Algo más que vender palomitas
Tres semanas atrás intentábamos contestar a la afirmación, escuchada muy frecuentemente, según la cual el primer fin de semana en taquilla determina la vida comercial de una película. Hoy vamos a centrarnos en otra aseveración no menos común (más si cabe) y muy poco acertada, uno de esos tópicos convertidos en leyenda urbana: el negocio de los cines está más en vender palomitas que en la venta de entradas.
No es una afirmación banal ni gratuita. Y a menudo la podemos escuchar en boca de profesionales con experiencia. Incluso en alguna ocasión, años atrás, yo mismo la he oído de labios de algún exhibidor. La intención con que cada cual utilice la expresión, el por qué insistir en ella, las razones que haya tras de cada argumentación, pueden responder a intereses diversos. Yo me voy a limitar a exponer datos concretos, fruto de una experiencia personal en la gestión de complejos cinematográficos. Afortunadamente esa experiencia me ha permitido vivir en primera persona el boom de los bares en los complejos multisalas (primero gestionando salas de Lauren Cinemas en el inicio de su expansión y posteriormente participando de la implantación de AMC en España con sus dos primeros megaplex, Parc Vallès en Terrassa y Heron City en Las Rozas) pero también la realidad de los cines de pantalla única en el centro de grandes ciudades (la propia Lauren tenía salas de éstas características en Madrid y Barcelona al igual que sucedía en algunos cines de Zaragoza Urbana, la última de las experiencias vividas en el sector de la exhibición).
Es muy diferente el volumen de facturación que generará una multisala cuyos espacios destinados a la venta de productos de restauración están diseñados y construidos expresamente para facilitar la máxima cantidad de venta en el menor tiempo posible (espacios amplios para colas y para empleados que están tras las barras, buena maquinaria) que el que se produzca en un cine de pantalla única o de pocas salas cuyos bares se pensaron y se construyeron con una finalidad muy diferente. Y será también muy distinto el promedio de ingresos por restauración por espectador en cines cuya oferta cinematográfica se compone, mayoritariamente, de películas de gran consumo comercial del que se genere en los cines que exhiben películas del denominado cine independiente o de autor.
En cualquiera de los escenarios, no obstante, nunca los ingresos que provienen de los bares y derivados (máquinas autoservicio, espacios destinados a golosinas y similares) superan a los que se obtienen de la venta de entradas en taquilla.
Un complejo multisala especializado en cine comercial en el extrarradio de una gran ciudad puede aspirar a que los ingresos por restauración supongan un 30% de los ingresos que se generan en taquilla. Por ejemplo, si ese complejo vende medio millón de entradas en un año a un precio medio de siete euros, la recaudación bruta generada por la taquilla será de 3.500.000€. Si sus ventas por restauración son muy buenas (y eso supone destinar suficientes empleados en los días y horas de mayor demanda por parte de los espectadores así como una buena formación para la venta y una adecuada política de precios y promociones) puede generar entorno a un millón de euros de facturación bruta por venta de productos de restauración. En ese caso, el consumo medio por espectador en los bares del complejo sería de 2€ (lo que en terminología de la exhibición se denomina el per head).
Así las cosas, entre taquilla y bar se habrían ingresado 4,5 millones de euors. El 78% provendría de la taquilla y el 22% restante de la restauración. Y estamos ante un caso de buenas ventas y buenos promedios en los bares.
Otro asunto es el margen de beneficio. Ahí sí que la restauración supera muy ampliamente a la taquilla. Si el cine se queda con el 50% de la recaudación de taquilla el coste de la materia prima de los bares puede estar entorno al 20%. En uno y otro caso entra en juego la capacidad y habildad negociadora de la empresa exhibidora con sus proveedores. Obviamente conseguirá mejores condiciones una gran cadena con implantación nacional y alto nivel de asistencia (con buenos descuentos por volumen de consumo) que un cine independiente. Eso puede llevar a que un circuito consiga liquidar las películas reteniendo más del 50% y que sus costes por restauración queden incluso por debajo del 20% mientras el cine independiente puede estar pagando las peliculas y los productos del bar por encima de esos porcentajes.
Siguiendo con el ejemplo anterior, el cine de medio millón de espectadores tendrá un beneficio por venta de entradas de 1.610.000€ (una vez descontado el IVA y liquidado el 50% a las distribuidoras) mientras los ingresos netos por restauración serán 736.000€ tras deducir el IVA y pagar el 20% a los proveedores. El beneficio entre ambas partidas se situaría en 2.346.000€. Un 69% proviene de la venta de entradas y el 31% restante de lo que generan los bares.
Cuanto menos comercial sea el tipo de producto en que se especialice un cine (o cuanto menos adecuadas tenga sus instalaciones o cuanto más descuidada tenga la formación y la atención al cliente en éste ámbito) menos peso tendrán los ingresos y los beneficios que genere la restauración.
Podemos afirmar, por tanto, que los bares dejan un margen de beneficio mucho mayor que la taquilla. E incluso que muchas cuentas de explotación de muchos cines o circuitos precisan de ese beneficio para salvarse a final de ejercicio. Lo que no es correcto es afirmar que los cines viven gracias a las palomitas (o a los productos del bar) sin explicar cual es la verdadera realidad. De no matizarse, esa aseveración puede entenderse como tendenciosa.
Aunque suene a perogrullada, sin películas no hay venta en los bares. Y si la película atrae espectadores sin hábito de consumo, las ventas serán muy menores. No seré yo quien considere imprescindible que haya bares en los cines ni que éstos ofrezcan tal o cual gama de productos. Lo que sí me parece injusto es reducir lo que supone gestionar un cine (un complejo, un circuito) a la venta de las palomitas. Ésta es una más (importante, eso es innegable) de un conjunto de medidas que hay que trabajar y coordinar día a día. Porque día a día se exhiben películas. Y esa es la función primera de un cine. A partir de ahí, complementar la experiencia del espectador. Y en eso, cada cual debe saber cómo hacerlo para que la visita se repita.



