BOSNIA EN LA MEMORIA
Desde un rincón de la península Ibérica, donde transita el tiempo vacacional, me llega una de las noticias más esperadas y esperanzadoras de los últimos años: la detención de Radovan Karadzic. La memoria convoca de forma automática, a gran velocidad, como disparada por un resorte incontrolable, todo un rosario de nombres, de imágenes, de sentimientos y de impotencias: Sarajevo, Banja Luka, Derventa, Tuzla, Gorazde, Srebrenica y tantos otros.
Fueron cuatro largos años de deambular por los corredores de la muerte, cuatro años interminables de rabia y dolor, de no entender cómo el mundo podía asistir indolente a semejante tragedia, de crónicas desesperadas, del olor de la muerte circundando todos los rincones de Bosnia. Nunca pensé que el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para la Antigua Yugoslavia fuera a servir para algo. No sirvió, en sus primeros años. Pero poco a poco se fue consolidando.
No están ni estuvieron todos los que son o fueron, ni el canciller alemán Kohl, ni el entonces presidente croata Tudjman, ni algunos otros que tuvieron responsabilidad directa o indirecta en el sangriento desmembramiento de la patria de los eslavos del sur (Yugoslavia). Pero sí son o fueron todos los que están o estuvieron. Ahora se va a sumar uno de los más conspicuos, uno de los mayores criminales, sino el mayor: Karadzic. Queda por detener quien fue su brazo ejecutor sobre el terreno, el general Ratko Mladic, y no me cabe duda de que caerá, tarde o temprano.
No hay consuelo para las decenas de miles de muertos, para las miles de familias mutiladas, de mujeres violadas, de hombres torturados, de niños huérfanos. Pero que Karadzic y Mladic puedan ser juzgados por sus crímenes representa al menos un mínimo de justicia en un mundo marcado habitualmente por la injusticia y la impunidad. Las pocas veces que pude estar frente a Karadzic en Pale, su cuartel general a las puertas de Sarajevo, percibí en él ese semblante, ese gesto, ese aire característico de los hombres que se creen superiores por su origen, imbuidos de un espíritu mesiánico para liberar a sus pueblos, cuando en realidad sus pueblos necesitarían que los liberaran de ellos.
Desde entonces siempre tuve claro que son extremadamente peligrosos esos líderes que creen que su causa lo justifica todo, que su etnia es la más pura, que su religión es la única verdadera, que su himno es el que más emociona, que su bandera es la que mejor ondea, que su lengua es la más hermosa, que su acento es el único aceptable, que su pueblo es el elegido. Son tantos en el mundo que asusta pensarlo. Pero al menos hoy hay uno menos suelto.



