre.


Comencé un lunes a trabajar en el programa y el miércoles ya estaba volando hacia la isla más grande (y después descubriría que más auténtica) del mar Mediterráneo. Y es que el mar se respira por los cuatro costados, lo mismo que el aroma de todas las civilizaciones que a lo largo de la Historia han pasado por allí: fenicios, griegos, romanos, ingleses, turcos…

Raúl y yo llegamos por la tarde a la capital, Nicosia, y un par de horas después ya estábamos grabando junto a Xavi, mi primer español en el mundo.


Fue con él con quien probamos el que más tarde sería nuestro maná ante el calor del verano chipriota: el frappe, un delicioso café con hielo picado servido en vaso alto.
Eso fue ya en el centro de la ciudad, en una taberna al aire libre, protegida del sol por un techo de brotes de parra y situada en uno de los tantos callejones mágicos que después pudimos ver en nuestros recorridos por la zona antigua de la ciudad.
Todo en Chipre huele a Mediterráneo: sus calles, su gente, sus tabernas, sus playas…

Nicosia es la única ciudad en el mundo dividida en dos partes. Esta separación no consiste en un muro sino con lo que se denomina la zona muerta, 20 metros de tierra de nadie establecida por la ONU en 1974, cuando Turquía invadió el norte de la isla en respuesta a un golpe militar respaldado por Grecia. Desde entonces, la isla fue dividida y los soldados de los dos países se vigilan desde ambos lados de esta frontera. En el año 2003 se abrió un paso fronterizo y por primera vez en 29 años, familias y amigos separados desde el conflicto pudieron volver a abrazarse.



En medio de un ambiente tan apacible como el que se respira en el casco antiguo de Nicosia es muy chocante encontrarse con esta frontera, un símbolo que te recuerda que el conflicto entre las dos comunidades aún sigue presente.


La comida en Chipre es deliciosa. Como nos contaba Fernando, un maño que ha instalado un restaurante español en Nicosia, la gastronomía chipriota se ha nutrido de lo mejor de la griega y de la turca, y tiene una inmensa variedad de platos, a cada cual más sugerente que el anterior. Es difícil mantener la línea en un país como Chipre, y si no que se lo pregunten a Fernando, un arquitecto de Madrid casado con una chipriota que cocina unos dulces de muerte, y que nos contaba que en los años que lleva en Chipre había engordado ¡¡más de quince kilos!!


Cuenta la leyenda que Chipre fue el lugar donde nació y vivió Afrodita, la diosa de la belleza. Y algo cierto debe ser porque Chipre es una isla bellísima: los pueblos de casas de piedra, las playas de agua templada y cristalina, las ruinas grecorromanas frente al mar…en definitiva: un lugar de ensueño.



Pero si hay algo que siempre voy a recordar de la isla de Chipre es la hospitalidad y el cariño de la gente que allí nos encontramos. Todo el mundo nos abrió sus casas de par en par, nos permitieron compartir el calor de sus familias y nos agasajaron con atenciones y con los platos más deliciosos. Tengo el orgullo de decir que de Chipre nos llevamos grandes amigos.

En definitiva, Chipre es una isla para vivirla y disfrutarla, se la recomiendo.

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios