ZIMBAWUE EN EL TUNEL
Hay países que parecen condenados a sufrir eternamente, como si el privilegio de su belleza y su riqueza se trastocara en un maleficio. Hay pueblos que parecen condenados a tener que perseguir la libertad eternamente, como una quimera inalcanzable. Zimbawue me parece uno de esos lugares del planeta en los que la luz al final del túnel, lejos de acercarse, se aleja cada día un poquito más.
La mayoría de los jóvenes de hoy apenas saben que Zimbawue, el territorio que hoy reconocemos con ese nombre, fue un tiempo colonia británica. Los británicos, tan educados ellos, tan pulcros y tan demócratas, se dedicaron a explotar durante décadas a medio mundo. También a Zimbawue, un vasto territorio convertido prácticamente en su finca particular y la de sus amigos por Cecil Rhodes.
Pocos personajes ha dado La Historia como Rhodes, un hombre sin escrúpulos que en la segunda mitad del siglo XIX, con el beneplácito de su gloriosa majestad la reina Victoria, se convirtió en el hombre más rico del mundo explotando minas de oro y diamantes en buena parte de África del Sur, después, claro está, de expulsar a los habitantes negros o esclavizarlos. Fue el gran inspirador del régimen racista en Suráfrica y en el amplio territorio que pasó a denominarse Rodhesia.
Cuando los británicos iniciaron la retirada fue el turno de sus hijos emancipados. Un nuevo visionario de la raza blanca, Ian Smith, proclamó la independencia de Rodhesia y estableció un régimen de segregación racial, un régimen violento y racista, peor incluso que el de la vecina Sudáfrica. Pero la población del país no se resignó a ser considerada inferior por el color de su piel, por su cultura, por su relación con los dioses y con la naturaleza. Y se unieron, por encima de pueblos y tribus, para acabar con aquel ignominioso régimen.
Surgió un líder que suplo aglutinar a mujeres y hombres cansados de la humillación, de ser considerados inferiores, de ser tratados como esclavos. Robert Mugabe fue aquel líder que unificó los anhelos de libertad e igualdad. Y en 1980 renació Zimbawue. Aún así la minoría blanca mantuvo sus privilegios y el control de la tierra. Pero Mugabe entró en una deriva mesiánica y dictatorial, que lejos de lograr revertir aquella injusta distribución de la riqueza ha acabado con ella.
Hoy, décadas después, Robert Mugabe se ha convertido en una patética réplica del racista Ian Smith. Patética no quiere decir inocua, todo lo contrario, es igual de brutal y mortífera, quizás peor, porque quienes imponen el odio y la violencia, el sufrimiento y la muerte, son los hermanos de ayer. Mugabe está condenando a su pueblo a ir muriendo poco a poco, a ir desapareciendo. De un país de enormes riquezas naturales, de tierras feraces, de futuro promisorio, Mugabe ha convertido a Zimbawue en un desierto de hambre y miedo.
La Historia tiene a menudo, quizás demasiado a menudo, esa vengativa ironía. Porque La Historia no tiene sentimientos, ni tiene alma, es lo que es. Y los hombres como Mugabe se convierten en históricos, desprovistos también de sentimientos y de alma, preocupados sólo por conservar su poder, a cualquier precio, dispuestos a pasar a La Historia aunque sea en el capítulo de la infamia. Mientras, miles de seres humanos siguen sufriendo y muriendo, mirando hacia delante y viendo como la luz al final del túnel continúa alejándose.



