5 posts de junio 2008

ZIMBAWUE EN EL TUNEL

Hay países que parecen condenados a sufrir eternamente, como si el privilegio de su belleza y su riqueza se trastocara en un maleficio. Hay pueblos que parecen condenados a tener que perseguir la libertad eternamente, como una quimera inalcanzable. Zimbawue me parece uno de esos lugares del planeta en los que la luz al final del túnel, lejos de acercarse, se aleja cada día un poquito más.

La mayoría de los jóvenes de hoy apenas saben que Zimbawue, el territorio que hoy reconocemos con ese nombre, fue un tiempo colonia británica. Los británicos, tan educados ellos, tan pulcros y tan demócratas, se dedicaron a explotar durante décadas a medio mundo. También a Zimbawue, un vasto territorio convertido prácticamente en su finca particular y la de sus amigos por Cecil Rhodes.

Pocos personajes ha dado La Historia como Rhodes, un hombre sin escrúpulos que en la segunda mitad del siglo XIX, con el beneplácito de su gloriosa majestad la reina Victoria, se convirtió en el hombre más rico del mundo explotando minas de oro y diamantes en buena parte de África del Sur, después, claro está, de expulsar a los habitantes negros o esclavizarlos. Fue el gran inspirador del régimen racista en Suráfrica y en el amplio territorio que pasó a denominarse Rodhesia.

Cuando los británicos iniciaron la retirada fue el turno de sus hijos emancipados. Un nuevo visionario de la raza blanca, Ian Smith, proclamó la independencia de Rodhesia y estableció un régimen de segregación racial, un régimen violento y racista, peor incluso que el de la vecina Sudáfrica. Pero la población del país no se resignó a ser considerada inferior por el color de su piel, por su cultura, por su relación con los dioses y con la naturaleza. Y se unieron, por encima de pueblos y tribus, para acabar con aquel ignominioso régimen.

Surgió un líder que suplo aglutinar a mujeres y hombres cansados de la humillación, de ser considerados inferiores, de ser tratados como esclavos. Robert Mugabe fue aquel líder que unificó los anhelos de libertad e igualdad. Y en 1980 renació Zimbawue. Aún así la minoría blanca mantuvo sus privilegios y el control de la tierra. Pero Mugabe entró en una deriva mesiánica y dictatorial, que lejos de lograr revertir aquella injusta distribución de la riqueza ha acabado con ella.

Hoy, décadas después, Robert Mugabe se ha convertido en una patética réplica del racista Ian Smith. Patética no quiere decir inocua, todo lo contrario, es igual de brutal y mortífera, quizás peor, porque quienes imponen el odio y la violencia, el sufrimiento y la muerte, son los hermanos de ayer. Mugabe está condenando a su pueblo a ir muriendo poco a poco, a ir desapareciendo. De un país de enormes riquezas naturales, de tierras feraces, de futuro promisorio, Mugabe ha convertido a Zimbawue en un desierto de hambre y miedo.

La Historia tiene a menudo, quizás demasiado a menudo, esa vengativa ironía. Porque La Historia no tiene sentimientos, ni tiene alma, es lo que es. Y los hombres como Mugabe se convierten en históricos, desprovistos también de sentimientos y de alma, preocupados sólo por conservar su poder, a cualquier precio, dispuestos a pasar a La Historia aunque sea en el capítulo de la infamia. Mientras, miles de seres humanos siguen sufriendo y muriendo, mirando hacia delante y viendo como la luz al final del túnel continúa alejándose.

HERIDAS QUE NO CICATRIZAN

La brutalidad no tiene medida. Quiero decir que no tiene límite, que sobrepasa todo lo imaginable. Y aunque el tiempo pase, y aunque hayan transcurrido décadas, a mí hay acontecimientos, hay muertes, que me provocan unas ganas irrefrenables de desertar de mi condición de ser humano. Leo el testimonio de un exgendarme argentino, en los tiempos de la dictadura, que me produce un nudo en la garganta y en el alma.

Se llama Carlos Beltrán. Y asegura que fue expulsado de la policía por negarse a ejecutar a dos secuestrados, en el año 1977. Lo ha dicho en el juicio contra uno de los hombres más brutales que generó aquella dictadura brutal, el general Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, con sede en Córdoba.

Ante la justicia, Beltrán ha declarado que se negó a ejecutar a una joven embarazada, Ilda Palacios, a la que los militares habían obligado, previamente, a cavar su propia fosa junto a otro secuestrado. “La chica quedó moribunda y cuando intentó reincorporarse uno de ellos sacó una pistola y le disparó hasta matarla”, ha afirmado Carlos Beltrán. Después de negarse a asesinar a aquella joven fue abandonado en plena noche en medio del monte, acusado de “cobarde”, y dado de baja como gendarme.

A Ilda la mataron antes incluso de dar a luz. En otros casos, ya todos los sabemos, esperaron a que las secuestradas dieran a luz, para robarles a sus hijos e hijas antes de robarles la vida. La maldad es siempre la maldad. Pero hay maldades malas y maldades peores.

Todavía hoy Juan Gelman, amigo del alma, sigue reclamando al gobierno uruguayo, que ha mantenido una actitud timorata y vergonzosa, que investigue el paradero de su nuera, María Claudia, secuestrada en Buenos Aires junto a su hijo Marcelo. María Claudia fue llevada a Montevideo hasta que dio a luz a su hija y luego fue asesinada. La niña fue entregada en adopción, criminal adopción, a un policía uruguayo.

Hoy Macarena, aquella pequeña, es uno de los hilos conductores de Juan con la vida, aunque la vida nunca le haya permitido, como él confiesa, haber disfrutado de la infancia de su nieta, haberla subido en sus rodillas, haberle contado los cuentos que sólo él sabe contar.

No habla de Marcelo, es una ausencia demasiado dolorosa para verbalizarla. No habla de Maria Claudia. Habla de Macarena, de lo único en lo que el futuro puede compensar mínimamente al pasado. También el testimonio de Carlos Beltrán es una forma de encontrar algo de reparación. Me pregunto si existirán unos padres, un marido, una amiga, alguien que todavía hoy se preguntara por lo que le ocurrió a Ilda Palacios. No sé, sinceramente, que es mejor, si que alguien haya seguido esperando que se aclarara su muerte o si que nadie que la quisiera siga vivo para saber cómo murió. No existen bálsamos para algunas heridas que se niegan a cicatrizar.

EL MALECÓN DE LA HABANA

El malecón de La Habana es uno de los rincones más apasionantes y apasionados del mundo. Fue el primer territorio de América que pisé, que caminé, hace ya 25 años. Entonces me fascinó. Hoy me fascina aún más. Es difícil describir un lugar que no sólo es un espacio físico, de una belleza decadente y al mismo tiempo de vitalidad arrebatadora, sino un ágora abierto al mar donde se conjugan sentimientos, esperanzas y frustraciones, sueños y hastíos, amores y desamores. No hay besos como los que se dan en el malecón de La Habana, me dijo una vez una amiga.

Cada atardecer, y hasta bien entrada la madrugada, centenares, miles de personas, sobre todo jóvenes, se agolpan en el malecón y lo convierten en su universo, en su mundo particular. En medio de la plática, de la música sin fin que es la principal seña de identidad cubana, de la búsqueda de algún amigo extranjero, se conjuran las carencias de lo cotidiano.

La vida en Cuba no es fácil (esa es la expresión cubana por excelencia: “no es fácil”). La Revolución trajo a Cuba un sistema que ponía el acento en el ser humano, en la igualdad, en el “hombre nuevo”. Pero a las nuevas generaciones les cuesta encontrar sentido a un sistema que hoy revela una creciente fractura entre los dirigentes y la calle, entre las expectativas y la realidad. Hay educación, hay sanidad, hay un mínimo de supervivencia que no admite comparación con cualquier otro país latinoamericano. Y sin embargo hay anquilosamientos terribles. Como suele ocurrir en estos casos, el régimen cubano va varios pasos atrás de lo que son las aspiraciones de sus jóvenes. Y deberían entenderlo.

Hace treinta años la homosexualidad estaba perseguida y reprimida en Cuba hasta unos niveles inadmisibles, programas de reeducación y campos de trabajo incluidos. Hoy, el lugar emblemático del malecón, en la desembocadura de la calle 23, más conocida como La Rampa, es el territorio de gays y lesbianas, de travestis y transexuales, que se mueven con absoluta libertad, que cada noche se juntan masivamente para charlar, para pasear, para lucir palmito, para ligar. Tienen una especie de hada madrina, de gran protectora, Mariela Castro, hija del presidente cubano Raúl Castro, directora del Centro Nacional de Ecuación Sexual de Cuba.

Al igual que ocurre con los homosexuales (en menor grado con las lesbianas porque también ahí las discriminaciones de género son abrumadoras, en Cuba y en cualquier rincón del mundo), otros cubanos se asoman al malecón cada noche buscando nuevos espacios en los que sentir y expresarse, en los que criticar aquello que no les gusta, aquello que no les parece bien. Las críticas siempre son positivas. Por más que muchos dirigentes se atrincheren en un inmovilismo que no admite discrepancias.

Y en el malecón se sigue besando.

MUERTE DE UNA NIÑA EN CIUDAD JUÁREZ

La niña jugaba en un parque, en un barrio de Ciudad Juárez. Belén Moreno sólo tenía 12 años. De repente un hombre la agarró y se la llevó como rehén en un vehículo mientras otros hombres le perseguían. Sólo pretendía, aparentemente, utilizarla como escudo humano. Unos minutos después la niña yacía en el interior del vehículo con el cuerpo cosido a balazos.

Esa es la versión ofrecida por fuentes oficiales. Eso es quizás lo que pasó. Ocurrió hace pocos días. Y no sucederá nada porque este caso, como tantos otros, ni siquiera tenía categoría para salir en las noticias. Total, la muerte de otra niña, otra jovencita más en Ciudad Juárez, ¿a quién le importa?

La rabia es doble, como doble es la impunidad. Por un lado la violencia que golpea a Ciudad Juárez, como a otras zonas de México, donde el crimen organizado ha impuesto su ley de silencio y muerte. Por otro, el desprecio por la vida de las mujeres, sean niñas o adultas, del que Ciudad Juárez se ha convertido en trágico símbolo. El cúmulo de desigualdades, corrupción e impunidad hace de esta ciudad el lugar perfecto para la sinrazón.

Pero algo similar sucede en muchas partes de México: esa violencia y ese desprecio por la vida de las mujeres. Recordaba al leer el caso de esta niña a Lydia Cacho, mi amiga y valiente periodista mexicana, que se atrevió a denunciar una red de pederastia montada por empresarios sin escrúpulos a los que ampara el gobernador de Puebla y todo un sistema policial y judicial corrompido hasta las raíces.

En su libro Los Demonios del Edén, Lydia documenta la realidad brutal de esa red de pederastia, de pornografía infantil, de violaciones y abusos de niñas. Una denuncia que ha estado a punto de costarle la vida, además de ser “legalmente” secuestrada por orden del gobernador de Puebla y pasar por un auténtico calvario judicial y personal. Pero Lydia no se ha dejado amedrentar, a pesar de haber sufrido la embestida de un sistema que ampara la corrupción y la ignominia.

En México hay más mujeres que, como Lydia Cacho, llevan ya años luchando contra esa realidad, contra un modelo que necesita de todos esos elementos para que nada cambie. Un modelo de miseria, violencia, machismo, corrupción, explotación. Mujeres que lloran cada vez que una niña como Belén Moreno sufre o muere, víctima de un sistema infernal. Yo sé que tarde o temprano lo van a conseguir, que llegará un día en el que una niña mexicana pueda jugar en un parque de Ciudad Juárez o de cualquier otra localidad sin que nadie tema que algo ocurra, sin que la muerte se cruce en su camino.

LA SANIDAD NO ES COSA DE FALDAS

En este deambular por el mundo uno va sorprendiéndose a menudo. La mayoría de las veces las sorpresas tienen que ver con aquello que es extraño, poco habitual, infrecuente, aquello a lo que uno no está acostumbrado o no concibe dentro de los parámetros de la visión del mundo que uno ha ido adquiriendo a lo largo de su vida. Quizás por eso uno habla del mundo sorprendente sin detenerse mucho a mirar hacia dentro, hacia el país de uno mismo, hacia las cosas que ocurren en los lugares más próximos. Y a veces esas sorpresas vienen desde muy cerca y acompañadas de la indignación.

Así me ocurre estos días con una información que me han enviado y que pareciera más propia de otro tiempo, de otra región, de otro mundo. Pero no, es de aquí al lado, como quien dice. En el hospital San Rafael de Cádiz, su propietario, José Manuel Pascual, no sólo se resiste a cumplir con la legalidad y a no imponer una vestimenta según códigos sexistas, discriminatorios para la mujer. Sino además ha decidido adoptar represalias contra quienes se han rebelado ante esa imposición. Desde expedientes disciplinarios y sanciones económicas a traslados forzosos y amenazas de despido.

El caso es conocido, José Manuel Pascual, propietario de otros hospitales en Andalucía, exige que las enfermeras vistan con cofia, delantal, falda y medias, como si la buena práctica sanitaria, para el sexo femenino, tuviera que ver con la vestimenta y no con los conocimientos y las aptitudes y actitudes profesionales. Al margen de que es inadmisible exigir ese uniforme a las mujeres (en el caso de los hombres llevan el tradicional pijama sanitario), es mucho más insultante cuando se hace desde un hospital que funciona mediante concierto con la sanidad pública andaluza, es decir pagado con los impuestos, con el dinero de todos los contribuyentes. Y resulta doblemente indignante que las administraciones públicas estén mareando la perdiz sin adoptar una actitud de firmeza contra esta situación.

En el fondo del problema es evidente que subyace una mentalidad machista y retrógrada, la de un señor que no concibe la igualdad de sexos y se obstina en discriminar y menospreciar a las mujeres. Es algo que uno está acostumbrado a ver por el mundo y por desgracia también en España. Y es un ejemplo más de que la lucha por la igualdad tiene todavía un largo camino por recorrer. Pero ese camino se acorta cada vez que damos un paso adelante. Todas y todos debemos darlo en este caso, exigiendo que se ponga fin a ese entuerto. La sanidad no es cosa de faldas, la dignidad tampoco.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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