1 posts de septiembre 2010

Moscú, una ciudad de combate


Soy maniático, lo confieso. Una de mis (muchas) manías en el trabajo consiste en que tengo una palabra prohibida para definir una ciudad. Me niego a utilizarla. Es una palabra, una expresión, que habréis oído y leído cientos de veces. Puede pareceros absurdo pero para mí esta manía forma parte de mi libro de estilo y hasta hoy me he mantenido firme en mi autocensura.

Una ciudad de contrastes. Esa es la construcción prohibida, maldita. Llevo casi 20 destinos con este programa y todavía no he calificado a ninguno como “una ciudad de contrastes”. Me parece absurda ¿Conocéis alguna ciudad del mundo que no se pueda definir con ese topicazo reduccionista? Mi teoría es que no la hay. Claro que existen ciudades con más desigualdades sociales que otras pero contrastes hay en todos lados.

Os lo voy a demostrar. Meteos en el todopoderoso Google y teclead (sin que nadie os vea) u-n-a-c-i-u-d-a-d-d-e-c-o-n-t-r-a-s-t-e-s. Resultado: 672 mil entradas. Ya os adelanto que en cada una de las 20 primeras entradas que aparecen se habla de una ciudad diferente. Os las digo por orden de aparición googleliana: Leeds, Medellín, Berlín, Ammán, Lima, Jartum, Calcuta, Sofía, Bogotá, Dubai, Génova, Londres, Estocolmo, Francfurt, Vancouver, Río de Janeiro, Pekín, París, Caracas, Casablanca… y así podría seguir hasta acabar con el globo terráqueo. ¡Venga ya! Una expresión que vale para describir ciudades tan diferentes es que está vacía de significado. “Leeds, alegre pero nostálgica. Cosmopolita y bulliciosa pero, al mismo tiempo, tranquila”… “en Ammán conviven edificios modernos con el zoco tradicional”…“La realeza, lo señorial, pero también lo mugriento. Así es Londres”… bla bla bla…

El contraste no es nada diferenciador, nada original. Lo curioso es que esta etiqueta se suele emplear como reclamo turístico. Se utiliza "contraste" como sinónimo de pluralidad, de variedad, de exotismo. Parece que un destino es más tractivo cuanto más diferente sea lo que vas a ver. “Te ofrecemos mar y montaña, palacios y chabolas, mezquitas y tiendas de Louis Vuitton”. Debemos ser unos maníacos de lo diferente. O es que no sabemos lo que nos gusta.

Y con este dogma aterricé en Moscú. No había sucumbido a la “expresión prohibida” ni en Bombay, ni en Estambul, ni en Guatemala ni en Belgrado, pero me faltaba por ver la capital rusa. Cuna de los zares, del comunismo y ahora, la ciudad que abandera el capitalismo más desaprensivo.

El primer día visitamos la Plaza Roja. Cuando estudiaba periodismo veía a Rosa María Calaf haciendo su crónica desde allí y me imaginaba en su lugar. Pensaba que debía haber pocos sitios más emblemáticos y con más historia que aquel. Pues bien, cuando llegamos allí lo primero que me encontré fue a un hombre de unos 50 años disfrazado de Lenin. Quisimos hacerle alguna pregunta pero alzó el brazo gritando que si no le pagábamos, no le grabábamos. Me pareció una paradoja casi macabra. Lenin, el líder de la Revolución, el icono del comunismo, pidiendo dinero por hablar, en plan Belén Esteban. Por un momento dudé si eso se consideraría un contraste.

Por la tarde grabamos en la imponente Universidad de Lomonosov. Allí nos informaron de que Moscú es la ciudad con más licenciados universitarios de Europa. Y sobre todo licenciadas. Hay un altísimo porcentaje de chicas jóvenes con estudios superiores. Sin embargo por la noche nos aventuramos a grabar en varios pubs de moda y discotecas para todos los públicos. Todo muy correcto, nada turbio. Sólo pudimos grabar en un local pero en todos nos encontramos con lo mismo: jóvenes rusas desproporcionadamente arregladas, maquilladas y entaconadas buscando desesperadamente un tipo duro al que vaciarle la cartera. No estoy hablando de prostitución. Eran jóvenes como las que habíamos visto por la mañana en la Universidad pero completamente disfrazadas. "Aquí la mujer se casa muy pronto para volar del nido y luego tienes que andarte con cuidado porque te despluman en dos días", me dijo un camarero. Las cifras en cambio dicen que es la mujer la que sostiene el país. El 65 % de la población activa son mujeres.

Al día siguiente visitamos el metro de Moscú, el llamado “palacio subterráneo”. Dicen que hay más mármol en este metro que en todo el Taj Mahal. Los rusos son así, exagerados. En ese supuesto palacio para el pueblo (así lo llamó Lenin) encontramos lámparas doradas, esculturas de bronce y el famoso mármol de los Urales. Pero sobre todo lo que encontramos fueron centenares de ancianos decrépitos pidiendo limosna, algunos suplicándola. Gente que tuvo algo, poco, durante el comunismo y que con el cambio de sistema se quedaron sin nada. Vimos vagabundos, borrachos y tullidos. Me llamó especialmente la atención una mujer de unos 70 años, con la mirada (y el alma) perdida, malvendiendo jerseys que ella misma cosía. Me pareció otra paradoja/contraste ver tanta miseria dentro de un palacio.

Más datos: el 20% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza, es decir, con 1 € al día. En la Unión Soviética, el salario mínimo era 1,5 veces superior al consumo mínimo requerido. El salario mínimo de la Rusia actual tendría que haberse triplicado para cubrir ese nivel mínimo de consumo. El salario medio es de 500 € al mes pero un café cuesta 4 €. En resumen, la mayoría no tiene ni para comer.

Tercera jornada de trabajo. Acabamos de grabar en un restaurante caro y pijo y nos sentamos a descansar. Se me acerca un joven ruso con un Rolex de oro y una camiseta de licra con las letras "Dolce Gabana" bordadas con brillantes. El tipo había visto nuestra cámara y quería saber qué estábamos grabando. Charlamos unos 15 minutos. Tiempo suficiente para que alardeara de ser el propietario del 25% de una petrolera y de tener dos yates y una colección de Lamborghinis. El elemento en cuestión, mientras enumeraba sus pertenencias, dejó una frase lapidaria con la que resumía su filosofía de vida: “lo que no se puede comprar con dinero, se puede comprar con mucho dinero”.

Míster Dolce Gabana me recordó la otra realidad de Moscú, la ciudad de la opulencia, del lujo obsceno y garrulo. La revista Forbes ha calculado que hay más multimillonarios en Rusia que en cualquier otra parte del mundo. Por eso allí se celebra cada año la fiesta mundial de la ostentación, la “Millionaire Fair”, que es la feria de productos de lujo más cotizada del planeta. Una especie de rastro para los amantes del petrodólar. Allí se reúnen todos los espabilados que amasaron sus fortunas en los años 90 cuando se privatizó la industria rusa y entre cuatro se repartieron el pastel. Allí los millonarios se debaten entre comprarse un móvil de 350 mil euros o una memoria USB de oro con 600 diamantes. O las dos cosas.

Una peculiaridad de los rusos que hace que las desigualdades sociales sean aún más sangrantes, es que no les vale con ser multimillonarios, además se tiene que saber. Se tiene que ver y oler su riqueza. De hecho en la lista de los 10 hombres más ricos del mundo que ha elaborado Forbes en 2010 no hay ningún ruso. Es decir, no es que sean los más ricos, sino los que más presumen. No hay más que ver el ejemplo de uno de los magnates rusos más conocidos: Roman Abramovich. Su fortuna ronda los 20 mil millones de euros (mil millones de euros arriba, mil millones de euros abajo). Hay americanos, indios y sauditas con más dinero que él, pero nadie gasta como Abramovich. Se compró una flota de 5 yates, uno de los cuales, el Eclipse, es el más grande del mundo y tiene 2 helipuertos. Adquirió también un avión Boing 767 con un sistema antimisiles incorporado y hasta 2 submarinos. Y para entretenerse se compró un club de fútbol, el Chelsea, y la casa más cara del mundo, en la Riviera francesa, por 500 millones de euros. Estaréis de acuerdo conmigo en que Amancio Ortega o Ricardo Botín son bastante más discretos.

El caso es que transitando por las calles de Moscú te puedes cruzar con el fulano del rolex de oro y la camiseta de brillantes, y con la anciana arruinada que malvende jerseys; te puedes cruzar con la rubia explosiva vaciacarteras y con la mujer digna y trabajadora; y hasta te puedes cruzar con un capitalista disfrazado de Lenin. ¿Es entonces Moscú una ciudad de contrastes? Pues amigos y amigas, yo me voy a mantener firme en mi tesis: no, no lo es. En todo caso es una ciudad de injusticias y desigualdades, una ciudad esquizofrénica y exagerada. No hay nada de atractivo en estos extremos tan opuestos. No puede ser un reclamo turístico porque convivir con eso es una lucha diaria, un horror. Y como dice Nacho Vegas, “en este horror no hay literatura”.

La Real Academia de la Lengua da 13 acepciones posibles a la palabra "contraste". La más común es la de "oposición, contraposición o diferencia notable que existe entre personas o cosas". Pero si bajamos hasta la número 12, encontramos una definición que a mí me gusta más: "Contienda o combate entre personas o cosas". Así sí. Según eso sí que diría que Moscú es una ciudad de contrastes. O mejor, una ciudad de combate.

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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