1 posts de octubre 2010

QUÉ BUENA TARDE SE HA QUEDADO

En todos los viajes hay un chiste que se acaba convirtiendo en el chiste del viaje. Generalmente son bastante malos, pero por alguna razón que se me escapa nos solemos pasar toda la semana repitiéndolo.

El viaje a Groenlandia también tuvo su chiste oficial. Seguro que os lo sabéis:

Un tipo se queda mirando al cielo y dice: “qué buena tarde se ha quedado…”. Y el que está a su lado contesta: “…hasta que venga alguien y la joda”.

Sí, ya sé que es un chiste viejo y malo pero a nosotros nos dio por reírnos. Lo contó Javi el segundo día de grabación. Javi es el vallecano con greñas que se queda en gayumbos para bañarse en unas aguas termales. El último español del programa. Un gran personaje. Y lo contó porque realmente todos los días se quedaba una buena tarde. Tuvimos mucha suerte con el tiempo. Amanecía nublado pero luego siempre se despejaba. Y siempre caía el chistecito.

Groenlandia posee el paisaje más bello que he visto jamás. Hay gente que recuerda toda la vida la primera vez que vio el mar. Otros nunca olvidan el momento en que contemplaron la nieve. Yo me guardaré para siempre la primera vez que vi el hielo. El inmenso hielo de formas y tonalidades imposibles.

Nunca pensé que un lugar tan árido pudiera ser tan acogedor. Te quedas anestesiado, calmado… en paz. Se te queda la mente tan en blanco como el paisaje que estás viendo. “Nunca te vas a cansar de observar los icebergs”, me decía Antonio, otro de “nuestros” españoles. Tus problemas se hielan también, los olvidas, se alejan a la deriva como si navegaran por un fiordo. Yo lo experimenté y sé que Jesús también. Jesús es el cámara al que le debemos las espectaculares imágenes que se ven en el programa. Gracias compañero.

Sólo una cosa le pudo inquietar esa semana: su pequeño Javi, con sólo 15 días de vida, estaba ingresado en un hospital en España. Entiendo que ni siquiera cientos de impresionantes icebergs pueden hacer que dejes de pensar en tu hijo. Por suerte (y por fuerza) Javi ya está recuperado y dando guerra en casa.

Hasta nos olvidamos del mundial y del partido contra Alemania. No os digo más.

Cuando se te baja un poco el subidón del paisaje, empiezas a descubrir a la gente. Y te vuelves a anestesiar. ¿Cómo pueden ser tan cálidos con esas temperaturas? No tienen nada que ver con la gente de otros países del norte de Europa. Aquí las señoras te besan sonoramente en las mejillas y los hombres te abrazan fuerte contra su esternón. Sonríen, miran a los ojos y estrechan la mano con firmeza. Y cariño.

Buen tiempo, bonito paisaje, buena gente… empezaba a pensar que quizá Groenlandia era ese lugar donde nadie viene a joderte la tarde. Quizá.

Lo primero que aprendes allí es a llamar a los groenlandeses por su nombre. Nada de “esquimales”, ellos son inuits. “Esquimal” es una palabra inventada por los ingleses y que tiene un matiz despectivo. Significa “gente que come carne cruda”. Los inuits ya han huido de su cliché. Hace tiempo que están muy por encima de su estereotipo. Sí, de vez en cuando comen carne cruda (exquisita, por cierto), pero ya no viven en iglús ni viajan en trineos ni cazan las ballenas a machetazos. Los inuit de ahora tienen i-phone, televisión por cable, calefacción central y viajan en helicóptero.

Sus condiciones de vida y su relación con el medio han mejorado pero sus rutinas, en esencia, son muy parecidas a las de antes: siguen siendo cazadores. Lo mismo ha pasado con la religión. Se les impuso una religión (como a medio mundo) pero ellos no han renunciado del todo a sus creencias ancestrales. Ahora son luteranos pero algo queda de sus raíces animistas.

Inuk, un anciano al que conocí en Narsaq, me lo resumió perfectamente. Tenía 70 años pero aparentaba 150. Había sido cazador de ballenas desde los 14 y ahora, retirado, acompañaba a sus dos nietos a la guardería donde estábamos grabando. Así hablaba de los suyos, de los inuit: “para nosotros la espiritualidad impregna
cualquier aspecto de la vida. Para poder sobrevivir en este medio tan hostil, tenemos nuestras normas de convivencia, entre ellas mantener el equilibrio y el respeto hacia el mundo natural. La armonía con la naturaleza es fundamental para sobrevivir cuando llegas a los 50 grados bajo cero
…”. Y se reía al ver mi cara.

Aquella tarde, con un par de cervezas, Inuk nos habló de muchas cosas. Yo recuerdo sólo algunas. “Cuando un hombre ofende a un animal está desequilibrando el Universo, está rompiendo la armonía”, nos decía, y a mí me parecía que no se podía ser más sabio que él. “Nosotros creemos que los animales tienen un alma. No los cazamos, sino que se dejan cazar”. En definitiva, nos dio una verdadera lección de ecología.

El último día de grabación nos dirigíamos en la zodiac hacia un frente glaciar. Lucía el sol como lo había hecho toda la semana y, como no, a alguien se le escapó el chiste oficial. “Qué buena tarde se ha quedado”… Y carcajada generalizada. Como niños.

Pero a Erik, uno de los guías que nos acompañaba en la barca, un hombre de unos 50 años con la cara surcada por el sol, no le hizo ninguna gracia. Nos observaba como apenado. Obviamente el sentido del humor no es el mismo. Yo no esperaba que se riera, pero tampoco entendía esa mirada triste. “Antes no era así, no hacía tanto calor”. Esa fue su sentencia. Todos lo entendimos.

En un sólo año ese frente glaciar que estás viendo ha retrocedido casi 2 metros… nos estamos derritiendo”. Se me quedó cara de tonto, cara de occidental. Este hombre tenía muchos motivos para no reírse. Él no hablaba de cambio climático porque ni siquiera conocía la expresión. Él hablaba de problemas reales en su vida diaria. “Tenemos que ir con mucho cuidado cuando perseguimos animales porque el hielo es más delgado y más inestable… los ríos y lagos se secan y los árboles y las casas se inclinan y se caen porque se ha reblandecido el suelo”. Acabó definiendo el tiempo como “un amigo de toda la vida que empieza a ponerse raro”.

Hasta ahora el frío, paradójicamente, les había protegido. Les había mantenido a salvo de nosotros. Pero eso ya ha cambiado. Javi, el vallecano, me contó que a Qaqortoq, que es una ciudad de 3 mil habitantes, llegaban cada verano cruceros con 7 mil pasajeros. 7 mil turistas que desembarcaban como piratas al abordaje en ese pueblo tranquilo, con ansias de saciar su sed de consumo. Comprar un cuerno de caribú para ponerlo en el salón, un diente de ballena o unas botas de piel de foca.

7 mil guiris. Más del doble de la población de Qaqortoq. “Pero bueno, eso también deja dinero en el pueblo. El turismo es un ingreso más, no?”, le pregunté a Javi. “¿Sabes lo que hace la gente del pueblo cuando llegan estos cruceros? Cierran todas las tiendas, comercios y bares y se encierran en sus casa a esperar que pase la plaga”.

Y además todas las petroleras del mundo tienen puestos sus ojos y sus colmillos en Groenlandia. “Conforme se vaya derritiendo el hielo será más fácil llegar hasta el petróleo que parece que hay debajo”, añadió Eric. “Algunas ya están perforando y las otras están en camino. Dicen que pueden llegar a los 31.000 millones de barriles, lo que nos convertiría en uno de lo mayores productores de petróleo del mundo”.

Yo no sabía qué decir. Erik hizo una pausa. Después se empezó a reír, me guiñó un ojo y dijo: “¿Has visto? aquí también viene alguien a jodernos la tarde”.

Españoles en el Mundo


Laura, Luis, Belén, Tirma y Lucía son los reporteros de 'Españoles en el mundo', el programa de TVE que busca a nuestros compatriotas allá donde estén.
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