7 posts de agosto 2008

DAÑOS COLATERALES EN AFGANISTÁN

Los magos de la mentira y el engaño inventaron hace años esa expresión, “daños colaterales”, un eufemismo con el que ocultar la realidad, con el que borrar el nombre de las verdaderas víctimas de las guerras, los civiles desarmados y desamparados, los más vulnerables, los más desprotegidos, los más indefensos. Jamás he utilizado esa expresión salvo para denunciar la cobardía y el cinismo de quienes se amparan en un juego de palabras para justificar los injustificable.

Hoy de nuevo la expresión la aplican en el Pentágono. En esta ocasión han sido noventa los daños colaterales; sesenta niños, quince mujeres y quince hombres, dañados colateralmente, es decir, despanzurrados, desmembrados, abrasados, destrozados por un bombardeo de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, según han denunciado los supervivientes y ha confirmado la ONU. Noventa cadáveres que por unas horas desmintieron la sequedad de la tierra en un remoto rincón al sur de la provincia de Herat regándola con su sangre.

No ha sido la primera vez, ni la segunda, ni siquiera la tercera o la cuarta. Desde la invasión de Afganistán en 2001 la muerte de civiles afganos en bombardeos estadounidenses ha sido una constante a la que nadie parece querer o poder poner un límite, un basta ya, un algo se está haciendo mal! Recuerdo unos versos de Mario Benedetti: “hay quienes pacifican dos pájaros de un tiro”, “el pacificador que pacifique a los pacificadores, un buen pacificador será”.

Me admira la impunidad, la absoluta falta de moral, la total carencia de sentimientos, la pasmosa frialdad con la que Estados Unidos y sus aliados guardan silencio o esbozan un amago de lágrimas de cocodrilo. Quizás lo que más me sorprende de todo y lo que más me indigna es la escasa, por no decir la nula repercusión que lo ocurrido ha tenido. Los medios de comunicación apenas han recogido algunas notas, un breve texto, unas palabras, un par de imágenes. Total, ¿a quién importan noventa civiles muertos en Afganistán con tanta crisis económica?, ¿es noticia?

En estos días hemos vivido un drama terrible en España, con el brutal accidente de aviación en Barajas que ha causado 154 muertos. Han muerto algunas familias enteras, niños, mujeres, hombres, gente sencilla. Ahora piensen en lo ocurrido en un remoto rincón de Afganistán. Un número de víctimas no igual pero próximo. También eran familias enteras, niños, mujeres y hombres. En este caso no volaban y cayeron a tierra para encontrar la muerte, estaban en tierra y del cielo les cayó la muerte en forma de bombas. ¿No habría que haber contado algo más de lo ocurrido, algún signo de duelo un poco más profundo?

¿Hay alguien que le haya dicho a Estados Unidos que ya están bien? ¿Hay alguien que cuestione lo que se está haciendo en Afganistán, cuál es el verdadero objetivo de aquella guerra olvidada? ¿Hay alguien que piense que la muerte de un niño, de una mujer, de un hombre, es igual de importante y trágica se produzca donde se produzca?

MINIFALDAS Y VIOLENCIA SEXUAL EN MÉXICO

Hace demasiado tiempo, mucho más que demasiado tiempo, que el argumento que justifica al agresor y culpabiliza a la víctima en los casos de agresiones sexuales y violaciones está instalado en la mente retrógrada de muchas personas, la inmensa mayoría de las veces, hombres. Jueces, sacerdotes, rectos padres de familia, policías, funcionarios públicos o incluso dirigentes políticos. El último caso, público, notorio, y vergonzoso, acaba de vivirse en México.

La Iglesia Católica mexicana, por pluma de su aplicado servidor, el sacerdote Sergio G. Román, ha recomendado a las mujeres que no lleven minifaldas para evitar ser asaltadas sexualmente.
“Cuando exhibimos nuestro cuerpo sin recato, sin pudor, lo prostituimos porque provocamos en los demás sentimientos hacia nosotros a los que no tienen derecho” escribe el padre Román en una publicación digital dirigida a preparar a los católicos para el VI Encuentro Mundial de la Familia que se celebrará en México D.F. el próximo año.

Curioso el lenguaje del padre Román. Utiliza el género masculino, “nosotros”, y sin embargo está pensando en el género femenino, "vosotras, hijas de Eva, pecadoras". No se conoce el caso de un hombre mexicano (yo al menos no lo conozco) al que se diga que ha sido violado por ir provocando al llevar shorts o una camisa ajustada o exhibiendo sus pectorales.

Las recomendaciones del padre Román y de la Iglesia Católica están en la línea de algunas sentencias judiciales en las que se ha considerado un atenuante o se ha absuelto al acusado de una violación porque la “mujer iba provocando”, porque “no vestía con recato”. Me pregunto qué habrán sentido las mujeres de Ciudad Juárez, de otras ciudades mexicanas, de Guatemala, de toda América Latina, de España, de casi todo el mundo donde la violencia de género es una realidad tan brutal como implacable.

Ese desprecio por la mujer, ese deseo de dominación, ese intento del macho por dominar su alma y su cuerpo que revela la violencia de género tiene su origen en la mentalidad que subyace tras las recomendaciones de la Iglesia Católica mexicana. Recuerdo un comentario, sangrante, que me hizo una vez un empresario mexicano de Ciudad Juárez cuando le hablé sobre el drama que había percibido allí con relación al feminicidio: “Si una no se mete en líos no tiene problemas; algo habrán hecho”. Este empresario vive protegido por altos muros y alambradas, con varios guardas de seguridad armados hasta los dientes. ¿Si él no ha hecho nada –me pregunté- para qué necesita toda esa protección? Y sin ser mujer.

PARAGUAY Y EL SILLÓN PRESIDENCIAL

Buen comienzo para Fernando Lugo, inesperado pero prometedor. El nuevo presidente de Paraguay no podrá aferrarse al sillón presidencial, sencillamente porque no lo tiene, no existe. En una anécdota muy reveladora de cómo es este país latinoamericano, de cómo se las gastan aquí, hasta qué punto los que se han creído dueños de todo durante seis décadas siguen pensando que todo es suyo. Lugo ha iniciado su presidencia de pie, y ojalá que la acabe así.

Mientras Fernando Lugo se sometía a un examen médico su jefe de gabinete fue a echar un vistazo al despacho que el Presidente ocupará durante los próximos cinco años. Cuál no sería su sorpresa, y así se la explicó a Lugo, cuando comprobó que no había silla presidencial. “No está el sillón, se lo llevó Duarte (el presidente saliente), pero ya tendremos uno nuevo” le explicó Miguel López, su jefe de gabinete, a Fernando Lugo. Posteriormente se aseguró que había una explicación, que Duarte tenía un sillón especial encargado por él por cuestiones de una dolencia de espalda y que no había robado el sillón presidencial.

Nicanor Duarte, presidente de Paraguay hasta hace unos días, ha sido un cachorro aventajado del Partido Colorado, su último líder y probablemente uno de los principales artífices de que haya perdido la hegemonía que ha ostentado y detentado durante 61 años. Sus intentos de controlar el partido y el poder más allá de su presidencia provocaron una división interna que sumada a la unión de casi todos los sectores opositores ha propiciado el inicio de un nuevo capítulo en la historia de Paraguay.

Duarte, como la mayoría de los dirigentes colorados a lo largo de la historia paraguaya, han tenido un sentido patrimonialista del país, del poder y de todo lo que había dentro de sus fronteras. El general Alfredo Stroessner, al que Duarte, como tantos otros, rendía pleitesía durante su feroz dictadura, modeló el sistema del despojo. Un sillón presidencial, se lo llevara o no, es insignificante comparado con todo lo que han robado y se han apropiado durante décadas.

Ahora le toca el turno a Fernando Lugo. Ha llegado la hora de una esperanza nueva para las paraguayas y paraguayos que vivían en el país más aislado y más olvidado de la América del Sur. Un país donde el tiempo parecía haberse detenido y la historia daba vueltas sobre sí misma sin avanzar ni alumbrar, como si todavía estuviera restañando las heridas de la guerra que en el siglo XIX puso fin al primer intento de auténtica independencia en América Latina.

Fue conocida como la Guerra de la Triple Alianza. Tres países, Brasil, Argentina y Uruguay, financiados por los banqueros ingleses, invadieron Paraguay, cuyo gobierno cometió la osadía de negarse a aceptar un modelo de dependencia económica. Algo que Londres no podía tolerar. Tras cinco años de guerra Paraguay quedó devastado, sus vecinos, Brasil y Argentina, le arrebataron una tercera parte de su territorio (Uruguay fue un convidado de piedra que puso muertos y muerte sin obtener nada a cambio) y la práctica totalidad de la población adulta masculina quedó aniquilada.

Hay un personaje en la tradición popular paraguaya, mitad ficción, mitad real, que dicen iba recorriendo a lomos de una acémila, después de aquella guerra, los distintos pueblos y aldeas de Paraguay donde era recibido con fiestas y agasajado. Durante un tiempo permanecía en el lugar, ejerciendo de semental, hasta que decidía partir hacia otro sitio para seguir ayudando a que la población paraguaya se recuperara.

El escritor Eduardo Galeano, en los actos con motivo de la toma de posesión de Fernando Lugo, pedía perdón, como uruguayo. por lo que su país hizo. Hoy la herida ha comenzado a restañarse. Paraguay ha abierto un nuevo capítulo de su historia. Incluso sin sillón presidencial.

GUERRAS E HIPOCRESIA EN EL CAÚCASO


Desde el hundimiento de la Unión Soviética, como ha ocurrido a lo largo de la Historia con el desmembramiento de todos los imperios, hemos asistido a un rosario de guerras y conflictos en los territorios que durante un tiempo integraron aquel imperio. Guerras entre vecinos, conflictos internos, revoluciones y contrarrevoluciones más o menos populares, y dictaduras, muchas dictaduras continuadoras de aquella otra global.
Una de las zonas más sensibles, con más intereses en juego, petrolíferos incluidos, y con mayor volatilidad, ha sido el Cáucaso. En esta región, una especie de patio trasero de Rusia en la visión de Moscú, es donde más sangrientos y brutales han sido esas guerras. Entre otros factores por el intento del gobierno ruso de reconstruir el imperio sobre las cenizas de lo que un día fue. Dos han sido los conflictos más graves en esta zona con intervención de Rusia: Georgia y Chechenia.
En Georgia, tras la llamada “revolución de las rosas”, que depuso de la presidencia a Edvard Shevarnadze, último ministro de Asuntos Exteriores soviético, se formó un gobierno aliado de Occidente, especialmente de Washington. El envío de dos mil soldados georgianos para colaborar en la ocupación estadounidense de Irak, fue significativo. Por eso, Occidente ha puesto el grito en el cielo ante la agresión rusa contra este pequeño país.
Contrasta esa indignación, absolutamente justificable, con la cómplice indiferencia con que asistimos en su día a las brutales guerras de Rusia contra Chechenia. Claro que en éste caso se trataba de un territorio no aliado de Occidente y, para mayor escarnio, de población mayoritariamente musulmana.
La actuación de las fuerzas rusas en Chechenia, que cometieron todo tipo de crímenes de guerra, provocaron una radicalización de los independentistas chechenos. De un primer gobierno relativamente moderado se pasó al fortalecimiento de una milicia delirante que cometió salvajes atentados terroristas y que fue responsable de episodios tan dramáticos, con el resultado de centenares de muertos, como la toma del Teatro Dubrovka en Moscú, en 2002, y de la escuela de Beslan en Osetia del Norte en 2004. Tragedias a las que contribuyó lo que podría calificarse como terrorismo de Estado ruso, responsable igualmente de aquellas masacres.
Contrasta también la hipócrita defensa por Rusia de las ansias independentistas de Osetia del Sur y de Abajasia, en Georgia, con su no aceptación de la independencia de Chechenia. Detrás de todos estos conflictos está la mano de Vladimir Putin, el entonces presidente y hoy primer ministro y hombre fuerte de Rusia, antiguo funcionario del KGB soviético, empeñado en imponer su poder a costa de lo que sea y de quien sea. Nadie le paró los pies en Chechenia y hoy se siente imparable en su vocación imperial. En el camino han quedado decenas de miles de muertos, ciudades devastadas, destrucción y odio.
Georgia es el territorio conocido hace más de dos mil años en la mitología griega como la Cólquide, hasta donde llego Jasón con los argonautas para recuperar el Vellocino de Oro. Para ello Jasón tuvo que aceptar una serie de pruebas que el puso el rey Eetes, incluido enfrentarse a animales monstruosos. Los consiguió con la ayuda de Medea, la hija de Eetes, que se enamoró de Jasón y utilizó sus poderes mágicos a cambio de que Jasón se la llevara consigo en el Argo.
¡Qué lejos quedan las leyendas! ¡Qué lejos los héroes! Hoy los monstruos en Georgia son de acero y lanzan cargas mortales que siembran muerte y destrucción. Nadie parece tener los poderes mágicos suficientes para derrotar a esos monstruos. Y los verdaderos héroes son miles de seres humanos anónimos enfrentados a la prueba de sobrevivir. Muchos no lo consiguen.

LA ALTURA DESDE EL ALTO

Bolivia es uno de los lugares más extraños, fascinantes y duros del mundo. Y El Alto es uno de los lugares más extraños, fascinantes y duros de Bolivia. Este suburbio, situado a más de 4.000 metros de altitud, donde está el aeropuerto internacional de La Paz (el aeropuerto más alto del mundo) domina la ciudad desde su altura, como un gigantesco dios de ladrillo y hormigón.
El Alto ha crecido a un ritmo vertiginoso en los últimos años. Miles de seres humanos expulsados por la miseria de sus lugares de nacimiento, del altiplano mineral e inhóspito, han recalado en este rincón desolado, donde sopla el viento frío de las cumbres hasta helarle a uno la voz y el corazón.
Desde El Alto uno se asoma al abismo para ver, extendiéndose hacia lo hondo del valle, la ciudad de La Paz. La imagen es sobrecogedora durante el día, con la triple cumbre nevada del Illimani dominando el horizonte desde sus casi 6.500 metros de altitud. Allá hacia donde dirija uno la vista en ese horizonte se topa con cumbres nevadas, con cerros escarpados, con riscos y quebradas imposibles. De noche la imagen es aún más impactante. Decenas de miles de lucecitas iluminan todo el valle confiriendo una belleza de embeleso que es desmentida horas después por la luz del día. La pobreza sólo se había retirado a dormir para renacer con el alba.
La mayoría de la población de El Alto es indígena. No es sólo una cuestión de origen, lo es, desde siempre, de lengua, de cultura, de forma de vida, de credos y de marginación. Porque indígena y marginación son sinónimos en la mayor parte de Bolivia.
El mercado de La Ceja, en El Alto, resulta fascinante. Sobre todo los puestos que venden distintos tipos de ofrendas para la Pachamama, la madre tierra. La elaboración de las ofrendas para su venta es todo un arte, con infinidad de formas y elementos. Predominan una gran variedad de piedras, semillas, plumas, flores, hierbas. Hay también botellas de vino e incluso dinero. Del techo cuelgan decenas de fetos de llama, o de crías de llama disecadas o momificadas. La costumbre es, cuando se va a construir una nueva casa, enterrar ese feto o cría junto a los cimientos para que la Pachamama proteja la casa.
A menudo la mezcla de objetos y colores resulta de lo más kich. Algunas ofrendas llevan fotocopias de billetes de cien dólares. En al menos uno de los puestos eran fotocopias de billetes de quinientos euros. Todo tiene su razón de ser. “Es dinero para tener plata”, me dice la vendedora al explicarme que con esa ofrenda la Pachamama hará que nos llegue el dinero.
Junto al mercado están, alineados a un lado y otro de una polvorienta calle, los cubículos donde ejercen su oficio los curanderos. “Maestra curandera”, “Maestro espiritual”, “Maestro consejero”, rezan los carteles en la entrada de los pequeños habitáculos de madera y hojalata. A la puerta arden pequeñas hogueras donde, cuando así se requiere, se quema el incienso o el copal en la ofrenda correspondiente.
Curan todos los males, adivinan el provenir y convocan a la fortuna. O al menos eso dicen los carteles. “Para trabajo, negocio, salud, estudio, viaje, amor” “Destruye maldiciones, llama ánimos, parto gemelos, curación de hemorragias” “Matriz, mal de corazón, manchas, granos, rayos, purgaciones, saumerios en general”. “Lee en coca, naipe, cigarro” “Se paga a la Pachamama”. Hay un letrero que me atrae especialmente: “Hace volver al ser amado por muy lejos que se encuentre”...
¿Será todo así de sencillo? La realidad circundante parece desmentirlo. Pero yo estoy demasiado imbuido de mi espíritu racionalista, y como torpe descreído a menudo no puedo ver más allá de lo que ven mis ojos. Será también que aún no me he acostumbrado y de vez en cuando me asalta el soroche, el mal de altura. A veces a uno le falta el aire, como en la vida misma.

EL ÚLTIMO KAWÉSKAR

Ha muerto uno de los últimos, aunque él aseguraba que era el último kawéscar puro: Alberto Achacaz Walakial, de 79 años. Según los investigadores todavía quedan nueve indígenas de esta etnia en el sur de Chile, pero ninguna mujer en edad de procrear, así que su extinción esta certificada. Me pregunto qué se pensará, que se sentirá, cuando uno es consciente de que el pueblo al que pertenece, la visión del mundo que recibió de sus padres, la lengua con que se comunica y expresa, la cosmogonía, los dioses y los fantasmas están tan próximos a su fin y nunca más volverán a tomar cuerpo.

Los kawéscar y sus ancestros han habitado desde hace 6000 años el sur de América, la región que hoy se conoce como los canales patagónicos. Apenas tuvieron contacto con los conquistadores y los navegantes que desde el siglo XVI atravesaban el estrecho de Magallanes y que les dieron el nombre de alcalufes. No fue hasta el siglo XIX cuando la presencia de la cultura occidental irrumpió en su espacio vital.

Eran llamados los nómadas del mar porque su vivienda era iba a bordo de la canoa con la que navegaban entre el dédalo de islas patagónicas. Montaban y desmontaban las precarias tiendas o chozas, construidas con finas varas de madera y cubiertas con pieles. Vivían de la pesca y de la caza de animales como los lobos de mar, las nutrias y otras criaturas que les proveían no sólo de alimento sino también, algo fundamental, de las pieles con las que guarecerse de las gélidas temperaturas del invierno austral.

Hace años recorrí en barco los canales de la Patagonia Occidental, entre Punta Arenas y el golfo de Penas, justamente el territorio en el que antaño moraban, o más bien mareaban (de mar), los kawéscar. La región es uno de esos lugares en los que cuesta trabajo creer que la vida es posible. El frío inmisericorde, los vientos implacables, las aguas heladas, la tierra yerma, hacen de esa zona de la Patagonia un lugar inhóspito, de una dureza tan elevada que sólo es comparable a la belleza del paisaje. Porque en pocos sitios del Planeta se puede contemplar un lugar tan prístino: allí donde las nieves milenarias se juntan de nuevo con el agua que las dio origen, allí donde los glaciares azules imantan la vista del viajero, allí donde el silencio sobrecogedor le hace sentirse a uno ínfimo al mismo tiempo que pletórico.

No sé si los kawéscar fueron conscientes del duro privilegio que les otorgó la vida. Habitaron en uno de los lugares más inhabitables al mismo tiempo que más hermosos de la tierra. Su forma de vida tradicional, apenas de supervivencia, no ha podido resistir la invasión de otra manera de vivir, o quizás de morir, en la que el confort y el consumo suplantan a todo lo demás. Dentro de poco los kawéscar sólo serán un recuerdo, una breve referencia en algunos libros de etnología. Y todos seremos, pese a nuestra opulencia, un poco más pobres. Por cierto, el 9 de agosto se conmemora el día de los pueblos indígenas. Para los Kawéscar es un poco tarde.

CONFERENCIA DEL SIDA EN MÉXICO

México ha puesto el escenario, ese México que celebra fiestas comiéndose a la muerte en forma de calavera para ahuyentar el miedo a esa misma muerte, para conjurar el miedo a la vida y, sobre todo, para ocultar el miedo a la no vida. Algo así como esto último ha sido el SIDA: una no vida a cuyos condenados se quiso ocultar durante años, marcados, estigmatizados por la lepra de finales del siglo XX y principios del XXI.

El SIDA se me ha asemejado siempre a una enfermedad ideológica, una enfermedad que penalizaba las conductas que se salían de lo que marcaba la moral más “bienpensante” y retrógrada. Todo lo que no estaba dentro de las normas llevaba la potencial amenaza de contraer el mal, con ribetes casi de maldición bíblica.

Hoy parece que algo ha cambiado, en el primer mundo o mundo rico, con relación al SIDA. Ya no hay esa especie de sensación de apestados, de mujeres y hombres a los que se preferiría ver apartados en un lazareto, aislados del resto de la sociedad, cargados con una campanilla que avisara a muchos metros de distancia que quien la portaba colgada de su cuello, prendida a sus ropas, era un nuevo apestado.

El SIDA ha pasado a convertirse en una enfermedad relativamente tolerada, siempre que la persona portadora (la persona infectada en el lenguaje de quienes perpetúan el desprecio o el rechazo) se mantenga a una distancia prudencial. A media que los fármacos han ido mitigando los devastadores efectos de la pandemia, que su aparente imparable expansión se ha controlado relativamente, que las campañas de concienciación han ido calando poco a poco, el SIDA ha dejado de ser ese gran monstruo que nos amenazaba a todos para amenazar sólo a unos cuantos. Pero la amenaza sigue estando ahí.

Muy otra es la situación en el resto del mundo. En África, el SIDA ha hipotecado el futuro de toda una generación, la vida de todo el continente. En América Latina esa hipoteca va tomando cuerpo. En México, uno de los corazones con los que late Latinoamérica, se analiza estos días cómo evitar que lo que parece inevitable lo sea. Porque, como casi todos los males globales, el SIDA amenaza especialmente a los más débiles, a los más pobres, a los que tienen menos posibilidad de instruirse y menos recursos económicos. Y éstos abundan en Latinoamérica, donde la enfermedad puede hacer, está haciendo ya estragos, como los ha hecho en África, como los hace en el sudeste asiático.

Siempre me he preguntado si este tipo de conferencias, si esta ONUSIDA sirve realmente para algo, si tiene la capacidad de coordinar y aunar esfuerzos, de concienciar y alertar, de paliar las secuelas de esta terrible enfermedad. No lo sé, tengo mis dudas, pero siempre será mejor que no hacer nada.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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