La sonrisa de la libertad

En medio de la vorágine informativa, de los conflictos, cataclismos, juegos de poder, espionajes y crisis propias y ajenas que marcan los días, de repente llegan noticias que nos iluminan el rostro, que nos devuelven la alegría, que nos hacen respirar a todo pulmón y sonreír. Así ha ocurrido este domingo, ¡brillante domingo!, tras la liberación de Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova.

De las diferentes fotografías, de las instantáneas que han circulado por la red, que hemos intercambiado los amigos, hay una que llama poderosamente la atención y que a uno le llega a lo más profundo: es una foto en la que se ve a Javier de frente, con una sonrisa de par en par mientras su hijo, de espaldas a la cámara, corre, o más bien salta, se suspende en el aire, vuela, con los brazos abiertos, para abrazar a su padre.

Han sido seis meses de incertidumbre, de angustia; imagino que han sido seis meses durísimos para Javier y para Ricardo, pero creo que han sido aún más duros para quienes les aguardaban, para sus familiares que han vivido cada día y cada noche durante este interminable periodo con el miedo de que la llamada que recibieran no fuera la que anhelaban sino la que temían.

Hoy Ricardo y Javier duermen por primera vez, en muchos meses, junto a la gente que les quiere y a la que quieren. Hoy, muchos de sus amigos nos sentimos congratulados y esgrimimos una euforia contenida, si es que realmente se puede contener la euforia.

Y hoy, el hijo de Javier duerme sabiendo que su padre está a su lado, que no es una imagen, una foto repetida una y mil veces sino ese padre de carne y hueso al que ha podido abrazar y con el que ha vuelto a caminar de la mano. Hoy ellos, y Mónica y Ricardo y tantos otros, duermen, dormimos, con la sonrisa de la libertad entre los labios. Y uno recuerda las palabras de Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Bienvenido a la libertad, amigos, compañeros.

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La Casa Tomada de San Salvador

El nombre está prestado del cuento homónimo de Julio Cortázar. Y su propuesta también. La idea es que sean los propios salvadoreños los que vayan ocupando “la casa”, el espacio, tanto el físico como el espiritual; que se imponga “la construcción colectiva de la cultura”, en palabras de Fernando Fajardo, director del Centro Cultural de España en El Salvador, “perpetrador” de la idea y “prestatario” del nombre.

 

La Casa Tomada se encuentra en un espacio físico que resulta significativo, muy significativo. Se ubica en plena colonia de San Benito, en la llamada “zona rosa” de San Salvador, habitada por clase media-alta, con bares y restaurantes y tiendas de moda, pero al mismo tiempo junto a la comunidad de Las Palmas, barrio marginal donde la mara 18 impone su ley.

 

Las Palmas es un enclave de pobreza y exclusión en medio de la riqueza de San Benito. Según los datos que me ofrecen, hay 11.000 habitantes en toda la zona; 7.000 de ellos viven en Las Palmas, que ocupa un 5% del espacio del barrio, hacinados en sus tortuosos y grises callejones, donde hasta al aire le cuesta entrar, mientras los otros 4.000 residentes habitan en el 95% restante, con casas espaciosas, amplias calles y árboles majestuosos. Es obvio el desequilibro, por otra parte absolutamente común en El Salvador.

 

Quizás el principal efecto que, a día de hoy, pueda tener La Casa Tomada es el de haberse convertido en encrucijada, en rincón donde ambos mundos tan disímiles, tan distantes y tan hostiles el uno hacia el otro llegan a encontrarse. Y quizás al encontrarse puedan superar la incomunicación, el recelo que, por razones obvias, es moneda común desde hace décadas en El Salvador entre quienes ocupan uno y otro lado de la esfera socieconómica.

 

Pero hay, también, otros efectos. Desde la lógica, la buena lógica, de que la cultura, como herramienta del desarrollo, no debe dirigirse a un solo sector, aunque deba tener especialmente en cuenta al sector más desfavorecido, sino a todos los sectores, La Casa Tomada va siendo “tomada”, “ocupada”, por músicos, malabaristas, escritores, cantantes, fotógrafos, radiofonistas, funanbulistas (palabra bella), profesionales de la cultura, que comparten su saber, su conocimiento, con gentes no profesionales que son músicos, malabaristas, escritores, cantantes, fotógrafos, radiofonistas, funanbulistas (sigue siendo bella la palabra).

 

Se trata de que la cultura también se democratice, se haga colectiva, anteponiendo el plural, nosotros, al singular, yo. “Aprender a construir en comunidad”, cambiando el modelo de gestión, asentada en “la jerarquía, y por tanto vertical, por un modelo de construcción horizontal”  explica Paula Álvarez, coordinadora general de La Casa Tomada. Y en su apasionamiento con un proyecto que irradia ilusión y compromiso, uno descubre que La Casa Tomada se ha convertido en un espacio que apuesta por un futuro distinto para que la cultura deje de ser un concepto elitista; y es, sobre todo, una apuesta por la vida frente a tanta muerte circundante.

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Guerra Fría en El Salvador

En El Salvador sigue vigente el discurso de la Guerra Fría. En la rotonda en la que el partido derechista ARENA (Alianza Republicana Nacionalista) celebra sus victorias electorales (escasas últimamente), rodeando el mástil de la bandera que preside el lugar, hay varias placas metálicas con lemas inscritos: el más llamativo es “Patria sí, comunismo no”. Parece como si no hubieran transcurrido los años, más de dos décadas, desde la desaparición de la Unión Soviética y del fin de la propia guerra civil salvadoreña.

Lo que deja estupefacto es que en la noche electoral del pasado domingo el candidato de ARENA a la presidencia, Norman Quijano, recuperó la retórica y la soflama belicistas que muchos creían desterradas del paisaje político salvadoreño. Además de autoproclamarse vencedor sin esperar a que los resultados fueran concluyentes, Quijano aseguró que sus votantes estaban “en pie de guerra”, que defenderían su supuesta victoria “con la vida” y apeló a “la Fuerza Armada”, en una especie de incitación a que los uniformados desconocieran los datos ofrecidos por el Tribunal Supremo Electoral.

El resultado de las elecciones en El Salvador ha sido tan estrecho, con una diferencia tan escasa a favor del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional), que es entendible la frustración de ARENA. El partido derechista había recuperado terreno tras un resultado adverso en la primera vuelta. Pero precisamente la exigua diferencia era la que aconsejaba mantener la prudencia, como solicitó el presidente del Tribunal Supremo Electoral.

No fue así. ARENA clamó victoria rompiendo la baraja. Al poco tiempo fue el FMLN el que hizo otro tanto. Y aunque justificó su decisión en la actitud del rival, hubiera sido más sabio aguardar a que los resultados fueran definitivos. Su candidato, Salvador Sánchez Cerén, corrigió parcialmente la falta de prudencia al reconocer, horas después, que la proclamación de presidente electo solo puede hacerla el Tribunal Supremo Electoral, aunque se presentó igualmente como vencedor.

Pero ARENA ha ido un paso más allá al acusar de fraude al Tribunal Supremo Electoral. Sus seguidores han rodeado en varias ocasiones el hotel donde se ha establecido el centro de cómputo del Tribunal. En la noche del domingo, el dirigente de ARENA Roberto D’Aubuisson aseguraba estar dispuesto a recurrir a la fuerza para “defender la democracia”. Su nombre y apellido no son los de cualquiera. Es el hijo homónimo del mayor Roberto D`Aubuisson, el fundador de partido y de los escuadrones de la muerte que en los años 70 y 80 sembraron de cadáveres El Salvador. Él fue el autor intelectual del asesinato del arzobispo de San Salvador, Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Es evidente que un hijo no es responsable de los actos de su padre. El problema es cuando el hijo actúa con el mismo odio y la misma vesania que el padre. Es un símbolo, un preocupante símbolo, de que El Salvador se asoma, con demasiada vehemencia, a su pasado.

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Marwan a través del desierto

El desierto entre Siria y Jordania es una extensión que se prolonga en un horizonte plano, sin grandes desniveles, todo jalonado de piedras y dureza extrema. No hay dunas que suavicen el contacto de la pisada con la tierra; no hay vegetación, ni siquiera una rala planta de matojos que atenúe la sequedad circundante. No hay rastros de vida. El sol abrasa durante el día, y por las noches el frío atenaza los músculos.

Marwan, un niño de cuatro años, perdido, solo y cargado con una bolsa de la mitad de su tamaño, lo ha atravesado y ha logrado sobrevivir. La imagen de su llegada a un lugar indeterminado, donde lo ha recogido un equipo de ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, impacta de manera atroz. La soledad de un niño, tan niño, en medio de aquel espacio hostil, sintetiza el drama sangriento que se vive en Siria.

Según la ONU hay ya 70.000 niños sirios sobreviviendo como refugiados sin sus padres. 3.700 han cruzado solos la frontera, las distintas fronteras de Siria por las que huyen de una guerra brutal, que empieza a ser una auténtica guerra de exterminio.

¿Cuántos Marwan se han quedado en el camino? ¿Cuántos niños como él habrán caído en el desierto, en medio de la nada, desfallecidos, abrazados por la muerte? ¿Cuántos niños ni siquiera han podido huir a través del desierto y permanecen ocultos entre las ruinas, paralizados entre los escombros de las ciudades y aldeas sirias, muchos de ellos ya huérfanos?

La imagen de Marwan siendo recibido por un equipo de ACNUR ha sido colgada por el responsable en Jordania de esta agencia de la ONU, Andrew Harper, en su cuenta de Twiter. Sobrecoge verlo en la instantánea, fatigado, con los pasos cortos de sus pies cansados.

Habrá, seguro, quienes piensen que la imagen de Marwan a través del desierto, siendo recibido por un puñado de adultos, tiene mucho de propaganda por la propia ACNUR. No se nos muestran los alrededores. Quizás haya más refugiados, más personas arribando a la vez que Marwan. No importa. Lo poco o lo mucho que ofrece la instantánea es suficientemente elocuente.

Decir que el desierto entre Siria y Jordania, el desierto atravesado por Marwan, es inhóspito sería una redundancia. Todos los desiertos lo son. También empieza a ser una redundancia hablar de la pasividad, de la indolencia del mundo ante la tragedia de Siria, de los niños sirios.

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Ser periodista en México

 Cuando me han preguntado sobre los riesgos de ser periodista a la hora de cubrir una guerra, cuando he reflexionado sobre esos riesgos que uno arrostra a la hora de informar sobre distintos conflictos, siempre he pensado y dicho lo mismo: más peligroso es ser periodista en México.

México, junto a Honduras, son los dos países más peligrosos del mundo, sin guerra declarada, para ejercer el periodismo. Si hablamos de guerras, hoy el lugar de mayor peligro es Siria, hace unos años lo fue Irak y también lo han sido Afganistán o Líbano.

Pero no hablo del periodismo de lo que se ha dado en llamar “corresponsal de guerra”; hablo de otro periodismo, el cotidiano, el del día a día en el lugar en el que uno nació, creció y vive, o sobrevive; en el que vive la familia y los amigos y los conocidos y en el que todos lo conocen a uno; hablo del periodismo en el que uno narra ese abismo sin fin en el que se va despeñando la vida, ese sumidero voraz que se lo traga todo, convirtiendo la cotidianeidad en un horror infinito.

Gregorio Jiménez era un periodista hecho a sí mismo, en el sentido más literal de esta expresión, que firmaba sus notas como “El Pantera” y al que sus amigos llamaban simplemente Goyo. De fotógrafo de bodas y comuniones pasó a redactar noticias sobre el creciente número de asesinatos en su localidad, Coatzacoalcos y en la región, al sur de Veracruz, en esa tierra sin ley en la que las mafias del crimen organizado se enseñorean y cuentan con la complicidad, directa o indirecta, de las autoridades locales.

Gregorio Jiménez se había convertido en un dolor de cabeza para esas autoridades, a las que no cejaba de exigir que invirtieran los recursos públicos en mejoras para la comunidad, para la región en la que habitaba. Era un periodista incómodo.

A finales de enero El Pantera narró el secuestro y desaparición de una persona. “Se lo tragó la tierra”, tituló su nota. También denunció la muerte de dos inmigrantes centroamericanos que atraviesan esa región en manos de las mafias tratando de llegar a Estados Unidos y que son sometidos a la extorsión, el robo y el asesinato.

Unos días después Gregorio Jiménez fue secuestrado. Su cadáver ha aparecido junto al cuerpo sin vida del hombre cuyo secuestro había denunciado. Su mujer le había pedido hace tiempo que dejara de relatar noticias “de muertos” y que se fueran a Cancún, con sus siete hijos, a algo más lucrativo y menos peligroso como hacer fotos a los turistas. Ahora han enterrado su cuerpo y le lloran. Su muerte no es portada en los grandes medios. Es difícil encontrar un oficio más peligro que el de ser periodista, periodista local, en México.

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Suiza xenófoba

La mayoría de la población suiza (aunque haya sido por un estrecho margen sigue siendo más del 50%, aritméticamente más de uno de cada dos suizos) ha votado por limitar la libre circulación de personas provenientes de la Unión Europea, lo que en la práctica supone blindar sus fronteras.

Suiza ha sido considerado durante décadas el país más estable de Europa. No participó en ninguna de las dos grandes contiendas mundiales que arrasaron en el siglo pasado el territorio europeo. Incluso fue un país de asilo para mucha gente perseguida por los totalitarismos que sembraron el Viejo Continente de violencia y muerte.

Esa actitud y ese protagonismo de neutralidad le valió que buena parte de los organismos internacionales o de agencias humanitarias, desde la Cruz Roja Internacional a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, se instalaran en territorio suizo.

Pero ya desde mediados del siglo XX se vio que el carácter de los suizos tenía poco que ver con una verdadera compasión hacía el prójimo más necesitado.

Los emigrantes españoles (además de los de otras nacionalidades) pudieron sentir la indeferencia, cuando no la abierta hostilidad, que la población suiza sentía hacía ellos, el tratamiento de seres inferiores que les deparaba, la negación de derechos, el desprecio por las gentes del sur, de tez morena y ojos negros.

Durante años Suiza controlaba con precisión xenófoba el flujo de personas. Por el contrario, las puertas estaban abiertas de par en para a la llegada de capitales de todos los dictadores (Bocassa, Amin Dadá, Sadam Hussein, un largo etc.) y de todos los defraudadores, narcotraficanes, blanqueadores de capital y traficanes de armas. Los bancos suizos fueron cómplices del saqueo y el empobrecimiento de decenas de países del Tercer Mundo. El dinero era más importante que las personas.

El nuevo conflicto parece tener algo que ver con esta máxima. De alguna manera los suizos sabían que podían controlar y explotar a esos sureños que llegaban, con una mano delante y otra detrás, o con su maleta de cartón amarrada con cáñamo, en busca de una supervivencia económica que la historia de la España de postguerra, o de otros depauperados territorios, les negaba. Eran trabajadores no cualificados, empleadas domésticas (“sirvientas”), albañiles, “muertosdehambre”.

Ahora el problema viene por los ciudadanos europeos “de primera”, especialmente de los alemanes, de tez blanca y ojos azules, que llegan a Suiza para disputar a los muy civilizados y democráticos suizos los puestos más relevantes y mejor pagados, los trabajos más cualificados. Y la mayoría de los suizos ha dicho que no.

Habrá que recordarles a los suizos que sus fronteras lindan, en los cuatro puntos cardinales, con países de la Unión Europea. Quizás no sería mala idea que lo que se blinden sean las fronteras europeas y que la población suiza no pueda salir de su territorio y con su pan y su xenofobia se lo coman.

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Scarlett Johansson y Palestina

 No se debe exigir más a nadie por el hecho de que sea famoso o famosa; se debe exigir a cada persona, más allá de su condición pública, la misma actuación coherente, en conciencia, que a cualquier otra. Pero sí es cierto que buena parte de quienes han sido encumbrados por la fama tienen, por un lado, mayores facilidades para conocer, para ser conscientes del mundo en el que habitamos, y, en segundo lugar, sus actos y palabras conlllevan una repercusión infinitamente mayor que la de cualquier ciudadano de a pie.

Lo ocurrido con la actriz Scarlett Johansson es un buen ejemplo. La actriz neoyorquina se ha convertido en la imagen publicitaria de una empresa israelí instalada en un asentamiento en Cisjordania, en los territorios palestinos ocupados. Una empresa, por tanto, que viola la legislación internacional al igual que hace Israel con la colonización de Palestina.

Johansson ha colaborado, durante los últimos años, con la ONG Intermon-OXFAM en distintos proyectos de desarrollo en países donde la pobreza y la violencia son común denominador. Una ONG caracterizada por tener una visión global: la pobreza y la violencia no surgen por generación espontánea, tienes sus causas y hay que combatirlas desde la raíz si verdaderamente se quiere lograr un mundo más justo.

Hoy por hoy, la ocupación israelí no es solo ilegal e ilegítima, es también la causa de la pobreza, de la violencia y de las sistemáticas violaciones de los derechos humanos que padece la población palestina. Johansson debería saberlo, si es que no lo sabe. Entre otras cosas, porque así lo denuncian organismos internacionales y ONG,s como la propia Intermon-OXFAM.

Puesta ante la disyuntiva de ser coherente con su colaboración humanitaria o seguir haciendo publicidad de la empresa israelí, la actriz neoyorquina ha optado por esto último, ha anunciado que no seguirá colaborando con Intermon-OXFAM y continuará siendo la imagen de dicha empresa.

Es decir, lo humanitario, lo vinculado con la defensa de los derechos humanos y un mundo menos injusto, tiene una consideración de segunda, en el caso de Scarlett Johansson. O al menos, según se desprende de su actitud, en el caso de Palestina, lo cual sería más grave porque significaría que esos conceptos, para la actriz, no son universales sino que solo valen según el interés propio.

 

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Nuevo presidente en Honduras

Desde lo alto de la colonia Nueva Capital, en las afueras de Tegucigalpa, se escuchaban, a lo lejos, las salvas de los 21 cañonazos que saludaban la toma de posesión como presidente de Honduras de Juan Orlando Hernández. Los cañonazos también se oían desde la colonia Monterrey, la Popular o la 14 de marzo. Pero sus habitantes apenas se detenían a escuchar aquel fragor lejano que anunciaba un nuevo presidente, conscientes de que, probablemente, nada va a cambiar en su afán cotidiano, en su ardua lucha diaria por la supervivencia.

Estuve por primera vez en Nueva Capital hace cuatro años, visitando el colegio que ACOES, la Asociación Colaboración y Esfuerzo, ha levantado en lo alto de la colina en cuya falda se instalaron familias a las que el huracán Mitch había arrebatado las míseras viviendas que habitaban. Lo de Nueva Capital es puro eufemismo porque no hay nada de nuevo: la miseria es la misma de siempre.

Poco antes de que los cañones retumbaran, el presidente Juan Orlando Hernández había pronunciado un pomposo discurso en el que volvía a prometer, como han prometido durante años sus antecesores, que trabajará para acabar con la pobreza que golpea al 80% de los hondureños.

Pregunto qué opinan del discurso presidencial a los ancianos y no tan ancianos que se juntan en un centro de día de ACOES en la colonia La Popular. “Es lo mismo que prometen todos, pero luego se olvidan de lo que han prometido”. “Nada va a cambiar, nuestra vida va a seguir siendo igual de difícil”. “Seguiremos siendo pobres”. No tienen ninguna esperanza.

Son hombres y mujeres mayores, que se juntan para aprender algo, para compartir su tiempo y combatir la soledad. No intentan labrarse un futuro que, son conscientes, apenas existe para ellos; pero intentan recuperar el pasado que les robaron, aprehender el conocimiento y la solidaridad que les negaron.

En la habitación de al lado son niños, de entre 6 y 12 años, los que, atendidos por un par de maestras voluntarias, reciben clases de escritura y lectura, nociones básicas, un poco de alimento y de atención. Si no fuera por el centro de día, estarían en las calles polvorientas, en los barrizales, abandonados a su suerte; carne de cañón para la explotación y las maras.

A la misma hora, en el Estadio Nacional de Tegucigalpa, la ceremonia de toma de posesión del nuevo presidente transcurre con una parafernalia y un boato rayanos en la pantomima. Hace cuatro años, el presidente Porfirio Lobo prometió lo mismo que promete hoy Juan Orlando Hernández.

Dentro de cuatro años otro presidente prometerá lo mismo que hoy promete el nuevo presidente. Y mientras, la mayoría de los hondureños seguirá viendo como la miseria y la violencia son su única realidad cotidiana, que se mantiene inalterable porque el mundo no se transforma con la retórica florida y hueca de los discursos, ni con el fragor de las salvas de cañón.

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Manu Leguineche

La tinta, que ya no es tinta, se ha quedado blanca, lívida; la máquina de escribir, que ya no es máquina, ha bloqueado sus teclas; el télex, que ya no es télex, ha dejado de transmitir; el teléfono, que sí es teléfono, ha sonado para darme la noticia que nunca se quiere escuchar. Me dicen que te has ido y yo pienso, con toda la rabia y todo el dolor y toda la tristeza que se me agolpan, que esto no se le hace a los amigos, que ojalá hubieras demorado un poquito la partida en esta ocasión.

Fue nuestro maestro, el maestro de varias generaciones; fue mi maestro. La primera vez que salí a recorrer el mundo, a cubrir la guerra en Nicaragua y las otras guerras en Centroamérica, hace justo 30 años, Manu me facilitó mi primera acreditación de prensa.

Compartimos momentos memorables en la primera Guerra del Golfo. Nos recorrimos juntos buena parte de Bosnia y Croacia, durante la guerra en la Antigua Yugoslavia. Mientras yo conducía, Manu iba desgranando anécdotas con ese sentido del humor y esa ironía que él atesoraba. Seguimos viajando, juntándonos en otros rincones del mundo.

Todavía tiemblan las cartas de los memorables órdagos en interminables y desafiantes partidas de mus, la otra gran pasión de Manu, en su casa en Guadalajara, o en Amán o en Islamabad o en Mediugorije.

A veces se nos unía Juan González Yuste, Juanito, al que también perdimos hace ya varios años, hermano de correrías, desde su inicio, de Manu. Eran de la generación de los primeros reporteros de la España franquista que decidieron abrir su horizonte, ir a perseguirlo sabiendo que nunca se llega porque el oficio, como la Itaca de Kavafis, está en el camino. Juntos venían a mi casa en Jerusalén hasta que Manu decidió que no volvía nunca más para no tener que sufrir el humillante interrogatorio de los israelíes en el aeropuerto de Tel Aviv.

Manu transmitía esa pasión que yo descubrí en mí muy pronto, la de recorrer el mundo, la de llegar hasta los confines, cuanto más lejanos y más complicados, cuanto mayor era el desafío mayor era la determinación de lograrlo. Pero lo más importante de Manu Leguineche, de ese cálido hombretón, era su humanidad revestida de tierna socarronería, esa forma de no darse importancia y reírse de uno mismo. Él sabía que era nuestro maestro, nuestro referente, pero actuaba como si fuera uno más; un trato de igualdad que hacía al bisoño periodista sentirse orgulloso.

Ahora Manu ha decidido ir un poco más allá del mundo, recorrer otro confín, aquel del que uno ya no regresa, del que no hay vuelta atrás. Es un viaje más largo y más cargado de incertidumbre. La única certeza es que algún día, tarde o temprano, me volveré a juntar con Manu en algún lugar en el que, una vez más, el llevará la delantera y habrá escrito ya el reportaje que otros querremos escribir. Y les habrá ganado ya algún órdago a los ángeles.

Buen viaje Manu, amigo, compañero. Hasta siempre, Maestro.

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El Canal de Panamá

La primera vez que crucé el Canal de Panamá, el Puente de las Américas, que era todavía entonces la única vía que, en 1962, recuperó la continuidad territorial en un continente que había quedado geográficamente dividido por la vía interoceánica, tuve la sensación de cruzar países distintos y descolocados. Supongo que era lo mismo que sentían, aunque en su caso como si les hurgaran en una herida, todos los panameños que cruzaban aquella franja de territorio que dividía su país en dos.

Era el año 1989, en los prolegómenos de la invasión estadounidense, y era Estados Unidos quien controlaba esa franja de territorio, desde el Pacífico al Atlántico, a uno y otro lado del Canal, haciendo efectiva la división de Panamá, como un cuerpo separado a la altura de la cintura, sin continuidad entre sus arterias, venas, tendones y músculos. El marine que controlaba aquel día el paso de vehículos, pidiendo documentación, nos miró con rostro altivo, mientras otro marine esgrimía su argumento en forma de fusil M-16. El hecho de llevar pasaportes españoles facilitó la luz verde. “Si fuéramos panameños nos habrían tenido bastante más rato”, me dijo el amigo que conducía el vehículo.

Aquel día entendí la humillación que para la mayoría de los panameños había significado durante casi un siglo, no ya que el Canal estuviera controlado por Estados Unidos, sino el verse sometidos al control de una fuerza militar extranjera, que era de facto un ejército de ocupación, dentro de su propio país. El 31de diciembre de 1999 Panamá recuperó el control sobre aquella franja de su territorio en la que se encuadra el Canal. Y el país se llenó de orgullo.

Todo este amplio preámbulo tiene que ver con el sentimiento que hoy se detecta entre los panameños por el contencioso sobre las obras de ampliación. No resulta fácil valorar, en medio del cruce de datos, acusaciones, denuncias e informes, quien tiene razón y quien no la tiene entre la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) y el Grupo Unidos Por el Canal (GUPC), el consorcio adjudicatario del tercer juego de esclusas, la principal obra de la ampliación y que encabezas las empresas española SACYR, e italiana, IMPREGILO. Probablemente, en mayor o menor medida, cada cual tenga su parte de razón. Pero lo verdaderamente importante es cómo afecta y cómo se interpreta en Panamá.

No he escuchado a un solo panameño, desde que se hizo público el contencioso, que no haya defendido la postura adoptada por la ACP. Lo que percibe el ciudadano de a pie es que la Autoridad del Canal, no el gobierno panameño, está defendiendo los verdaderos intereses de Panamá. Por mandato de la Constitución panameña, la ACP es un ente autónomo, no dependiente del gobierno. Incluso si uno pregunta cuál sería la opinión si el contencioso se traduce en un retraso significativo en la conclusión de las obras, la respuesta sigue siguiendo que es más importante defender la dignidad del Canal que la rentabilidad económica aparejada a la ampliación.

No son pocos los panameños que ponen como ejemplos otras obras públicas realizadas en Panamá en los últimos años y cómo los sobrecostes supuestamente se han disparado y el gobierno los ha pagado sin rechistar. Existe la convicción de que las empresas adjudicatarias han recurrido al sencillo método de sobornar a los responsables gubernamentales para que aprobaran las compensaciones. “En esta ocasión Martinelli (el presidente panameño) no puede meter la mano”, me dice un taxista.

Hay quienes van más allá y aseguran que el consorcio, cuando hizo su presupuesto para la licitación de las obras, lo realizó artificialmente bajo para llevarse la adjudicación pensando que más tarde ya recuperaría los beneficios vía sobrecostes, como con otras obras públicas panameñas. Pero ahí se ha topado con la ACP que, incluso con aciertos y errores como piensan algunos, se ha puesto como principal objetivo defender los intereses del Canal, y por ende, la dignidad de todos los panameños. Son otros tiempos, distintos, aunque solo sean 25 años, a los de aquel lejano día de 1989.

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Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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