2 posts de julio 2008

BOSNIA EN LA MEMORIA

Desde un rincón de la península Ibérica, donde transita el tiempo vacacional, me llega una de las noticias más esperadas y esperanzadoras de los últimos años: la detención de Radovan Karadzic. La memoria convoca de forma automática, a gran velocidad, como disparada por un resorte incontrolable, todo un rosario de nombres, de imágenes, de sentimientos y de impotencias: Sarajevo, Banja Luka, Derventa, Tuzla, Gorazde, Srebrenica y tantos otros.

Fueron cuatro largos años de deambular por los corredores de la muerte, cuatro años interminables de rabia y dolor, de no entender cómo el mundo podía asistir indolente a semejante tragedia, de crónicas desesperadas, del olor de la muerte circundando todos los rincones de Bosnia. Nunca pensé que el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para la Antigua Yugoslavia fuera a servir para algo. No sirvió, en sus primeros años. Pero poco a poco se fue consolidando.

No están ni estuvieron todos los que son o fueron, ni el canciller alemán Kohl, ni el entonces presidente croata Tudjman, ni algunos otros que tuvieron responsabilidad directa o indirecta en el sangriento desmembramiento de la patria de los eslavos del sur (Yugoslavia). Pero sí son o fueron todos los que están o estuvieron. Ahora se va a sumar uno de los más conspicuos, uno de los mayores criminales, sino el mayor: Karadzic. Queda por detener quien fue su brazo ejecutor sobre el terreno, el general Ratko Mladic, y no me cabe duda de que caerá, tarde o temprano.

No hay consuelo para las decenas de miles de muertos, para las miles de familias mutiladas, de mujeres violadas, de hombres torturados, de niños huérfanos. Pero que Karadzic y Mladic puedan ser juzgados por sus crímenes representa al menos un mínimo de justicia en un mundo marcado habitualmente por la injusticia y la impunidad. Las pocas veces que pude estar frente a Karadzic en Pale, su cuartel general a las puertas de Sarajevo, percibí en él ese semblante, ese gesto, ese aire característico de los hombres que se creen superiores por su origen, imbuidos de un espíritu mesiánico para liberar a sus pueblos, cuando en realidad sus pueblos necesitarían que los liberaran de ellos.

Desde entonces siempre tuve claro que son extremadamente peligrosos esos líderes que creen que su causa lo justifica todo, que su etnia es la más pura, que su religión es la única verdadera, que su himno es el que más emociona, que su bandera es la que mejor ondea, que su lengua es la más hermosa, que su acento es el único aceptable, que su pueblo es el elegido. Son tantos en el mundo que asusta pensarlo. Pero al menos hoy hay uno menos suelto.

BIENVENIDA A LA LIBERTAD, INGRID

Unos días después de ser secuestrada Ingrid Betancourt, en febrero del año 2002, recorrí la ruta que ella hacía cuando fue hecha cautiva junto a Clara Rojas. En el camino, a una distancia de apenas dos kilómetros, tuve que atravesar un control del ejército colombiano y un retén de las FARC. Unos y otros parecían protagonizar una guerra indolente en un mediodía en el que el calor y la humedad de la selva hacían difícil pensar en batallar. Pero era un espejismo. La guerra que han librado, que siguen librando, es una de las guerras más crueles que pueda imaginarse, si es que decir que una guerra es cruel no es una redundancia.

Y en esa hipotética y absurda escala de las crueldades, la del secuestro es una de las prácticas más inhumanas, una de las torturas más atroces. Porque, ¿qué mayor tortura que no saber lo que va a ser de uno, de una? No saber si mañana se va a volver a ver la luz del día, no saber cuándo se podrá abrazar de nuevo a los seres queridos, no poder dar un paseo o leer el libro deseado o escuchar a Mozart, no saber cuando se podrán recuperar esos pequeños gestos y acciones que dan sentido a nuestra vida; saber, por el contrario, que uno no va a recuperar los momentos que no ha podido vivir, que el tiempo no da marcha atrás.

Nada puede compensar a Ingrid Betancourt o cualquier otra secuestrada o secuestrado por el tiempo que ha pasado en cautiverio. Si ese tiempo son más de seis años se asemeja mucho a la eternidad. Porque la dimensión del tiempo cuando alguien está en cautividad es completamente distinta y cada día es eterno, interminable, insufrible.

Colombia es un país apasionante, de una belleza y una magia indescifrables, de una gente entrañable y maravillosa apegada con uñas y dientes a las ganas de vivir, pero también es un territorio de una violencia y una brutalidad difíciles de igualar. Las FARC, los paramilitares, los narcotraficantes, el Ejército, llevan años ensangrentando su suelo. Con la complicidad de políticos corruptos, de empresarios sin escrúpulos, de empresas como la bananera estadounidense Chiquita, enfrascados en una espiral de odio y muerte.

No sé si algún día esa mayoría de colombianos que rechaza la violencia, que quiere ver crecer a sus hijos en paz, esos millones de desplazados que quieren regresar a sus hogares, esos colombianos que quieren poder reclamar sus derechos sin que se les cruce una bala en el camino, lograrán iniciar una nueva vida en su país. No sé si algún día concluirá esa sed de mal y esa hipocresía y esa impunidad que tan bien, tan dolorosamente bien, describe Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos”. Quizás haya que refundar Colombia sobre nuevas bases. Pero al menos hoy hay un grupo de seres humanos, al margen de su condición, que ha recuperado la libertad. No es poco. Como le dijo Don Quijote a su escudero, “la Libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Bienvenidos, bienvenida, Ingrid, a la Libertad.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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