5 posts de mayo 2008

BOMBAS DE RACIMO

“No se mueva de la carretera” me decía casi a gritos, desde varios metros de distancia, mientras gesticulaba con grandes aspavientos, una mujer en una pequeña aldea del sur de El Líbano. Había temor en sus labios y en sus manos, había un gesto de abatimiento en su semblante. Lentamente caminé hasta ella por un pequeño sendero trazado desde esa carretera hasta la puerta de su casa. “Todo está lleno de bombas”, me explicó cuando estuve próximo.

Era cierto. Todo alrededor estaba infestado de bombas de racimo. Llevaba 48 horas sin atreverse a salir, ni permitir que lo hicieran su marido o sus hijos. Su vecino, Ahmed, había sufrido en carne propia, ajena pero más dolorosa que la suya, la carne de su hijo, el terrible impacto de ese fruto maldito. El niño, de 12 años, había salido al huerto poco después de un bombardeo y agarró del suelo un objeto, del tamaño y forma de una pelota de tenis pero oscura. Su cuerpo reventó con la explosión de aquel mortífero artefacto.


En los últimos días de la ofensiva sobre el sur de El Líbano, en agosto de 2006, el ejército israelí se dedicó a lanzar sobre toda la zona miles de bombas de racimo. Se trata de uno de los ingenios de muerte más terribles de los muchos que han sido inventados. Están dentro de las armas consideradas antipersonal, o antipersonas. Y efectivamente, van contra las personas, contra los seres humanos. Una cápsula, lanzada desde el aire o mediante un proyectil por la artillería, se abre a varios metros del suelo y derrama en un radio de un centenar de metros o más decenas de pequeñas bombas. Muchas estallan en el aire, o al contacto con el suelo. Otras muchas no estallan y quedan agazapadas esperando a la víctima propicia, casi siempre niños que agarran esos objetos impulsados por una curiosidad que para ellos acaba siendo fatal.

En Afganistán, durante la ofensiva estadounidense contra el régimen Talibán, la ONU pidió a Washington que dejara de lanzar paquetes de ayuda humanitaria (no las bombas de racimo). Unos paquetes de color amarillo. Era el mismo color de las bombas de racimo lanzadas por su propia aviación y centenares de afganos, sobre todo niños, agarraban aquellas cargas mortíferas pensando que dentro iban a encontrar un puñado de alimentos. Pero su contenido tenía poco que ver con lo humanitario. Pude ver a varios niños que milagrosamente habían salvado la vida tras recoger alguno de aquellos objetos. Habían quedado terriblemente mutilados. La mayoría no sobrevivió.


No deja de ser significativo que Estados Unidos e Israel hayan rechazado firmar el proyecto de Tratado Internacional contra las Bombas de Racimo, que debe firmarse en diciembre en Oslo. Ellos las han utilizado con profusión. También lo rechazan otros países en los que el concepto de derechos humanos o de justicia brilla por su ausencia como China, Rusia o Pakistán.


Es un alivio pensar que España haya decidido apoyar el nuevo tratado y deje de moverse en una hipocresía obscena. Mientras desde el gobierno se defendía un amplio concepto de los derechos humanos, se autorizaba la producción por varias empresas españolas de esos artefactos que sólo sirven para sembrar muerte, muerte casi siempre de gente indefensa, de inocentes, como la mayoría de las víctimas en nuestro mundo moderno. Se negocia con la muerte y los beneficios están en proporción directa al número de víctimas.

La maldición de Beirut

Asomado al Pacífico, viendo la puesta de sol, de un sol rojo e inmenso que parecía morir para siempre, como si hubiera decidido no volver a salir, recordé hace unos días un crepúsculo similar, a orillas del Mediterráneo. Era en la corniche de Beirut, uno de esos rincones de este mundo que se instalan en la memoria para no abandonarla nunca. Era también un atardecer preñado de rojos: el rojo del sol, el rojo nacarado de las nubes, el rojo violáceo del mar, el rojo oscuro de la sangre coagulada en las calles tras el último bombardeo.

Beirut parece vivir condenada a una maldición de sangre y fuego. Quizás sea porque, según la tradición de aquella tierra, en la corniche, en el malecón de Beirut, fue donde San Jorge derrotó al dragón, dándole muerte, y el fuego de la bestia emergió por última vez al tiempo que la sangre de su corazón, atravesado por la lanza, se derramaba a golpes espasmódicos, hasta que dejó de bombear. Murió la fiera, triunfó, supuestamente, el héroe. Pero desde entonces ya no ha habido más héroes con mayúsculas en Beirut, sólo héroes cotidianos. Y sí ha habido muchas fieras. Desde entonces, otras sangres siguen brotando, otros fuegos continúan alimentando el hambre insaciable de los dioses, que parecen disfrutar con las tragedias humanas.

Beirut, todo Líbano, ha sido durante siglos la tierra en la que los imperios, grandes o pequeños, antiguos o modernos, del levante mediterráneo, del oriente cercano (según la denominación que me enseñaron en la escuela, no contaminada por la visión anglosajona, y que hoy entiendo por la proximidad a mi corazón), han querido dirimir sus disputas. La muerte siempre era la de los otros, la ajena. Lo sigue siendo. Miles de libaneses han matado y han muerto en guerras que no eran de ellos, que les venían impuestas. Miles de libaneses han matado y han muerto por interposición, por delegación. Miles de libaneses se aprestan a matar y a morir si alguien no hace algo, si nadie les explica que Dios y los dioses son siempre los mismos, que también lo son los traficantes de armas, los vendedores de patrias, los apóstoles del apocalìpsis. Y que también son siempre las víctimas las mismas.

Pero los libaneses no parecen dispuestos a escucharlo, a entenderlo. Por más que se asomen cada atardecer a la corniche y desde allí, o desde el puerto de Biblos, o el de Tiro, o el de Sidón, o el de Trípoli, vean como el sol se hunde en el mar, preñado de rojo, más intenso aún que por su propio color, por el reflejo de la sangre que sigue derramándose por todos los costados de El Líbano. Un sol que se hunde con vergüenza, con congoja por lo que ha visto. Y que, a buen seguro, si pudiera, elegiría no volver a salir mañana para no tener que iluminar la misma tragedia.

COSAS QUE NUNCA CAMBIAN EN CHILE

Hay cosas que nunca cambian. O al menos eso es lo que parece. Recibo la noticia de que un compañero de la agencia EFE, un fotoperiodista, se encuentra hospitalizado, a punto de perder un ojo, tras un brutal golpe propinado con un bastón por un carabinero a caballo mientras cubría con su cámara una manifestación de protesta cerca del parlamento chileno, en Valparaíso.

Víctor Salas Arenas está hospitalizado, con pronóstico reservado, a punto no sólo de perder la visión de su ojo, sino su principal herramienta de trabajo, que no es la cámara, porque la cámara sólo sirve para captar aquello que el ojo de un buen fotoperiodista ha visto antes, décimas de segundos antes de que la imagen sea capturada por su cámara.

Siempre he sostenido que en el mundo de la información, sobre todo en zonas de conflicto, en cualquier tipo de conflicto, el trabajo más arduo y arriesgado es el del fotoperiodista, el del reportero gráfico, el de los compañeros y compañeras que se enfrentan a la realidad con una cámara. Un instrumento que lejos de protegerlos, los convierte en objetivos. Se puede hacer una crónica de radio a relativa distancia, se puede escribir un artículo a suficiente distancia, se puede redactar un blog como éste a muchos kilómetros de distancia, pero no se puede capturar la imagen si uno no está allí, en el ojo del huracán.

Digo que hay cosas que parecen que nunca cambian porque hace 20 años, en 1988, viví en Chile algo similar. También los carabineros, la policía militarizada chilena, de los que yo me libré de milagro, se ensañaron con uno de los mejores fotoperiodistas que conozco y además buen amigo, Javier Bauluz, el único español que ha recibido, entre otros muchos galardones, un premio Pulitzer. A Javier le rompieron un brazo en la andanada de golpes que recibió mientras fotografiaba la alegría que se desbordaba por las calles de Santiago tras la derrota de Pinochet en el plebiscito con el que pretendió perpetuarse en el poder.

Debe ser, como dice el tango, que “veinte años no es nada”. Pero a mí me gustaría que para algunas cosas sí lo fuera. Quiero creer que el gobierno chileno actuará esta vez y el responsable de la agresión contra Víctor Salas responda por su actuación. Que en esta ocasión las heridas no queden impunes como quedaron las de Javier o las de tantos otros.

Desde aquí, desde esta especie de “blog urgente”, sólo me resta enviarle un abrazo solidario a Víctor Salas. No lo conozco personalmente; no te conozco, Víctor, pero igual te envío ese abrazo y hago votos por verte pronto donde sé que quieres estar, en cualquier lugar, en cualquier rincón, disparando un arma que no hiere, que no mata, tu cámara, compañero.

La desaparición del Amazonas

Hace 23 años sobrevolé por primera vez la Amazonía. Los ojos no podían despegarse de ese mar verde que, a vista de pájaro, se extendía ininterrumpidamente hacia los confines del horizonte. Desde niño siempre me sentí atraído por la región que llamábamos el Amazonas, ese río-mar, y las selvas que lo acompañan en su recorrido. Unas selvas que en mi imaginación infantil adquirían la categoría de mundo fantástico y mágico, en el que se escondían tribus desconocidas, tesoros insospechados, paraísos perdidos, peligros y aventuras diversas y una belleza sin límite.

De los lugares por los que he caminado y navegado en este mundo pocos tenían para mí una carga emotiva similar a la del Amazonas. Cuando me adentré en sus entrañas la realidad fue mucho más terrenal y dura de lo que mi mente había recreado siendo niño. No encontré tesoros ni tribus ni palacios envueltos en el verdor. Hacía calor por momentos axfisiante y miríadas de mosquitos lo devoraban a uno vivo. Y aún así, me siguió pareciendo un lugar mágico. La sobrecogedora soledad en medio de aquel laberinto verde, la belleza de los atardeceres reflejados en las aguas de los centenares de ríos y canales, el silencio en esa hora crepuscular que apenas dura unos segundos y sin embargo siempre parece eterno, los miles de sonidos que pueblan la oscuridad de la noche.

Durante estos años he sobrevolado la Amazonía en numerosas ocasiones. La última en estos días. Y cada vez que lo hago, descubro nuevas heridas, nuevas extensiones de terreno que han perdido su piel verde, surcadas por decenas de nuevos caminos y carreteras. Hace ya muchos años que la deforestación de la Amazonía es uno de los ejemplos más desoladores y vergonzosos de cómo nuestro planeta se va consumiendo. En los últimos tiempos es una auténtica catástrofe.

Desde hace unos años la vista de pájaro nos ofrece la imagen de inmensos campos roturados donde antes sólo había selva. Aunque no conozco informes o estadísticas, sospecho que buena parte de esos terrenos están ocupados hoy por cultivos para producir combustibles.

Se ha impuesto el nombre de “biocombustibles”, supongo que interesadamente para hacernos creer que son más ecológicos. Yo prefiero hablar de “agrocombustibles”, es decir, combustibles de origen agrario, de los que Brasil es el primer productor.

Hay una fuerte discusión sobre si el brutal incremento de los precios en determinados productos agrícolas tiene en parte su origen en la producción de “agrocombustibles”. En el caso de granos como el maíz parece evidente.

Mientras se discute si esa es o no una de las razones, millones de seres humanos en el mundo ven como se incrementa lo que parecía no poder aumentar, el hambre que llena sus estómagos y los de sus hijos.

Hay también debates sobre qué productos tienen un efecto perverso y cuáles no. Brasil defiende su producción argumentando que la mayoría del combustible que produce se extrae de la caña de azúcar. Y que no genera incremento en el precio de otros productos. Habría que recordar que en el siglo XVII la introducción del monocultivo de caña de azúcar en el nordeste brasileño y su sobreexplotación por compañías holandesas dejó convertida una de las zonas más feraces del Brasil en un erial. La tierra ya nunca se recuperó.

Estamos, por tanto, en un debate que, como casi siempre, es desigual. Hace poco se descubrió que las grandes compañías de energía, sobre todo petroleras que ahora invierten grandes cantidades en producir “agrocombustibles”, habían pagado campañas a supuestos expertos para que desmintieran a quienes daban la voz de alarma sobre lo que está ocurriendo. Mientras se aclara o no, comer es un lujo cada vez más inalcanzable para muchos, Los negocios siguen siendo negocio para unos pocos. Y la Amazonía, el Amazonas, va dejando de ser, poco a poco, aquel espacio mítico de mi infancia.

LIMA Y LA POBREZA

Lima es una ciudad cubierta, la mayor parte del tiempo, por una neblina que a veces entristece hasta las ganas de vivir. No sé si fue ese ambiente el que llevara a César Vallejo a sacarse del alma, en su etapa limeña, sus “Heraldos negros”. Esa grisura del aire, agravada por una polución aterradora, se mezcla con la humedad del mar y con el polvo del desierto que arrinconan a la capital peruana para convertirla en una urbe poco alentadora para habitarla.


Quizás estoy exagerando. No es lo mismo hablar de una Lima que de otra. No se siente el aire ni el ambiente de igual manera en Miraflores o en San Isidro que en las villas miserias que han crecido como hongos en los alrededores de la capital peruana. Hay, en los primeros, casas hermosas, árboles y avenidas, cafés y restaurantes lujosos, tiendas de moda. Pasear por Miraflores o San Isidro, disfrutar de sus terrazas, darse un homenaje con las excelencias culinarias peruanas hacen que uno se olvide de la otra realidad.


Pero está ahí, por mucho que uno prefiera no asomarse o asomarse sólo de refilón. Se trata de barrios nacidos del aluvión, de los sedimentos humanos que la exclusión, que la miseria ha arrastrado como un torrente desbocado tras el aguacero neoliberal que en las dos últimas décadas ha convertido a América Latina en el continente más desigual.


Y Lima es un claro ejemplo de esas desigualdades, un espejo donde se refleja el contraste de ese minoría opulenta que vive de espaldas a una mayoría abocada a sobrevivir en los basureros, simbólicos o literales. Es difícil describir la pobreza de los barrios, de los barriales, que circundan Lima, allí donde el hambre y la sed se enseñorean, allí donde el término pobreza adquiere una dimensión brutal e ignominiosa.


En Lima han hablado hoy de pobreza los mandatarios europeos y latinoamericanos. Una nueva cumbre con el objetivo, al menos el declarado, de luchar contra esa pobreza, contra esa desigualdad, contra esa exclusión que al igual que en Lima salpica las ciudades y las montañas y los valles latinoamericanos.


Ya se sabe que en las cumbres todo va muy rápido, las agendas están muy apretadas, no hay tiempo para nada. Pero quizás no estaría mal que algún jefe de Estado o de gobierno se diera un paseo por alguno de esos barrios limeños, hablara con sus pobladores, respirara el polvo en suspensión, se manchara los zapatos con la podredumbre de los albañales.


A veces es bueno ver aquello de lo que se habla para saber de qué se habla. Pero no va a ser posible, tampoco en esta ocasión. Quizás la próxima. El gris va a seguir en el aire mucho tiempo.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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