6 posts de octubre 2008

LYDIA CACHO Y LA LUCHA CONTRA LA IMPUNIDAD

Hace unos días se presentó en Madrid la Fundación Lydia Cacho que nace con la voluntad, con la determinación, de ayudar a quienes sufren persecución por su lucha a favor de una sociedad libre de corrupción e impunidad. No es casual que lleve el nombre de esta periodista mexicana, de esta mujer valiente y comprometida con una sociedad más justa. Es más, la Fundación lleva su nombre porque ella va a ser a la primera persona a la que se respalde en la ardua batalla legal a la que se ha visto forzada tras la persecución judicial, política y policial a la que fue y sigue siendo sometida en México.

Lydia Cacho denunció hace ya años una red de pederastia por empresarios corruptos vinculados al poder político. Denunció también, y sigue denunciando, la violencia contra las mujeres, la prostitución forzada, la trata de personas en su país y el tupido entramado de corrupción e impunidad que lo ampara. Desde ese día su vida ha estado en peligro. Lo sigue estando.

Los amos del poder y sus sicarios, los abanderados del desprecio a la vida, los canallas al servicio de la mentira, los miserables de la doble moral, los mercenarios de la calumnia, los malos (porque la maldad existe y tiene nombres y apellidos y rostro) quieren liquidar a Lydia Cacho. No sólo quieren matarla, quieren silenciarla, hundirla, aterrorizarla, enmudecerla, paralizarla. Pero no saben a quien se enfrentan. Lydia es una mujer de las que nunca se dan por vencidas, Lydia es una de esas mujeres cuya dignidad y cuya coherencia están por encima de cualquier amenaza, de cualquier temor, de cualquier oprobio.

Por desgracia, la lucha de Lydia, la de personas como ella, requiere no sólo voluntad y determinación. En el mundo mercantilista en el que habitamos, en el que se aplica la máxima del “tanto tienes, tanto vales”, también se necesita dinero. En México, como en la mayoría de los países, los sistemas judiciales suelen ser perversos, castigan al pobre y benefician al rico. Entre las causas de la impunidad está también lo costoso que resulta defenderse contra todo el aparato del que disponen los corruptos y sus secuaces.

La Fundación Lydia Cacho respalda a esta periodista y va a respaldar a quienes sean igualmente perseguidos, como ella, por no resignarse, por no doblegarse, por enarbolar la bandera de una justicia que sea justa. Todos los que quieran pueden colaborar. Hay una cuenta bancaria abierta en La Caixa: 21001652510200157784. Se admiten donaciones.

VIOLENCIA EN EL SALVADOR

En las afueras de San Salvador, sobre la montaña, se encuentra La Puerta del Diablo. Dos enormes formaciones rocosas que se abren sobre un profundo valle, camino hacia el océano Pacífico que se divisa en lontananza. Desde lo alto se ven también algunos volcanes, el de San Miguel al sur, próximo al lago Ilopango, igualmente visible; hacia el norte el volcán Izalco.

La Puerta del Diablo es un lugar de gran belleza. Pero la primera vez que lo visité, hace 20 años, era un lugar siniestro. Allí despeñaban los escuadrones de la muerte a sus víctimas, después de haberlas torturado y asesinado. Hoy se puede llegar a La Puerta del Diablo sin miedo a lo que uno pueda encontrar. Ya no hay una violencia como aquella de entonces. Pero la violencia se mantiene en El Salvador. Sólo ha cambiado su signo.

“Los acuerdos de paz de 1992 pusieron fin a la lucha armada” –me dice una fuente diplomática- “pero no pusieron fin al conflicto”. Los esquemas de explotación, marginación, corrupción, injusticia e impunidad siguen siendo similares. La diferencia es que ahora no hay grupos armados con una agenda política. Ahora la desigualdad y la miseria se traducen en la actuación de grupos de excluidos, incluidas maras y policías o guerrilleros desmovilizados.

La élite política y económica vive ajena a esa realidad. La ministra de Asuntos Exteriores fue preguntada el otro día por un grupo de españoles sobre algún lugar recomendable para visitar. La ministra respondió que Zara, ubicada en un gran centro comercial. Nada que objetar el gusto que se pueda tener por una tienda de ropa como Zara. Pero si ese se considera el lugar más interesante es que no se conoce muy bien el país. La alienación llega a tal punto que un buen porcentaje de población, en una encuesta, a la pregunta de qué les hacía sentirse más salvadoreños, respondió que los centros comerciales.

Hace unos años el Alcalde de un pueblo del oriente salvadoreño logró la reelección con un original lema: “vote por mí y váyase para los Estados Unidos”. No era una ironía. El Alcalde prometía que si lograba la reelección contrataría los mejores coyotes para facilitar la llegada clandestina a Estados Unidos a quienes lo quisieran. Pero el sueño americano también se frustra. 14.000 salvadoreños han sido repatriados en los últimos meses. Muchos incrementando así la frustración y la desesperanza con las que se nutren los grupos violentos. Mientras, ministros y consejeros siguen pululando por los centros comerciales, convencidos de que así demuestra su patriotismo.

NACIONALIZAR EN AMERICA LATINA

Ahora resulta que la nacionalización no es tan mala. Incluso puede ser buena. Nos acabamos de enterar de que esa herramienta del diablo que era la nacionalización, digna de todos los anatemas, no es tan perversa como se creía o como nos habían contado los arcángeles del neoliberalismo. Fíjense si será así que hasta en Estados Unidos el presidente Bush ha decidido nacionalizar parte de los bancos que se encontraban al borde de la quiebra o habían quebrado ya.

No hay que remontarse demasiado atrás en el tiempo. Es parte de la historia reciente de América Latina. Los países que cometían, que comente la osadía de nacionalizar los hidrocarburos, las materias primas, los sectores estratégicos son acusados de atentar contra el sacrosanto mercado. Si se financian con dinero público empresas nacionales con problemas se considera que violan el principio de libre comercio, que es competencia desleal, que supone un condenable intervencionismo estatal.

Pero la crisis financiera que se nos vende estos días como si nadie fuera culpable de ella, o peor, como si todos lo fuéramos, ha trastocado esa verdad inmutable. Ahora los países del mundo rico no han dudado en invertir cifras desmesuradas para evitar el hundimiento de sus principales entidades bancarias. Y rizando el rizo la administración Bush ha llegado a la conclusión de que la nacionalización podía ser útil.

A primera vista puede parecer una contradicción. Pero no lo es. Forma parte de la lógica del sistema, se ajusta milimétricamente al guión del capitalismo salvaje que nos han impuesto mientras preferíamos mirar para otro lado. La diferencia radica en que las nacionalizaciones en América Latina afectan a empresas y sectores que dan cuantiosos beneficios. Y por lo tanto esos beneficios dejan de ser privados para pasar a ser públicos. Algo inaceptable. Por el contrario lo que ha hecho el presidente Bush es nacionalizar las pérdidas, es decir, que los ciudadanos de a pie sean los que paguen con sus impuestos el agujero negro creado por quienes se han enriquecido sin medida a su sombra.

Justo ahora, este 16 de octubre, se cumplen 10 años del arresto del general Augusto Pinochet en Londres después de la valiente orden de busca y captura internacional dictada por el juez Baltasar Garzón. Una decisión judicial de una profunda trascendencia que dio carta de naturaleza al principio de jurisdicción universal para los crímenes de lesa humanidad.

Conviene hacer memoria. Pinochet dio el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende ejecutando un plan elaborado por la CIA y el departamento de Estado dirigido por Henry Kissinger en base a la propuesta y gracias a la financiación de la multinacional estadounidense ITT. Allende había nacionalizado primero el cobre, controlado por empresas estadounidenses, y después la filial chilena de la ITT. El desarrollo económico de Chile, a día de hoy y que muchos elogian, se debe en gran medida a que el cobre se convirtió en un bien público. Conviene recordárselo a aquellos que se mofan de la memoria histórica, aquellos que no quieren que la memoria mire hacia atrás ni que la historia se memorice.

CIEN ÚLTIMOS DÍAS

La cuenta atrás ha comenzado. Van a ser los cien últimos días de George W. Bush en la Casa Blanca y parece como que empieza a notarse una sensación de alivio. Una sensación extraña. No es sólo el alivio de aquellos que se han opuesto, de una u otra manera, al desastre que se veía venir, que se fue confirmando, que se consumó con una de las presidencias más nefastas de la historia de Estados Unidos. Lo verdaderamente extraño es que son quienes con más entusiasmo defendieron la presidencia de Bush quienes ahora parecen respirar aliviados porque está a punto de concluir.

El recuento sería largo. Han sido ocho años en los que se han destruido tantos valores que reconstruirlos no va a resultar fácil. La forma en la que los neocons decidieron elevar a la categoría de consigna irrenunciable el “todo vale”, con un iluminado George W. Bush a la cabeza, ha supuesto un retroceso de décadas en la búsqueda de un mundo mejor.

Lo más triste es pensar que, al final, el cartel de “peor presidente” que se le va a endilgar a Bush está surgiendo del descontrol económico que ha permitido a unos pocos enriquecerse sin límite con cargo a la cuenta de todos. Es decir, cuando la crisis ha tocado el bolsillo es cuando muchos han reaccionado con indignación.

No fue lo mismo cuando se decidió la invasión de Afganistán y después la de Irak, cuando se bombardeaba (se sigue bombardeando) a civiles indefensos, cuando se creó el limbo jurídico de Guantánamo, en el que la tortura se convirtió en práctica legal y cotidiana, no fue igual cuando se utilizaron los vuelos de la CIA para trasladar a presos anónimos a sumideros de la historia, no se dijo nada cuando se apoyó la reocupación por Israel de territorios palestinos y sus brutales castigos colectivos. Nada de eso parece haber contado hasta ahora.

Hoy, en medio de la crisis financiera, en la que uno vuelve a tener la sensación de que nos engañan y de que juegan con nosotros, guardan silencio aquellos que jalearon invasiones, justificaron torturas, defendieron bombardeos, apoyaron las violaciones al derecho internacional, se hicieron cómplices de las mentiras y pusieron por encima de todo y de todos la sacrosanta libertad del dios mercado y sus apóstoles de la especulación.

Quedan sólo cien días, pero uno presiente que se va a necesitar mucho más para lograr reparar el daño producido. Hoy, ocho años después, el mundo es un lugar mucho más inseguro, los civiles siguen muriendo en Afganistán y en Irak, la desconfianza y el odio entre las distintas culturas se ha incrementado, la mayoría de la población es mucho más pobre mientras una minoría se ha enriquecido sin límite, Guantánamo sigue existiendo y Palestina continúa ocupada. Es difícil haber hecho tanto daño en tan poco tiempo.

TLATELOLCO, NOMBRES

Fausto Trejo tiene 84 años. Casi la mitad de ellos, 40, los lleva explicando lo que ocurrió en Tlatelolco, y seguro que preguntándose porqué él se salvó y aquel estudiante no. Fausto Trejo era en 1968 profesor de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Era uno los que integraban la Coalición de profesores que entendían y respaldaban las ansias de libertad de los estudiantes. Aquel 2 de octubre de 1968 llegó tarde a la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Pero no tan tarde.

A Fausto Trejo, cuando empezaron los disparos, le fallaron las piernas. Quería correr, pero no podía. Estaba paralizado. Un joven estudiante le reconoció. “Profesor, ¿qué hace aquí? Yo le ayudo”. Fausto Trejo intentó incorporarse. Entonces una bala, destinada a él, atravesó la cabeza de aquel estudiante. No debe ser fácil vivir con la sensación de que la muerte que a uno le estaba reservada se fue del brazo con otro.

Cuando Fausto Trejo pudo caminar, se unió a un grupo de personas que pedían auxilio en la Iglesia de Santiago de Tlatelolco, en la misma plaza de las Tres Culturas. Golpeaban la centenaria puerta de madera implorando. Dentro, un cura, hacía oídos sordos a la súplica. “Nos están matando” imploraban algunas mujeres. No hubo respuesta. Las puertas no se abrieron. Horas antes, miembros del batallón Olimpia habían logrado que se les flanqueara la entrada para tomar posiciones en la azotea del Templo y disparar desde allí contra los estudiantes. Horas después, agentes de la seguridad del Estado y miembros del ejército utilizaron el templo como lugar de reclusión de estudiantes detenidos, algunos de los cuáles nunca aparecieron.

Fausto Trejo fue detenido tres meses después y llevado a la cárcel de Lecumberri. La cárcel “negra” de Lecumberri era un lugar siniestro en el que la dictadura del PRI encerraba a los disidentes. Un pozo oscuro en el que las torturas eran el común denominador. Allí coincidió con muchos presos, unos conocidos, del Comité Nacional de Huelga. Otros anónimos, como Pablo González. “Éramos 25 en apenas 20 metros cuadrados. Nos dieron una lata para que hiciéramos ahí nuestras necesidades. De vez en cuando se oían los gritos de aquellos a quienes torturaban”, me cuenta mientras recorremos con la mirada el mismo escenario de aquella tragedia, 40 años después.

Jaime Montoya tenía 17 años. Escapó corriendo y unos vecinos de una vivienda próxima le dieron refugio. Cuando el ejército empezó a peinar, casa por casa, en busca de estudiantes, aquellos vecinos le pusieron en los brazos a uno de sus pequeños y así salieron a la calle, como si fuera uno más de la familia. Nunca volvió a saber de ellos pero siempre los lleva en su memoria.

Yolanda Montero tenía 14 años. Estaba en la plaza del Zócalo. Los tanques salieron del Palacio Presidencial y comenzó la dispersión. Dice que no sabe como pudo escapar. Callejeando llegó a una zona donde vio como apilaban cadáveres en camiones militares. Desaparecieron.

Hay otros nombres. Del otro lado. Luis Echeverría, entonces ministro de Gobernación (del Interior), la persona que debía garantizar la seguridad de los mexicanos, sigue lavándose las manos. Fue presidente poco después, y es el único de los principales responsables que sigue vivo. Todavía hoy justifica lo ocurrido y se escuda, con una cobardía proverbial, en que el entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz, asumió toda la responsabilidad. ¡Qué fácil es matar por delegación, por obediencia debida, como algún ilustre jurista argentino dictaminó años después, en otro contexto, pero con la misma impunidad!.

Diez días después de aquel 2 de octubre se celebraron los Juegos Olímpicos en México. Se acalló la protesta. El Comité Olímpico Internacional no quiso saber nada, declarando que lo ocurrido era “un asunto interno” (lo miso que en China hace dos meses). Desde Estados Unidos se guardó silencio. Hay sospechas fundadas de que aquella matanza tuvo el beneplácito de Washington, eran los tiempos en los que se apoyaba cualquier barbarie en nombre de la lucha contra el enemigo “comunista”. Pero dos atletas negros, Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en lisos, cuando subieron al podio, bajaron la cabeza y levantaron el puño enguantado de negro. Fue la imagen de aquellos juegos olímpicos. Era una denuncia contra la discriminación racial en Estados Unidos. Pero seguro que aquel gesto tendría algo de homenaje a las víctimas de Tlatelolco.

La matanza de Taltelolco fue el final del espíritu del 68. La primavera de Praga, las protestas de París pidiendo lo imposible, las ansias de libertad de los estudiantes mexicanos. Las historias de Tlatelolco, de aquel 2 de octubre de 1968 pueden llenar varios libros. Historias particulares, singulares, únicas y al mismo tiempo todas nos llevan a las mismas vivencias y sentimientos, el horror, la angustia, el dolor. Un dolor que todavía perdura. Pero lo mejor es leer la que alguien colgó hace unos días en este mismo blog . ¿Qué más decir?

TLATELOLCO

Es un nombre sonoro, Tlatelolco; tiene sonoridad, como de un tiempo largo, de un tiempo antiguo. Tlatelolco fue el gran mercado del imperio azteca (cuando el mercado, o la palabra que lo nombra, no habían sido prostituidos por los insaciables acaparadores del dinero). Allí llegaban los productos del agro, de la pesca, de la caza. Allí, en 1521, el último líder mexica del imperio azteca, Cuauhtemoc, fue derrotado por las fuerzas de Hernán Cortés, poniendo fin a la resistencia frente a la invasión española.

Pero quizás Tletelolco no sea conocido en el mundo por esa resistencia heroica de Cuauhtemoc. Hoy ese sonoro nombre está ligado a otro capítulo, igualmente trágico, de la Historia: la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968. Se han cumplido 40 años, dos veces nada a decir del tango. Y nada parece haber quedado, por la impunidad que, haciendo honor a la realidad mexicana, se instaló para siempre. O mucho ha quedado, para las miles de personas que hoy han marchado por las calles de México D.F. para reivindicar la consigna “ni olvido ni perdón”.

Después de varios meses de movilizaciones, de toma de la universidad por el ejército, de desafíos y de soñar con espacios de libertad, los estudiantes mexicanos se concentraron el día 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Un nombre difícil de conjugar con la realidad. Ahí confluyen las ruinas de Tlatelolco con el majestuoso convento de Santiago Aposto, rebautizado como Santiago Tlatelolco, construido con las piedras de la ciudad azteca, saqueada por los conquistadores, y el México moderno, simbolizado en el edificio Chihuahua, de hormigón y miedo. Desde sus terrazas llegaría buena parte de la carga mortal reservada para aquel día. Cada nueva cultura, y también existe la cultura de la muerte, se intenta imponer, se impone, sobre la anterior.

El gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz estaba preocupado por los estudiantes. ¿Temía quizás que los estudiantes acabarán con la dictadura institucional del Partido Revolucionario Institucional? Diez días después debían inaugurarse los Juego Olímpicos de México 68. Y Díaz Ordaz, y su ministro de gobernación, Luis Echeverría (uno de esos criminales de Estado que siempre se salvan, y que así consiguió ser el siguiente presidente mexicano) no querían que la revuelta estudiantil pudiera proyectar una mala imagen del país.

No se sabe, nunca se ha sabido, nunca se ha querido saber, cómo se inició todo. Pero varios francotiradores, desde azoteas próximas, y el Ejército, irrumpieron a sangre y fuego en la pacífica concentración. Se ha comprobado también que había infiltrados del batallón Olimpia, preparados para actuar como provocadores. Los disparos barrieron durante horas la plaza. Nunca se ha sabido el número real de muertos. Oficialmente, entonces, fueron entre 30 y 40. La realidad parece mucho más dura. Quizás 300 muertos o más. Han pasado 40 años. Pero la herida sigue abierta. Seguirá abierta. Seguiremos, seguiré hablando de Tlatelolco, porque es un nombre sonoro, que evoca tiempos y tragedias y alguna que otra esperanza.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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